Actualizado: 28/10/2020 16:03
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EEUU, Trump, Obama

«The Ugliest American» (II)

Artículo en tres partes. La tercera y última parte del texto aparecerá mañana

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“No tengo ideología, porque tengo biblioteca”. Arturo Pérez Reverte.

El punto de equilibrio

Una de las lecciones que ha dejado la historia más reciente del mundo, después de tantas guerras y revoluciones que asolaron el siglo XX y lo que va del XXI, es que los pueblos como comunidades humanas, disfrutan de mayor estabilidad —que es una premisa para la ansiada “felicidad”— cuanto más cerca están de la esencia de la condición humana: mientras más humanos se aceptan, con todas sus limitaciones, virtudes, cualidades y defectos, más dichosos son. El conflicto y el trauma proceden de la negación de esa esencia.

La mayor parte de los conflictos actuales tienen su origen en las famosas “ideologías” (que son, precisamente, creaciones artificiales resultado de las lucubraciones de los “ideólogos”, quienes adolecen del arrogante vicio de la predicción, siempre o generalmente fallida), las cuales jalonean hacia un extremo u otro del espectro político, que hemos convenido en llamar, por decirle facilonamente de algún modo, “izquierda” y “derecha”, y cuyo origen se remonta apenas a finales del siglo XVIII, cuando dependió fortuitamente de la ocurrencia de dónde eligieron sentarse los miembros del parlamento francés o Estados Generales, en una cancha de tenis como improvisada convención.

Esos emocionantes, pero no por eso menos engañosos “cantos de sirenas”, terminaron por fracasar estrepitosamente, y ningún “ideólogo” se ha sentido todavía en la obligación moral de solicitar perdón por su irresponsable arenga movilizatoria. De haber sido así, en la lápida del cementerio londinense de Highgate donde reposa Karl Mark (aquel que, en palabras de su incondicional amigo y generoso patrocinador Engels, “fue grande porque descubrió que antes que pensar los hombres deben comer y vestirse…” gran descubrimiento, por cierto aunque los mismos comunistas suelen olvidarlo), deberían en vez del “uníos” que dedica a todos los proletarios del mundo, poner una sencilla y lacónica palabra: “Perdonadme” …

Todas las peregrinas ocurrencias sobre el “hombre nuevo”, de origen apocalíptico y milenarista, utopía distópica abrazada igualmente por los fundamentalismos de varias épocas, lo mismo religiosos (cristianos o musulmanes, por citar sólo dos), que ideológicos (comunistas y nazis[1]), se han derrumbado. La Inquisición de Torquemada, la Gestapo de Himmler, la Checa de Dzerzhinsky y el G-2 ñicolopista y guevarista, han fracasado estrepitosamente en su propósito “creador”, aunque en su momento hayan prevalecido durante un tiempo mediante la fuerza, la imposición, la tortura y el terror. “Lo peor de algunas utopías —decía sabiamente Berdiaev— es que pueden hacerse relidad”.

Causa cierto asombro que al enfrentarse con la posibilidad real de morir, Fidel Castro no aprovechó la oportunidad —como otros gobernantes a través de la historia— de dejar un testamento personal destinado a ese posible “hombre nuevo”. No me refiero, claro, al prontuario ahora difundido hasta la náusea de “ser revolucionario”, pues eso es panfleto y folleto político, sino a la ocasión de legar su mensaje humano, su postrera lección como un simple ser mortal… Extraña que un hombre tan obsesionado con la Historia haya pasado por alto —y que nadie se lo haya recordado— semejante gesto trascendente. Su partida fue gris, anodina. El armón encangrejado y el seboruco monolítico son apenas la culminación de un grotesco espectáculo que comenzó con el desfile falsamente compungido ante una foto, sin “cuerpo presente”, ni siquiera la urnita con sus supuestas cenizas. Fue su última burla para un pueblo al que en el fondo despreciaba profundamente.

Los pueblos son más dichosos en la medida que se alejan menos de ese “centro de equilibrio”, que responde auténtica y coherentemente a sus intereses y necesidades como animales racionales (así nos calificó Aristóteles, para cualquier posible reclamación). Ese es el antiguo concepto llamado derecho natural, que es la expresión más auténtica y desnuda de afeites de su esencia humana. O dicho en una sola palabra, La Verdad, lo cual nos hace volver otra vez a los clásicos, esos impertérritos guardianes de la sabiduría desde la antigüedad, expresado en el lema de la máxima perfección, según Platón en La República: lo bueno, lo útil y lo bello. Cuanto se ha dicho después sobre el tema, es su glosa, quizá sin anotar la referencia.

