Actualizado: 19/10/2018 10:27
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Cuba, Batista, EEUU

Fulgores de Fulgencio (IV)

Cuarto de una serie

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Haciendo cuentas

Más allá del nombre y sus circunstancias, tan vilipendiado el primero y tan ignoradas y desvirtuadas las segundas, lo más importante, trascendente y rescatable, es el saldo final incontrastable, y que por inevitable comparación resulta hoy abrumador. El desempeño histórico de Batista y lo que él significó, y de quienes se agruparon bajo su conducción, es abismalmente superior al de la actualidad: de la cima a la sima, Cuba ha protagonizado como una patética víctima uno de los descalabros mundiales más espectaculares en los últimos 60 años, que, aunque la oficialidad del régimen se empeñe necia y obtusamente en negar, ya ni maquillando, y ni siquiera intentando una cirugía reconstructiva mayor, puede ocultar esa empeñosa y testaruda opositora que es la realidad, su principal enemiga. A esta no pueden encarcelarla, porque camina por las calles de toda la Isla.

Batista no fue (no podía ni quiso serlo) un líder, sino un conductor; un aglutinador propiciador, más que un tirano egocéntrico. Posiblemente eso mismo lo perdió, dadas las características de la Cuba que gobernó y finalmente lo arrojó del poder, configurando lo que a la larga ha sido el peor atentado contra sus propios intereses, su triste suicidio nacional. Porque más que el caudillo de un país, se sentía el arquitecto de una nación en ciernes. Por supuesto, aunque influido por modelos heroicos como Napoleón Bonaparte y José Martí, Batista carecía de una noción de él mismo como un Mesías; en todo caso, era el “hombre fuerte” que reclamaban las especiales y complejas circunstancias por las que había derivado históricamente la política insular hasta ese momento, siempre presa de apetitos, ambiciones y egoísmos inenarrables, que marcaron la trayectoria de su apenas medio siglo de vida republicana, hasta conducirla finalmente al despeñadero actual, aparentemente irreversible.

Las cifras y las estadísticas pueden acumularse, de ambos lados, de forma casi infinita: pocas veces dos “verdades” han sido tan contrastantes, lo cual indica la certeza de que una de las dos es necesariamente falsa. Pero más allá de los guarismos y fórmulas, hay una piedra de toque para identificar el metal espurio del auténtico: Cuba, tradicionalmente un país con una antigua historia de inmigrantes, desde 1959 se ha transformado en uno de emigrantes, sin haber padecido ninguna plaga, epidemia ni desastre natural: su hecatombe ha sido obra de los hombres, o mejor, de UN hombre, quien impuso su omnímoda voluntad a un grupo de cómplices solícitos y atemorizados.

La epidemia que ha asolado la otrora próspera Cuba, con una democracia ciertamente imperfecta y debilitada por sus propios actores, es una ideología represora que encarcela al individuo, y el desastre ha sido el resultado evidente y monstruoso de un país en ruinas físicas y morales. ¿Cómo explicar y menos aún justificar que hoy la Isla tenga más del 20 % de su población fuera de sus límites nacionales, y la cifra siga aumentando, a pesar de todas las restricciones tanto del emisor como de los receptores? Aducir un pretendido “bloqueo” norteamericano ya es hoy causa de risa, y sólo los muy obcecados pueden comulgar con semejante rueda de molino: el evidente “ejemplo” de Venezuela, copiadora del modelo cubano y sin bloqueo ni embargo, es el mejor argumento que derriba ese supuesto argumento.

