Actualizado: 28/10/2020 15:50
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EEUU, Trump, Obama

«The Ugliest American» (I)

Un artículo en tres partes. Las siguientes partes aparecerán en días consecutivos

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“Me parece gravísimo el que las ideas dominantes sobre Estados Unidos en el resto del mundo sean en tan gran proporción falsas: esto introduce un elemento de error en la vida entera del planeta, el cual vive, ya sólo por eso, aunque no tan sólo por eso, en estado de error”. Julián Marías.

De himnos y guarachas

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos de América emergió como el gran vencedor de la contienda. De haber sido “el tercero en disputa” (recordemos que en un principio la conflagración fue un “asunto europeo”, donde las Potencias del Eje se confabularon para agredir primero a Inglaterra y Francia, y luego a la Unión Soviética, en la búsqueda de un “espacio vital” propugnado desde la Primera Guerra Mundial o Gran Guerra), pasó a ser el gran protagonista de la historia mundial.

La política americana de suministrar trigo y otros alimentos a la naciente Rusia comunista, fue un gesto trascendente pero hoy olvidado. Así ocurrió también con la Ley de Préstamo y Arriendo que hizo aprobar en 1941 el presidente Roosevelt para apoyar el esfuerzo de guerra. Luego, el Plan Marshall (1948-1952) apoyó decisivamente la reconstrucción de Europa; de hecho, este European Recovery Program fue uno de los primeros intentos por lograr una comunidad económica en el Viejo Continente, ablandando las fronteras nacionales, que después dio origen a la Unión Europea actual. Los rusos, por su parte, que se negaron a aceptar el Plan Marshall por la adopción de medidas de liberalización que implicaba, para contrarrestar la creciente influencia norteamericana, crearon el llamado Plan Molotov que luego originó el COMECOM. Ya en los 60, bajo el gobierno de Kennedy, la Alianza para el Progreso que en América Latina quiso borrar la vieja política del Big Steak del primer Roosevelt, y reforzar la del Buen vecino del segundo, dieron paso después a los tratados regionales, como el NAFTA (hoy en precaria condición de incertidumbre), como respuesta económica y comercial a la demolición del Muro de Berlín.

La Alianza para el Progreso fue la respuesta estratégica norteamericana a la revolución cubana y paradójicamente, tuvo que aceptar lo planteado por el mismo Fulgencio Batista en su importante —y olvidado— discurso en la Conferencia de Presidentes Americanos de Panamá en 1956, donde llamó la atención de los sordos y cegatos EEUU de lo que estaba gestándose en América Latina.

Estados Unidos entró —o lo entraron— en el conflicto bélico, aunque la opinión pública norteamericana estaba muy distante de aprobar esa inclusión. Pero al terminar la guerra con la derrota de la Alemania nazi, la Italia fascista y finalmente el Japón imperial, Estados Unidos dominó la escena global como “El Gran Vigilante” del planeta, aunque competido por el activo y creciente imperio soviético: dos guerras anteriores lo habían no sólo persuadido sino indicado la conveniencia de actuar como tal, papel que después fue llamado peyorativamente “El Policía del Mundo”, pero cuando lo asumen es con general aplauso y aprobación, ante la amenaza del comunismo estalinista. La profecía de Woodrow Wilson en la Conferencia de Paz de París (1919) se había cumplido, y primero la Liga de las Naciones y después la Organización de las Naciones Unidas (concebida en torno a un principio de calidad del voto: aunque en principio iguales, algunos resultaron más iguales que los otros, como los del Consejo de Seguridad, el club más exclusivo de la historia humana), fueron creadas con el propósito primordial de impedir que se produjera otro conflicto mundial, aunque tropezaron con el creciente poderío ruso que plantó cara con su propia geopolítica, originando la llamada Guerra Fría, que fue, más que una confrontación bélica (aunque hubo algunas guerras) sobre todo un enfrentamiento ideológico y propagandístico: fue además la época de oro de los aparatos de inteligencia y espionaje.

Desde entonces prevaleció la pragmática geopolítica de las llamadas “guerra de baja intensidad”, que además servían para mantener activo el Complejo Militar Industrial (así definido por el propio Eisenhower), y su contrapartida en el bloque soviético, y un acomodamiento y balance perpetuo del planeta, cuyo antecedente y referente global más distante sería el Congreso de Viena (1814-1815), después de la gran prueba continental que supuso la aventura imperial de Napoleón I.

