Actualizado: 22/10/2021 20:51
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Nuestro 68

Para los cubanos, el hito del Mayo Francés marcó la pérdida definitiva de un país que hasta entonces sobrevivía en la música de las vitrolas.

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"Fidel Castro y el Movimiento 26 de Julio", dijo Sartre sin pensarlo dos veces cuando, en un encuentro en la Cité Universitaire con algunos miles de estudiantes franceses, uno de ellos le replicó que sólo el Partido Comunista podía hacer la revolución, desafiándolo a dar un ejemplo de lo contrario.

Esta anécdota, relatada por Carlos Fuentes en su ensayo sobre el Mayo Francés, alcanza a ilustrar cómo, aun cuando —según ha contado Simone de Beauvoir— a la altura del 68 Sartre ya estaba algo desilusionado con el rumbo de la que ocho años atrás había bautizado como "la revolución más original del mundo", en el último capítulo de su larga militancia socialista el gran filósofo se aferraba con fuerza a la utopía de la Revolución Cubana.

La convergencia de la "revolución contra la burguesía y la revolución dentro de la revolución" destacada por Fuentes, por entonces también simpatizante del régimen cubano, era, desde luego, en gran medida una ficción. Entre la insurrección de esos jóvenes libertarios a los que Sartre instaba a hacer causa común con los obreros y el curso del proceso revolucionario cubano, va un buen trecho —el que separa los grafitis de "Prohibido prohibir" y "Hagamos el amor y no la guerra" en los muros de La Sorbona, de las vallas con las consignas "Comandante en Jefe, Ordene" y "¡Estudio, trabajo, fusil!" en las calles de La Habana.

Al no apoyar oficialmente la revuelta estudiantil, pero sí la intervención soviética en Checoslovaquia unos meses después, Castro dejaría claro su lugar al lado de la revolución establecida, muy lejos de aquella originalidad que el filósofo había celebrado en Cuba durante su visita en marzo de 1960.

Una utopía estética

Nuestro 68 no fue el de la playa bajo los adoquines, sino el del "Cordón de La Habana" y los "cien años de lucha". Mientras la Revolución Cubana circulaba en el extranjero como símbolo de rebeldía antiburguesa, en el interior se instalaba en su nombre un "orden" más rígido que el franquista. El año terminó, significativamente, con la célebre serie de artículos de Leopoldo Ávila en Verde Olivo, donde se plantea desde la autoridad de las Fuerzas Armadas Revolucionarias la doxa marxista-leninista-estalinista que el propio Castro decretó en 1971, cuando denostó a los intelectuales críticos y llamó a hacer un arte de masas que expresara verdaderamente a la revolución.

Había comenzado, sin embargo, con el Congreso Cultural de La Habana, donde más de quinientos intelectuales extranjeros fueron reconocidos por Castro como la verdadera vanguardia de la revolución en el mundo.

Unos meses atrás, el Salón de Mayo había marcado el apogeo de la luna de miel entre aquella intelligentsia de izquierdas y la Revolución Cubana. Carlos Franqui ha contado que, como condición para permitir que el mismo se celebrara en La Habana, Castro exigió que sus vacas también fueran expuestas, y así fueron, como arte pop en los jardines del recién construido Pabellón Cuba, junto a radares que podían pasar fácilmente por instalaciones avant-garde.

Aquella ficticia primavera de La Habana comportaba, de cierta manera, una utopía estética: el arte moderno se apropiaba por un momento de los emblemas de la revolución en sus dos frentes de batalla —el agropecuario y el militar—, mientras el gigantesco mural colectivo simbolizaba un regreso festivo al origen de la tradición revolucionaria, antes de la fatal escisión entre estalinismo y trotskismo.

Pocos meses después, sin embargo, la destrucción a mandarriazos del Museo de Arte Moderno, inaugurado en La Rampa durante el Congreso, restableció la preeminencia de la revolución sobre el arte: si la revolución misma era la gran obra cultural, como reconocía la declaración del Congreso de 1968, no había en ella espacio para un arte con las pretensiones del moderno. Esas vanguardias eran degeneraciones burguesas y debían ser erradicadas como tales, mientras del nuevo mundo, superada ya la división del trabajo manual y el intelectual, surgiría un arte sano, positivo, producido por y para las masas.

Ese episodio no podía ser más simbólico: remedaba al gesto vanguardista de destrucción del museo, símbolo de la separación del arte y la vida, pero con la diferencia de que no era el arte tradicional, académico y filisteo, el blanco de la violencia de los agentes de la Seguridad del Estado, sino el arte moderno, considerado ahora parte de la enfermedad que había que curar. Comunismo y fascismo, como se sabe, coinciden en su rechazo del arte moderno, mientras la utopía vanguardista de eliminar la escisión entre lo público y lo privado se realiza perversamente en la comunidad totalitaria donde los grandiosos objetivos colectivos sustituyen las iniciativas individuales y la vida interior.

La oreja peluda del fascismo

En 1968, el fascismo asomaba en Cuba su oreja peluda, al tiempo que Castro emulaba a su ídolo de juventud con el "Cordón de La Habana" y la "Zafra de los Diez Millones". A las clásicas fotos del Duce durante la battaglia del grano, participando con el torso desnudo en las labores de recolección y trilla del trigo, correspondían las del Comandante en el corte de caña. Y si en la Italia fascista, obsesionada con el crecimiento demográfico, las mujeres proliferas habían sido las heroínas del momento, en la Cuba de Castro ese puesto lo ocuparán las vacas; o más bien, una de ellas, la célebre Ubre Blanca, cuya repentina muerte marcó el fin de los delirios desarrollistas, funestos todos, de nuestro Mussolini tropical.

La "ofensiva revolucionaria" de marzo fue, en gran medida, una preparación para la movilización total en torno a la producción que culminaría en la cacareada "batalla de los diez millones". Bares, cabarés, quincallas y puestos de fritas fueron nacionalizados y cerrados: se alegaba que eran lugares donde proliferaba la vagancia, cuando, en palabras de Castro, no había que promover la "borrachera, sino el espíritu del trabajo".

Un puritanismo jacobino presidió aquella campaña nacional que saludó el cierre de los bares y cabarés como un paso más en la supresión de los vicios del pasado. "No se construye el comunismo con mentalidad de bodegueros", decía Castro, mientras embarcaba el país entero en una "construcción simultánea del socialismo y el comunismo" que, inspirada en las ideas de Ernesto Guevara, buscaba desarrollar la consciencia, eliminando los incentivos materiales y el poder del dinero.

Menos conocidos que el Cordón de La Habana y la zafra de 1969-1970, los tres "planes piloto" comenzados un año antes en zonas rurales reflejaban aquella ingeniería social que, emulando el mensaje evangélico y la milagrosa multiplicación de los panes y los peces, pretendía regenerar al hombre y triplicar la producción. El discurso que Castro pronunció el 28 de enero de 1967, en la inauguración del primero en San Andrés de Caiguanabo, resulta un documento muy ilustrativo de ese sueño de la razón que no produce sino monstruos.

La fascinación comunista por la técnica va, allí, mucho más allá de la sustitución de los bueyes por tractores: Castro habla de "acelerar el proceso de crecimiento" de las plantas de café aplicándoles hormonas. La tecnología promete un futuro de abundancia, donde con la introducción de las máquinas los trabajadores se liberan del esfuerzo físico y, además, "liberan tierra donde pueden tener cientos de vacas para producir todos los días miles de litros de leche".


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