Actualizado: 06/12/2019 17:18
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Historia

Proyectos en liza: republicanismo y liberalismo en la Hispanoamérica Independentista

El republicanismo diverso latinoamericano (federal o unitario, presidencialista o parlamentario, dictatorial u oligárquico) refleja las influencias ideológicas y geopolíticas externas y las dinámicas sociales del contexto local

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Dos corrientes marcan el tránsito del siglo XVII a XVIII dentro del pensamiento político hispanoamericano. Una es la republicana, heredera no mimética del ideario renacentista, crítica de la desigualdad derivada del agresivo mercado capitalista, enfática en la demanda de participación activa de una ciudadanía conformada por pequeños propietarios y demás personas libres, interesada en el bien y la seguridad común. Por otra parte la corriente de los protoliberales (Merquior, 1993 y Chaguaceda, 2006) remarcará la necesidad de individuos libres que protegen su propiedad y seguridad de injerencia externa, enfocados al libre juego de las fuerzas del comercio, capaz de producir la prosperidad general (Manin, 2002: 13-14). Ambas compartirán la búsqueda de estabilidad política, desarrollo económico y libertad personal, pero diferirán en sus modos de alcanzarlo. Y abrigarán en su seno un abigarrado conjunto de tendencias híbridas, definidas por la impronta de disímiles contextos y momentos históricos, en cuyas coordenadas era prácticamente inevitable que la coincidencia de pensadores y actores políticos llevados a cometer graves inconsistencias conceptuales y a frecuentes contradicciones (Palti, 2002: 208) se tradujeran en un nuevo orden construido con herramientas ideológicas e institucionales diversas (Aguilar y Rojas, 2002: 8) y en ocasiones real o aparentemente contrapuestas.

Abordar aquí los proyectos políticos enfrentados en el primer tercio del siglo XIX supone definir cada uno de sus cuerpos conceptuales dentro de un contexto histórico, delimitando las diferentes ideologías y nociones políticas con vistas a evitar la expansión desmesurada, la simplificación y el vaciamiento de que han sido frecuentemente objeto (Palti, 2002: 188-189). Ello permite entender por qué, pese a ser la República la forma política privilegiada en la Hispanoamérica postindependentista, ello no implicó su institución permanente y consecuente como antítesis de las visiones monárquicas ni la llevó a poseer una concreción sustantiva en cada país, siendo asumida en múltiples ocasiones por las elites como mera contraposición formal al desplazado gobierno colonial (Aguilar y Rojas, 2002: 63) a partir del binomio independencia/república versus dominación/monarquía.

A nivel conceptual y abordado en su doble dimensión, el republicanismo se expresará como forma de gobierno —basada en la representación política, la oposición a las monarquías y la celebración de elecciones— y tradición cultural anclada en el civismo, el buen gobierno y la noción de bien común (Rojas, 2002: 389) que conjugará con visiones organicista de la comunidad nacional, del unanimismo de opinión pública y de una ciudadanía armada (Palti, 2002: 185). Son precisamente dos componentes del proyecto republicano (la lógica representativa y la idea de soberanía popular) los que permiten, a nivel ideológico y de diseño institucional, el tránsito de las demandas de autonomismo local a la reivindicación de las independencias nacionales.

Si bien para 1810 ya existían tres experiencias y modelos republicanos (EEUU, Francia y Haití), en la región emerge un republicanismo heterodoxo, proclive al uso fragmentario, ecléctico e instrumental de las ideas para la lucha política (Aguilar y Rojas, 2002: 75) que coexiste con las primeras ideas liberales y le precede en su maduración como proyecto político en las naciones de América y Europa (Barrón, 2002: 125). Aquel republicanismo, obsesionado por la homogeneización cívica de las nuevas “comunidades imaginadas” y la constitución de repúblicas con atributos (población, territorialidad) definidos, no se propuso enfrentar la heterogeneidad y fragmentación heredadas del período colonial por medio de estrategias anticorporativas liberales (contra el clero, el ejército o los cabildos) o mediante una reconfiguración estamental de las sociedades, como intentaron gobiernos conservadores. Prefirió apelar al ensayo, el error, la innovación y la heterodoxia.