La Unión Soviética se convirtió en 1949 (22 de agosto) en el más temible de sus competidores, siguiendo sus huellas hasta en la producción de un arma atómica, que le permitió parangonarse con las que Estados Unidos había lanzado en 1945 contra dos ciudades del Japón, reticente todavía a rendirse, y así apresurar el ya muy dilatado final inevitable de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, que los kamikazes samuráis de Hirohito se negaban tozudamente a aceptar, después de haberla iniciado con el inicuo ataque traicionero contra Pearl Harbor, “una fecha que vivirá en la historia de la infamia”, y que, como advirtió el sabio almirante nipón Isoruko Yamamoto, “despertó al león”… Y es que ese león, desde los cargadores de té de Boston para acá, aunque suele dormitar, también se despereza si lo molestan.

Pero también a partir de ese momento se produjo una reacción de honda visceralidad y se fortaleció el “antiyanquismo” (que ciertamente provenía desde mucho antes) en su forma más desarrollada y activa: hablar mal, criticar, y hasta burlarse de EEUU, se volvió parte de una moda acrítica, numerosas veces impulsada por algunos norteamericanos. Unos por envidia y otros por temor, muchos se incorporaron a esta corriente, incluidos algunos de los más señalados beneficiarios del “injerencismo yanqui”, como el propio De Gaulle en Francia, o los líderes del después llamado Tercer Mundo, y que se agruparon finalmente en el muy desajustado y residuario Movimiento de los Países No Alineados (1955 y 1961). La Guerra de Corea (1950-1953) y luego la de Vietnam (1955-1975), fueron secuelas de la conflagración mundial anterior, y en ambas entró Estados Unidos asumiendo un papel hegemónico, aunque con motivaciones diferentes: la primera fue una consecuencia de la toma del poder en China por los comunistas de Mao, y la segunda resultó una inesperada herencia de los volubles franceses, que pretendían sostener sus colonias en Indochina. Nadie ha explicado mejor ese sentimiento antiyanqui que Carlos Rangel, en su imprescindible y temprano Del buen salvaje al buen revolucionario (1976).

En medio de ese ambiente de Guerra Fría, Guerra Tibia y Guerra Caliente, que de todo hubo, sucede el llamado “Triunfo de la Revolución Cubana” el 1 de enero de 1959. Y su entonces líder principal (luego único, cuando fueron desapareciendo los demás, por diversas causas), se inclinó hacia la única ideología que entonces le garantizaba su anhelo máximo de poder perpetuo, alentado desde su tierna niñez: como ya no había fascismo y era mal visto (aunque conocía bien los textos de algunos de sus ideólogos, como Hitler, Mussolini, Malaparte y Primo de Rivera), entonces fue el comunismo la línea a seguir: sorpresivamente para muchos, se declaró “marxista-leninista desde siempre y hasta el fin de sus días”, pero ya con la riendas del poder firmemente aseguradas en sus manos. Tiró las medallas religiosas, los collares de santería y los escapularios con los que se adornaba al bajar de la Sierra Maestra: su madre Lina Ruz González (1903-1963) murió del disgusto, apenas a los 60 años. El mismo día de su fallecimiento (6 de agosto), el todopoderoso hijo expropió la finca donde vivía, “para su Revolución”.

Una de sus más cercanas colaboradoras en esta época, tan próxima como la incondicional Celia Sánchez y quizá más en esa etapa, fue la luchadora de antigua solera (viuda de Pablo de la Torriente Brau) Teté Casuso (Teresa Casuso Morín; Madruga, 1912 – Miami 1994), una gran borrada de la historia oficial revolucionaria, quien percibió de inmediato no sólo el mal sino el origen, y precisó el diagnóstico: incurable. Fidel Castro era un dictador nato, total, convencido, monolítico. Y digna y valientemente se separó de él, renunciando como Embajadora de Cuba ante la ONU el 13 de octubre de 1960 (mucho antes que él se quitara la careta democrática), dejando su estremecedor testimonio Castro and Cuba (Nueva York, Random House, 1961; Barcelona, Plaza y Janés, 1963), donde declaraba que para aquel lo primero era el poder, bajo cualquier signo, porque era un ser carente de ideología, que se mimetizaba convenencieramente como un corpulento Zelig tropical. Así lo vio poco después el propio Woody Allen en Bananas y su esperpéntica representación del barbudo dictador caribeño. Esto se lo guardaron rencorosamente al judío niuyorkino: en Cuba no se exhibieron durante muchos años los filmes de Allen, sólo hasta fecha muy cercana.

