Actualizado: 27/10/2020 17:39
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EEUU, Trump, Obama

«The Ugliest american» (III)

Tercera y última parte de este artículo

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Del populismo de izquierda al populismo de derecha

Lo que no deja de ser llamativo es que hoy los contrincantes se acusan unos a otros de lo mismo: los de la izquierda a los de la derecha (si tienen aún vigencia esas divisiones artificiales) se dicen populistas. Todos se pasan la candente pelota. Y nadie se reconoce como “populista”, sino como “popular”, lo cual viste mucho mejor. Porque los astutos políticos han aprendido que tienen pocas posibilidades de triunfar en una democracia si declaran toda la verdad, pues esta resulta generalmente dolorosa. La gente necesita que la engañen: ¡Basta de realidades, queremos promesas!, decía un grafiti parisino del 68.

El acierto de los políticos triunfadores es decirles a los votantes precisamente aquello que desean escuchar, y eso lo entendió muy bien el perceptivo y sagaz Donald J. Trump, constructor de rascacielos, balnearios, casinos y ahora, de un Muro.

El futuro que viene: el Muro de Trump

Han existido algunos muros célebres en la historia del mundo: la Gran Muralla de China (que Marco Polo nunca vio), el Muro de Adriano y el Muro de Berlín. Este más bien no era para impedir que entraran, sino que salieran los alemanes. El Muro de las Lamentaciones en Jerusalén, en realidad no es muro, sino una pared del antiguo templo de Salomón. Donald Trump, de quien se dice que es un empresario exitoso, dudo que sepa —quizá me equivoque— de estos muros, pero seguramente tendrá eruditos asesores que se lo expliquen. Si algo han tenido en común todos estos muros es que, lejos de proteger a sus constructores, terminaron encerrándolos: no los guardaron, los aislaron. El mismo emperador Adriano, que era un filósofo (me permito dudar nuevamente que Trump sepa la acepción de este concepto), procuró poner un límite a la expansiva pasión imperial de los romanos, señalando el final de sus conquistas: “De ahí para allá, están los bárbaros” …que serían los después escoceses (antepasados maternos de Trump, por cierto).

Casi todas las antiguas grandes ciudades medievales tuvieron muros y terminaron por demolerlos para dar espacio y avance a la modernidad. Hoy sus restos en Cartagena de Indias, Campeche y La Habana, se exhiben como piezas arqueológicas. El propio muro protector en la antigua isla de Manhattan levantado por los pioneros holandeses de la Nueva Ámsterdam contra los indios y los ingleses, dio paso luego a la calle más abierta y comercial del mundo: Wall Street. Trump, que es neoyorquino de cepa, debe saberlo: lo que empezó siendo Muro, terminó siendo Bolsa.

Cada día, con sus palabras, Trump levanta ese muro unos pies más: ¿terminará como la Torre de Babel, desplomándose por la confusión de sus mismos constructores? Pero ahora incluso su incondicional encargado de la seguridad doméstica, un estratega avezado y con sólida preparación militar, el general de cuatro estrellas jubilado John Kelly, le advierte que sólo ese muro no contendrá la avalancha de migrantes que se dirigen hacia la antigua tierra de promisión, y habrá que construir además una serie de olas defensivas escalonadas hacia el interior del país, o “filtros migratorios”, como sucesivas Líneas Maginot, y que seguramente recordarán también la lucha de trincheras en el frente de Verdún durante la Primera Guerra Mundial. Por otra parte, los naturalistas advierten que el sellado de esa frontera, como pretende el mandatario, afectará los flujos migratorios naturales de especie autóctonas que no reconocen los límites impuestos por los hombres: los bisontes no saben, ni les interesa, si pastan en Texas o Coahuila.

Trump tendrá que vérselas hasta con la naturaleza. El muro hermético que propone y promueve resultará, además de antipolítico y posiblemente irreal, también antiecológico, pues alterará el hábitat de un enorme territorio. Pero habrá que ver qué inventan para remediar esto, porque en realidad el problema, no es fácil.