Cuando ese difícil equilibrio se quiebra —generalmente por decisiones humanas animadas por pasiones individuales y sujetas a programas ideológicos— a la larga se paga un enorme precio de sufrimiento, dolor y tristezas, aunque en el momento de la ruptura se muestre un estado de euforia irresponsable, un bombardeo de endorfinas desatadas, que hace proferir insensateces como “paredón, paredón”, “elecciones para qué”, “pa’lo que sea, pa’lo que sea”, “comandante en jefe, ordene”, y otros desatinos suicidas, los cuales se olvidan prontamente cuando se restablece el equilibrio hormonal en los organismos saludables (hay otros que están muy enfermos, sin curación posible, pero de estos no hablo ahora). Esos momentos de locura colectiva transitoria se conocen también como “revoluciones”, pero tienen una secuela imborrable, generalmente irreversible.

Todos los “asaltos al Cielo” han terminado con la caída y el derrumbe. Los “revolucionarios” exaltados han terminado, como Ícaro, precipitándose a la caída y la muerte… arrastrando con frecuencia a sus seguidores más fervorosos. Compulsados por los extremos, los seres humanos suelen moverse, como dijo el gran poeta cubano Emilio Ballagas, “del azafrán al lirio”, o según decreta la sabiduría popular, “de palo pa’ rumba”.

Quizá la excepción más gloriosa y ejemplar de esa nefasta relación sea precisamente la Revolución de las Trece Colonias de 1776, pero sobre todo porque tuvieron muy presente la condición humana para elaborar su proyecto de nación. Aunque en la Declaración de los Derechos preparada en Virginia el 12 de Junio de 1776 sus autores señalaban entre otros puntos el derecho “a la búsqueda y obtención de la felicidad”, poco después, el 4 de julio del mismo año, en la Declaración de Independencia, los redactores —seguramente los atinados Jefferson y Franklin— ya había advertido el despropósito de garantizar lo imposible, y sólo dejaron “la búsqueda de la felicidad”, es decir, la ley permitía buscarla pero no garantizaba encontrarla, con un hondo sentido de comprensión de la condición y la realidad humanas. Ese sentido común prevalece en los documentos fundacionales de la nación y resultan su base más sólida y estable. Aceptaron lo que había y a partir de ahí construyeron, pero no quisieron edificar una estructura ficticia sobre bases irreales ni se propusieron crear un “hombre nuevo” sino sólo “un buen ciudadano” aceptable.

Finalmente, en el mundo actual ha influido mucho más la tecnología que la ideología en esa utopía del “hombre nuevo”. Los jóvenes de hoy están más cercanos a una noción de lo que podría ser (para bien o para mal) ese preconizado hombre nuevo, por contraste con sus antecesores, pero lo han logrado no con los manuales sino con los gadgets. En la misma medida que los humanos se mantienen más próximos a ese “centro natural” no son necesariamente más felices, sino más plenos, precisamente porque son más humanos. O como dijo aquel filósofo-presidente español, Don Manuel Azaña: “La libertad no hace ni más ni menos felices a los hombres. Los hace, sencillamente, hombres”.

Por eso retomo lo que antes dije, que Trump no es la enfermedad, sino el síntoma, de una sociedad que en una gran parte se sintió forzada hacia un límite que no aceptó como “natural”, y asumió esto como algo violatorio de sus derechos sagrados (en su Constitución se invoca a Dios y en su moneda también), y expresaron con su voto de peso definitorio su firme deseo de regresar a ese centro en el que estaban antes que empezara la orgía de una conga que los llevó a los bordes de la siniestra izquierda; de nuevo a ese espacio violado, que resultó irresponsable y poco dosificadamente alterado por una acción ideológica —no natural— hacia lo “políticamente correcto”, pero de forma artificial: su propia reversibilidad exhibe y demuestra esa misma artificialidad. Los estrategas de lo correcto fueron orfebres fallidos, aprendices de mago que después no supieron qué hacer con las fuerzas que habían convocado, con sus temerarias acciones desde la superestructura manipulable (sospecho que desde Highgate Marx sonríe complacido), pero nunca por un auténtico cambio NATURAL y PROGRESIVO, como parte de la propia EVOLUCIÓN, en la base estructural. Y como resultado de todo esto, en su decisiva mayoría efectiva (la de los votos electorales), los americanos se cansaron de ser “buenistas”.