Pero el pueblo y sus persuasores —los artistas, y muy especialmente los músicos en una nación eminentemente rítmica como la cubana— apoyaron decisivamente para que el encantamiento fuera no sólo absoluto y triunfante sino, además, bailable: cuando el jovial encuentro en New York del premier soviético y el líder cubano disparó las alarmas, los cumbancheros cubiches asumieron jubilosamente una pegajosa guarachita creada por un colombiano[1]: “Dicen los americanos, que Fidel es comunista (se repite), y eso qué tiene que ver, si Nikita es fidelista: Cuba sí, Cuba sí, Cuba sí y yankees no”. Esa tonadita inicial después devino himno triunfante y retador. Poco después, se sumó al coro el criollísimo Carlos Puebla con “Llegó el Comandante y mandó a parar”… Lo que no precisó es que lo que detenía era el país completo, sumiéndolo en la inopia hasta hoy. Y, sotto voce y de profundis, al fondo Nicolás Guillén declamaba con su voz potente “Tengo, vamos a ver…”, poema que sin dudas debe estar prohibidísimo en la Cuba actual. Como ha percibido agudamente Néstor Díaz de Villegas, la famosa “revolución” no ha sido otra cosa que un gigantesco performance, más que tropical, tropicanesco.[2]

Y, en efecto, aquella fue la guaracha profética: luego, en la primera coyuntura propicia, como había advertido Casuso tempranamente, el Golem se quitó el antifaz y se declaró —y, de paso, sin molestarse por el nimio detalle de una consulta plebiscitaria, nos declaró a todos (nacidos y por nacer) de igual condición a la suya per seculam seculorum y, además, irreversible— comunista hasta la muerte. Y así estamos todavía, sufriendo aún aquella pegajosa y cumbanchera guarachita.

El americano feo

Precisamente en esos años, dos periodistas norteamericanos con experiencia diplomática y militar, publicaron un libro que se convirtió rápidamente en un éxito de ventas; tanto, que hasta el propio John F. Kennedy lo obsequió a los miembros del Congreso, para reorientar la política exterior estadunidense: The Ugly American (New York, Norton, 1958), de Eugene Burdick y William Lederer. Era una novela política formada por distintas viñetas alusivas, y que se desarrollaba en una misión norteamericana en un país llamado “Sarkhan”, que lo mismo podía ser Viet Nam que cualquier otro de Indochina donde estaba presente Estados Unidos. Quizá esta obra fue una respuesta a otro libro publicado poco antes por un famoso escritor inglés, Graham Greene: The Quiet American (1955), insoportablemente británico, católico y snob, quien disfrutaba con intenso placer burlarse de todo lo norteamericano. Dos años después de El americano feo, el sociólogo C. Wright Mills publicaría su intenso ¡Escucha, yanqui! (Listen, yankee!, 1960), que sería otra alerta hacia el sur del continente americano, pero mucho más terminante.

Burdick y Lederer mostraban la ineficacia de los esfuerzos norteamericanos por mejorar su imagen y difundir lo positivo de su presencia internacional pues, a pesar de todos sus buenos deseos, tropezaban repetidamente con una torpeza casi congénita. En The Ugly American, los autores exponen que para los norteamericanos no bastaba ser buenos: debían demostrarlo convincentemente. Esa novela era una inteligente llamada de atención hacia la errónea política exterior norteamericana, y fue muy vendido, pero al parecer poco seguido. Estados Unidos continuó siendo, a escala planetaria, el villano predilecto. Y no ha cambiado mucho de entonces para acá.

Pero ese odio visceral, ese ataque constante, ese recelo permanente contra todo lo norteamericano, logró con el tiempo, el tino de sus propulsores y la hábil persistencia, persuadir hasta una parte importante del propio Estados Unidos y quebrar la imagen edulcorada que de ellos mismos tenían los estadounidenses. Para colmo, cuando en el hemisferio occidental muchos estaban desayunando el 11 de septiembre de 2001, un par de aviones se estrelló contra dos torres emblemáticas en Nueva York, causando más muertos que en Pearl Harbor, y además por primera vez en su propio territorio continental. Se había cumplido por fin la inocente profecía de Enrique Jardiel Poncela.[3] Y la respuesta asombrada fue preguntarse: “¿Por qué nos odian tanto?”.

En realidad, debieron quizá cuestionarse también “¿por qué nos odiamos tanto?”, pues desde mucho antes en los propios medios estadunidenses, en las universidades estadunidenses, y con profesores, ideólogos, periodistas y opinadores estadunidenses, estaban llamando desesperadamente a que los odiaran: el odio, como el amor, comienza por casa, decían. Y salían alegremente irresponsables los Noam Chomsky y otros odiadores profesionales en una sucesión ininterrumpida, que llega hoy hasta un grotesco Michael Moore, un patético Sean Penn, y un contradictorio y permanentemente alucinado Oliver Stone (¿será stunt?), pidiendo “por favor, golpéennos, hágannos sufrir”.

Entonces, cuando vieron desplomarse las Twin Towers los norteamericanos quisieron que los amaran de nuevo, como en aquellos fugaces días de finales de la Segunda Guerra Mundial, y decidieron elegir a un impensable político pero simpático, risueño y hasta bailador mulato, que por ser ajeno hasta había nacido (así dicen) en una porción insular del país, en la reciente colonia incorporada de Hawái. Tanto pidieron esos que el mundo los amara, que se olvidaron de quererse ellos, el principal mandato cristiano: ama a los demás como a ti mismo.

