Actualizado: 28/02/2024 17:05
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Nuestro 68

Para los cubanos, el hito del Mayo Francés marcó la pérdida definitiva de un país que hasta entonces sobrevivía en la música de las vitrolas.

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Los peregrinos de 1968 permanecían, sin embargo, ciegos ante la represión y la grisura de la situación cubana, proyectando sobre la Isla sus propios anhelos: los republicanos españoles veían la revolución que no tuvieron, el verdadero triunfo rojo que los nacionales les arrebataran; los latinoamericanos, una independencia total del imperialismo yanqui que habría de producirse, más temprano que tarde, en todo el continente; los europeos, un socialismo con rostro humano, después de sucesivas frustraciones en la órbita soviética.

Si aquel era, en palabras de Sartre, "le socialisme qui venait du froid", este era uno que venía del chaud: a diferencia de los europeos del Este, los cubanos tenían la música negra en el alma, y "les saltan pies y manos, se contonean, retuercen, siguen el ritmo con palmas, bailan todos por dentro y por fuera. Un comunismo mágico les anima", comenta Aub. Pero no, no era ya comunismo —apunta en otra parte de su testimonio—, sino "utopía". Una utopía hecha de reminiscencias: kibbutz, anarcosindicalismo catalán, Primera Internacional… El parecido de Fidel con Durruti y con el Noy del Sucre hacía, a los ojos de Aub, imposible que se entendiera con los soviéticos; un diálogo del Comandante con Stalin no era posible.

Lo más llamativo de aquella utopía cubana de 1968 era, claro, el desprecio del dinero. Según el escritor catalán, ese "afán anarquista de hacer desaparecer el dinero, de pisotearlo, de machacarlo, de quitarle todo valor da a la Revolución Cubana un aspecto totalmente distinto a las demás". Aub no advertía, empero, el costado represivo del asunto, demostrado una década después de forma indisputable por el genocidio camboyano.

El dinero que, al decir de un personaje de Borges, es "un Proteo más versátil que el de la isla de Pharos", resulta, en cierto sentido, el límite mismo del comunismo; siendo la forma última de la propiedad que queda cuando todo lo demás ha sido nacionalizado, su eliminación marca el "gran salto adelante" desde el estadio socialista al pretendido reino de la libertad. Con la sola —y crucial— diferencia de que ahora el Estado, lejos de desaparecer, no ha hecho sino crecer, privando al individuo de toda autonomía: ya no puedes comprar en una tienda un ventilador o una lavadora, debes ganarlo con bonos de trabajo voluntario.

La utopía del fin del dinero y del trabajo voluntario se revela, entonces, como pesadilla histórica, desde el momento mismo en que el objetivo —el comunismo— se plantea como el resultado de una "construcción". Ese paso —sobre el que Marx poco dijo— no se puede llenar sino con violencia; y bien lo sabía Guevara, cuando señalaba que "para salvar al hombre había que reprimirlo".

Contraste de perspectivas

El 68 cubano era, en resumen, una nueva confirmación de la inevitable deriva totalitaria del socialismo real, y en este sentido, no mostraba originalidad alguna, más allá de las notas de color local que aportaba la idiosincrasia tropical. Los izquierdistas, sin embargo, se aferraban a sus sueños de juventud y a sus fáciles teorías sobre la descolonización. A pesar de sus diferencias de perspectiva, debatían fraternalmente sobre "los problemas de la cultura en relación con el Tercer Mundo"; sólo tres delegados se abstuvieron de firmar aquella Declaración de La Habana que, a fuerza de simplista y parcial, hoy resulta grotesca, en la que se denunciaba el imperialismo norteamericano y su "dominación colonial y neocolonial sobre los países subdesarrollados", pero nada se decía del imperialismo soviético.

Sólo trascendió, a manera de anécdota curiosa, una discrepancia que vale la pena recordar. Según Lisandro Otero, el día de la inauguración del Congreso, Joyce Mansour se situó detrás de David Alfaro Sequeiros, y propinándole una patada, le gritó que era "en nombre de Trotsky". Comenta Aub: "¡Tuvo que venir Sequeiros a una república socialista para que una mujer le diera un puntapié en el trasero 'de parte de André Breton'!".

Lo mismo da en nombre de quién haya sido la agresión al pintor mexicano; el incidente queda como gracioso símbolo de aquel falso milagro habanero que propiciara el encuentro de enemigos irreconciliables. El furibundo estalinista que participara en un frustrado intento de asesinar a Trotsky, y la discípula del trotskista Breton, ¿no eran como el paraguas y la máquina de coser de la célebre imagen de Lautreamont? Y La Habana, ¿no era la mesa de disección? ¿No decían que Cuba era la tierra del surrealismo? Pues en 1968 fue ocasión para desagraviar al maestro: ahora no era sólo el surrealismo al servicio de la revolución, sino, por carambola, la revolución al servicio del surrealismo. En cuanto a Trotsky, sólo cabe recordar que pocos meses después de la muerte de Guevara fueron destruidas las planas de La revolución permanente, que estaba en proceso de impresión.

Los fantasmas de León Davidovich y de Iosif Dugashvili andaban —qué duda cabe— por La Habana, capital de la revolución mundial, mientras la ciudad, ya bastante deteriorada por casi una década de maltrato e indolencia gubernamental, recibía un golpe mortal con la "ofensiva revolucionaria". Surgía, entonces, otro fantasma que tras la caída del Muro de Berlín ronda cada vez con más fuerza: el de la vieja ciudad con sus bares, su "bolita" y sus chinos.

Para los fellow travelers, el 68 marcó el inicio del "hundimiento del Titanic", ese "principio del fin" del que habla Ensersberger. Para los cubanos, era la definitiva pérdida de un país —la República— que hasta entonces sobrevivía en la música de las vitrolas. Este contraste de perspectivas —la de los cantores del experimento tropical y la de sus conejillos de Indias— fue captado insuperablemente por el poeta alemán en su Canto IX:

"Todos esos extranjeros que posaban ante los fotógrafos / en los cañaverales de azúcar de Oriente, sus machetes en alto, / el pelo pegajoso, y camisas de mezclilla / endurecidas por el sudor y la melaza. ¡qué gente tan superflua! / En las entrañas de La Habana la miseria ancestral / continuaba su tarea de putrefacción, la ciudad hedía a orina vieja / y a vieja servidumbre, los grifos se secaban por la tarde, / la llama del gas se apagaba en el fogón, las paredes / se desmoronaban, no había leche fresca, y por la noche / "el pueblo" hacía paciente cola para comer pizza. / Pero en el hotel Nacional, en los salones frente al mar, / donde hace mucho tiempo solían cenar los gansters, los senadores, con emplumadas / reinas del stripteese / sentadas en sus adiposos muslos y regateando una propina, / deambulan ahora un puñado de trasnochados / trotskistas de París, que se sienten / "dulcemente subversivos", tirándose unos a otros bolitas / de pan y citas de Engels y de Freud".


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