Ahora, según todo indica, van a ser, sobre todo, americanos. Y al elegir a Trump no les importó que los llamaran “feos” porque ya están dispuestos anímicamente para ser, además, “feísimos”.

Fueron numerosos años de incomprensión y de torpeza de muchos en el mundo. Animados quizá por un complejo de inferioridad y además con la innata capacidad humana para la ingratitud, demasiado le negaron a Estados Unidos su papel salvador en numerosas ocasiones y hasta falsearon su historia y sus motivos. Todas las ayudas fueron minimizadas, desvirtuadas y finalmente silenciadas y olvidadas. Se hartaron, o como dijo Nicolás Guillén, “me canso, dice mi abuelo blanco; me muero, dice mi abuelo negro…” Porque, por cierto, los opinócratas olvidan (y quieren que olvidemos) que gran parte de los votos que recibió Trump, procedieron de esa América Negra tan olvidada y preterida.

Volviendo al principio, en la Segunda Guerra Mundial murieron alrededor de 220.000 norteamericanos en una guerra que inicialmente no era de ellos —los metieron— y de esos, 9.387 soldados cayeron en las playas de Normandía. Sin embargo, un joven general francés algún tiempo después, se permitió la indelicada observación en un cónclave de la OTAN —¿dónde quedó la finesse gala?— de sugerir que los americanos habían ido a Francia para apoderarse de su territorio. El veterano general americano Colin Powell, cuando escuchó esto, le soltó de inmediato: “La única tierra francesa que hemos reclamado para nosotros en este país es la que ocupan las tumbas de nuestros soldados, que murieron para defender el derecho de Francia a ser libre. Esa es la única tierra que nos pertenece.” Y Powell no es un wasp, que digamos…

Esta incomprensión y tanta ingratitud, han terminado por cansar a los americanos: ya estuvo bueno, dijeron.

Las despedidas son tristes

Aunque cronológicamente ha durado lo mismo que las otras anteriores, esta despedida presidencial de ahora fue al parecer la más “larga” y azarosa de la historia americana, con los contendientes golpeándose hasta el último minuto. Esta transición de un gobierno a otro ha ocurrido en medio de múltiples tropiezos y zancadillas. Tal parece que como ya no podían triunfar por knockout ante un resultado irreversible, buscaron ganar por puntos. Es evidente que en Estados Unidos hoy prevalecen demasiada crispación y tirantez y se han transgredido las normas habituales. Ante esto se impone urgentemente la sensatez y la moderación.

Gran parte de la responsabilidad de esta cargada atmósfera la tienen los medios de comunicación y no precisamente desde ahora sino desde mucho antes, pues han asumido un progresivo escalamiento de agresividad. Si bien es cierto que la masividad de los medios permite hoy que absolutamente todo sea opinable y cuestionado, también existe poco discernimiento de la validez y certidumbre de las informaciones. Comunicólogos como Marshall McLuhan y Umberto Eco advirtieron de esto hace tiempo, a partir de observaciones y reflexiones muy atinadas y que adquieren plena vigencia.

En esa progresiva crispación general los medios han ocupado un lugar importante, además, porque hace un buen rato que no intentan presumir de la imparcialidad ni la objetividad de otros tiempos. Hoy juegan con todo lo que tienen y se lanzan a fondo. Toman partido abiertamente sin el mínimo rubor y sus redacciones y oficinas en muchos casos se han convertidos en war room de campañas políticas de todos los niveles. Cada medio tiene “su candidato” y no lo niegan.

Y esto no es algo nuevo: ya en tiempos de George W. Bush (y aún antes, con su padre) una gran parte de la prensa se dedicó desembozadamente a ridiculizarlo para quebrar la solidez de la institución presidencial, aliándose sin darse cuenta (quiero suponerlo así), con los siempre vigilantes enemigos de América. Ese ataque cerril debilitó la cortina protectora del país ante sus adversarios. La prensa se ensañó con él desde muy temprano: además de recordar insistente e indelicadamente un pasado de excesos alcohólicos como playboy, acudieron hasta a las asociaciones fraternales universitarias a las que habían pertenecido su padre y él mismo, como Skull & Bones. Nada se le perdonó y sí mucho se le inventó.