Lo evidente es que según puede suponerse, la invasión hormiga continuará: en medio de tan colosal organismo, nunca faltarán las grietas para que los insectos logren encontrar un microscópico resquicio para introducirse. Lo peor que pueden tener algunas leyes —así lo dicen los tratadistas más serios— es su inaplicabilidad, pues quiebran la legitimidad de todo el sistema. Una ley no cumplible en su totalidad es una ley fallida.

Para la causa democrática cubana, Trump tendrá, entre otros resultados, un efecto paradójico: para la comunidad cubano-americana será un apoyador más decidido —por sus convicciones y sus intereses políticos— pero a nivel internacional su política logrará paradójicamente fortalecer por contraste la presencia del régimen de Castro. Por ejemplo, México, para reforzar su rechazo de Estados Unidos presidido por Trump, tácticamente se volverá, aún más, hacia el régimen cubano, el cual ha logrado convertirse —quizá su mayor logro global— en la condensación actual más emblemática (y la más firme actuación como aliado en todos los foros internacionales), junto con Corea del Norte (pero esta no tiene buena imagen), del sentimiento antiyanqui ultravisceral.

“Dadme a los pobres, los enfermos, los cansados…” es un bello poema, pero ya demodé según Trump. Debían borrarlo de la tablilla que sostiene la Estatua de la Libertad, que hasta ayer al menos daba la bienvenida en la entrada del puerto de New York. ¿Llamará Trump a David Copperfield para que la vuelva a desaparecer, pero ahora ya definitivamente? Por lo pronto, ya Obama se le adelantó y como parte de su precipitado “legado”, autorizó la acuñación de una moneda de $100 donde el perfil de la conocida obra de Bartholdy ahora aparece alterado por un rostro negroide con leves toques asiáticos… Si en la filatelia hubo el black penny, ahora en la numismática se tendrá además el black dollar.

Este Trump, entre otras cosas, tiene levemente mal puesto su apellido: descendiente de migrantes “buenos” (alemanes y escoceses) su apellido es un metaplasmo por paragoge de Trompeta (Trumpet) y recuerda, por oposición, aquellas que sonaron en Jericó, pero con el contrario resultado que las susodichas derribaron muros y este pretende construirlos. O, más bien, terminarlos, porque ya desde Bill Clinton se empezó esta millonaria tarea para proteger legítimamente a Estados Unidos, según hace cualquier otro país (como hace el mismo México) con sus fronteras. Pero debe recordársele que hay “modos” y “maneras”, Mr. President. Como dijo el ideólogo mexicano Don Jesús Reyes Heroles, “en política, la forma es fondo”.

Ante los dudosos chistes o macabras especulaciones que circulan sobre el cumplimiento íntegro de su período de gobierno (el factor Dallas), la continuidad del mandato está protegida: si por alguna causa Trump no pudiera terminarlo, su vicepresidente exhibe un apellido que casi indica con certidumbre la prolongación de la política del mandatario: Pence, muy cercano a Fence, que en inglés es valla o cercado. Así que, en cualquier caso, el relevo está garantizado.

Quizá una parte del problema sea que estas líneas de linderos son relativamente modernas: a diferencia de los países europeos, cuyos límites actuales están más o menos establecidos desde la formación de los Estados nacionales, a partir de la desintegración (¿desmerengamiento?) del Imperio Romano en los albores del feudalismo, las fronteras de EEUU son un asunto apenas de antier. Es un país joven, con apenas poco más de dos siglos de existencia.

El último estado en incorporarse a la federación fue Hawái el 21 de agosto de 1959 (le dio tiempo para nacer en él a Barack Obama un par de años después). Apenas en 1912, hace poco más de un siglo, fueron admitidos New Mexico (6 de enero) y Arizona (14 de febrero) como estados plenos, pues antes fueron “territorios” administrados por la Unión.

