Actualizado: 23/10/2019 9:47
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Oposición Leal, Nacionalismo, Sociedad civil

Los dilemas de la “lealtad”[1]

CUBAENCUENTRO inicia la publicación de una serie de artículos sobre la “oposición leal”, el nacionalismo y la sociedad civil, los cuales conformarán un dossier especial sobre estos temas

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“Vamos a hacer un mundo de verdad, con la verdad partida como un pan terrible para todos”.
Cintio Vitier, “No me pidas”.

Con gratitud al magisterio del padre Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal.

I

El pasado verano tuve la grata oportunidad de visitar la ciudad de Miami, invitado por la Asociación de Estudios de la Economía Cubana (ASCE). El evento, desarrollado durante varios días en el hotel Hilton del bellísimo centro de la ciudad, acogió a los miembros de ASCE —en su inmensa mayoría cubanoamericanos académicos y exfuncionarios de instituciones financieras internacionales—, actores sociales y políticos de Miami, funcionarios del Departamento de Estado y de otras entidades destacadas en Washington, así como a un grupo de cubanos de la Isla, en su inmensa mayoría perteneciente a la sociedad civil opositora. Se agradece inmensamente que una entidad que tiene el objetivo de pensar y estudiar a Cuba invite a compatriotas de la Isla a participar en sus foros. Sin embargo, se extrañó en ASCE la presencia de los otros sectores de la sociedad civil cubana, esos que representan el espectro oficial y a la sociedad civil no opositora.

Mi ponencia, que estuvo relacionada con los desafíos del relevo político en Cuba, fue escuchada con respeto y atención. La calma en el auditorio se disipó justo cuando hice mención a la necesidad de la existencia en Cuba de un “quehacer político diverso, pero leal”. En la versión ampliada de mi ponencia, publicada en el pasado número de Espacio Laical, agregaba la necesidad de que ese “quehacer”, estuviese “comprometido con los cambios estructurales que Cuba necesita”, pero que, a su vez, “estuviese desvinculado de los mecanismos de la Ley Helms Burton y de los andamiajes del Embargo/Bloqueo”, por ser estos “ilegítimos, inmorales, y lesivos a los intereses de los cubanos patriotas”.

Acto seguido tuvo lugar un acalorado, pero fructífero, debate sobre el tema. Quienes propugnamos una salida hacia el futuro cubano sin traumas, sin nuevos vencidos, y donde sea derrotada una potencial “restauración borbónica” que retrotraiga las conquistas capitales que trajo a la nación cubana el “evento 1959”, no tenemos ante nosotros una tarea fácil. Durante los mismos días que sesionó en Miami la conferencia de ASCE, la Florida Internacional University (FIU) acogió la presentación de un líder opositor de la Isla, quien llamó públicamente a “construir un frente unido en la Isla y el exilio” contra los intelectuales “aglutinados en torno a la revista Espacio Laical”, por “promover dentro de Cuba y en la comunidad internacional el apoyo a la fraudulenta reforma raulista mediante la promoción de actitudes complacientes hacia el régimen dictatorial de La Habana”.

No es menos cierto que el término “oposición leal” es polémico, pues en la historiografía y la literatura académica ha estado vinculado a experiencias políticas donde la “lealtad” venía dada por un acotamiento racional, por parte de élites en sistemas políticos autoritarios, de la influencia de determinados grupos subalternos para la detentación del poder y la transformación de la realidad. Esa “oposición” servía, en muchos casos, para enmascarar la verdadera identidad de esos regímenes y vender la imagen de un sistema pluralista y abierto. Entremos en materia.

II

En un texto del año 2012, Haroldo Dilla, importante sociólogo cubano radicado en República Dominicana, atribuyó a mi persona —erróneamente— el haber introducido por vez primera el término “oposición leal” en el debate interno en la Isla. Sí es cierto que el término forma parte del universo de propuestas que comparto para el presente cubano y que he participado activamente en promover el debate en torno al mismo. Realmente las dos personas pioneras en la incursión en la temática han sido los politólogos Arturo López-Levy —cubano radicado en Estados Unidos— y Rafael Hernández, director de la imprescindible revista Temas.

En los textos de López-Levy sobre el asunto, los análisis se enfocan, sobre todo, en una crítica hacia un segmento de la oposición al gobierno cubano que, en su afán de concertar alianzas políticas, juzga legítimo conferirle prerrogativas a un gobierno extranjero —el norteamericano— sobre asuntos que son de estricta incumbencia de los cubanos. Por su parte, Rafael Hernández se ha referido al tema cuando ha disertado sobre las diversas tendencias presentes dentro de las instituciones del sistema político cubano, sobre todo el Partido Comunista de Cuba (PCC).

En un lúcido texto del padre Carlos Manuel de Céspedes, del año 2013, publicado en este mismo número de Espacio Laical, el desaparecido sacerdote afirmaba certeramente: “En la Cuba de hoy, cualquier proyecto de cambios, en orden a una mejor promoción humana, aunque sea solamente temporal, interino y dispuesto a revisiones ulteriores, para que sea congregante y eficaz, no puede evitar el intercambio o confrontación dialogal entre una variadísima gama de posiciones ante todo lo que integra la vida, sea en su dimensión individual, sea en la social. (…) Un proyecto de cambio transicional, en orden a una mejor convivencia, a un mayor bienestar y a una promoción humana integral, para nuestro país, la noble nación cubana, insertada en nuestro mundo global, será tanto más eficaz (o sea, pasará del estatuto de proyecto al de realización), cuanto mejor consiga la concertación de las voluntades presentes en la Cuba contemporánea”.