Funcionó entonces un complejo culposo, una cierta conciencia negra aliviada por el tono crepuscular de la piel de su nuevo mandatario. Pero esa culpabilidad asumida fue el resultado de un largo proceso de sutil persuasión, manipulación y adoctrinamiento, en lo que colaboró de forma estrecha y decisiva todo lo que involucra el mundo de Hollywood, esa “máquina de hacer sueños” manejada por tantos diligentes y capaces operarios.

Pero tampoco les funcionó. Y por querer agradar a los demás, esa parte de América decidida a que la amaran a cualquier precio se olvidó de la otra, la del reservado, laborioso, productivo y melancólico americano feo, que es quien suele poner los soldados en todas sus guerras, y no el elegante graduado de Harvard, Yale o Princeton, a quien preparan para que opine de todo, y que generalmente queda en la retaguardia, como flamante “capitán araña”.

El americano más feo

Y finalmente, después de un largo sopor y aunque pensaron que ya no existía, ahí seguía ese americano feo (the ugly american), cuando levantó su cabeza de nuevo, como lo hizo en Normandía, en Guadalcanal, en Bunker Hill, Charleston, Saratoga, Yorktown y en la Loma de San Juan: aquí estoy, dijo con fuerte, alta y clara voz. Y “logró lo que imposible parecía”: colocar en el primer puesto de mando al americano más feo de todos, the ugliest american, pero que les habló claro, y directo al rostro para decirles rudamente y sin asomo de tacto o delicadeza: “Estamos mal y si seguimos así estaremos peor. Y si a pesar de todo lo que hacemos no nos quieren, entonces que nos teman”.

A los incautos y exaltados hay que advertir que Trump no es la enfermedad: es el síntoma. La causa de su ascenso es mucho más profunda, y se encuentra en las hasta entonces calladas, sufridas y pacientes multitudes (rurales y fabriles), que hartas de no ser tomadas en cuenta, salieron masivamente a votar como no lo hacían desde hace más de 40 años, contradiciendo todos los pronósticos, descalificando todas las encuestas, ridiculizando a los más preclaros especialistas. Como nadie contaba con esto, tomaron a todos por sorpresa, en primer lugar, a los partidos políticos —los dos—, a las encuestadoras y los medios de comunicación. La voz de la América profunda habló y de qué manera. Y se entendió entonces que como dijeron resignada y melancólicamente hace años dos españoles, “el futuro ya no es lo que era”.[4] En realidad, cada día lo es menos. Quizá esta sorpresa marque no un suceso aislado sino el síntoma de algo mucho más profundo, el principio del fin de “lo políticamente correcto”, el cual, aunque así lo criticaba, pretendió imponerse como “pensamiento único”. Podrá gustarnos o no, convenirnos o no, la elección realizada por los norteamericanos de acuerdo con su peculiar, establecido, antiguo y aceptado sistema de votación, pero es un hecho que hay que aceptar no sólo por irreversible —a pesar de los pataleos de malos perdedores sorprendidos en su falsa confianza del triunfo fácil— sino porque (como mismo pedimos que ellos hagan con nosotros) se debe respetar la voluntad de aquellos que les corresponde decidir: el pueblo americano habló. People spoked.

El Tea Party (2009) y todavía antes Ross Perot (1992 y 1996), aunque ya casi nadie los menciona, y menos aún los frustrados opinadores y todavía menos las desacreditadas encuestadoras, fueron tempranos avisos de lo que venía, de aquello que estaba germinando en un creciente sector de la sociedad norteamericana. Todo esto que vemos hoy viene de muy atrás. Los risueños liberales no vieron o no quisieron ver lo que se acercaba, y siguieron forzando la partida, gobernando en el período más reciente de Obama, al mejor estilo de las republiquitas bananeras subdesarrolladas, por decretazos. Trump, por el contrario, cambió la corrección por la sinceridad y en el fondo de su discurso el mensaje es tan claro como el de William Wallace, el héroe escocés interpretado por Mel Gibson, cuando lo suplician: Freedom. Libertad, decir “mi” verdad, aunque sea incorrecta y hasta esté equivocado. Porque, además, los conceptos de bueno y malo son muy relativos y cambiantes: muchas veces lo que ayer era pernicioso hoy es benéfico. Y le funcionó. Logró la empatía con esa mayoría silenciosa y olvidada. Ahora sólo queda esperar —y reaccionar respetuosa, sensata e inteligentemente— a ver qué saldrá de todo esto. Hoy 20 de enero se rompió el corojo: así que ya lo sabremos, malgré tout. Desde que a las 12 del día y 15 segundos (Hora del Este), cuando terminó su juramento, Donald John Trump es el Presidente 45 de Estados Unidos de América.



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