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Actualizado: 16/07/2020 12:18

Coronavirus, Embargo, EEUU

Sin embargo… el embargo

Cuba ha enviado cientos de médicos y personal a por lo menos dos decenas de países

Es propio de los necios ver los vicios ajenos
y olvidar los propios.
Cicerón

Según diferentes agencias de prensa, un envío de suplementos médicos para combatir el coronavirus no pudo llegar a tierra cubana debido al embargo norteamericano. Aunque las informaciones son confusas, el donante seria Jack Ma, fundador de Alibaba, el gigante del comercio electrónico chino. Las fuentes indican que los encargados de hacer la entrega renunciaron tras argüir la prohibición de tocar puertos cubanos; eso los imposibilitaría por seis meses para atracar en suelo norteño.

A primera vista, esta última acción del “embargo-bloqueo” parece un acto despiadado, criminal, no ético en momentos que sobre la Isla se cierne uno de los eventos epidemiológicos más graves en toda su historia. Siguiendo esa línea de pedir una tregua al “imperio”, las dictaduras más impresentables del planeta —si obviamos algunos países árabes—, han solicitado la suspensión temporal de las sanciones norteamericanas a Cuba. Países solidarios con el absolutismo tropical como China, Corea del Norte, Venezuela e Irán hacen un llamado que califican de humanitario. Ojo al gol: otros lo piden, no el interesado, la víctima.

El reclamo de misericordia hecha por los mensajeros menos misericordiosos del planeta no puede obviar el mensaje: Cuba necesita con urgencia que su poderoso enemigo “relaje” las restricciones de seis décadas, recrudecidas durante la presente administración. Pero, ¿qué exactamente deben los “malos” relajar? ¿Medicamentos y alimentos? ¿Inversiones y dinero fresco?

No existe ninguna prohibición de “bloquear” medicinas y alimentos a Cuba. Solo que hay que pagarlas al contado por razones bien conocidas. Si no hay dinero para pagar, habría que discutir por qué. Cuando en el propio Estados Unidos se carece de suplementos y medicinas para capear la guerra antiviral, ¿sería posible hacer donaciones al vecino? No sería mala idea. Una caravana de Miamenses por la Paz recorrería las calles repartiendo ellos, —no el gobierno porque suelen vender las donaciones—, máscaras, guantes y medicamentos. ¿Podrían enviarse a la Isla algunas toneladas de pollo, frijoles, arroz y conservas? Sin duda, sería positivo. Gratis. Pollos enteros, con pechuga, porque en la Isla el pollo solo tiene encuentro o muslo y contramuslo. ¿Deberían aflojar la restricción de tránsito aéreo y marítimo a la Isla? Sin duda, el mundo lo vería con buenos ojos. Como en el Mariel, pero sin montar en los barcos locos y delincuentes, cientos, miles de barcos atravesando apenas ciento cincuenta kilómetros, cargados de máscaras, guantes, y pollos con pechuga. Todo gratis. Despachados, no cobrados, por cuentapropistas que han quedado sin trabajo después de la baja del turismo imperialista.

Pero el régimen cubano, como si se pusiera de acuerdo con el gobierno norteamericano, lo hace todo más difícil, imposible, “no se deja”. Desde el inicio de la epidemia sus órganos de propaganda han trabajado dos líneas argumentales con la virulencia que solo ellos saben hacerlo: los culpables de la pandemia y su propagación son los yanquis, tan mediocres y malos como son; y Cuba tiene los recursos materiales y humanos para enfrentar la epidemia.

En la primera narrativa es básico recalcar la maldad del ejecutivo trumpista y el obsoleto, elitista sistema de salud norteamericano. Aparece casi a diario en la prensa cubana el informe de los infestados y los muertos en Estados Unidos, diríase apenas con disimulado gozo. Los que leen el Órgano Oficial saben mejor cuántos muertos hubo ayer en Nueva York y no cuántos en Santiago de Cuba. Es importante que el ciudadano de a pie crea que la salud en Estados Unidos es un completo desastre. A esto, sin duda, contribuye la transparencia de la prensa libre norteamericana, la cual no oculta las muchas grietas del sistema.

La segunda narrativa es que a pesar del “bloqueo”, el sistema socialista es capaz de dar atención material y humana no solo a toda la población cubana sino a sitios tan lejanos como Andorra, un principado de apenas 80.000 habitantes, cuyo per cápita anual frisa los $50.000 —ligeramente inferior al de los “americanos”. La potencia médica cubana posee un arma mortal contra el coronavirus: el interferón recombinante. Sin mostrar pruebas clínicas, en China lo usan con buenos resultados —es la misma China que ocultó el inicio de la epidemia, y que solo reporta unos pocos miles de muertos mientras fabricaban decenas de miles de urnas fúnebres y los crematorios no paraban de trabajar 24 horas al día.

