Actualizado: 17/08/2018 22:24
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Cuba, Batista, EEUU

Fulgores de Fulgencio (VI)

Sexto de una serie

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El gran desconocido.

Mea culpa. Mea maxima culpa

En un rincón tenebroso de mis recuerdos infantiles están incrustadas algunas imágenes terribles de Fulgencio Batista Zaldívar.

En la mente impresionable de un niño de cinco años, quedaron grabadas las visiones horripilantes de otro niño un poco mayor que yo, quien posaba sonriente junto a unos cráneos humanos.

En la ya amarillenta revista —aunque entonces apenas recién publicada— el pie de la foto aseguraba que el vástago de un sicario feroz del dictador recién fugado, tan cruel y sádico como su padre, se entretenía en jugar con los huesos de sus víctimas: era El Hijo de la Bestia, tan monstruoso como su progenitor. Mucho tiempo después supe que ese atroz recuerdo tenía un origen falso: aquel niño, tan inocente como yo, fue perversamente fotografiado años atrás junto a unos restos arqueológicos de unos indígenas taínos que habían muerto 500 años antes. Ni los cráneos eran de víctimas, ni el niño de la foto era el sádico que se decía. Todo era una burda mentira. Sí, “nos casaron con la mentira…” pero esas terribles bodas ocurrieron desde mucho antes y todavía mucho después; hasta hoy, por así decirlo. Nunca esa revista ha tenido el digno gesto de rectificar esa monstruosidad noticiosa.

En aquellas primeras revistas Bohemia de 1959 recuerdo otras imágenes, cada una más espantosa que la otra: instrumentos de tortura para arrancar uñas y ojos, cortar manos y piernas, lastimar, herir, matar… Luego supe que todo era un montaje hábil e inescrupulosamente armado, un Gabinete del doctor Caligari, pero de attrezzo.

Como suele ocurrir en los martirologios cristianos de ojos extirpados y testículos cercenados, eran mentiras malvada y fríamente concebidas por mentes retorcidas e inescrupulosas. Todo este teatro del grotesco se resume en una cifra espeluznante: 20 mil muertos. Cifra terrible… y falsa también, como reconoció antes de suicidarse el autor tácito, y por tanto también cómplice (sonora justicia de las esdrújulas), Miguel Ángel Quevedo, luego expropiado y expulsado director-propietario de Bohemia, manipulado por su hábil acólito Enrique de la Osa: bíblicamente, en su pecado recibió la penitencia. Quizá su mea culpa final le haya ganado el perdón de su crimen de malinformación contra todos los cubanos: Amén.

Aquel hombre horrible que había huido en la madrugada, siempre era mostrado en su ángulo más canallesco y bestial. Recuerdo en especial una foto[1] tomada en una perspectiva de abajo hacia arriba, donde las ventanas de su nariz aparecían hiperdilatadas, anchas, acentuadamente negroides, como un enorme tiburón dispuesto a devorarnos desde la página, o el hocico de un monstruoso lobo que iba a tragarnos a todos. La malignidad de la foto ampliada, reproducía en implacable detalle hasta los vellos nasales del personaje, deformado hasta una amenazadora caricatura de sí mismo. Era demasiado perfecta la sevicia y crueldad del personaje para ser real: ni siquiera un sangriento Macbeth resultó tan físicamente acorde con su papel asignado. El titular junto a la foto no dejaba dudas: “¡Que no vuelva jamás el Monstruo”!

Fue luego, mucho más tarde, cuando supe que quien había armado (o consentido) todo ese teatro de abalorios, se había suicidado, asqueado por lo que hizo y cansado de tanta mentira, la cual al final se volvió contra él, según suele suceder. Fue el aprendiz de mago atrapado en su mismo error: invocó fuerzas que lo superaron y terminaron aplastándolo. Pero no era el único: hubo muchos cómplices. Lo que no sabían —y los que sabían, lo callaron— que el verdadero “monstruo”, “La Criatura” del Dr.Frankenstein que habían concebido en un irresponsable laboratorio, se les había deslizado hábil y sinuosamente a sus espaldas, y aprovechando la generosa invitación fijada en cada puerta, hizo uso de ella: “Fidel: esta es tu casa”. Y sí, al poco tiempo, todas las casas fueron de él…

Con cruel perseverancia y absoluta falta de escrúpulos, implacablemente nos enseñaron a odiar aquel hombre y a todos sus seguidores y colaboradores, como lo peor del universo, cual un monstruo horrendo, un aborto terrible de la naturaleza, y grabaron en nuestras mentes el epíteto implacable e inapelable: La Bestia.

Como ha dicho certeramente Néstor Díaz de Villegas, la llamada Revolución Cubana ha sido y sigue siendo, ante todo, un exitoso espectáculo muy bien montado, una performance de la crueldad más refinada y efectiva. Constituye un enorme teatro del mundo donde todos, aún a nuestro pesar, hemos sido actores o comparsas, pero el guion y la dirección han venido de otros, un grupito muy eficaz y hábil, donde lo mismo se encuentran editorialistas del New York Times que antiguos espías del KGB soviético, y otros miles que han colaborado entusiasta e irresponsablemente en esta gigantesca representación. Muchos de estos artífices han sucumbido a su misma obra, como Pigmalión o Viktor Frankenstein; por cierto: justicia poética.

