Actualizado: 03/12/2021 11:36
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Padecimientos estructurales (II)

Reforma liberal o muerte. Tal es el dilema al que se enfrenta el castrismo.

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Después de la debacle del totalitarismo leninista-estalinista en Europa, los regimenes totalitarios que sobrevivieron en otros continentes, se enfrentaron al dilema de que las viejas formulas de la estatización y la centralización dejaron de ser garantía indefinida de su permanencia en el poder, debido a las deficiencias económicas que éstas producen, fundamentalmente por su incapacidad innata para mejorar el nivel de vida de la población, obligándolos a considerar la expansión de la propiedad privada y la utilización del mercado, como tablas de salvación en el corto y mediano plazos. China y Vietnam utilizaron esta vía de forma muy exitosa, pero el totalitarismo cubano rehusó reformarse al mismo nivel que sus homólogos asiáticos, prolongando innecesariamente una crisis económica agravada por el desplome de sus pares totalitarios en Europa. Es fundamentalmente por esta razón que hoy se discute en Cuba la posibilidad de unas transformaciones estructurales que reviertan la crisis económica y el constante declinar del nivel de vida de la población.

Ahora bien, ¿quiere decir esto que los gobernantes cubanos finalmente comprenden, como hicieron sus colegas en China y Vietnam, que la única forma de comprar más tiempo en el poder, es mediante una reestructuración económica profunda? ¿Entienden que eso implica el abandono de las premisas económicas fundamentales del modelo imperante: la estatización y la centralización?

Reformistas contra Miedosos

Si bien hay indicios de que algunos economistas de la Academia de Ciencias parecen favorecer la reestructuración siguiendo patrones similares a los de China y Vietnam, también existe evidencia, según los discursos de los que actualmente manejan la economía, que éstos tienen pocos incentivos en el corto y mediano plazo para desmantelar la estatización y la centralización, sobretodo mientras se sientan seguros bajo el resguardo del subsidio venezolano.

No resulta claro cual de estas dos posiciones ganará la partida una vez muerto Fidel Castro. El resultado más probable, sin embargo, en ausencia de una agudización de la crisis, es que se aprueben algunas tímidas reformas, que no pongan en peligro el control político, y que ayuden a disminuir la ineficiencia de la economía, moderando así, aunque sea levemente, los efectos negativos de los problemas estructurales sobre el nivel de vida de la población.

No obstante, los que se oponen a la reforma estructural radical tienen que bajarse de la nube. Es ilusorio pensar que Venezuela puede ayudar a resolver lo que no pudo hacer la URSS con un subsidio tres veces mayor. Gústele o no a los que quieren mantener al capitalismo de Estado en pilotó automático, el subsidio venezolano es un paliativo temporal, muy dependiente de los vaivenes del precio del petróleo en el mercado mundial, una especie de cocaína económica que no ayuda, ni ayudará a solucionar los problemas estructurales de la economía nacional. Al contrario, al crear un soporte artificial o piso, impide la profundización de la crisis financiera, lo que contraproducentemente, incrementa los incentivos de los burócratas para posponer las necesarias reformas estructurales. Venezuela paga las cuentas de una economía-paciente con diagnóstico de mucho cuidado, que si no fuera por el subsidio de Chávez hace rato estuviera en estado de coma o ya hubiera llegado al cenit de su crisis, lo cual hubiese obligado a una cirugía radical o a la reforma estructural.

Los defensores del status-quo intentan vender la imagen de una recuperación ficticia de la economía, mientras ignoran que, en su estrecha relación con Venezuela, su economía-paciente se les contagia por asociación con la enfermedad holandesa, ese padecimiento que sufre la economía venezolana y que en algún momento, cuando se desplome el precio del petróleo durante una contracción futura de la economía mundial, o debido a una política agresiva de independencia energética por parte de los Estados Unidos, agravaría aún más la salud de ambas economías, unas que ya sufren de las secuelas del centralismo, la estatización y el tradicional caudillismo latinoamericano.

Hambre para hoy, hambre para mañana

La enfermedad holandesa ocurre cuando una economía deviene altamente dependiente de las exportaciones de una materia prima, sin llevar a cabo un plan de diversificación, lo cual conlleva a un descontrolado agrandamiento del sector estatal y a una dependencia excesiva del presupuesto del Estado como fuente de empleo, lo cual la hace muy vulnerable a un desplome coyuntural de los precios de ese producto en el mercado mundial. Por eso el petróleo venezolano actúa como desestímulo a la introducción de reformas capitalistas liberales en ambas economías. Todo lo contrario a lo que han hecho algunas monarquías con líderes económicamente capaces, como las del reino de Dubai y los Emiratos Árabes, las cuales han puesto en práctica un plan de desarrollo a largo plazo, diseñado para mantener sus economías viables y vibrantes en un mundo post-petrolero.