Obama, en cambio, desde el principio de su meteórica carrera ha gozado de un trato preferencial por la mayor parte de la prensa: siempre lo muestran por su lado más fotogénico, y escogen las imágenes más conmovedoras para presentarlo al pueblo.

Si Obama es lírico, Trump es épico: dos estilos totalmente diferentes. Basta comparar sus respectivos discursos cuando juraron el cargo para comprobarlo. A Barack se la ha llegado a llamar Poeta. A Donald, en cambio, se le reconoce como un Guerrero: Homero y Aquiles, enfrentados.

Durante esta transición tan ardua, puede apreciarse mejor por contraste la estatura de Bush. A pesar de sus limitaciones reales o ficticias, al menos Bush demostró en su momento un adecuado talante de buen perdedor, con más clase y elegancia que el saliente Obama, conservando sobre todo la dignidad de la institución presidencial. Cuando el resultado de las elecciones fue desfavorable para su candidato, no armó perretas ni amenazó con desatar sus rayos y centellas, sino que republicanamente aceptó el mandato expresado por la voz popular, y dispuso todo para que el traspaso se realizara serena y ordenadamente; también desplegó numerosos detalles de elemental cortesía junto con su esposa Laura, para recibir adecuadamente a los ocupantes sucesores en The White House. Hoy mismo se mantiene en un decoroso retiro, alejado de la política, cuidadoso de no entorpecer con alguna declaración imprudente al mandatario en curso, lo mismo que su padre de muy avanzada edad. Su atildada presencia en la tribuna hoy sirvió además para disculpar la ausencia de su padre en condición delicada.

Obama, en cambio, en su turno de ceder el sitial, ha resultado por el contrario la antípoda de Bush. Ya ha declarado —advertido— que se mantendrá activo y vigilante, custodiando no sólo su “legado” sino la misma democracia, que a partir de sus perturbadoras palabras puede suponerse está en peligro, lo cual es un indicador preocupante.

Debe apreciarse que hasta en el momento de ceder el poder, hay un estilo muy diferente entre los expresidentes demócratas y republicanos: los primeros asumen un activismo que expresa su añoración por el poder, desde Carter en adelante; mientras que los republicanos adoptan un discreto segundo plano, y se retiran prudentemente de la escena política, escribiendo sus memorias y compartiendo con amigos los “buenos tiempos” en tranquilas veladas particulares. Al dejar la silla presidencial, los demócratas no ocultan que la añoran y los republicanos más bien se sienten aliviados. Unos se resignan a que su tiempo pasó, y los otros suspiran y pretenden revivirlo y prolongarlo.

El relativismo que impera en la vida contemporánea —rasgo señalado por líderes como el mismo Papa Francisco— también está presente en la política. Hoy, y no sólo en Estados Unidos, el resultado de las elecciones suele desconocerse si no coincide con los deseos de algunos participantes en la contienda, y nunca faltan argumentos de diversa solidez para cuestionar su misma legitimidad. Pero esto, siendo tan grave, apenas es advertido y menos señalado. Antes había al menos mejores perdedores, que responsablemente aceptaban: dura lex; sed lex. Sin duda esta es una frase muy superada en los tiempos de hoy.

Si alguien no entiende esto muy bien es el saliente presidente americano Barack Obama. Sus múltiples “despedidas” lacrimosas y lacrimógenas, son parte de un dilatado finali operístico con mucho de miserere. “Quien mucho se despide, pocas ganas tiene de irse”, decía mi abuelo.

En cada palabra de sus numerosas despedidas (no recuerdo otro que se despidiera tanto), Obama se mostró desembozadamente decidido a “convertir el revés en victoria”. Todo parece indicar —lo ha jurado— que seguirá activo y presente en la política americana, cual una suerte de atento vigilante, una condensación de la “conciencia nacional”, un minuteman avizor, como una potencia ética.