Sin embargo, aunque se dice hasta el cansancio, Estados Unidos NO robó esos territorios a México, sino que por el contrario, respondió a una guerra de conquista (repugnante para nuestras soberanistas convicciones actuales, pero entonces legítima según el derecho internacional de la época), y fue admitido por su entonces Presidente, Antonio López de Santa Anna, mediante el Tratado de Guadalupe-Hidalgo (precedido por el Tratado de Velasco, que en realidad, más que tratado fue una rendición y rescate), y luego tácitamente ratificado por el Tratado McLane-Ocampo, aprobado no por cualquier mandatario azteca sino por el mismísimo Benemérito de las Américas, el acrisolado y casi santificado Don Benito Juárez (en parte, dicen, por recomendación de su yerno —por cierto cubano— Pedro Santacilia).

En gran medida, uno de los errores más grandes históricamente de Estados Unidos, como dijeron los autores de El americano feo, es su falta de una política consistente y coherente de “relaciones públicas”, de difusión y de persuasión. No basta poner el huevo, hay que cacarearlo, dicen los campesinos. Quizá esto se deba a uno de los males congénitos de la democracia, donde el Gobierno entrante trata de descalificar al anterior (si fue opositor), y por eso resulta débil ante la consistente campaña propagandística de los totalitarismos, que en ese aspecto son indudable e insuperablemente superiores y más efectivos. Como los gobiernos totalitarios no tienen que congraciarse con sus súbditos, los cuales sólo obedecen y no se les solicita su voto libre, pueden tener mayor coherencia y constancia en su mensaje. En democracia, el político debe acudir muchas veces a la descalificación del contendiente para lograr persuadir el voto a su favor. En los sistemas totalitarios no existe esa necesidad, ni hace falta. Los ciudadanos no cuentan, por eso en muchas ocasiones son más efectivos esos sistemas. Esa es una debilidad consustancial de las democracias, que sólo se mantienen por el común acuerdo de las partes involucradas, y el pacto civilizado entre sus miembros.

El error más reciente ha consistido en que muchos migrantes mexicanos, olvidados de esa “verdadera historia de la conquista”, y con demasiada soberbia y exceso de exultante franqueza, confundieron la gimnasia con la magnesia, y ya declaraban pública y abiertamente que habían ido a California y otros estados antiguamente parte del Imperio español y del Primer Imperio Mexicano (sólo brevemente, del México Republicano Independiente), para recuperar los mismos, y que eran sus legítimos y únicos dueños, así que deportarían a los usurpadores wasps que los inundaban hasta ahora. Esto disparó las alarmas de los descendientes de David Crockett, Stephen S. Austin y Samuel Houston… y de Lorenzo de Zavala, patriota mexicano independentista, y también primer vicepresidente de la República de Tejas, lo cual explica que numerosos chicanos apoyaran a Trump, porque ya son y se sienten, parte de América.

Los últimos días de la expirante presidencia del saliente Obama exhibieron evidentemente una visceralidad tan marcada en su precipitación de “gobernar hasta el postrer minuto” (en oposición a la tradicional cortesía entre presidentes norteamericanos, como ocurrió en el ríspido pero educado traspaso entre Truman y Eisenhower), que muestra sin lugar a dudas una agenda trazada para cumplirse, si hubiera triunfado la que resultó una candidata, finalmente perdedora contra todas las expectativas: su gobierno, de haber triunfado, habría sido Obama 2.0, Barack reloaded. Pero no lo fue. Y por eso el marcado interés de Obama y su equipo de dejar su huella hasta el último momento, contrario a las formas y costumbres.

Contradictoriamente, las últimas medidas de Obama en su morosa y reticente despedida, logaron que la única disposición quizá de todo su mandato que despertó cierta empatía en parte del exilio cubano fue la derogación de la política “Pies secos/pies mojados”, aunque no lo hizo pensando en ese activo sector, sino todo lo contrario: no fue por amor a los cubanos sino por odio a Trump, un odio, verdaderamente, africano. Y aunque el régimen insular declare —para afuera, hacia la galería— que aplaude la medida, para adentro saben que es un Caballo de Troya del hawaiano. Sin la menor duda, él no nos quiere, “ni tantico así”.