¿Qué tipo de país quería Batista? Esencialmente, uno sensatamente reducido a ofrecer una vida de mejoras constantes y progresivas a sus pobladores, alejado humildemente de los grandes escenarios de la Historia. Un país modestamente satisfecho, sin trompetas ni clarines, con la saludable y razonable satisfacción de las principales necesidades y los sueños de sus ciudadanos: un país a la escala sencilla y cotidiana de sus habitantes. No un país de héroes permanente e infinitamente sacrificados, sino de ciudadanos razonablemente contentos y esperanzados, con sus legítimos sueños y proyectos individuales de gradual y empeñoso mejoramiento. Un país a la medida y en la exacta escala de su estratégica ubicación en el ombligo del mundo, en el cruce de las principales rutas comerciales y turísticas del planeta, adecuado a su esencia de ser un lugar de acogida y reposo. En suma, Batista ofrecía un país real, frente a un sueño utópico devenido en pesadilla casi infinita de un megalómano insaciable.

Todo parecía disponer a Cuba para este propósito: su clima, su territorio con amplias bahías y hermosas playas, una vegetación exuberante de permanente verdor, una superficie predominante llana y fértil, con una dilatada temporada de lluvias, temperaturas cálidas pero refrescadas por las brisas marinas, el carácter normalmente cortés y hospitalario de sus activos y diligentes pobladores, con una agradable combinación racial y una cultura rica y en expansión, hacían posible suponer que la Cuba del futuro sería el emporio turístico del planeta. Mientras la “visión” cubana de Castro era “heroica” —sin contar con la voluntad de sus ciudadanos, a quienes él, quisieran o no, guiaría por el sendero de la Gloria para construir su propio pedestal— la concepción de Batista fue, ramplona y sensatamente, doméstica. Un hombre que amaba entrañablemente a su familia no podía condenar a su familia mayor, la nación, a un destino que la comprometía tan severamente, todo lo contrario de Castro, que por la inexistencia de un sentido familiar —su misma vida lo demuestra, si no bastaran los testimonios de sus propios hijos y hermanos— no le importaba en lo más mínimo los destinos individuales de los ciudadanos, atento sólo a su engrandecimiento: Ad maioren gloriam mea. Pro domo sua.

Castro infundió la noción judeo-cristiana del odio a la riqueza, de la repulsión a la comodidad y la prosperidad: de la Atenas que podía y debía ser Cuba, se empeñó por obra de su monstruosa personalidad egoísta y megalomaníaca, en transformarla en la caribeña Esparta contemporánea. Sustituyó la pluma por la espada, el automóvil por el cañón, y la paz por la batalla permanente, en primer lugar, contra sus propios ciudadanos, en esta inacabable guerra incivil de casi 60 años que hoy continúa.

De esta suerte, en la Cuba de los años de la década de 1950, se reprodujo el enfrentamiento de las dos formas de entender a la América Hispana que pulsearon 120 años antes: la visión heroica del autoritario Simón Bolívar, con una concepción individualista del poder, guiado por una causa superior bajo su absoluto control, y la de un José de San Martín, más sensato, consciente de la diversidad que pretendió unificar, aceptando la complejidad y la coexistencia de fuerzas disímiles, pero enriquecedoramente complementarias. Una vez más, como en su momento original, la causa más sensata y doméstica perdió ante la otra, más ejecutiva y grandiosa, pero con un costo mayor de sacrificios y fracasos.

Un Gran Sastre Mayor e inapelable despojó a los cubanos de sus trajes de Dril 100 y los obligó a vestir el áspero caqui de los uniformes de milicianos, los finos zapatos bostonianos fueron sustituidos por incómodas botas de campaña, el jipijapa por la gorra de campaña, los festivos carnavales por desfiles militares, las carrozas por tanques y la Historia por un acto de incesante y eterno sacrificio. La Cuba que soñaron Batista y su equipo, como representación y condensación de sus factores integrantes y su papel en el presente del continente y de su futuro, fue demolida cuidadosa e implacablemente por la Cuba concitada por Castro y su camarilla: una negaba a la otra y por tanto, sólo podía sobrevivir una de ellas; por el momento, la última, pero la primera continúa pertinazmente prendida en el inconsciente colectivo de la Nación: a ella ha de volver, inevitablemente, en un útil acto de contrición y expiación de escala formidable y ejemplar. La Cuba de la posible conciliación fue destrozada por la Cuba del permanente resentimiento, que aún perdura.


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