Actualizado: 22/10/2019 9:54
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Cuba y EE UU tendrán relaciones normales cuando La Habana convierta la cercanía en un valor y Washington considere con seriedad las expectativas cubanas.

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Las grandes potencias muy pocas veces han atenuado sus acciones sólo por respetar a sus vecinos más débiles. Las relaciones México-EE UU son un ejemplo de lo anterior. Ya en 1850, México había perdido la mitad de su territorio a causa del expansionismo de Estados Unidos, una pérdida que impregnó la cultura política mexicana con una desconfianza hacia Estados Unidos que aún persiste.

Entonces, en 1938, México nacionalizó la compañía Standard Oil. En vez de enviar a los marines, Franklin D. Roosevelt se contuvo en aras de la Política del Buen Vecino y le brindó al nacionalismo mexicano una victoria psicológica crucial. A partir de 1940, México y Estados Unidos elaboraron, poco a poco, una relación beneficiosa para ambos. En el transcurso de este tiempo, Estados Unidos logró adquirir un mayor respeto por las sensibilidades mexicanas.

Cuba y Estados Unidos, por el contrario, nunca hallaron una senda estable, que condujera a una relación beneficiosa para ambos países, antes de 1959. Aun más que en el caso México-EE UU, la abrumadora disparidad de poder marcó las relaciones Cuba-EE UU. Se añade el hecho de que Cuba, por mucho tiempo, siempre ha aspirado a establecer una relación de igualdad, vis a vis las grandes potencias, algo poco usual en los países de la Cuenca del Caribe.

Los cubanos, por ejemplo, proponían para la nación tres alternativas al colonialismo español, basadas en la paridad: unirse a EE UU (como otro estado), obtener la autonomía (como una provincia de España) y establecer una república independiente. Después de la Guerra Civil, menguó el interés de EE UU por anexar Cuba a su territorio. España nunca consideró con seriedad la propuesta del autonomismo.

La Enmienda Platt no ayudó

Cuando llegó la hora de la independencia, en 1902, se le endilgó a la República la Enmienda Platt, un apéndice impuesto por Estados Unidos a la Constitución de 1901, que le otorgaba el derecho a intervenir en la Isla si consideraba que había amenazas contra el orden o contra las propiedades. Hasta los propios anexionistas cubanos mostraron su desdén por una enmienda que colocaba al país en la posición servil propia de un protectorado. En 1934, el gobierno de Roosevelt abrogó la enmienda.

Ya en 1940, los cubanos habían forjado un consenso de gobierno bajo una nueva Constitución sin la influencia de Estados Unidos. Los gobiernos auténticos de Ramón Grau San Martín (1944-1948) y de Carlos Prío Socarrás (1948-1952) sentaron una base incipiente para la normalización de las relaciones con Estados Unidos: a través de reformas socioeconómicas en el país y con las miras puestas en los intereses económicos de la nación de cara al extranjero.

En marzo de 1952, sin embargo, Fulgencio Batista depuso a Prío y, así, descarriló el esfuerzo naciente para la normalización. Si la democracia no hubiera sido interrumpida, Cuba y EE UU quizás hubieran llegado a un mejor entendimiento, tal y como México y EE UU hicieron después de 1940.

El asunto de la Guerra Fría

A comienzos de la década de los años sesenta, Estados Unidos trató de efectuar un cambio de régimen en Cuba. Luego del desembarco el 17 de abril de 1961, los invasores de Bahía de Cochinos fueron sometidos en dos días. Cuba desafió a Estados Unidos y ganó. Por fin el nacionalismo cubano tenía una victoria psicológica, pero, a diferencia de la victoria de México en 1938, a costa de una enemistad que ya ha durado medio siglo.

La revolución se acercó a la Unión Soviética para protegerse de Estados Unidos y con esta acción colocó a Cuba, por un tiempo, en el centro de la Guerra Fría. Era una Catch-22 perniciosa: Cuba buscaba a los soviéticos como escudo contra Estados Unidos, pero, mientras se estrechaban cada vez más los lazos entre La Habana y Moscú, mayor determinación ponía Washington en un cambio de régimen.

En 1962, una URSS envalentonada emplazó misiles balísticos en la Isla y así desencadenó la Crisis de los Misiles, el momento más peligroso de la Guerra Fría. Después, el mismo conflicto entre las superpotencias propició, en realidad, posibilidades para la normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Se destacan, en especial, dos momentos:

-En 1963, el embajador de Cuba en Naciones Unidas le propuso al embajador de Estados Unidos el inicio de conversaciones que condujeran a una disminución de tensiones. El gobierno de Kennedy respondió que todo era posible si Cuba daba pruebas de ser "un Estado comunista independiente".

-A mediados de la década de los setenta, la distensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética generó un consenso bipartidista sobre la normalización de las relaciones con Cuba. Gerald Ford y Jimmy Carter se encaminaron en ese sentido.

En un próximo artículo retomaré estos dos momentos, la posición del Miami cubano y cómo el final de la Guerra Fría reactivó el tema del cambio de régimen en la agenda estadounidense.

En resumen, Cuba y Estados Unidos tendrán relaciones normales cuando La Habana convierta la cercanía en un valor y cuando Washington considere con seriedad las expectativas cubanas. Dicho de otra forma, el nacionalismo cubano necesita una victoria psicológica similar a la de México en 1938.


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