Obama, con sus indultos recientes a ritmo de urgido bombero a Manning y a Óscar López Rivera, lo marca muy claramente: por los mismos motivos que exhibió para justificar esa decisión, que para muchos tiene visos de ser “antinorteamericana” y contraria a sus intereses —vaya despedida, como azotando la puerta— perdió la oportunidad no sólo de tener al menos un gesto con el exilio cubano, al declinar acoger en la misma medida a Eduardo Arocena, sino de ser congruente.

Es un hecho que contra Trump se voltearon todos los cañones, desde la grafología y la morfopsicología, hasta la escatología en su sentido más corporal. Y hasta hoy, incluso contra la meteorología. Pero, contrario al pronóstico del clima, NO llovió hasta el final de la ceremonia de traspaso.

El “legado” de Obama sigue en entredicho, pero su resultado más poderoso es el mismo Trump. La pataleta de los demócratas, gozosamente encabezados por el presidente saliente (Hillary ha sido, aunque perdedora, más elegante, al alejarse con cierto recato), desautorizan e irrespetan la decisión de los votantes. Contradictoria actitud para un partido que presume de “democrático”. Trump —lo repito una vez más— no es la enfermedad, sino el síntoma, y de hecho, sólo un síntoma más dentro de una patología detectable a escala mundial: el Brexit, el sorprendente resultado del plebiscito colombiano, Marina Le Pen en Francia, Matteo Salvini en Italia…

Los demócratas americanos hoy están aún en la fase de negación. Luego, después de la ira actual, vendrán inevitablemente las otras etapas en todo proceso de duelo: la negociación y la aceptación. No les queda otro remedio.

Trump es quizá “el hombre nuevo” capitalista, antisistémico y triunfador contra todos los pronósticos (recuerdo que la primera vez que escuché declarar su decisión de contender por la presidencia fue en el programa Roast de Comedy Central en 2011, entre hilarantes carcajadas por su “chiste”). Trump conmovió el sistema y es lógico que el sistema, herido no sólo lama sus heridas, sino que se lo cobre. No tendrá una presidencia fácil, pero él parece ser el hombre que se crece ante los retos. Habría que considerar el escollo que representa para el New World Order y qué piensan de él en el discreto, pero poderoso Consejo de Relaciones Exteriores, esa enigmática corporación siempre a la sombra, pero tan decisiva.

Trump puso en evidencia el divorcio de los políticos profesionales con el sentir profundo de los pueblos. El escandaloso fracaso de las encuestas y las campañas viscerales de los medios, fueron despojos triunfales para el túmulo de su victoria. Si antes de él muy pocos creían aún en los políticos y las firmas encuestadoras, ahora mucho menos, El descrédito es total y al parecer sólo pretenden recuperarlo a través del insulto, el falseamiento y la descalificación, sin una necesaria introspección y una autocrítica profunda y sincera.

A pesar de todos los pesares y de los vientos que soplan en estos tiempos, la golpeada democracia sigue siendo el mejor o menos malo de los sistemas políticos, aunque está enferma y aparentemente en fase terminal por el virus de la oclocracia.

Hoy le critican todo a Trump, y recuerdo la anécdota de un iletrado millonario hispano-cubano, José López Rodríguez, el legendario Pote, quien al sorprender a los altos ejecutivos de su compañía burlándose de su ignorancia, sólo les dijo: “¿Cómo seréis vosotros cuando yo soy su presidente, eh?”.

Vienen tiempos difíciles, “los años duros” como dijo Jesús Díaz. La sorpresa será el signo de esta época. Trump condensa el sentimiento predominante de los americanos hoy que le dieron el triunfo: si no nos quieren, que nos respeten.

Por tercera y última vez lo digo: Trump es el síntoma, no la enfermedad. Hay que buscar las raíces de todo esto en lo más profundo del organismo, no en la epidermis. Hay 62.979.879 razones para hacerlo. Los americanos ya se cansaron de ser buenos: ahora van a ser, sobre todo, americanos. America first. ¿Qué nos espera ahora a todos? ¿Un segundo Camelot? ¿Otro Dallas? ¿Chi lo sa?

Posiblemente estemos ante el nacimiento de una nueva época, pero eso solamente podrá confirmarlo esa dama voluble y sorpresiva que es la Historia.


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