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Actualizado: 23/07/2019 14:59

Prensa, Periodismo, Propaganda

El Nuevo Periodismo (N.P.) cubano

No por gusto existe preocupación entre ideólogos y periodistas, que en Cuba son funciones intercambiables, sobre cómo comunicar más eficaz y eficientemente

Las verdades elementales caben en el ala de un colibrí.
José Martí

Una colega argentina de visita en casa hace algunos años tomó el Órgano Oficial de encima de la mesa y después de leer ciertos titulares preguntó si eso se pagaba. Le respondí que si, por supuesto. Es el único periódico de tirada nacional. Ya sabemos el humor fino y corrosivo que se gastan los gauchos: “Yo pensaba que la propaganda no se pagaba”, dijo.

Ha pasado el tiempo y cada día la llamada prensa cubana, radial, televisiva, escrita, esta peor. No por gusto el presidente designado ha dado mucha importancia a las publicaciones periódicas, al dominio de las nuevas tecnologías y a su propio estreno en Twitter y otras plataformas; un intento necesario para el régimen, pero condenado a la burla y el ninguneo: a casi nadie dentro y fuera de Cuba le interesa lo que el encargado gubernamental pueda o quiera decir.

El Periodismo Propaganda (P.P.) debe distinguirse del verdadero hacer noticioso, informativo, por su lenguaje y sus objetivos. Está muy claro en todos los documentos partidistas comunistas que su función es ser el heraldo oficial del Partido Comunista, a quién responde invariablemente. Tal es así que de su dirección y control se encarga el Departamento Ideológico. El director solía tener rango de miembro del Comité Central. Nada malo hay en que un partido político cuente con su propio medio de difusión. El problema es que es uno solo, y como verdades reveladas, lo que se publica allí tiene poco más o menos carácter de Bando Real; sus primicias y editoriales pueden ser clonadas por el resto de los informativos cubanos sin temor a cometer una pifia.

Hubo un tiempo en que el Órgano Oficial todavía contaba con profesionales de otra época. Eran periodistas curtidos por el trabajo duro de la competencia noticiosa y la redacción impecable. En esos tiempos el Libro de Estilo era más flexible, dado el hecho de que el Censor Mayor revisaba las planas antes de mandarlas a la imprenta: el escritor se arriesga cuando sabe que de un individuo depende la absolución o la condena. Puede que no suceda así ahora. El tamiz por donde pasa la gaceta tipo carta de ocho páginas tiene muchos huecos y pocos márgenes para el error. El combativo Órgano Oficial, heredero caribeño de Pravda y Neues Deutschland, está hoy más cerca del Rodong Sinmun, Diario del Partido del Trabajo de Corea del Norte.

El P.P. maltrata el idioma y lo encorseta. El uso de adjetivos incensarios, manidos, y el pasado sujetado al presente —aunque no venga al caso—, sustantivos cambiados por verbos, las descontextualizaciones, las causas por las consecuencias, la atribución de intenciones a todos los hechos —sin describirlos apenas—, las evidencias por suposiciones, la ejecución moral del adversario, la generalización y la victimización de los victimarios, el Aquí-Ahora transformado en Ayer-Futuro, haciendo imposible valorar la actualidad. No hablemos de la sintaxis, y la a veces desértica o errada cultura general, de la cual se salvan quienes aprendieron a redactar —y a ser ratones de la Biblioteca Nacional— en la época de la tinta, los tipos y la imprenta, monstruo ruidoso e indetenible.

No por gusto existe preocupación entre ideólogos y periodistas —en la Isla, roles intercambiables— sobre cómo comunicar más eficaz y eficientemente. La situación social y económica interna y el cerco financiero internacional —no solo por el embargo, recrudecido, sino también por el no pago de deudas renegociadas—, son brazas al fuego de un Periodo Especial II que ya empezó. Comunicar optimismo, victoria, tranquilidad y sobre todo control del nuevo gabinete designado, son los supra objetivos. Desgraciadamente, una cosa ve el cubano de a pie, y otra el funcionario en un Lada: una bodega vacía dice más que cien palabras.

No son los hombres, sino el objetivo de la publicación. En Cuba los buenos escritores, periodistas, poetas, ensayistas se dan como los boxeadores y los peloteros. Son naturales. Basta verlos llegar a estas tierras y ajustarse a las exigencias del mercado noticioso, algo difícil pero no imposible. La noticia, el artículo, la crónica hay que buscarla, olerla, disputársela a otros. Debe estar apegada a la verdad —que el lector pueda tocarla con sus manos—, y tener originalidad. Eso, y tal vez lo saben bien nuestros compatriotas periodistas de la Isla, es imposible en el P.P. Allí el “blanco en movimiento” es darle aire artificial, a presión positiva, a un régimen que boquea. Pero toda “auto-crítica” ha de tener un límite. El límite lo marca el Partido y sus circunstancias —no negociables, estimado Ortega y Gasset. Quienes han renunciado a seguir esas reglas, han tenido talento suficiente, y no quieren abandonar “su” Habana, se han dedicado a la literatura con mucho éxito.