Entonces, ¿a qué hago referencia cuando hablo de la necesidad de una oposición “leal” en el contexto cubano? Hago hincapié fundamentalmente en dos cuestiones, atributos imprescindibles para la creación de un clima político donde fructifique “la concertación de voluntades” de la que habla el padre Carlos Manuel: 1) la necesidad de ser “leales” —en privado y en público— a un conjunto de actitudes que favorezcan la despolarización del campo político cubano y 2) de ser “leales” al núcleo de ideas que dan fundamento al nacionalismo revolucionario cubano, a) por condensar el universo de aspiraciones y metas históricas de la nación cubana y b) por ser este una bisagra que podría potencialmente articular consensos en un amplio sector del espectro político nacional. Todo ello con el “oído puesto en tierra”, es decir, mirando a Cuba con realismo, con refinada atención a los balances de poder realmente existentes.

En mi caso particular los fundamentos para sostener dicho quehacer parten de mi concepción del mundo, de pensar y repensar la realidad humana desde una antropología de raíz cristiano-católica. Desde este punto de partida, cada ser humano es hijo de Dios, lleva dentro de sí un fragmento de la Verdad, es una criatura “hecha” a imagen y semejanza del Dios-Creador. Por tanto, el ser humano es copartícipe de la obra creadora de Dios: esa realidad dignifica “lo humano” a una escala casi cósmica, en proporciones inconmensurables. En tal sentido, “el otro” no debe ser visto como un enemigo que debe ser aniquilado, sino solo como un adversario con el cual resulta legítimo tener tensiones y discrepancias, y con el cual existe el imperativo de tejer consensos, siempre y cuando sea posible.

Se trataría de comenzar a ser “leales” a un conjunto de principios y metodologías desvinculados de la guerra aniquiladora que ha sido el signo distintivo de los sectores de poder mejor empoderados en los escenarios cubanos. De tener, hacia los que creemos que son nuestros adversarios, una sana “tensión democrática”. Y asumir dicha actitud incluso cuando nuestros adversarios se relacionen con nosotros de manera hipertrofiada. Desatar un quehacer político dentro de Cuba, comprometido con los cambios estructurales que necesita el país, implica necesariamente abdicar de la promoción de “primaveras árabes” y políticas de “cambio de régimen”, pues parte de una actitud irresponsable y de una visión trasnochada y casi infantil de la correlación de fuerzas internas en Cuba.

No es posible dialogar y ponerse en relación con alguien que te promete, a priori, el aniquilamiento. Lo único que han logrado quienes propugnan estas agendas ha sido mantener secuestrado el presente cubano, al darle combustible a sectores complacidos con la reproducción de una dinámica de guerra perpetua. La despolarización del campo político es el único camino que tenemos los cubanos para la concreción de un futuro más pleno y justo. La “lealtad” absoluta con el principio de que “el otro” tiene un fragmento de la verdad y que tiene derecho a defenderlo y proponerlo al orden comunitario, debería ser una máxima sagrada para quien se llame demócrata. Y ese derecho tenemos que defenderlo para todos los cubanos, incluso para aquellos compatriotas que nos han privado de ese derecho.

Un quehacer político diverso al del gobierno debería tejerse en torno al núcleo de ideas que sostiene el nacionalismo revolucionario cubano. Esa plataforma, que podría ser sostenida por un conjunto amplio de actores nacionales, defiende la plena soberanía política y económica de la Isla frente a las políticas de agresión de Estados Unidos; aspira a un desarrollo económico sustentable bajo la fórmula de una economía mixta con articulación de formas de propiedad estatal, cooperativa, privadas y autogestionarias; anhela un Estado de Bienestar con meseta mínima para las mayorías nacionales y el mantenimiento del acceso universal y gratuito a los servicios públicos —conquista capital de la Revolución de 1959—; cree necesaria la plena inserción del país (desde lógicas autóctonas) a las redes de la economía mundial; aspira a construir un Estado democrático que garantice el mandato de las mayorías, con el consecuente respeto y co-participación de las minorías, con la institucionalización de movimientos sociales y de la sociedad civil como sujetos activos de la política; y clama por una esfera pública abierta e inclusiva como mecanismo idóneo de deliberación de problemas nacionales.

Este debería ser el marco operativo desde el cual deberían actuar actores sociales que buscan un quehacer político diverso al gubernamental en la Cuba actual. En ese contexto, el desafío consiste en articular, desde la sociedad, una batería de propuestas sobre los principales desafíos nacionales para complementar la agenda de reformas del gobierno cubano, no para combatirla. El gobierno cubano no es una raza alienígena que debe ser eliminada de la faz de la Tierra, sino un grupo de cubanos con una agenda política concebida dentro del nacionalismo y con la cual hay que dialogar. Luchar para que los asuntos políticos rezagados u omitidos en esa agenda se materialicen sería una buena meta para esa oposición “leal”.

La oposición “leal” no puede ser una estrategia para lograr con “mano blanda” lo que no se ha logrado con “mano dura”. No puede ser una estratagema de enmascaramiento de agendas ocultas, como si de lobos con pieles de cordero se tratase. En la práctica, tendría el desafío concreto de ensanchar los límites del sistema vigente hacia más amplias libertades civiles y políticas, preservando los logros sociales y políticos alcanzados en 1959 (que pertenecen ya a la nación cubana), pero sin cooperar con los mecanismos de la Ley Helms-Burton y el embargo/bloqueo. Debería estar comprometida con la batalla, en el terreno de la opinión pública, para sustentar un Estado nacional radicalmente martiano.



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