La “revolución cubana” ha sido un asombroso producto de la mercadotecnia política, elaborada con un dominio ejemplar de la manipulación de multitudes y la sugestión individual, difícilmente repetible. Aunque los artífices y orfebres del engendro han negado insistente y convenencieramente su “excepcionalidad”, y promueven la ilusión de su reproducción (“crear dos, tres, muchos Viet Nams” dijo Ernesto Guevara en la Conferencia Tricontinental), lo cierto es que ninguna de las réplicas ha tenido el éxito de público logrado por esa performance cubana hasta hoy. El triste espectáculo de Venezuela hoy no es más que una mala “copia pirata”, un performance fallido y abucheado.

Esta evocación es mucho más que el recuerdo aislado de un niño cubano: es la memoria compartida de toda una generación y de varias que la siguieron. “Nos casaron con la mentira”, dijo alguien que después resultó el mentiroso mayor y se nombró Amo de la Verdad; claro, su verdad … Y el profeta iluminado agregaba, sin saber —o sabiendo quizá que algún día esa profecía se volvería acusadora contra él— “por eso parece que la tierra se abre cuando conocemos la verdad”. Lo confieso, desde hace mucho, a mí la tierra me tragó. Y no sólo a mí, sino a muchos más. Y continúa con ese insaciable apetito, “un hambre, mi amor, hereditaria”, como dijo un poeta.

Los cubanos padecemos de muchas hambres, pero, hoy, sobre todo, del hambre de la verdad. O, al menos, de lo que más se le acerque.

Aprende uno con los años, que la Historia en su devenir resulta una concatenación de acontecimientos, donde los personajes van actuando en una compleja y contradictoria coreografía, que muchas veces ni ellos mismos suponen, organizan, ni visualizan: los hechos anteriores nos conducen imperceptiblemente a los siguientes, y esto se produce no en una nítida línea recta, sino traviesamente sinuosa, con saltos y regresiones, tomando a veces rumbos insospechados y atentando contra toda lógica, atravesando contextos complejos y diversos dentro de una compartida universalidad. Es una contradanza diabólica y de círculos perfectos e implacables.

En la medida que con los años me sumerjo por mí mismo, sin anteojeras ni mediadores, en el estudio del pasado cubano, mirando con saludable escepticismo la historia del relato que ya me fue dado, se diluyen mis certidumbres y debo replantear todo lo que aceptaba como verdadero, definitivo y claramente establecido. Creo que esto es un síntoma común a muchos de mi generación y las posteriores, y sabemos bien que no es una empresa fácil sino muy dolorosa. Los historiadores complacientes y acomodados (y levemente cómplices), llamarán a esto “revisionismo histórico”, y lo condenarán inapelablemente: es ya una antigua costumbre nacional que descalificar sin ponderar ni debatir sea la mejor forma de eludir el diálogo argumentado, documentado y razonado. Colgar una cómoda —e injusta— etiqueta denigrante y descalificatoria, siempre es más fácil —y menos comprometedor— que enfrentar una opinión o una reflexión con verdades. Pero sucede que precisamente en este preciso momento, por nuestros formidables bandazos históricos como país, los cubanos necesitamos ahora más que nunca antes, revisitar nuestra historia, y revisar con honestidad y perseverancia todo lo que nos enseñaron como cierto y establecido.

Todavía mucha de la historiografía cubana de todas las orillas y horizontes acepta que la situación actual de la Isla comienza a partir del fatídico 10 de Marzo de 1952. Esta atribuye exclusivamente a Fulgencio Batista, a su egoísmo ambicioso y una intensa ceguera política, la responsabilidad de todo el drama que aún padecemos. Se oculta intencionalmente, de paso, el clamor popular que celebró el incruento “Golpe de Estado” como algo no sólo tolerado y aceptado, sino esperado y también ansiado. No hay duda que la memoria y su contrapartida, el olvido, son selectivos.

Es un hecho incontrovertible que Batista, antes de 1952, fue uno de los “hombres de 1933”, aquellos “revolucionarios” que derrocaron a otro “dictador”, Gerardo Machado Morales, quien también reclama una nueva visión y un juicio más equilibrado, si no justo, ante la Historia.

Cuando quienes lo descalifican a priori, acríticamente, hayan leído toda la obra de Batista, quizá podrán tener argumentos provocadores que les permitan (si realmente son honestos en su pensamiento) replantearse su visión. Yo ya lo he hecho (en su mayor parte), y he quedado no sólo sorprendido sino también emergido del otro lado de la corriente con un sentimiento de íntima culpabilidad, por ignorancia. Crecer duele.


[1] Sobre esta imagen, pueden consultarse: Jacobo Machover, El terror ‘humanista’. Tribunales revolucionarios y paredón en Cuba (1959). Madrid, Editorial Hispano-Cubana, 2011, y Pedro P. Porbén, La revolución deseada: prácticas culturales del hombre nuevo en Cuba. Madrid, Editorial Verbum, 2014.


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