Para suerte del periodismo, ha ido surgiendo una nueva generación de comunicadores cuya ruptura ideológica —a veces ni siquiera radical— con el régimen, la pluralidad de opiniones y la exploración de otras maneras de narrar ha creado un Nuevo Periodismo (N.P.) cubano que tiene ya corpus propio, identificable, reconocido. Son depositarios de quienes hace cuarenta años comenzaron el llamado periodismo independiente, una escapada memorable de los estrechos márgenes comunicativos comunistas. Entre aquellos se contaban poetas, escritores, hombres de ciencia y políticos. Pero el brazo secular se encargó cortarles el paso con topos y otros recursos menos elaborados hasta encerrarlos durante la triste Primavera Negra.

La hornada de N.P. tiene algunas singularidades que es preciso señalar. Primero, muy que pocos tienen formación periodística de academia. Eso, de ser un problema, puede ser un incentivo. La formación se adquiere, el talento no. La historia del periodismo cubano es la historia de investigadores, poetas, historiadores, y ensayistas que escriben, que hacen periodismo, no al revés. Otra característica es que una buena cantidad de periodistas profesionales proclamados independientes proviene de los medios oficiales. Frisan o pasaron de los setenta años. Ellos conocieron a los “viejos” en las redacciones de madrugada, cuando de la Underwood o la Olivetti de teclas había que sacar en horas un artículo de 500 palabras sin apenas tachaduras. Por supuesto, al convivir con los censores, también se vacunaron contra la auto-censura; sabe dónde puede dolerle al régimen.

No deberíamos eludir el papel de la espiritualidad y el rescate de la impronta religiosa y cívica en las publicaciones de los años noventa y principios del Siglo XXI. Publicaciones como Vitral —cuyo director mereció una Mesa Redonda del Difunto—, Palabra Nueva, Espacios, Amanecer y otras dieron cabida a la historia no contada o cercenada, la sociología de la religiosidad popular, el rescate de nuestros valores occidentales –la democracia, el respeto a la vida y a las diferencias-, la crítica literaria y los avances científicos de los “enemigos”, a la poesía, el ensayo y la narrativa que el régimen jamás publicó. Una revista como Espacio Laical, polémica, devino en Cuba Posible, un sitio donde hasta hace muy poco escribían exembajadores, exdirectores, economistas y politólogos confesamente socialistas y opositores leales.

Desde la aparente invisibilidad, el ocultamiento, el N.P. se hace cada día más presente en las redes sociales e Internet, plataformas que dominan mejor que sus adversarios. No solo los blogs son muy visitados. Las publicaciones digitales como Cubaencuentro, Diario de Cuba, Cubanet y otras, hechas la mayoría con escasos recursos y muchas horas voluntarias de sus colaboradores, son leídas a diario por cientos de miles de cubanos, en Cuba y fuera de sus fronteras, a pesar del bloqueo —que no “embargo”— que padecen.

Pero sin duda las publicaciones digitales dentro de la Isla tienen un mérito especial no solo por los riesgos personales sino por su credibilidad en sí: lo que se escribe en 14yMedio puede ser fácilmente verificable, contrastable. El trabajo más demoledor, genial, es poner diariamente el precio de la malanga o la libra de arroz en el mercado. Ahí los directivos copiaron bien la frase campechana, biranesa, del general-expresidente: los frijoles son tan importantes como los cañones.

Si alguna crítica debe hacérsele al N.P. cubano es que debe pasar de la denuncia, más que necesaria, imprescindible, al anuncio, la propuesta, las opciones que el ciudadano cubano no ve, no puede o no quiere ver. O que solo ve una puerta de salida: hacia el exterior. Perdidos en el lamento, en la queja, muchas veces olvidamos que la función del comunicador no es el mensaje en sí, la digitalización de la palabra o la imagen, sino el receptor, mover al destinario de su estado de confort —en el caso de Cuba de su incomodad asumida.

El N.P cubano, el que hace dentro y fuera de la Isla desde hace al menos cuatro décadas está en su mejor, y por ello, más peligroso momento. Solo apegados a la verdad y a la constatación de hechos y realidades puede el comunicador sobrevivir al poder omnímodo de todo un sistema de silenciamiento. Vienen tiempos difíciles para quienes ejercen la profesión en Cuba. El nivel de represión va a ser directamente proporcional a la crisis en marcha. El mejor oficio del mundo, según García Márquez, demanda sacrificio, tenacidad, talento y mucho valor. Porque como dijera nuestro apóstol, para ir delante de los demás, se necesita ver más que ellos.

© cubaencuentro

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