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Actualizado: 23/07/2019 15:01

Economía, Período Especial, Escasez

Qué es un «período especial» y cómo evitarlo

El régimen castrista se ha estado manteniendo a base de limosnas desde hace más de cuarenta años, y sólo cuando ha faltado esa subvención, se entra en un “período especial”

La vieja guardia que de forma vitalicia ha mantenido el poder en Cuba por más de 60 años, ha pedido a la población prepararse para un nuevo “período especial”. Todos los que en el país ya dejaron atrás la niñez, saben lo que esto significa. Conocen muy bien lo que les espera, porque en Cuba algo “especial”, no es nada bueno, como generalmente se utiliza el término. Si estas seis décadas pueden de por sí calificarse de críticas por las calamitosas condiciones de vida, ¿qué no será entonces un período “especial” dentro de sus vidas “especiales”? Pues es algo así como una crisis dentro de otra crisis.

Cuba ha sufrido por más de cinco décadas una crisis estructural permanente, esto es, provocada por la propia naturaleza del sistema, aunque en los 70 se debió más bien al derroche de las ganancias obtenidas por el alto precio del azúcar, en guerras africanas. Ya en los 80, ante el descenso de esa mercancía, el país se mantenía en pie por el subsidio soviético, realizada mediante precios preferenciales de ese producto, lo cual se traducía en barcos cargados de petróleo, hasta que en los 90 se produce la desintegración de la Unión Soviética, y entonces, sin subsidio, salió a flote la crisis estructural, como le pasaría luego al chavismo en Venezuela con el petróleo, y como le pasa a todos los regímenes populistas o del mal llamado “socialismo real”: se derrochan, al principio, todos los recursos del país y luego caen en la crisis por la falta de una economía sustentable. Así comenzó el primer “período especial”. Es decir, sin subsidio, a la crisis permanente del sistema se unía entonces otra, o más bien, se presenta crudamente la realidad del sistema, tal y como es.

Por entonces, esa crisis se manifestó mediante la desesperación popular por emigrar a toda costa, lo cual provocó disturbios callejeros como lo fue el llamado “maleconazo”, y por la ingobernabilidad: el libre mercado no se permitía, pero la mayoría del pueblo compraba en el mercado negro; el manejo de dólares estaba prohibido, pero en casi todas partes, casi todo el mundo, hacía sus compra-ventas en dólares; los restaurantes domésticos estaban prohibidos, pero en casi todos los barrios había un paladar clandestino, hasta que Raúl Castro gritó a su hermano en jefe aquellas palabras dramáticas que se le atribuyen: “¡O saco el mercado o saco los tanques!” Entonces hubo que ceder: se abrió el libre mercado, se legalizó la tenencia de dólares y se permitieron los paladares, un ejemplo que demuestra que el verdadero poder está en los pueblos, no en los gobiernos. Y por supuesto, para aquellos desesperados por emigrar, se abrió la consabida válvula de escape del éxodo masivo.

Así pudo el régimen sobrevivir, hasta que Chávez gana la presidencia en Venezuela y comienza para Cuba otro subsidio: el abastecimiento del petróleo venezolano, supuestamente a cambio de los servicios de médicos cubanos en Venezuela. Y el primer “período especial” terminó. El régimen logró mantener una relativa estabilización, pero siempre “bordeando el precipicio”, como confesara el propio Raúl Castro en diciembre de 2010, y añadía que sin cambios urgentes podría sobrevenir la catástrofe: “nos hundimos”, afirmaba. De ahí las reformas raulistas de los años siguientes que tuvieron su momento culminante en la reanudación de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, y que generaron algunas expectativas entre la población, hasta que en el VII Congreso del Partido, los elementos de línea dura, alarmados por la efervescencia popular tras el viaje del presidente Barack Obama a Cuba, y aupados por el retirado Comandante en Jefe, detuvo aquel proceso, y en muchos aspectos, lo hizo retroceder.

El régimen castrista se ha estado manteniendo a base de limosnas desde hace más de cuarenta años, y sólo cuando ha faltado esa subvención, se entra en un “período especial”. Este es el caso en el presente debido a la reducción gradual de ese abastecimiento petrolero hasta llegar al colapso económico del chavismo, ahora bajo la dictadura de Maduro.

¿Cuáles son las condiciones en este segundo “período especial”? Ya no es posible acudir al recurso de los éxodos masivos que funcionen como válvula de escape con la magnitud de antes, por la eliminación, por parte de Obama, de la política de “pies secos/pies mojados”. Y la población se encuentra completamente desengañada sobre promesas de cambios por parte de la llamada “dirigencia histórica”, además de las posibilidades de una parte de ella mucho más informada e interconectada por el acceso a las tecnologías de la telecomunicación. De modo que, si quieren ser creíbles, tendrán que hacer reformas mucho más profundas que las realizadas hasta entonces. Ya el principal obstáculo para las reformas, no existe. El Comandante, siempre aliado a los elementos de línea dura, murió siete meses después del Congreso.

Pero esos cambios necesarios requieren un sacrificio: la renuncia al poder absoluto. Cuba puede no sólo sostenerse sino incluso levantar una economía próspera, sin necesidad de subsidios, y al mismo tiempo, poner fin a las grandes desigualdades en una sociedad realmente participativa, no sólo levantando el bloqueo interno a la libre iniciativa individual de sus ciudadanos, sino incluso, incentivando la capacidad creativa de los cubanos mediante estímulos fiscales, acceso a las ayudas crediticias y a materia prima e instrumentos de trabajo, poniendo fin al control de la mano de obra empleada en las compañías extranjeras, y por otra parte, cooperativizando los pequeños centros estatales y entregando a los trabajadores de las grandes empresas, el derecho a elegir a sus propios administradores y a recibir parte de las utilidades.

La creencia de que manteniendo altos impuestos el Estado obtiene mayores recursos, es un error y debe ser desechada. Es todo lo contrario. Si se rebajan los impuestos y los precios de las licencias y de medios de producción, de la economía informal saldrán muchos más productores independientes para sumarse a pagar al fisco. Si se comparte las utilidades con los trabajadores de las empresas estatales y se confía en ellos para la designación de cuadros directivos, se sentirán, por primera vez, dueños de lo que trabajan y producirán con mayor estímulo. Si permitieran al propietario agrícola vender toda su producción a quien lo desee y el Estado comprara el acopio a precio de mercado, habría mayor productividad agrícola y en todo el país los mercados se llenarían de frutas, vegetales, viandas y granos. Si una nueva legislación garantizara a los inversionistas la seguridad de sus inversiones y se permitiera a los cubanos del exterior invertir en su propio país, se crearían muchas fuentes de trabajo.

Con todo lo anterior, se pondría fin al desabastecimiento de la población y se elevaría el poder adquisitivo de los ciudadanos. Y como la productividad es lo que realmente da valor al dinero circulante, subiría el peso cubano y podría suprimirse la doble moneda. Con las nuevas fuentes de divisas podría ponerse fin a la crisis energética, aumentarse las pensiones de los jubilados, mejorarse los servicios de transporte, así como ofrecer servicios médicos modernos al mismo nivel del que se privilegia hoy para el turismo de la salud.

Quien implemente medidas como éstas, salvará su nombre para la historia, pero si no lo hacen por temor a perder el férreo control que han mantenido hasta ahora de toda la sociedad cubana, o porque afecta los intereses de la burocracia, y luego, como consecuencia, disparen contra la población cuando desesperada se lance multitudinariamente a las calles, el oprobio infinito caerá por siempre sobre sus memorias.

© cubaencuentro

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