El debate sostenido entre los modernos republicanos de Hispanoamérica sobre las formas de la ruptura con el pasado monárquico fue representativo de la primera mitad del siglo XIX, como después lo sería la oposición liberal —conservador. Siendo sus dilemas concretos la fundación de instituciones eficaces y políticamente legitimas, los republicanos vivieron la tensión entre la expansión del autogobierno y la libertad política y la necesidad de garantizar orden y estabilidad en las nuevas naciones Para resolver semejante dilema se depositó en instancias asamblearias unicamerales —entendidas como crisol de la Voluntad General— toda la representación política, y prefirió contar con ejecutivos débiles y minuciosamente controlados. El decurso de este proceso conllevó a una posterior evolución conducente a centralizar el poder, fortalecer el Poder ejecutivo y restringir la precaria participación popular (Negretto, 2002: 213-217).

Este republicanismo diverso (federal o unitario, presidencialista o parlamentario, dictatorial u oligárquico) refleja las influencias ideológicas y geopolíticas externas y las dinámicas sociales del contexto local. De su seno emergerán los conservadurismos desencantados, el liberalismo progresista y las corrientes radicales democráticas de la segunda mitad del siglo XIX (Barrón, 2002: 135) y puede considerarse con toda propiedad como el primer proyecto político postindependentista, recreado por exponentes con sólida y diversa formación teórica y experiencia práctica, opuestos a la tiranía y convencidos del valor de un buen diseño institucional y del fomento de virtud y educación cívicas (Barrón: 267-288).

Ahora, si bien la República va a emerger como forma de gobierno privilegiada en la Hispanoamérica postindependentista, su real concreción por las elites criollas no significará una antítesis de los rasgos de la monarquía: centralismo, autoritarismo, personalismo. (Aguilar y Rojas, 2002: 63) Tampoco, pese a sus críticas fervientes de las instituciones monárquicas y la composición estamental de las sociedades, del absolutismo borbónico y la Inquisición, del atraso socioeconómico de la agricultura, los republicanos del Nuevo Mundo rechazarán raigalmente la identidad “hispánica”, “latina” o “católica” del antiguo régimen. Así “Frente a España, los republicanos hispanoamericanos se mueven en esa dialéctica entre el rechazo y la promesa. Pero al relacionarse con sus propias ciudadanías, que ven conformadas por antiguos súbditos del régimen colonial, la ambivalencia se vuelve aún mayor. Esas ciudadanías son la subjetividad que deberá construir las nuevas repúblicas y, sin embargo, por su historia y por sus tradiciones, carece de la moralidad que demanda el orden republicano” (Rojas, 2009: 319-321).

Las repúblicas serán, ante todo, el continente de un sistema representativo pensado para naciones que se sumergían en el naciente sistema mundo, por cuanto no intentarán una (imposible) recreación del ideal de Rousseau, sino un proyecto congruente con el modelo de Montesquieu —pensado incluso para convivir con las instituciones estabilizadoras de una monarquía parlamentaria— y donde confluirán también las experiencia francesa y estadounidense. Se trata, como suele ocurrir en tantas esferas de la historia y sociedad hispanoamericanas, de una apropiación fragmentaria, ecléctica e instrumental de idearios con propensión universal, una suerte de recreación electiva para responder las demandas de la lucha política regional. Y que demuestra los dilemas de un pensamiento republicano que nace influido por los ecos ambiguos de la Revolución Francesa y que mantendrá una tensión que vincula y contrapone la utopía persistente de los proyectos nacionales y los desencantadores diagnósticos de la situación real y sus expectativas de desarrollo.

