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Sociedad

Ni en su casa baila el trompo

Orientales, habaneros… A debate el regionalismo y la emigración interna.

El regionalismo en la Cuba actual, y muy especialmente en La Habana, es un tema fístula: molesto, doloroso, purulento… uno de esos asuntos acerca de los cuales todos tenemos algo que decir, y lo decimos, pero sólo entre boca y oreja. Muy rara vez se le prodiga el espacio que merece en blanco y negro.

Por eso resultó tan oportuno el artículo Bailar en casa del trompo, publicado por Encuentro en la Red el pasado 11 de enero. Y también por eso no sería ocioso volver sobre sus fueros, toda vez que el trabajo de referencia no agota la complejidad del tema, sino más bien lo deja en punto de ebullición, quizás invitando a la polémica.

Aunque empieza por recordar el carácter general e histórico (casi podría decirse endémico) del regionalismo en la Isla, el autor de Bailar en casa del trompo, dedica especial énfasis al rechazo que la gente de la capital manifiesta ante los oriundos del oriente cubano, una zona, afirma, que "siempre ha sido la hija de nadie".

Es lástima que no se puntualice, aunque no fuese más que como dato ilustrativo, que también los nacidos en cualquier otro rincón de nuestro archipiélago, pero en particular los orientales, han practicado siempre, y practican, con fervor, esta especie de deporte nacional que es el regionalismo. Y no es que resultara imprescindible aclararlo, para el caso, pero tal y como se enfoca, pareciera que tan nefasta tendencia es patrimonio exclusivo de los occidentales.

Por lo demás, habría que ver hasta qué punto estamos siendo explícitos cuando aseguramos que "hoy, desdichadamente, son muchos los habaneros que perciben en la migración de los orientales hacia occidente el origen de todos sus problemas…".

¿Será que el estatus de habanero genera por sí solo el egoísmo y la soberbia que conllevan a una postura tal? ¿Serán realmente habaneros esos residentes de la capital que asumen hoy la migración como un peligro? ¿O será que muchos entre ellos, muchísimos, son tan orientales o villaclareños como el que acaba de llegar, y el asunto entonces se complica, en tanto ya no se trata únicamente de meras manifestaciones de regionalismo?

Actitudes mediocres

Fuera de toda discusión queda, desde luego, el carácter mezquino, incluso provinciano y mediocre de las actitudes regionalistas, sean o no habaneros quienes las asumen. También es bien cierto que en las actuales circunstancias de miseria y abandono que sufrimos aquí, rechazar al otro sólo porque aspira a alcanzar lo poco que tenemos, es, más que dañino, cruel. El artículo Bailar en casa del trompo lo expresa con diafanidad y aun con justa pasión.

También especifica con razón que, hoy por hoy, tanto el agravamiento de este fenómeno del regionalismo en La Habana, como algunas de sus más funestas consecuencias, son, ante todo, responsabilidad casi total del régimen.

"A pesar de que el caso cubano se inscribe en la dinámica habitual de los países subdesarrollados, cuyas capitales sufren problemas similares a los de La Habana, la particularidad viene dada por el régimen centralista que gobierna la Isla". Así lo precisa el artículo en cuestión. Y agrega de seguida que este régimen, "en un plan suicida y demagógico", ha conminado a los campesinos a emigrar hacia las ciudades, mediante acciones dirigidas a despoblar las regiones del interior.

Sin embargo, no dedica por lo menos un párrafo a explicar cuál es el origen de ese plan "suicida y demagógico", y qué objetivo perseguía desde sus fundamentos. Es algo lamentable, pues muy posiblemente en tal explicación se halle la clave que necesitamos para entender el problema en toda su fatal complejidad.

Porque si bien es cierto que el régimen estuvo durante más de tres décadas alentando el éxodo hacia la capital, su propósito no debe haber sido nunca, no podía ser, despoblar gratuitamente las provincias del interior. Tampoco las desmedidas y desorganizadas oleadas migratorias fueron un simple producto de la negligencia o del centralismo oficial. Es que ni siquiera el modo absurdo en que el sistema totalitario ha organizado nuestra sociedad resultó, en sus inicios y en su esencia, la causa de esta avalancha sin precedentes en términos cuantitativos.

En las bases del susodicho plan gubernamental subyace una fuerte dosis de regionalismo que el artículo de referencia no contempla. No es su único componente feo, pero resulta imprescindible tenerlo en cuenta, ya que no sólo revela el carácter irresponsable, equivocado y aun malévolo de sus hacedores, sino que además aclara por qué la mudada en masa de orientales hacia occidente, lejos de obedecer a negligencias e improvisaciones, fue algo pensado, programado y puntualmente sistematizado por el régimen como parte de una estrategia para asegurar su larga estancia en el poder.

Si al final el tiro se le fue por la culata —y es obvio que así ha sucedido—, ello no minimiza la gravedad de la intención, sino más bien reafirma su índole absurda y dramática. De igual manera, las regulaciones migratorias dictadas en los últimos tiempos, lejos de contradecir la actitud del régimen, corroboran el fracaso de su plan y dan fe del callejón sin salida en que les ha metido, una vez más, su forma peregrina de disponer las cosas y de manipular a las personas.

La necesidad del régimen

En cuanto al plan concretamente, habría que decir, porque la historia parece verificarlo a las claras, que desde el triunfo de esto que llaman la revolución, el gobierno demostró un particular interés por violentar la composición socioeconómica de los habitantes de La Habana.

