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Actualizado: 19/05/2022 12:58

Exilio, Miami, Washington

Los cubanos de Watergate

Vinieron a Estados Unidos a combatir a Fidel Castro, pero terminaron tumbando a Richard Nixon

Watergate, el gran escándalo de la década de 70 del siglo pasado que marcó pautas en el periodismo y la política, y acabó con la vida pública de Richard Nixon. El asunto constituye una buena oportunidad para hablar de los cubanos, porque los hubo. Los cubanos están metidos en todos lados.

Más de dos décadas atrás conocí a Eugenio Martínez, recién fallecido en Miami, a quien llamaban «Musculito» por ese hábito que tuvo de dedicarse a las pesas en los gimnasios en los tiempos libres de su trabajo para la CIA.

Sentados en el restaurante Versailles, en La Pequeña Habana, Martínez me dijo con gesto elocuente: «Aquí nadie ha preguntado por qué hubo cubanos en Watergate». ¿Bueno? «Porque queríamos encontrar una conexión de los demócratas con Fidel Castro», contestó.

Le respondí que siempre tenía que haber un Fidel metido en todo. Pero lo cierto es que quien estaba preocupado con esa conexión era Richard Nixon, porque se estaba disputando su reelección contra el demócrata George McGovern y organizó toda la conspiración del asalto a la sede demócrata en el edificio Watergate, en el corazón de Washington DC, al borde del río Potomac.

Nixon quería encontrar todo lo que pudiera «ensuciar» a McGovern. Howard Hunt, el hombre de las tareas difíciles de H.R. Halldeman, entonces jefe de despacho del mandatario, fue llamado a organizar el asalto a la sede demócrata.

Veterano de la CIA y de Bahía de Cochinos, Hunt se viró hacia su gente y no tuvo que ir muy lejos. La encontró en Miami. Martínez, Bernard Baker y Frank Sturgis, que nacieron en Cuba de padres estadounidenses, y Virgilio González. Todos con estupendas credenciales anticastristas que vinieron a Estados Unidos con un objetivo en mente: tumbar a Fidel Castro.

No tumbaron a Fidel Castro, sino contribuyeron a la caída de otro mandatario: Richard Nixon. El presidente del país que los acogió. La historia se explica rápidamente. De los cinco «plomeros» de Watergate, el quinto, James McCord, era estadounidense. Según confesó a un juez la mañana del asalto trabajaba también para la CIA.

Ingresaron al edificio uno detrás de otro y tenían tareas bien planificadas. Sturgis, que iba al frente, tenía la obligación de abrir la puerta y colocar una cinta para impedir que se cerrara por accidente. Mi amigo Martínez era el último. Lo suyo era retirar la cinta una vez que todos estuvieran dentro. Pero Musculito se olvidó de ello. Minutos después, cuando el guardia de seguridad pasó delante de la puerta y vio la cinta, llamó a la policía; lo demás es historia. Estalló el escándalo y Nixon terminó renunciando a la presidencia.

Cuando salimos del Versailles terminé llevando a Martínez a su casa y seguimos conversando sobre Watergate, yo detrás del timón y él a mi lado, íbamos entrando en Miami Beach, cuando le comenté: «Oye Musculito, le zumba la berenjena que viniste acá para tumbar a Fidel y terminaste tumbando a un presidente americano».

Abrió inmensamente los ojos, se puso en posición de alerta y soltó: «¿Tu viste eso? Que cosa más grande, señores». Y nos echamos a reír. «La vida da cada sorpresa. Pero la verdad es que la cagamos», terminó confesando.

Nos reímos bastante esa tarde. Y nos reímos después. Pero es cierto: los cubanos entraron en la historia de Estados Unidos por tumbar al presidente equivocado.

Este texto apareció originalmente en On Cuba. Esta versión actualizada se publica con la autorización del autor.

© cubaencuentro

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