Actualizado: 18/10/2019 17:37
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La zancadilla

Fidel, Raúl y el sabotaje a la visita de Bachelet. ¿Repitieron los hermanos su juego de apariencias?

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¿Por qué Fidel Castro quiso "torpedearle" la visita a la presidenta chilena Michelle Bachelet? Las razones, todas especulativas, pueden ser varias. Desde lo personal a lo político. Pero esos cuatro párrafos de su "reflexión", divulgada pocas horas después del encuentro entre ambos, fueron una zancadilla; porque da la impresión que la intención fuera dejar mal parada a la mandataria.

 

En un grado incluso mayor que en el viaje de la presidenta argentina a la Isla, el de Bachelet estuvo precedido de discusión y polémica. Es lógico que esto ocurra en una nación democrática, y especialmente si se relaciona con Cuba. La oposición siempre va a criticar, en la nación que sea, y al gobierno de turno le corresponde valorar los pro y los contra de la gestión. Sin embargo, en estas circunstancias particulares había más que eso.

 

No se trataba de una misión más de un jefe de Estado, sino de un encuentro que coincidió con la celebración de la anual Feria del Libro —un evento más importante en el terreno cultural y político que en el puramente editorial—, en la que precisamente Chile fue el país invitado.

 

Es decir, la presencia de Bachelet en La Habana, inaugurando la Feria, superaba el protocolo y el simple hecho de catalogar la actividad dentro del marco de los nexos diplomáticos entre dos naciones, aunque fuera al más alto nivel. Fue un respaldo y un reconocimiento a Cuba, por parte de Chile, que entraba en un terreno más amplio que la política regional.

 

Este año, el país invitado a la feria literaria tenía dos características especiales: un rico historial —premios Nobel incluidos— y una tradición de intelectuales que han participado activamente en la política —tanto nacional como internacional—, desde el desempeño de cargos públicos hasta el ejercicio constante de la voz crítica y la conciencia moral.

 

Digamos que para Castro, la tentación era grande. Y para aguijonearla aún más, el gobierno chileno había cometido el "error" de anunciar el posible encuentro con el líder revolucionario y divulgar el día programado para celebrarse.

 

De la pena al ridículo

 

A partir de esos antecedentes y condiciones, es posible que Castro decidiera que las cosas no le iban a resultar tan sencillas a la presidenta chilena, que él no era un punto más en la visita —algo así como el monumento a José Martí en la Plaza de la Revolución—, con la consabida foto protocolar y la esperada declaración del visitante de turno, dispuesto siempre a declarar que había encontrado al anfitrión muy bien de salud, muy recuperado, muy atento, muy lúcido, muy conocedor de lo habido y por haber, muy despierto, muy etcétera. Así que decidió que era el momento de hacer una advertencia, tanto a los futuros visitantes como a quienes le rodean.

 

Literalmente, puso a correr a todo el mundo. A Raúl Castro —recién llegado de un viaje que había constituido un éxito, tanto para su figura como para su gobierno— lo devolvió a su condición de hermano menor. En lo que respecta a la presidenta chilena, primero la puso en una situación penosa, y luego en ridículo.

 

Dio pena conocer que ésta había salido apresuradamente junto al actual gobernante de Cuba, interrumpido un acto y acudido ambos presurosos a la cita, como si se tratara de un encuentro casi furtivo o de la ocasión única de poder obtener el autógrafo y la foto con la estrella de cine favorita o el último cantante de rock.

 

Lo que vino después fue peor. Basta imaginar la ira de Bachelet y las ganas que debe haber tenido de salir a toda prisa de la Isla.

 

Un tema sensible

 

En su "reflexión", Castro dedica tres párrafos al asunto de Chile y la salida al mar de Bolivia. Tres párrafos, para que nadie tenga duda alguna. El primero puede pasar. Es una crítica a la oligarquía chilena, y cabe considerarlo inapropiado para el momento. Aunque el ataque es realizado dentro del lenguaje de la lucha de clases y siempre cabe aducir el pretexto de que está enfocado hacia un grupo específico.

