Actualizado: 20/10/2017 18:43
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| Opinión

Oposición Leal, Nacionalismo, Sociedad civil

¿Nacionalismo revolucionario?

CUBAENCUENTRO concluye con esta entrega la publicación de una serie de artículos sobre la “oposición leal”, el nacionalismo y la sociedad civil, los cuales conforman un dossier especial sobre estos temas

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En los últimos meses se ha estado produciendo un interesante intercambio entre intelectuales cubanos, residentes en la Isla y en la emigración. Del lado insular han participado Roberto Veiga y Lenier González, mientras que del otro lado he compartido espacio con otros dos amigos: Armando Chaguaceda y Rafael Rojas. Finalmente Veiga y Lenier (VyL) han publicado una interesante contrarréplica titulada Nacionalismo y lealtad: un desafío civilizatorio sobre la cual quiero concentrar mi atención en este artículo.

La principal motivación del artículo de VyL es conceptualizar en torno del denominado Nacionalismo Revolucionario (NR) y argumentar sobre su lugar en la política y la historia cubanas. Según los autores el NR constituye la columna vertebral de la construcción histórica nacional y de la posible articulación de un bloque de actores sociopolíticos que, apoyados en la “metodología del pacto… pueden conducir al país hacia un presente y un futuro de estabilidad y progreso”. Y en consecuencia, definen NR como “un conjunto de valores, construcciones intelectuales y hasta cierta mística” compartido por las mayorías nacionales y que remiten una decena de propuestas o principios, algunos tan concretos como el acceso a la educación gratuita, y otros tan generales como la “vocación de generalidad”.

Sin lugar a dudas este esfuerzo programático de Espacio Laical —junto con otras actividades que han estado realizando— es parte de un trabajo sistemático para aglutinar y consolidar un campo político con ribetes transnacionales que he denominado Acompañamiento Crítico (AC) sistémico. Antes de este artículo, los autores produjeron un debate en torno a un interesante listado programático denominado Cuba soñada – Cuba posible – Cuba futura: propuestas para nuestro porvenir inmediato, que desafortunadamente despareció de escena a pesar de sus virtudes innegables y del interés que despertó en el campo intelectual. Y creo que esta perfilación identitaria es necesaria si quieren constituirse en partes de un bloque con pretensiones de “dirección ético-política”, por lo que hay que felicitar a los autores y desearles éxitos.

Me asaltan, sin embargo, algunas dudas.

La primera se refiere a la viabilidad del nacionalismo revolucionario —tal y como es explicado por VyL— como opción política e ideológica. O sea, si el NR, que efectivamente ha sido una muy meritoria tradición en la historia nacional, sigue siendo una opción política racional (no meramente emotiva) de partes sustanciales de la sociedad cubana. E incluso de figuras y actores que podemos identificar dentro del campo de los acompañantes críticos. Y me pregunto sobre esto, porque me temo que el listado programático de VyL es más preguntas que respuestas. Y que cuando se pasa a las respuestas, los disensos van a prevalecer. Por ejemplo, cuando se habla de socializar las riquezas casi nadie estará en contra, pero cuando se discuta como hacerlo, que parte del ingreso nacional podrá ser socializado, y como se distribuirá la parte que vaya a ser socializada, me temo que ahí terminará el consenso patriótico. Es fácil estar de acuerdo con la educación gratuita universal, pero es difícil decir como (y quien) la paga.

Algo similar pasa con el tema de la soberanía, un campo donde pastan los demagogos menos imaginativos del activismo cubano y cubano/americano. La sociedad cubana es una sociedad transnacional. Pudiera conjeturar que más de una cuarta parte de la población insular vive fuera del país, todo o parte del tiempo. Y en contacto con oportunidades de realización que no hay en la Isla, los cubanos emigrados han constituido colonias exitosas, económica y culturalmente. Las redes de contactos entre una parte y otra de la nación son intensas, diversas y recíprocas, y ninguna parte puede ser imaginada sin la otra: la sociedad cubana solo cobra sentido desde una perspectiva transnacional. Los emigrados no son los hermanos menores de la familia, de igual manera que ya la cultura cubana tiene asiento, en igualdad de condiciones, dentro y fuera de la Isla. Lo que se puede denominar “la cubanía” no es una dimensión territorializada de la existencia social.

Pero una parte y la otra tienen experiencias y cosmovisiones diferentes (como también las tienen los orientales y los habaneros). Pretender que los emigrados recuperen su nación —de la que fueron despojados cuando les sustrajeron sus derechos ciudadanos— a cambio de perder su identidad a los pies del nacionalismo revolucionario, me parece una aspiración abusiva e irrealista. No quiero decir que VyL, como tampoco el proyecto Espacio Laical, se planteen explícitamente este asunto en esos términos. Creo sinceramente que ninguna otra institución ha sido más constructiva en el trazado de puentes entre las dos partes de la nación que la iglesia católica y Espacio Laical dentro de ella. Pero sí opino que una fórmula dura de nacionalismo como el NR contiene todos los gérmenes para excluir y abusar, tal y como excluyen y abusan el gobierno cubano y su contraparte imprescindible de migrantes intratables y políticos cubano-americanos.