¿Aprendieron algo de todo esto los medios y sus subsidiarias, las encuestadoras? Tal parece que no. Si de algo ha servido todo esto es para mostrar hasta dónde puede llegar la prensa en las condiciones de la más amplia libertad posible: han llegado hasta a sugerir el asesinato del recién investido mandatario, algo inconcebible en Estados Unidos. Los medios parecen decir que ellos están en lo cierto y que quienes se equivocaron fueron los lectores y los electores, lo cual, aunque es probable, ya fue. Uno puede expresar lo que hubiera deseado, pero no cuestionar lo que ya ocurrió. Aunque el margen es amplio, no todo es opinable en la vida: la Ley de la Gravedad es una de ellas.

Los simpatizantes demócratas han sido buenos luchadores —hasta el último minuto— pero pésimos perdedores, lo cual se vale en las condiciones de una democracia, pero como dijo aquel filme cubano de 1984 dirigido por Tomás Gutiérrez Alea, “hasta cierto punto”. Estas son sin dudas las elecciones más ríspidas en la historia americana reciente. Los perdedores continúan neciamente imperturbables en su línea de combate, sin un mea culpa o al menos una disculpa: Game is over.

También otro de los saldos que ha dejado esta contienda es un evidente desgaste de las palabras: con grave irresponsabilidad y extrema ligereza, lo mismo se ha llamado comunista a Obama que fascista a Trump. Como en toda guerra, y ésta lo ha sido, con palabras como granadas de fragmentación, la primera víctima ha sido la verdad. Sin embargo, NO es cierto que all is well in love and war: hay límites, aquellos que marcan la prudencia y la aceptación de las reglas en un fair play.

Y esa evidente y chocante visceralidad de la despedida, ocupado minuciosa y obsesivamente de sembrarle piedritas en el camino al inesperado vencedor, indica y demuestra que con toda probabilidad ya había previamente una agenda establecida para que los mandatos que se gestionaban a favor de Hillary Rodham Clinton, resultarían parte de una rocambolesca continuación del obamato en su secuela III y IV. Pero “el pueblo habló” fuerte y claro, y la pretendida excusa que ahora esgrimen los derrotados y fracasados estrategas del Partido Demócrata de que, aceptando a regañadientes, “fue porque Hillary era una mala candidata”, además del plañidero recurso del pataleo, indica que a pesar de la complicidad casi unánime de los medios, de un activísimo y talentoso Hollywood con todos los recursos disponibles que ahora es el Ministerio de Propaganda gobbeliano pero sin el éxito del alemán, el pueblo parece ser más listo de lo que ellos creían. Esa sugerida falta de idoneidad de la candidata previamente seleccionada y luego derrotada, no puede explicar por qué la debacle se extendió también al Congreso, la mayoría de los estados y numerosas alcaldías importantes.

Por lo que estamos presenciando con cierto azoro en la febril actividad de Obama en su despedida, todo parece indicar que América se libró además de una dictadura potencial progresiva manipulada desde los medios, difícilmente compatible con las instituciones establecidas. Hubo un tratamiento muy diferente y para nada imparcial no sólo con Trump sino desde mucho antes, con George H. W. Bush Senior; a éste tampoco se le perdonó nada: por ejemplo, cuando ingenuamente reveló que no le gustaba el brócoli se armó una campaña nacional, como si hubiera confesado un crimen imperdonable, y se le motejó casi de traidor a la patria y de pervertidor de la infancia norteamericana. No satisfechos con adulterar y exagerar, los medios también acudieron a la mentira y la falsificación, como aquella imagen trucada de su hijo también presidente, donde se le mostraba leyendo un periódico invertido. Todo lo que decía era convertido en polémica y finalmente en burla. La campaña más reciente reafirmó esta tendencia y hasta la acentuó.

Con Obama, sin embargo, el encantamiento enamorado fue instantáneo y poderoso: todo se le celebraba y enaltecía. Su pose fotogénica, sus escapadas a comer hamburguesas, y su actitud sumisa hacia su esposa eran destacadas y reiteradas, pero se borraron rápidamente sus meteduras de pata, como aquella estruendosa que protagonizó en el Palacio de Buckingham, y que mereció que la propia reina de Inglaterra le reprendiera suave y cortésmente.

