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Actualizado: 08/08/2022 15:58

Cultura-Política

Filotiránicos

Las voces que apuntalan al poder en la Cuba de hoy: ¿Por qué no piensan? ¿Qué les ha conducido a ignorar las más sencillas evidencias del mundo actual?

Mientras el minutero cubano avanza hacia el fin de una época y la enrevesada transición democrática, aún sobreviven dentro de mi país raros escritores que ejercen su derecho a la palabra defendiendo el original "comunismo" (sic) y el tan latinoamericano caudillismo construido en el archipiélago caribeño. Las palizas obvias del abrumador fracaso no son asumidas por estos fanáticos. Ya nunca —fatalmente— serán suficientes.

¿Son la voz de los otros? ¿Quiénes son sus otros? En este caso serían los hermanos Castro y la cúpula militar-burocrática, como en el de aquellos escritores polacos que Czeslaw Milosz estudiara hace poco más de medio siglo en El pensamiento cautivo, aunque allí se trataba de un moralista, un nihilista, un historiador y un poeta no identificados; mientras que en la Cuba actual se mezclan los papeles, y sí se identifican las personas.

Por lo pronto tienen un curioso atributo: Son los únicos que dentro de Cuba pueden ejercer su derecho de opinión sin miedo al ostracismo y la cárcel. Es decir: son el coro de un Poder que reprime a las voces disidentes. En este noviembre de 2006 suman más de 300 los presos de conciencia que se fríen en las hirvientes cárceles de un "edén" (sic) que en enero festejará 47 años de gobierno unipersonal.

Porque cuando en un evento que promueve la libertad de expresión se enuncia el tema de "El escritor, ¿voz de los otros?", se piensa con razón en que el escritor debe prestar su voz a marginados religiosos y discriminados económicos, analfabetos funcionales y minorías sexuales o étnicas... Se piensa en los pobres de la tierra, en esa tercera parte de la humanidad que sobrevive apenas, no precisamente en escritores que deliran por una tiranía.

El tópico de la culpa ajena

Si en la primera década de la revolución cubana sí podía hablarse del escritor como voz de la mayoría —y así lo hicieron casi todos—, siete quinquenios después, extinguida la "utopía" (sic) y enterrado el país en la miseria, las voces que le restan al castrismo sólo pueden remover escombros, ilusionarse con hallar entre las ruinas la socialización de la educación y los servicios de salud, aunque tengan que engordarse la vista con la deplorable calidad que ofrecen, y desde luego que poner una vista muy gorda ante los privilegios de emiratos árabes que mal oculta la casta dirigente.

Pero tales escasos escritores —endrogados con un farolazo de póquer— sí aclaran la voz con argumentos de fuera. El embargo y las leyes infligidas por Estados Unidos contra los cubanos ocupan el sitio de honor. La fragilidad de las democracias en América Latina, las abismales desigualdades y la corrupción, le siguen en importancia táctica. De ahí que nunca los medios de comunicación —monopolizados por el Partido— informen de avances contra esos virus y bacterias, como está ocurriendo en México. Les es imposible sobrevivir sin el tópico de la culpa ajena.

Muchas de esas voces apenas tienen acceso a mensajes objetivos, a otros puntos de análisis. Y para colmo su misma dinámica desiderativa —el siempre pospuesto "futuro" (sic)— les impide un mínimo de realismo, que comenzaría por aceptar una geopolítica irreversible donde Miami ya es la segunda ciudad cubana, y donde la globalización se impone como fusión no confrontativa, como simbiosis que inevitablemente debe pasar por una fase sincrética, de tensas mezclas.

