Actualizado: 21/10/2019 9:39
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Una enemistad de medio siglo

Con sus altas y bajas, el conflicto entre La Habana y Washington poco ha cambiado desde la Crisis de los Misiles.

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En los tiempos de la Guerra Fría, Estados Unidos tenía sus dudas en relación con el Tercer Mundo. ¿Eran las naciones nuevas de África y Asia bocados apetitosos para el expansionismo soviético? ¿Estaban, el Irán del reformista Mohamed Mosadegh y la Guatemala de Jacobo Arbenz, a punto de transformarse en avanzadas soviéticas? ¿Debería Washington aceptar la revolución cubana?

El secretario de Estado del gobierno de Dwight Eisenhower, John Foster Dulles, contestaba a las dos primeras preguntas con un "sí" rotundo y a la última con un enfático "no". Por el contrario, John F. Kennedy vio la neutralidad en África como una oportunidad, no como una amenaza. En América Latina, la Alianza para el Progreso ensalzó las reformas, la democracia y la libertad como los mejores antídotos contra las revoluciones.

Cuba, sin embargo, era un hueso duro de roer para John F. Kennedy. Su fracaso en Bahía de Cochinos mostró una debilidad que él no podía permitirse como un presidente joven, con el cargo recién estrenado. Dos meses después de su toma de posesión, dijo textualmente: en Viena, Jrushchov "me zarandeó de mala manera". La Crisis de los Misiles probaría el temple de JFK, algo que Cuba y la primera cumbre con el líder soviético habían puesto en duda.

Después de la Crisis de los Misiles, Kennedy siguió dos caminos en relación con Cuba. El primero apuntaba a la tolerancia si la revolución establecía "un Estado comunista independiente". El segundo, aún buscaba un cambio de régimen. En el período 1961-1962, la Operación Mangosta había tratado, sin éxito, de desarrollar una revuelta en Cuba. En 1963, la CIA persistía en sus esfuerzos para asesinar a Fidel Castro.

Ese noviembre, la bala de un asesino segó la vida de Kennedy y Lyndon Johnson enseguida colocó las conversaciones La Habana-Washington "en el congelador".

Con las miras puestas en la elección de 1964, Johnson se afanaba por no parecer "débil ante nada, especialmente hacia Cuba". A medida que Vietnam ocupaba casi todos los esfuerzos de su gobierno, el tema de la Isla perdió importancia inmediata. Nunca más Cuba volvería a estar en el centro de la política exterior de Estados Unidos.

Lo que está pendiente

En la década de los años setenta, la distensión produjo un consenso bipartidista sobre la normalización de relaciones con Cuba. Durante dieciocho meses, el gobierno de Ford dialogó, en la mayor discreción, con La Habana. Ambas partes abandonaron las condiciones previas: Estados Unidos demandaba el cese de todo vínculo militar con la Unión Soviética y Cuba que Estados Unidos levantara el embargo.

La Organización de Estados Americanos, con el apoyo de Estados Unidos, eliminó las sanciones multilaterales a Cuba. Luego, Ford autorizó a las filiales estadounidenses en el extranjero para comerciar con Cuba y tomó otras medidas que aligeraban el embargo. Cuba, por su parte, liberó a un ciudadano estadounidense vinculado a la CIA y devolvió 2 millones de dólares que una compañía aérea norteamericana había pagado como rescate por un avión secuestrado.

Entonces, en noviembre de 1975, Cuba entró en la guerra civil angolana. Desde el punto de vista de Estados Unidos, Angola torpedeó las conversaciones. No era de extrañar que La Habana viera las cosas de una forma diferente. Si las conversaciones secretas se hacían públicas —discurría Cuba—, la campaña de Ford, en 1976, se hubiera dañado profundamente y ahí radicaba la causa para que Washington detuviera los contactos.

Jimmy Carter tomó el caso en el punto en que Ford lo había dejado. Se eliminó la prohibición para los viajes y se abrieron las Oficinas de Intereses en ambas capitales. Washington y La Habana parecían acercarse a la normalización. Sin embargo, con la presencia continua de La Habana en Angola y con el despliegue, en 1978, de 15.000 soldados en Etiopía, Carter halló muchas dificultades para prescindir, en su incipiente política hacia Cuba, de los imperativos de la Guerra Fría. Por su parte, La Habana no podía dejar pasar la oportunidad que África le ofrecía para aupar su imagen internacional.

En 1981, Ronald Reagan asumió la presidencia, decidido a evitar lo que él consideró errores de Carter en las políticas nacional e internacional. Sin embargo, sólo en temas específicos como Centroamérica y migración, Washington continuó sus pláticas con La Habana. Además, en 1988, Estados Unidos, Cuba, Angola y Sudáfrica negociaron un acuerdo que puso fin a la guerra civil angolana y estableció la independencia de Namibia. En mayo de 1991, las tropas cubanas ya habían abandonado Angola.

Se ha dicho a menudo que la Guerra Fría no ha terminado para Cuba y Estados Unidos. En realidad, no estoy de acuerdo. La Guerra Fría terminó con la caída del Muro de Berlín y con la desintegración de la Unión Soviética.

Lo que está pendiente, sobre la mesa, es que Washington y La Habana aprendan a vivir en paz, esto es, que establezcan una relación beneficiosa para ambos. Por esa senda, Estados Unidos debe considerar más las sensibilidades cubanas y Cuba necesita convertir la cercanía geográfica en un valor. Esta enemistad de medio siglo no ha ayudado a ninguno de los dos.

En mi próximo artículo concluiré estas ideas sobre el futuro de las relaciones Cuba-Estados Unidos.


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