Al mismo tiempo, aunque la expansión de la inversión extranjera podría aumentar la entrada de divisas convertibles al gobierno, muy difícilmente ese incremento se vería reflejado en las condiciones de vida y materiales del pueblo, y medianamente aliviaría la precaria situación financiera de una economía muy limitada por su inmensa deuda externa, su incapacidad de generar valor agregado, con una industria obsoleta, y con unas fuerzas productivas internas amarradas de pie a cabeza por ataduras fiscales y burocráticas de todo tipo. Esos bolsones de modernidad que forja la inversión extranjera, aceitados con mano de obra barata, tampoco pueden resolver el problema estructural de la economía cubana, ya que nunca llegarían a emplear a una parte significativa de la fuerza laboral y mucho menos mejorar el ingreso de los trabajadores, ya que éstos continuarían recibiendo un miserable salario en pesos, mientras que la corporación de los hermanos Castro continuaría acaparando la moneda convertible.

Además, es muy dudoso que la maltrecha economía cubana, con su alto perfil de riesgo, con su categoría de crédito basura —definida como "grado especulativo, muy pobre", por las agencias de crédito internacionales—, agravada por su historia de continuo desfalco, se convierta de pronto, aunque sigan modificando la ley de inversión extranjera, en un imán para los grandes capitales, mucho menos mientras siga en pie la Ley Helms-Burton y se mantenga, como espada de Damocles sobre la cabeza de los inversionistas, la larga lista de reclamos de compensación pendientes por los antiguos dueños de los activos a ser adquiridos. Hay muchos otros lugares del mundo con un ambiente de inversión más propicio que el cubano y mejor equipados para facilitar la conducción normal de los negocios, y donde el inversionista extranjero puede irse a dormir al final del día, sin el nivel de preocupación que genera Cuba como destino de inversión.

Lo cierto es que con o sin subsidio externo y con o sin mayor inversión extranjera, la economía cubana no volverá a ser una entidad generadora de riqueza y productora de bienestar ciudadano, hasta que no se modifiquen los patrones de propiedad, ya sea mediante la creación de cooperativas privadas o entregando las empresas directamente a los trabajadores o a sus antiguos dueños, ya que de otra forma, continuaría la misma estructura de incentivos conducentes al menor esfuerzo, al robo y la corrupción que no se puede acabar con medidas disciplinarias. De otra forma, la continuidad de las mismas estructuras, causantes del fracaso actual, hará imposible la obtención de resultados diferentes.

Reforma o muerte

El dilema del totalitarismo cubano es que el capitalismo monopolista de Estado que lo ha sostenido políticamente en el poder no es bueno para producir riqueza, y ese defecto se convierte en un obstáculo formidable para el mantenimiento del monopolio político en el mediano plazo, ya que el agravamiento de las cuentas externas, la deuda unido al déficit comercial, obliga a la nomenklatura, en vista del alto costo del acceso al crédito internacional por el status junk del país, a mantenerse bien pegadita al chupete económico del subsidio venezolano.

La incertidumbre para la nomenklatura radica en que nadie sabe cuánto más va a durar el subsidio venezolano, ni cuándo habrá una nueva recesión internacional que desinfle los precios del petróleo y del níquel, tampoco si es posible mantener indefinidamente a la población en condiciones depauperantes, con pésimo transporte, falta de vivienda, caída del poder de compra del peso con respecto al peso convertible, y consumo racionado, sin que se produzca un "maleconazo" definitivo que de al traste con el sistema, ya que la capacidad de aguante de la masas tampoco es infinita y quizás aquello de que “con el pueblo enardecido no se juega” venga a ser, por ironía de la historia, lo que finalmente produzca el cataclismo y el cambio estructural necesario. Por otro lado, la cúpula totalitaria sabe muy bien, debido a la experiencia de sus ex-pares en Europa, que con la perestroika tampoco se juega, ya que es muy difícil volver a meter al genio de la libertad en la botella una vez que la población lo conozca.

En fin, es innegable que las fuerzas productivas de la economía cubana se encuentran maniatadas por la estatización, la centralización, y por una gran cuota de incompetencia. Para reactivarlas, hay que hacer todo lo contrario de lo que se ha hecho, o sea, privatizar, descentralizar y educar, no hay otra vía. Sin embargo, los que favorecen la reforma estructural aún tienen una gran tarea por delante para convencer a la facción opuesta a la reforma y a la temerosa burocracia estatal, de que el actual modelo de capitalismo de Estado es inviable, y peor aun, que la continuidad del inmovilismo que mantiene a ese capitalismo de Estado en piloto automático con una ruta parecida a la del Titanic, podría ser el sepulturero de la historia para el régimen.

De una forma u otra, en caso de que no se lleven a cabo las reformas estructurales que urgentemente demanda la economía para su buen funcionamiento, por temor a las consecuencias políticas de la libertad económica, y se facilite, por medio de la inacción, que la crisis llegue a su clímax y se produzca el tan esperado desenlace, éstas reformas van a tener que ser acometidas de todas maneras por el gobierno de transición que reemplace al totalitarismo. Los que vengan detrás de la fiesta del derroche del castrismo van a tener que utilizar lo mejor de la experiencia liberal y la ayuda del mundo libre para poder sacarnos del status crediticio basura, pero primero habrá que retornar la economía a sus patrones naturales de propiedad, industria y comercio mediante el fin de la excesiva estatización y centralización.


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