Hasta el momento de estas notas, Cuba ha enviado cientos de médicos y personal a por lo menos dos decenas de países. Según las cifras oficiales hay suficientes médicos para atender a los cubanos —100.000 activos, 9 por mil habitantes; superando a Japón, 2,5 por mil y a Estados Unidos, apenas 3 para mil ciudadanos. Con tal ejercito sanitario calificado, y también según sus propios datos, la Isla tiene cinco camas hospitalarias cada mil habitantes —Estados Unidos, 2,9—, entonces… ¿para qué quitarse de encima el “bloqueo” si poseen el mejor sistema sanitario del mundo?

En cuanto a la alimentación del pueblo, el discurso oficial es que no debe temerse a la hambruna por el enclaustramiento —por allá una foto del partidista nonagenario, sin miedo al coronavirus, sombrero en mano, diciendo lo que cualquier guajiro sabe de siempre: que a la tierra hay que sacarle todo su provecho —al coronavirus, ideológicamente hablando, también. La “libreta” ha aumentado la oferta en una libra de pollo –sin pechuga-, y los agromercados garantizarán el suministro de vegetales y frutas, imprescindibles fuentes de vitaminas y minerales para fortalecer el sistema inmune. No estaría de más, por si acaso, regresar al Polivit, aquella pastillita mágica repartida gratuitamente para combatir la avitaminosis masiva que dejó paralíticos y ciegos a muchos cubanos durante el inefable Periodo Especial sin que explicaran a la gente por qué no veían ni podían caminar.

Según estas narrativas, ¿no debería Cuba ayudar a los imperialistas con el coronavirus? Si socorren a países capitalistas desarrollados como Italia, y el exclusivista Principiado de Andorra, ¿por qué no desembarcar en medio de Times Square con banderitas cubanas y americanas, y esos tapabocas de tela verde que molestan a los ojos y empañan los espejuelos? A no dudarlo, millones de compatriotas creen que los norteamericanos están embarcados, mientras ellos poseen la kriptonita antiviral. Cuba podría “salvar” a los yanquis en un gesto de piadosa venganza, de altruismo internacionalista y proletario desde la mismísima Broadway y la 47.

Dos objetivos hay para pedir el fin del embargo en medio de la tormenta, aunque parezca una contradicción, una esquizofrenia política. El primero es reforzar la idea de que el mal y el fracaso habitan a solo unas millas al norte. Como hemos visto en los últimos días, individuos que no comulgan del todo con las ideas comunistas creen que sería conveniente una “tregua”. Tienen razón: hace falta una tregua, primero, al interior. Justo antes de iniciarse la pandemia, el régimen había apretado las clavijas al transporte privado, a los artistas díscolos, a los paladares y cafeterías sobrevivientes, a los periodistas redivivos. La progresión autoritaria era así: a mayor miseria, mayor represión. El proceso conocido como triangulación —desviar a un tercero toda la carga negativa— alcanza, con el coronavirus, su definición mejor, Lezama dixit.

El segundo es, como en la obra de teatro, hacer sonar las cucharas en el plato vacío para que el vecino crea que disfrutan de una sopa suculenta. El pueblo cubano debe creer que está protegido, a salvo de una epidemia que no respeta a nada ni a nadie. Desgraciadamente, pronto nuestros compatriotas podrían darse cuenta de que no hay disponibles todos los profesionales que dicen tener ni existen esas camas hospitalarias, o están en tan deplorable estado que son inutilizables. Que suplementos tan caros y complejos como los respiradores y ventiladores escasean; y que, con el dinero entrado por la colaboración médica en tantos años, la inversión en centros hospitalarios no ha sido suficiente y mal administrada. Es algo que ha denunciado la llamada “prensa mercenaria”, y que la oficialista ha sido incapaz de reflejar.

Admitamos el daño, real, que el embargo provoca el régimen, e inevitablemente a la población cautiva, que es quien, como todo rehén, lo sufre. Es un conflicto que deben resolver quienes lo originaron, por cierto, los únicos protagonistas aún vivos —y a salvo del coronavirus— en Cuba. De ocurrir una desgracia de la magnitud que se ha dado en otros países, estaría preparado el terreno ideológico para seguir justificándolo todo.

Los chinos usan el ideograma de crisis para significar oportunidad y peligro. Peligro para el régimen totalitario, opresivo cubano. Una oportunidad para quienes, dentro y fuera del gobierno, apuestan por la modernización y democratización de la Isla. Un peligro para quienes desean venganza, ver de rodillas a los mandantes de sesenta años. Y es la mejor oportunidad para quienes merecen justicia sin venganza, pues el peor de los criminales siempre tiene su decoro. Peligro para el pueblo, en definitiva, el que siempre pone el pellejo, y aún mejor oportunidad para todos los cubanos y sus descendientes, de conocer, salir y entrar libremente de su país, sin que la palabra embargo o bloqueo se repitan para siempre.

© cubaencuentro

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