Vale la pena recordar una experiencia ocurrida hace dos decenios, cuando en medio de la espantosa crisis económica, el gobierno intentó sistematizar reuniones con la emigración con fines evidentemente más pedestres que la unificación nacional. La primera de estas reuniones fue ordenada en torno a una conferencia de un funcionario letrado regularmente alineado con las posiciones menos duras del sistema. Tras hacer una fatigosa disquisición sobre la cultura cubana y sus valores, el funcionario propuso una fórmula inmoderada: aunque todos los intelectuales nacidos en la Isla portaban algo de la cubanidad, algunos portaban la parte mala, corrupta, pasiva, entreguista y plattista. Otros, los que coincidían con él y su visión de que la Revolución coronaba el ciclo de la historia buena, resumían la cubanía. Quienes quisieran llegar a ser cubanos verdaderos, por tanto, deberían entrar al redil que generosamente abría sus puertas, y deberían renunciar a todo lo diferente. La desnaturalización era el precio del salvoconducto político. Huelga anotar que esto no es pluralismo, sino, a lo sumo, tolerancia condicionada. O visto al revés, intolerancia edulcorada.

Hay aspectos del planteamiento de VyL que no se diferencian de las invitaciones de Prieto, por lo que sospecho que están trabajando con algunas “armas melladas” del autoritarismo, y de hecho se convierten en parte de un problema, cuando debieran ser parte de la solución. Me explico.

Para ser justos, VyL no creen que el campo político en torno al NR sea el único espacio justificado en la Isla. Creen que el NR es parte del juego en el que participan legítimamente otras fuerzas con otras propuestas y en esto, que es muy importante, guardan una saludable distancia metodológica tanto de los medios oficialistas como de la oposición más radical. La propuesta tiene la virtud de no considerar traidores a los otros, y por eso una propuesta inusualmente tolerante en el ámbito cubano. Pero, paradójicamente al mismo tiempo, no dudan en afirmar que “este quehacer plural, para que sea posible, debe mantener como finalidad el consenso en torno a esas metas compartidas por generaciones de cubanos.” Y para rematar, afirman que todos aquellos que no militen en el NR, deben merodear el espacio público “con la humildad requerida, pues no son quienes han prefigurado la nación ni constituyen una mayoría significativa”.

En pocas palabras, que sin pedir la rendición, VyL solicitan a los otros la humildad de que sus propias propuestas carecen. Y lo hacen sobre una parcialización que soslaya una parte importante de la historia de Cuba y de su cultura.

El nacionalismo revolucionario designa a toda una corriente de la historia de Cuba que se ha caracterizado por su radicalismo nacionalista, su apego a la ruptura revolucionaria y cierta sensibilidad social. Aprecio los aportes del nacionalismo revolucionario a la historia nacional, pero decir que solo desde él se ha prefigurado la nación es una apetencia teleológica que no resiste la prueba del escrutinio histórico. Un liberal, por ejemplo, puede argumentar que fue su tradición la que guió el activo proceso de acumulación y producción de riquezas, de expansión tecnológica, de producción cultural y de desarrollo urbano. Pudiera explicar que desde sus tribunas se incubaron discursos y acciones anti-injerencistas memorables, Y llamaría a su inventario a figuras históricas que no pueden dejarse de mencionar cuando se habla de historia de Cuba. VyL —y todos sus aliados ideológicos— pueden afirmar que no les gusta Arango y Parreño, Saco, Rafael Montoro, Enrique José Varona y Jorge Mañach, pero sería difícil decir que fueron socios menores de la historia.

Luego, está el drama de una nación pequeña en un mundo en creciente globalización. Temo a veces que los exabruptos nacionalistas y patrioteros (no es el caso de VyL) no son otra cosa que una consolación ideológica ante una historia de subvenciones. Pues no creo que en la historia mundial exista otro país —quizás la excepción sea Puerto Rico— que haya vivido más tiempo de los subsidios. Nuestra sobrevivencia —y en ocasiones esplendor— ha sido cargada a la espalda de alguien: un indio mitayo en Guanajuato, un camarada en Bakú o un empleado bolivariano en Maracaibo.