Los todopoderosos druidas del encantado “Bosque Sagrado” (Holly-Wood) decretaron que era el indicado, “El Elegido” de una poderosa Matrix contemporánea, echaron a andar su poderosa maquinaria, y les funcionó un par de veces. Pero a la tercera fue la vencida: con Trump no resultó, pues los escarmentados votantes ya habían sospechado el engaño y la taimada manipulación. Ahora Hollywood llora desconsolado la pérdida de sus prebendas y su placentero acceso al poder. Ya no tendrán el versallesco derecho de picaporte en The White House: tendrán que formarse como cualquier otro visitante. Como un ejemplo exitoso de su desempeño, hacía muchos años que los druidas del celuloide habían ido preparando subliminalmente a Estados Unidos para un presidente negro, desde Morgan Freeman y Danny Glover hasta Jamie Foxx. Y ya estaban preparando también a la candidata, Mrs. President

Los políticos, en una democracia aceptable, a pesar de sus limitaciones y errores, al menos son elegidos. No son perfectos, pero ya es algo. Los periodistas, no. Estos llegan al puesto por otras y muy diversas vías. Dominan sus medios como feudos medievales y desde su altura dictan inapelablemente sentencias condenatorias, emiten profecías de nulo cumplimiento y se permiten decirle a la gente cómo deben pensar: como ellos. Sus “votaciones” son el raiting, pero éste es más manipulable que la más desaseada de las elecciones. La única justificación que pueden tener en su desempeño no es estrictamente la inteligencia (muchos, los más, se equivocan lastimosa y estruendosamente y las pruebas están a la vista), sino las virtudes muy olvidadas hoy de la integridad y la imparcialidad. Esta campaña y lo que le sigue, han dejado en risible evidencia a la mayor parte del sector. La gran mayoría de sus escribidores han demostrado lo que en otras circunstancias se llamaba la intransigencia revolucionaria: contra toda lógica y razón, MI verdad es superior a las otras, decían. Sólo les faltaron en el decorado de los setsLos Mangos de Baraguá.

Las redes han compensado esa falibilidad de los grandes medios de comunicación, que asumieron desembozadamente su papel como manipuladores, alterando —todavía hoy— las cifras reales de las preferencias. Quizá estamos también ante el comienzo del fin de los medios periodísticos tradicionales: el viejo periodismo agoniza. Y lo saben, por eso andan tan desesperados. La tecnología, una vez más, dice la última palabra, desde Wutemberg para acá.

El propio triunfador explica su éxito con una sencilla frase que marca el triunfo de su causa sobre la ideología: el sentido común. El mismo sentimiento que impulsó a los rebeldes en Boston para lanzar un cargamento de té al mar y emprendió el difícil camino para ser una nación de libres y un nido de valientes. Bienvenida, pues, América, again, America reborn, renacida, cuando parecía que el último grito de libertad se iba a apagar: como el Fénix, resurgida de las cenizas de las banderas quemadas por jubilosos y orgiásticos hippies, para bien o para mal, the good oldAmerica está aquí, de nuevo, y habrá que contar con ella, guste o no.

Muchos estudiosos de la historia reconocen en ella un cierto movimiento pendular que transita a través de las épocas: como nada se encuentra quieto e inmutable, los acontecimientos suelen balancearse de un extremo al otro del espectro ideológico. Quizá ahora nos encontramos ante uno de esos momentos inaugurales en que el péndulo empieza a avanzar en el sentido opuesto al que llevaba, en el regreso a un centro imposible. Si el grito de las Trece Colonias tuvo sus ecos inmediatos en Europa y América y marcó todo un siglo, probablemente ahora vuelva a provenir del mismo lugar una llamada mundial, que al parecer ya se escucha en otras regiones. Trump es una campanada de esto, pero supongo que vendrán otros repiques. Y es muy sugerente que esto ocurra justamente en el año del centenario de aquella Gran Revolución de Octubre, aquellos “diez días” (y setenta y tantos años) “que conmovieron al mundo”, de una “revolución que terminaría con todas las revoluciones”, la gran panacea universal, aquel sueño donde se declaraba que “el futuro pertenece por entero al socialismo” y que, al despertarse abruptamente, se desmerengó. Empezó muy mal aquella revolución, pues llamándose “de Octubre”, comenzó en Noviembre. ¡Cuánta agua ha pasado bajo los puentes en estos cien años!



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