Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Los pilares de la nación

Desde el punto de vista moral, la Cuba que viene ya se podría estar configurando hoy.

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La dosis de pasión y choteo (sistemático) que los cubanos ponemos en los debates, así como la recurrencia al argumento fácil de comparar la situación actual con los tiempos pasados, suelen impedir que reflexionemos sobre un tema tan importante como es el de los valores que deberían ser la base de la vida nacional.

No es algo de ahora. Y no hay que ser un pesimista antropológico para constatar que la preocupación por los pilares morales, económicos y políticos, que son los que hacen estable, próspera y virtuosa a una nación, quedó y queda siempre a un lado, reemplazada por lo cotidiano y por la exaltación.

De hecho, dicha realidad fue objeto de reflexión de importantes intelectuales como Enrique José Varona y Jorge Mañach. Este último, en su Indagación sobre el choteo, reconoce, por ejemplo, que la práctica sistemática del choteo "es responsable de una gran parte de la morosidad con que hemos progresado hacia la realización de cierto decoro social y cultural". Además, alertó que "nadie se emociona con más facilidad ni con más pueril plenitud que el cubano", lo cual podría ser utilizado por políticos manipuladores.

Tenía razón Mañach en su diagnóstico. Una vez derrotado el machadato se abrió una oportunidad histórica, pero el gobierno de corte socialdemócrata y nacionalista dejó poco espacio para cualquier planteamiento serio de otra tendencia. La socialdemocracia populista se convirtió en la moda nacional y la mayoría de los políticos querían ser rosaditos o por lo menos aparentarlo, incluido Batista, en una de sus varias versiones.

Con frecuencia se escuchaban incendiarias arengas antiyanqui en el mundo político (venidas de personas hoy veneradas en ambientes del exilio, que representan todo lo contrario al discurso dominante de aquellos tiempos republicanos), acompañadas de propuestas de nacionalización de un profundo corte estatista. Lo importante era "llegar a las fibras del corazón…".

La historia de un país es la que es. La Cuba anterior a 1959 verdaderamente puede ser motivo de orgullo en muchos aspectos, pero es poco comprensible que nos instauremos en su apología, olvidando su inestabilidad política y, por así decir, emocional. Aquella República tuvo momentos positivos, pero también fue la que salió a las calles a vitorear a Batista en 1952 (los archivos fotográficos no engañan) y después a Fidel Castro, también en sus varias versiones.

El castrismo sí mostró desde el principio su interés en instaurar sus propias bases de la vida social cubana, incluso morales, como se puso de manifiesto con la persecución a católicos y homosexuales. Quizás hoy no es tan prioritario, porque la consigna oficial actual es subsistir; pero, en la mayor parte de este medio siglo, el régimen tuvo bien claro ese objetivo, y el control absoluto de la enseñanza y de los medios de comunicación fueron sus garantías para lograrlo. La utopía del "hombre nuevo", que ya todos sabemos qué cosa es, iba en serio.

¿Qué país queremos?

¿Por qué es importante que los demócratas reflexionen sobre este tema? Porque si bien no se sabe con exactitud cuándo será el cambio político estructural, determinada élite ya se plantea cómo debe ser la sociedad del mañana. La Cuba que vendrá ya se podría estar configurando hoy, desde el punto de vista moral.

Por ejemplo, es sintomático, o por lo menos suspicaz, que en un país donde no hay libertad para expresarse libremente, para entrar y salir, para cambiar de provincia o para vender la casa, hoy se esté hablando de libertad para cambiar de sexo, de ideología de género y de otros temas que están en la base del sistema cultural relativista que se quiere imponer desde determinadas tendencias políticas contemporáneas.

Algunos astutos ya empiezan a garantizar su reciclaje, de ahí su interés por comenzar a establecer las bases de la nueva sociedad sobre la ruina antropológica actual. Aunque por la crudeza de la situación del país la gente se burle de sus ocurrencias comparseras, la intención y el proyecto no son un chiste.

Por ello, a la hora de pensar el futuro, no podemos contentarnos confiando que Cuba es una "isla de corcho" que siempre sale a flote a pesar de sus desgracias. Aunque lo que pueda venir tenga posibilidades de ser cualitativamente mejor que lo actual, tendríamos que preguntarnos con seriedad qué país queremos.

El milagro de Miami puede orientarnos, pero no podemos perder de vista que ese gran enclave cubano está bajo el amplio paraguas de las instituciones norteamericanas, en especial, del poder judicial. El know how (saber hacer) miamense difícilmente sería aplicable en un ambiente de irrespeto a las instituciones o en una nación sin conciencia de hacia dónde quiere ir.

Podríamos comenzar apoyándonos en los mejores valores alcanzados en el período republicano (por ejemplo, lo aplicable de la Constitución de 1940), pero, al mismo tiempo, sin permitir, como sucedió en el pasado, que la irresponsabilidad, la inmadurez emocional de seguir ciegamente a un líder carismático y la falta de respeto a las instituciones democráticas se sobrepongan a la estabilidad que ofrece una sólida institucionalidad.


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