Era lógico suponer que a los capitalinos, por vivir un tanto más cómodamente y con mayor nivel de información que el resto de la población cubana, les resultaría mucho más difícil adaptarse a las condiciones de pobreza extrema y de sometimiento total que muy pronto, pasado el entusiasta embuche de los primeros días, nos vendría encima.

Cayó entonces por su peso la necesidad (para el régimen) de evitar riesgos que se veían venir. Pero, ¿cómo evitarlos? Esperar que la gente de la capital emigrara espontáneamente hacia el extranjero, como al final ha ocurrido, era algo para lo que no disponían de tiempo ni paciencia. Tampoco podían trasladar a los habaneros hacia el interior del país, aunque no dejaran de intentarlo.

La solución estaba, pues, en imponerles un cambio en las condicionantes sociales, económicas y, claro, de mentalidad. Y para eso se hacía imprescindible alterar, en número, su composición, digamos, clasista.

Motivos y sinrazones

El resto es conocido. Comenzaron las oleadas. Primero, fueron los integrantes del Ejército Rebelde. Después, cientos de miles de estudiantes, cuyo arribo a la capital resultó, en principio (sólo en principio), absolutamente comprensible, toda vez que en el interior apenas existían escuelas especializadas.

Pero ocurrió que más tarde fueron los reclutas del Servicio Militar. Y detrás, decenas de contingentes de trabajadores para las más disímiles tareas, en particular para las obras constructivas. Y detrás los policías. Y los maestros emergentes. Y los trabajadores sociales. Y en todos los casos queda por descontado que no sólo fijarían residencia permanente aquí, sino que iban a cargar con la familia. Y esa familia también cargó con su familia… Sin dejar de sumar a toda la parentela de quienes rigen las altas esferas del poder, los cuales, no por casualidad (ni tan curiosamente como apunta el artículo) han sido siempre, y siguen siendo orientales, en amplia mayoría.

No es de extrañar por ello que los nuevos barrios, numerosos y repletos, saturados, de edificios altos que se construyeron en La Habana durante las últimas décadas, no hayan sido suficientes, no ya para resolver, ni siquiera para aliviar la caótica situación de la vivienda en esta ciudad. Y eso que finalmente es cierto que gran parte de los habaneros "netos" viven hoy fuera de Cuba. Tan cierto como que los habaneros de reciente hornada tienen motivos (aunque no tengan pizca de razón) para mirar con alarma la continuación del alud migratorio.

Tal vez no sea un disparate imaginar que ante el imperativo de "descontaminar" la capital de parroquianos con espíritu, digamos, pequeño burgués, al régimen se le alumbró el bombillo con la idea de apretujarlos entre los pobres del interior. Con esto no sólo conseguía crear un desbalance favorable en su composición social, sino que además, sin invertir nada, sin el menor esfuerzo, les mejoraba la vida a los campesinos y aseguraba con ello su incondicional apoyo. Una jugada maestra, con ganancia doble. Al menos así pudo haberlo planeado.

Y ya que se trataba de inundar la capital con habitantes de otras regiones de la Isla, ninguna tan idónea como la oriental, superpoblada y empobrecida hasta los topes. Además, a los orientales, con su muy bien ganada fama de rebeldes, no sólo resultaba importante contentarlos, también era menester tenerlos cerca.

Eso por no machacar en lo que muy bien se conoce: la revolución había nacido en el oriente, con un ejército constituido fundamentalmente por hijos de aquella región. Era natural que el gobierno revolucionario tendiera a depositar en los orientales su mayor confianza y también que se sintiera comprometido a demostrarles de algún modo su agradecimiento.

La hija y la madre

Vistas las cosas a través de este prisma, habría que revisar una frase del artículo Bailar en casa del trompo, la que asegura que "en Cuba la zona oriental siempre ha sido la hija de nadie, ayer y hoy". En realidad, no lo fue siempre. Hasta hace algunos años por lo menos, esa zona era hija —a la vez que madre— de la revolución. Sólo que su gente está sufriendo una nueva fatalidad histórica, llamémosle así, ya que le ha sucedido igual que a ciertos tipos de hexápodos, que son sacrificados para saciar el hambre de sus propios descendientes.

En fin, a lo hecho pecho, podría agregarse. Pero lo absurdo, lo tremendamente injusto será que después de haber sido manejados hasta la calamidad por el poder político, occidentales y orientales se embarcaran hoy en diferencias sin sentido y en choques de conceptos estrechos que tienen ya muy vieja data y que jamás reportaron otra cosa que pérdidas para ambos y desunión para todos.

Ni a los habaneros ni a los orientales ni a nadie en esta isla les estaba dado prever los planes del régimen. Y a quien los previera, parece que no le estaba dado impedirlos. Nadie podía bailar en la casa del trompo. Tiempo pasado, por suerte, pues en los días que corren ni siquiera en su casa baila el trompo.

Apuntadas al vuelo estas leves salvedades, es bueno reiterar lo oportuno que resulta promover la reflexión en torno a temas tan sensibles como el contenido en el artículo de referencia. Si acaso, otro pequeño detalle, para finalizar.

No es exacto (como afirma el artículo) que la nuestra sea "una nación de una misma etnia". De la misma forma que todos somos cubanos e iguales ante Dios —ya que no ante el régimen—, existen aquí grupos socioraciales con particularidades muy propias, que merecen mención, atención y tratamiento diferenciados.

Esto es algo que no debemos perder de vista, ni aun en el plano semántico. No sea que además de mostrarnos perplejos ante el actual dilema (que era de esperar) de los orientales y occidentales, también nos mostremos inocentes ante el drama de los negros, después de lo cual apenas nos quedaría para dónde virarnos.

© cubaencuentro

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