Lo que hemos hecho durante los últimos 50 años es dar tumbos entre opciones de subvenciones económicas a cambio de servicios políticos y técnicos. Hemos proyectado a Cuba al escenario mundial, la hemos dotado de una política exterior muy intensa y hemos retado a la potencia hegemónica mundial a pocas millas de nuestras costas. Pero sin una base económica capaz de asegurar la reproducción nacional y la prosperidad mínima de sus habitantes. ¿Es eso nacionalismo? ¿Sirve el nacionalismo revolucionario —notablemente westfaliano y territorial— para maniobrar en un mundo tan complejo en que predominan espacios de regulación transnacionales —comercio, derechos humanos, medioambiente— formados desde las cesiones soberanas de soberanías? ¿Qué significa en este mundo tan “mundializado” una propuesta que consagre “…la soberanía ante la injerencia de poderes foráneos en nuestros asuntos internos”? ¿Tendría el estado cubano, cualquiera que fuese, derecho a reprimir a su población, limitar los derechos civiles y políticos, penalizar su emigración y despojar a los emigrados de derechos ciudadanos, y le llamaríamos soberanía? ¿Es la alianza con norcoreanos, sirios y rusos la mejor contraparte posible para sustentar un mundo seguro para la nación?

La primera meta que debe tener cualquier propuesta nacionalista es garantizar la reproducción material de nuestra sociedad, ofrecer a todos los cubanos el derecho a una vida próspera y libre en su país y en consecuencia el derecho a no-emigrar, y devolver a cada cubano la autoestima nacional que no puede sostenerse a fuerza de trompetazos de victorias imaginadas, sino de la viabilidad decorosa de la nación.

Creo que Espacio Laical y el campo de los acompañantes críticos tienen una ventaja envidiable en el escenario cubano: tienen aceso a espacios de la opinión pública cubana. Pueden comunicarse con, al menos, una parte de la sociedad insular y emigrada: imparten conferencias, organizan eventos, publican en revistas especializadas y de divulgación. Es una pena que gasten esa posibilidad vendiendo testimonios simbólicos de sus existencias en lugar de actuar como puentes y articuladores de toda la diversidad que se acumula en la sociedad transnacional. Y esto no se consigue degradando a los otros. Tampoco enarbolando una versión dura del nacionalismo, cuando justamente necesitamos —y seremos más capaces como sociedad— el día que logremos una fórmula ligera, menos westfaliana, y una identidad societaria.

Al hacer esta discusión siempre temo ser injusto con Roberto Veiga y con Lenier González, dos intelectuales a quienes admiro por sus ideas y valentía. Pues no estoy seguro sobre que hacen o dicen por convicción política, o sobre a que están obligados si quieren conservar el espacio público en un sistema donde la autonomía es un ave rara y la represión un expediente cotidiano. Y digo esto, porque al final de su artículo VyL entran en otras consideraciones acerca de los valores tácticos de su propuesta. Y asumen que efectivamente hay partes de su discurso desfasadas de los tiempos sencillamente porque tienen que adecuarse a una forma específica de pensar del grupo de personas a quien está dirigido su mensaje y que resultan vitales para su proyecto político “dado su grado de implicación en las estructuras de la política, del poder y de la creación de la opinión pública”. Y con notable honestidad aceptan que sus puntos de vista tienen con frecuencia un enfoque binario —”que hace aguas”— y no asume la fluidez de la sociedad cubana actual. En política esto se llama pragmatismo, un recurso al que se apela cuando la realidad no se compadece de las metas.

Sin embargo, me temo que aún cuando VyL insisten en que “cualquier solución real y beneficiosa a la crisis cubana pasa por salir de las trincheras”, en la práctica lo que hacen con el NR es cavar la propia. Este es el drama de los acompañantes críticos del sistema: creen que cediendo pueden conseguir sus metas. Pero en realidad solo se ganan el derecho a una sobrevivencia precaria y a un pataleo final que, no importa cuan digno pueda ser, se lo traga el tiempo. Y puedo opinar sobre esto sencillamente porque fui parte del proyecto de acompañamiento crítico de mayor calado intelectual que ha habido en Cuba: el Centro de Estudios Sobre América. Va mi cuota autocrítica.

No me atrevo a sugerir que hacer, pues si bien hay muchos caminos por explorar, también hay muchas maneras de morir en el intento. Y yo no vivo en Cuba. Pero creo que Espacio Laical y todo el campo AC existen porque la élite política cubana ya no puede hacer las cosas como las hacían antes, no porque se haya despertado en ella una inopinada vocación democrática. Si Espacio Laical y sus aliados quieren efectivamente validar la “metodología del pacto” tienen que avanzar mirando al futuro y motivar a la clase política a pactar. Pero eso requiere dejar la trinchera y mover las piezas hacia adelante, demandar efectivamente al poder establecido, incluir a otros grupos y personas, intelectuales y activistas, insulares y emigrados, sistémicos y oposicionistas. Cuba es una sociedad y una identidad que no pertenece a unos o a otros, sino a todos. La patria no es de radicales o reformistas, de izquierdistas o derechistas, de oposicionistas o sistémicos.

Es simplemente de todos y todas.


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