Actualizado: 23/04/2019 9:57
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Plebiscito, Disidencia, Exilio

MUAD: beso de la democracia

La estrategia opositora parece cifrada en el absurdo de que los errores de ayer conducen al acierto mañana por mera reiteración

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Unos 30 militantes de la oposición interna y 70 del exilio se creyeron la semana pasada que asistían a un “Encuentro Nacional Cubano” (ENC) por pasar tres días en el Hotel Verdanza (San Juan de Puerto Rico) conversando sobre “la unidad de acción en la diversidad” para propiciar el cambio pacífico hacia la libertad y la democracia en Cuba. Esta penúltima salida fuera tenía que guardar correspondencia con el penúltimo embullo dentro: la Mesa de Unidad de Acción Democrática (MUAD), que copia la Mesa de Unidad Democrática (MUD) venezolana y añade Acción para que las siglas cubiches suenen como un besito.

Aunque no es más que otra sopa de letras recalentada, Manuel Cuesta Morúa dijo que MUAD encierra la novedad de “amplio espectro político [y] composición plural” para que las “diferencias entre grupos enriquezcan la agenda común”. Al refritarse el Proyecto Varela como El camino del pueblo (2011), Cuesta Morúa había anunciado la mismitica novedad con otro jueguito lingüístico: “Quien observe detenidamente la composición heterogénea de este nuevo impulso común podrá ver las distintas expresiones culturales, raciales, ideológicas, generacionales y políticas que han decidido mostrar una nueva voluntad de consenso”.

Quien observe detenidamente hoy El camino del pueblo podrá ver que, en tres años y pico, ha recogido (apenas) 1.500 firmas (inútiles) y que Cuesta Morúa dejó camino por vereda que tampoco lleva a ninguna parte y retomó la tradición mesera interrumpida por rotura de la Mesa de Reflexión de la Oposición Moderada (1998-2004) engolfándose en la Mesa Coordinadora de Nuevo País (2011), la Mesa del Diálogo (2014) y las Mesas de Iniciativa Constitucional (2015) acompañadas con Mesas de Trabajo leguleyo.

Contexto y pretextos

Cuesta Morúa declaró a EFE que “de momento” ningún representante de los grupos de oposición concertados en MUAD estaba invitado al izaje de la bandera americana en el Malecón, como si tal invitación no estuviera descartada de antemano. Washington dio otra de consuelo para izar una banderita en casa del jefe de la SINA, expresó “profunda preocupación” por la represión y prometió continuar “financiando los programas por la democracia”, así que al menos MUAD podrá captar fondos para su proyecto “Otro 18”, que encararía la transición pacífica a Jefe de Estado y Gobierno sin apellido Castro en 2018 con peticiones de leyes sin tener un solo diputado a favor en el parlamento.

MUAD convoca incluso a un plebiscito para que la ciudadanía legitime los procesos políticos, como si la penúltima tentativa plebiscitaria, trompeteada por Rosa María Payá el 22 de julio de 2014, no estuviera ya boqueando con tan solo 101 votos en el sitio Cuba Decide, mientras Cuba decidió con 6,8 millones de votos en las elecciones del pasado 19 de abril que ninguno de los 2 opositores entre los 27.379 candidatos nominados se colara entre los 11.425 delegados electos a las asambleas municipales.

En el nuevo contexto de “interlocución permanente —según Cuesta Morúa— de los estadounidenses con la sociedad civil”, el besito de MUAD deja la misma marca del viejo pintalabios ilusorio con el mismo brillito plattista de que la cosa se resuelve con USA. Lo único racional que propone MUAD es “movilizar pacíficamente a la ciudadanía”, pero resulta que no será para votar contra el gobierno, sino para montarse en todos los fiascos precedentes, como reclamar al bulto la liberación de presos políticos sin precisar siquiera tal categoría y pedir más y más reformas, como si las víctimas de la represión cortaran el bacalao legislativo.

Intervalo de lucidez

MUAD se propone también exigir la ratificación e implementación de los Pactos Internacionales (1966) de Derechos Humanos, que el gobierno firmó desde 2008 sin haber manifestado aún intención de adoptarlos en el Derecho interno. Esta exigencia sería el único propósito que valdría la pena para arrostrar la represión política, ya que abre posibilidades más razonables de movilizar al pueblo y la solidaridad internacional, amén de obligar al régimen a dar explicaciones y quedar así expuesto a la opinión pública sin necesidad de que la oposición urda embarajes pueriles como “la Asamblea Nacional no dio respuesta al Proyecto Varela”, “asesinato de Estado”, “centro de tortura en Tarará”, “desparecidos” y otros tantos que no convencen a nadie salvo a claques incondicionales o hipócritas. El trámite legal paralelo discurriría de este modo:

  • Queja y petición al Ministro de Relaciones Exteriores, quien seguramente no contestará, pero así dará pie a
  • Recurso de Alzada ante el propio ministro, quien tampoco se dignará a contestar esta vez, pero así dará pie a
  • Demanda judicial contra el silencio administrativo ante la queja (por demora en ratificar los pactos) y la petición (de adoptarlos en el Derecho interno).

El fallo judicial tiene que ser fundado y no darlo entrañaría la reacción internacional que no consiguieron ni los domingos de represión ni las marañas del Proyecto Varela y el asesinato de Payá. En el plano horizontal (igualdad de derechos) de la democracia no hay mejor reclamación que la ratificación de los pactos, como tampoco hay cosa mejor en el plano vertical (quién gobierna) que deslegitimar al gobierno en las urnas. Si el esfuerzo movilizador no se traslada a que la gente anule o deje en blanco la boleta electoral, así como a velar y denunciar el fraude, las víctimas de la represión seguirán en vano dando viajecitos afuera y armando mesitas adentro, como prisioneros políticos de la historia.

Coda

El problema no radica en que el besito de MUAD no seducirá al pueblo ni el ENC forjará la unidad de acción. Esa doble predicción es tan sonsa como que el sol saldrá mañana. El problema estriba en que desde 1988 —cuando Samuel Martínez Lara y Tania Díaz de Castro tuvieron la ocurrencia de copiar el plebiscito chileno— la disidencia interna viene saltando de un proyecto mal diseñado y fallido a otro sin agarrarse del único aldabón de toda oposición pacífica: el voto, que exige trabajo paciente y tedioso en la base antes que viajes y alardes mediáticos.

Por el contrario, la estrategia opositora parece cifrada en el absurdo de que los errores de ayer conducen al acierto mañana por mera reiteración, como si los lidercillos cubiches de la democracia no tuvieran otra máxima que aquella con que el comediante Jon Stewart resumió el desatino político: Learning curves are for pussies.


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