 

Como preámbulo, ha dicho que aún no resulta "fácil deshacer la urdimbre legal que, con la ayuda yanki, la oligarquía vengativa y fascista ata a la nación chilena, digna de un mejor destino". Retórica de viejo guerrero antiimperialista.

 

Los dos siguientes no. Constituyen un reclamo histórico y una acusación de saqueo. La referencia a los "valiosísimos minerales", que no se saben "cuáles de ellos eran chilenos y cuáles bolivianos", es capaz de desatar la ira de los ciudadanos, tanto en un país como en otro.

 

De forma explícita, es poner en entredicho la labor de varios gobiernos socialistas chilenos. Es una dura crítica al desempeño de la izquierda chilena y toca un tema todavía candente dentro de la realidad latinoamericana. Más si se tiene en cuenta el esfuerzo llevado a cabo por varias naciones de la región —con Chile a la cabeza— por aumentar su poderío militar.

 

¿Para prepararse contra quién? ¿Contra el "enemigo imperialista"? ¿O para tenerlas listas como una fuerza de contención, aunque sin demostrar un espíritu agresivo, frente a cualquier pretensión de una reclamación más enérgica por parte de algún vecino, en este caso específico Bolivia?

 

Y esta preparación militar ha sido ideada y conducida por los diferentes gobiernos socialistas chilenos, no en la época de Pinochet, no por un gobierno fascista. Esto se llama echar leña al fuego.

 

Posteriormente el asunto ha derivado fundamentalmente en un enfrentamiento entre opiniones políticas y posiciones ideológicas, como había señalado Castro en lo que yo llamo el "preámbulo", antes de entrar en el asunto de la salida al mar boliviana; pero su publicación en un momento tan "inoportuno" (desde la perspectiva del desarrollo normal de los vínculos diplomáticos entre dos naciones, no desde la de Fidel Castro) provocó que la mandataria chilena le expresara su disgusto al gobierno de Cuba.

 

En estos dos párrafos, Castro pasa de la ideología y la lucha de clases al nacionalismo. No es que estos conceptos estén desvinculados. Lo que difieren son las formas de enfrentar el problema y las posibles soluciones al mismo.

 

Por supuesto que la reclamación histórica es real y la acusación justa. Pero hay que enfatizar: desde un punto de vista histórico. Si reclamaciones de este tipo cobraran fuerza entre Estados, las naciones europeas empezarían a caerse a cañonazos otra vez.

 

El problema de la integración

 

Lo importante aquí es que Castro mencione el problema. No porque no carezca de vigencia, que la tiene, sino porque la forma de resolver diferencias de este tipo, en el mundo moderno, es mediante la integración. Y si precisamente hay un punto que La Habana ha repetido en los últimos años: la necesidad de una integración latinoamericana. Sólo que en la región hay dos tipos de integración en competencia. Una es la del presidente venezolano Hugo Chávez y la otra es la que propugnan Brasil y Chile. Argentina está en el medio, jugando al acercamiento con una y otra.

 

En la primera, la cruzada es personal y caudillista —por ello menciono el nombre del mandatario venezolano—, mientras que la segunda trasciende al gobernante, o incluso al partido político, que se encuentre en el poder. Es posible que en las próximas elecciones respectivas, la derecha triunfe en Chile y quizá en Brasil. El proceso de liderazgo regional brasileño no se detendrá, y el papel chileno tampoco. Si se produce una eventual salida del poder de Chávez en 2012, todo apunta a que su idea bolivariana se vendrá abajo.

 

Una Organización de Estados Americanos (OEA) más fuerte y más independiente de Estados Unidos, algo que en gran medida ya se ha logrado, es una respuesta al problema. Y hasta ahora esta organización ha demostrado su capacidad para desempeñar esta función y evitar que los conflictos entre los países de la región alcancen una dimensión mayor. Una OEA con Cuba reintegrada. Pero La Habana ha dicho enfáticamente que no está interesada, y Estados Unidos tampoco lo está en promover ese cambio.

