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Actualizado: 25/04/2024 19:17

Protestas, Exilio, Miami

Dunkerque, el Mahatma, Cuba y la sal de la vida

En la India, Dunkerque o El Malecón de La Habana, para buscar la sal de la vida no se debe contar con otros que no sean los propios interesados

Los boteros de Dunkerque no me dejan dormir, aunque su hazaña ocurrió hace 81 años en la célebre costa francesa frente al mítico Canal de la Mancha. Los alemanes, acorazados, vencedores, implacables, empujaban contra el mar a cientos de miles de enemigos derrotados, británicos en su mayor parte, esperándoles la muerte. Era el 29 de mayo de 1940, cuando los que al menos tenían una embarcación capaz de zarpar, sin hacerse preguntas, imaginando la muerte de los otros, decidieron que no eran “otros” sino los nuestros y se fueron a buscarlos sin más cálculos que, uno menos para los alemanes era uno de los “suyos” a salvo.

La historia guarda paradojas que son auténticas lecciones. En otro país lejano de aquella convulsa Europa, una década antes, había británicos tan patriotas como los involucrados entre la orgullosa isla inglesa y el cercano continente francés. Tales anglosajones debieron enfrentar el reto insólito de un hombre de 61 años, delgado hasta dibujársele los huesos en un minúsculo cuerpo que apenas tapaba, ataviado con magras vestiduras tejidas por él mismo. Le decían respetuosamente El Mahatma, y jamás mostró ambición alguna, de dinero o de poder. Un día de abril de 1930 partió junto a 70 seguidores rumbo al mar, 400 kilómetros distante. Dijo que marchaban a por sal, porque el pueblo al cual pertenecía estaba dominado por británicos arrogantes, creídos dueños del país y, en consecuencia, habían decretado un impuesto sobre la sal.

¿Cómo pagarles la sal a los intrusos si las costas definen el país que nos corresponde?

Respondiendo a tan simple lógica, pronto los 70 fueron miles, y millones, siguiendo al obstinado hindú que estaba retando al mayor imperialismo de su tiempo con la sencilla maniobra de irse al mar, sin odios y sin armamento militar, a buscar ellos mismos el vital producto.

¿La sal de la vida? ¿Acaso no es eso mismo la libertad?

Aquella marcha no era una locura de fanáticos, evidentemente no se trataba de gastar tiempo y energías arando el mar, la convocatoria juntó un pueblo diverso, la gente se negaba a colaborar con los represores, y los fusiles del ejército quedaban anulados al faltarles enemigos enfrente.

El viejo huesudo viajó a Londres, donde los lores de smoking fruncían el ceño mientras escuchaban el discurso agudo, cortante, de un humilde peregrino, casi desnudo de ropas, clamando por reconocer la independencia de su milenaria nación.

Por su parte, los tozudos británicos terminaron derrotando a sus enemigos alemanes. Muchos de aquellos salvados de Dunkerque entraron triunfantes en la Germania vencida. Casi en feliz coincidencia, el profeta de la no violencia vivió para ver la independencia de la India, reconocida hoy como la mayor democracia del mundo, dados sus más de mil 100 millones de habitantes.

Me quita el sueño imaginar qué pasaría si una porción patriota del millón de cubanos residentes en la Florida, se montaran en botes; se cuentan fácil miles de embarcaciones de diversos tamaños en sus costas; y como en los tiempos de Dunkerque o de la India del Mahatma, partieran, sin muchas consultas, armados de medicinas y alimentos, rumbo al sur, recto hasta las costas de la isla desamparada, larga y estrecha, dónde están muriendo a montones sus compatriotas, precisamente porque unos señores se creen dueños del país, imponiendo no un impuesto a la sal, sino impedimentos de todas clases a cada cubano, para que se busque por sus propios medios, la sal de la vida, la que les toca por derecho en la tierra que los vio nacer.

Antes de cerrar esta crónica, ya que de historia hablamos, hago una justa aclaración:

La mayoría de los 300 mil soldados sobrevivientes al rescate en Dunkerque, no fueron salvados, como era de esperarse por tan alto número, gracias a los arriesgados marineros de aquellos minúsculos botes. La marina y la aviación inglesas, cumplieron con su deber. Sin embargo, tales datos meticulosos palidecen ante una verdad imposible de enjuiciar según cálculos matemáticos: los boteros se fueron a las costas de Francia sin atenerse a la posible intervención del ejército de su país en los acontecimientos.

En la India, Dunkerque o El Malecón de La Habana, para buscar la sal de la vida no se debe contar con otros que no sean los propios interesados.

© cubaencuentro

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