Líderes como el conservador Lucas Alamán en México o el libertador Simón Bolívar en Sudamérica, forjados en su acercamiento a los procesos europeos, expresaron su oposición coincidente tanto a las tiranías absolutistas como a las anarquías y el terror postrevolucionarios (Cilano, 2008). Al defender innovadoras formas de representación política, equilibrio de poderes e instancias de fiscalización —Cámara de Censores, Cuarto Poder, Poder Conservador— (Barron, 2002: 267-288), expresa también la crítica a las oligarquías empoderadas en los congresos nacionales, que defendieron sus privilegios antidemocráticos en nombre de la libertad y la oposición a los personalismos. En este caso se enfrenta una tensión inherente al republicanismo (la posibilidad de transitar de una democracia deliberativa de mayorías a una concentración autoritaria del poder) con un déficit del modelo liberal: una representación individualizada pero selectiva, que bloquea la democracia a partir de asimetrías sociales derivadas de la posesión de recursos, medios de expresión y redes de poder.

A la diestra del republicanismo tenemos una corriente definida como protoliberal (Chaguaceda, 2006), forjada desde fines del siglo XVI hasta la primera década del XIX, que apuesta por una sociedad civil y política integrada por individuos libres (blancos, varones y con cierta renta), habilitados para proteger, disfrutar y expandir su propiedad y seguridad personales frente a las interferencias externas. Estos protoliberales serán defensores de la necesidad de un Estado mínimo y postularán una creencia secular en cuyo seno la búsqueda individual del éxito es vista como generadora de la prosperidad general. Dentro del protoliberalismo la noción de lo público, en tanto sujeto y objeto de la política, evolucionará de la idea del Antiguo Régimen basada en el bien común y en el deber de asumir cargos públicos, a la construcción de poderes representativos legitimados por una soberanía popular restringida y una opinión pública de elites, independiente y beligerante.

Dicha visión chocará con el hecho de que las formas de sociabilidad y los imaginarios burgueses —opinión pública y parlamento— no cuajaron entonces en Hispanoamérica, coexistiendo con la vitalidad de formas plebeyas y premodernas de opinión y acción, dentro de una polícroma pluralidad de espacios públicos (Guerra y Lempérière, 1998: 9-10). Y con la fragmentación territorial, que demostraba la fragilidad de naciones en ciernes y la beligerancia de ciertas élites locales, amparadas en sociedades aún arraigadas a estructuras y formas económicas conservadoras.

Las lecturas reduccionistas realizadas sobre el fenómeno liberal (en paulatino desarrollo después del primer cuarto del siglo XIX) por sus oponentes lo presentan como una ideología ajena que confronta la tradición absolutista y patrimonialista local, como mera máscara del autoritarismo; mientras que apologetas no menos simplistas postulan una hegemonía liberal que relega todo lo demás a simple conservadurismo defensor del pasado y busca resumir en el calificativo de liberales al heterogéneo universo de personajes federalistas, republicanos, anticlericales, emancipadores de la colonia (Barrón, 2002: 119-121). Lo cierto es que, superada la hegemonía republicana de 1810-1830, el liberalismo irá fortaleciéndose en su tránsito de ideología de lucha a mito unificante de carácter y adquirirá un sesgo tendencialmente conservador (Palti, 2002: 170) hasta devenir la ideología e historiografía hegemónicas por el resto de la centuria.

Como proyecto político el liberalismo buscará garantizar el derecho ciudadano a consentir, legitimar y reciclar, mediante el mecanismo del voto y las instituciones representativas intrínsecamente, diversos grupos dominantes. Fundado en un entorno de profundas asimetrías sociales, económicas y culturales, los gobernantes liberales provendrán de los circuitos de élites propietarias e intelectuales, por lo que el liberalismo aparecerá más como una alternativa que como antesala de la democracia (Aguilar, 2000: 141-149). En su empoderamiento a mediados de la centuria, se convertirá en una ideología de síntesis, interesada en combinar, en un mismo esquema institucional, el origen electivo de los gobernantes del republicanismo democrático, con una interpretación conservadora de la república interesada en centralizar el poder, reducir la influencia de las asambleas legislativas y fortalecer la autoridad del ejecutivo.





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