 

A lo que aspira La Habana es al desarrollo de otro tipo de instituciones, donde Venezuela, es decir Chávez, es decir Cuba, desempeñen un papel hegemónico. Y eso es precisamente lo que no buscan naciones como Brasil y Chile, más allá de las visitas a la Isla de sus respectivos mandatarios.

 

De una forma marcada, y desde comienzos del año, el gobierno de Raúl Castro ha estado jugando la estrategia de explorar vías alternativas, que no impliquen un distanciamiento de Chávez —por el momento—, pero sí a una disminución de la dependencia del petróleo venezolano, que en la actualidad es vital para que sobreviva el proceso cubano, tal como lo entiende la cúpula gobernante de la Isla. Y Fidel Castro continúa empeñado en la alternativa bolivariana, es decir, chavista.

 

El triunfo electoral de Chávez el domingo, al lograr ganar el referendo que aprueba su reelección indefinida, parece darle la razón a su punto de vista. Por otra parte, es imposible para Cuba obtener en estos momentos acuerdos comerciales tan ventajosos como los que tiene con Venezuela. De nuevo, tuvo razón Fidel Castro cuando en su última "reflexión" (éstas se han multiplicado en los últimos días) volvió a enfatizar que este vínculo resulta vital para el futuro del proceso que él inició.

 

¿Diferencia de enfoques?

 

¿Evidencia esto una diferencia de enfoques entre Fidel Castro y su hermano? Esta es la primera de las especulaciones. Es posible. Cabe también que todo sea parte —más que de una estrategia— de la clásica táctica castrista de aparentar algo cuando en realidad se persigue lo contrario. Lo cierto es que Fidel Castro le "saboteó" el viaje no sólo a Bachelet, sino también a su hermano.

 

Cabe ahora la segunda especulación: ¿no se trata simplemente de un problema de carácter? Comentarios de este tipo son típicos de Castro. Lo hizo, por ejemplo, cuando el Rey de España visitó la Isla y le recordó los males de la colonización española en Latinoamérica. Castro vuelve a sus orígenes, y es un síntoma de una mejoría de salud —por otra parte, visible en la foto con Bachelet.

 

La "reflexión" que este comentario viene analizando comienza con un párrafo personal, algo no común en Castro, el cual resulta, por cierto, muy interesante: no importa lo que yo diga —se queja Castro—, lo que verán en mi es al "anciano" enfermo. Muestra su disgusto ante la prensa internacional, pero también —¿por qué no?— hacia quienes le rodean: no estoy acabado, parece decir, declarar, casi reclamar con furia.

 

Viene a colación la famosa fábula del alacrán y el sapo, cuando ambos intentan cruzar una charca, donde el primero pincha y mata al segundo, pese a que ello implica también su muerte: "Es mi carácter", responde el alacrán mientras se ahoga.

 

Sólo que Fidel Castro siempre ha sido muy práctico, pese a dar la impresión de lo contrario. Es aquí donde entra la sospecha de que, una vez más, los hermanos repiten el juego de las apariencias que tan buenos resultados les ha brindado. Raúl, el pragmático, Fidel el intransigente. Cuando en realidad son espejos.

 

En lo político —según esas simetrías típicas de la historia—, vale la pena recordar como el propio Castro, durante su larga estancia en el Chile del presidente Salvador Allende, se empeñó igualmente en contribuir a que fracasara el intento del gobierno de la Unidad Popular de explorar una vía alternativa de la cubana —en lo que se refiere a reformas sociales y un mandato desde la izquierda.

 

Ahora, la capacidad de acción reducida a unas cuantas cuartillas, a veces de importancia menor, pero que en otras ocasiones todavía sirven para crear tensiones, llevan a pensar, una vez más, en los entretelones del poder en Cuba.


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Michelle Bachelet y Fidel Castro, en una imagen distribuida por el gobierno de Chile, el 12 de febrero de 2009 en La Habana. (AP)Foto

Michelle Bachelet y Fidel Castro, en una imagen distribuida por el gobierno de Chile, el 12 de febrero de 2009 en La Habana. (AP)