Reportaje
La guerra del quita y pon
Ni bombas ni cañones. La batalla de La Habana con Washington se libra con pinzas de corte y desmantelando antenas.
No silban las bombas, ni ensordecen los cañones. La guerra entre La Habana y Washington es casi silente y se libra con armas más discretas: pinzas de corte.
Antes del amanecer ya están en las azoteas. Son empleados de Etecsa, la empresa oficial de telecomunicaciones. Visten de azul y en sus pulóveres se puede leer el monograma que los identifica. Otros no llevan distintivo alguno. Son agentes encubiertos.
Acaban de salir de sus camionetas y extender las escaleras hacia los postes. Trabajan en silencio. Se abstienen de entrar en las casas porque, supuestamente, tendrían que portar una orden de registro. Piden permiso para subir a las techumbres, donde les espera una maleza de cables.
En la calle dos patrulleros vigilan la operación y el fiscal fuma un cigarrillo. También aparca un vehículo de la empresa Radiocuba, con un detector de señales. A todo eso la gente le dice, no sin ironía, "la caravana de la muerte".
La batida es en toda la manzana. "¡Esto es un abuso!", grita una señora desde un balcón. Le han cortado la extensión telefónica. El empleado de Etecsa pide calma. "Ya se lo arreglaremos", responde tranquilo.
Otros vecinos se lamentan negando levemente con la cabeza. Desde la acera observan cómo caen los rollos de coaxiales. Los policías se mantienen en los carros.
"Si hicieran lo mismo con la delincuencia, dormiríamos más tranquilos", comentó fugazmente uno del barrio.
'Con lo buena que estaba la novela…'
En una azotea, a doscientos metros, alguien apresuradamente desmantela la red. Otro sube a tender ropa y da las coordenadas del registro. "Apúrate que ya están ahí", susurra una cliente desde el patio. Estridente, el canto de los gallos aporta más nerviosismo a la escena.
"Con lo buena que estaba la novela", se lamenta otra mujer. Se refiere a Mundo de fieras, protagonizada por el cubano César Évora, quien hace años lleva adelante una carrera de galán en México.
Unas treinta casas están conectadas a este proveedor clandestino. Sus clientes entregan diez pesos convertibles al mes por la señal. Previamente ya han desembolsado dos de instalación y pagado el metro de cable coaxial a 75 centavos de CUC.
Todo un negocio. La mensualidad suma trescientos convertibles. Una entrada que atonta al cubano de a pie, cuyo salario promedio es treinta veces inferior.
La requisa tarda horas. Cuando bajan a la calle, los empleados telefónicos traen centenares de metros de redes cortadas. Los amontonan en las camionetas y luego, en fila, la caravana parte. Cuando sale a la avenida, una de las patrullas enciende la sirena para abrirse paso. Son casi las nueve de la mañana y flota un aire de perplejidad.
Para algunos, esta llamada "guerra de las antenas" se disparó por culpa de Bush.
"Desde hace rato Cuba entera ve los canales. Eso lo sabe todo el mundo. ¿Por qué se meten ahora? Porque está en juego la política, ¿no?", opina un curioso que se detuvo a observar la operación.
El regreso de Ramiro
Las redadas, ahora expandidas barrio por barrio y calle por calle en toda La Habana, confirman la certeza de que el gobierno ha dejado de hacer la vista gorda y asume la guerra electrónica planificando contragolpes.
"Ya eso lo dijo Ramirito. Que iba a acabar con las antenas", expresó un jubilado que vende cigarrillos al por mayor.
El comandante Ramiro Valdés, ex ministro del Interior, fue llamado nuevamente al gabinete en agosto último con la intención de "poner las cosas en orden", sobre todo ante la marea de corrupción en la compañía Etecsa, cuyos directivos fueron removidos y puestos bajo investigación judicial un mes después.
En diciembre último, el diario oficial Granma notificó el allanamiento de una fábrica clandestina de antenas parabólicas en el reparto de Guanabacoa. Se vendían a veinte convertibles.
Según el periódico, funcionarios del gobierno estadounidense "alquilaron el pasado 18 de diciembre tiempo de emisión en los satélites Direct TV y Dish", para incluir materiales facturados por Radio y Televisión Martí, estaciones que emiten información alternativa para contrarrestar el monopolio mediático de La Habana.
En el menú que pueden ver los cubanos, clandestinamente, aparecen programas como La mesa retonta y Seguro que yes, con mensajes que satirizan la vida política de la Isla y los males del sistema. Ambos se emiten por el canal comercial privado AméricaTevé (41).
Emigrados en los últimos años, la mayoría de los protagonistas de tales espacios son viejos conocidos en la Isla, donde la televisión —nacida en 1950 y pionera en Latinoamérica— gozó de un prestigio de culto; de su calidad y capacidad de innovación sólo queda el recuerdo.
Los proveedores de canales por satélite, cuyos equipos son artesanales, hechos a partir de componentes electrónicos llegados desde el exterior o adquiridos en el vasto mercado negro, pueden verse en serios apuros sin son pillados por la policía.
Deberán responder ante la justicia por el "delito" de "actividad económica ilícita", por el cual podrían ser condenados de uno a tres años de cárcel, o pagar una multa de 300 a 1.000 pesos cubanos, o ambas cosas. Sin embargo, el negocio es jugoso y toman los riesgos.
Nunca acabar
La proliferación de señales satelitales comenzó a fines de los años noventa. En ciudades pequeñas y rurales sus habitantes llegaron a enajenar de sus pantallas la programación oficialista local.
"En San Antonio de los Baños, la gente sólo te hablaba de allá, como si vivieran en Miami", comentó un parroquiano del pueblo de las afueras de la capital.
Hay quienes, mucho más solventes, compran tarjetas de vídeo para instalarlas en máquinas Pentium 4. Mediante hackers bajan los códigos de internet y acceden a cientos de canales satelitales. Con parábola incluida, el sistema sale en 400 CUC.
Los servicios de inteligencia de Estados Unidos calibraron la expansión de tal fenómeno, toda vez que sus emisiones de Radio y Televisión Martí, iniciadas en 1985 y 1990, respectivamente, son bloqueadas en las principales ciudades del país por la contratecnología cubana, pese a los millonarios recursos puestos en juego. Sobre todo la televisión, pues la radio muchas veces logra burlar la interferencia.
La guerra electrónica es aprovechada por el gobierno para abrir fuego político contra Washington, al que acusa de invadir su espacio radioeléctrico con 2.306 horas semanales de transmisiones por 30 frecuencias diferentes.
La defensa de la soberanía espacial es cuestionada o poco entendida por algunos. "¿Por qué en Miami pueden ver Cubavisión Internacional y nosotros aquí no podemos ver Univisión?", preguntó un carpintero que se dedica a vender siluetas de Chaplin a partir de llaves domésticas.
En una reciente e incómoda reunión del ministro de Cultura, Abel Prieto, con estudiantes del Instituto Superior de Arte, en La Habana, el tema reflotó con insistencia.
Uno de los asistentes comentó en los pasillos: "¿Dónde está lo subversivo? Tienen iguales culebrones que nosotros, manipulan las noticias igual que nosotros… Debe ser entonces que muestran la comida que no comemos nosotros".
Las redadas serán cuanto menos cíclicas. El gobierno lo sabe. "Esto es como la mala yerba", se le oyó mascullar a uno de los fiscales de la operación en el barrio de Luyanó. "Hace un par de meses ya estuvimos aquí".
© cubaencuentro
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