Las voces que apuntalan al Poder en la Cuba de hoy se diagnostican como víctimas de un oscurantismo digno de las más sectarias hordas. ¿Por qué no piensan? ¿Qué les ha conducido a ignorar las más sencillas evidencias del mundo actual? ¿Cuáles apoyaturas filosóficas pueden argüir, tras convertirse el marxismo-leninismo en una obsoleta catástrofe, tras la contextualización del ideario martiano en las últimas décadas del siglo XIX, de donde nunca debió extraerse, manipularse? ¿Qué les queda del nacionalismo-mesianismo? ¿Cómo entenderlos?

Pensadores temerarios (Los intelectuales y la política), de Mark Lilla, me servirá de base para el análisis, no sólo porque el discípulo de Daniel Bell es un reconocido experto en el tema, y al menos el popularizador del calificativo: "filotiránico", sino porque su caracterización cala hondo en los atributos que distinguen a los adictos al Poder.

El trágico caso de 'los viejos'

Advierto que excluyo dentro del país a la mayoría de los aplaudidores, y desde luego a los que callan. No entran aquí el oportunismo y el instinto de conservación, quizás consustanciales a la especie y casi seguro que engendradores de estructuras represivas. En su monumental Masa y poder, Elías Canetti se encargó de retratar el fenómeno, y sobran los ensayos y crónicas sobre sociedades represivas —todas, en alguna medida—, entre ellas la cubana —en mayor medida, sólo homologable a Corea del Norte, los fundamentalismos islámicos y China—.

Los escritores cubanos oportunistas y miedosos son demasiado obvios, groseramente ostensibles, aunque los matices dentro de ellos se multiplican. Menciono apenas dos, por la sutileza: ¿No es una forma de oportunismo —"bañarse y guardar la ropa"— aceptar una medalla otorgada por una entidad estatal o formar parte de una delegación oficial a una feria del libro? ¿No es una forma del miedo afirmar un desinterés por la política?

Pero nuestro tema es los que dan su voz al Estado totalitario cubano, aunque hay inferencias válidas para cualquier intelectual en cualquier parte del planeta, sobre todo para amanuenses y edecanes que no actúan como mercenarios, sino que lo hacen por honrada convicción, por creencias —pocas ideas— que los convierten en voces del Poder.

El caso más trágico es el de los viejos: los coetáneos de los hermanos Castro y de los comandantes guerrilleros. El primer argumento de la adhesión es el tiempo que llevan, la vida que se les ha pasado justificando el prontuario "revolucionario" (sic). Ante la cercana muerte, optan por aferrarse. Prisioneros de medio siglo, la ancianidad les ha caído con padecimientos físicos que inconscientemente evitan recrudecer con los espirituales.

Aunque el centro —como enseña Mark Lilla— es mucho más complicado. Para focalizar la adicción filotiránica analiza documentadamente los repelentes casos de Martin Heidegger, Carl Schmitt, Walter Benjamin, Alexandre Kojéve, Michel Foucault y Jacques Derrida. El "Epílogo" lo titula con razón "La seducción de Siracusa". Sus precisas reflexiones —claro que cernidas— ayudan a entender los casos cubanos.

Aunque sólo algunos de ese pequeño grupo de intelectuales que han empeñado para siempre su voz, merecen las palabras de Karl Jaspers con las que Lilla cierra el prefacio: "A pesar de mi distancia, siento afecto por todos ellos: diferentes tipos de afecto, puesto que eran muy diferentes unos de otros. No obstante, este afecto nunca se transforma en amor. Es como si quisiese implorarles que dedicasen lo más elevado de su pensamiento al servicio de mejores poderes. La grandeza intelectual se transforma en objeto de amor únicamente cuando el poder al que se vincula posee en sí mismo un carácter noble".

Para él la adicción filotiránica que analiza en ciertos intelectuales europeos del pasado siglo necesita de "un estómago verdaderamente fuerte" para asumir "la empresa de escribir una historia intelectual honesta del siglo XX". Y añade: "quien lo haga necesitará además otra cosa: vencer su repugnancia para poder
meditar sobre las raíces de este extraño e indescifrable fenómeno".

Entre zanahorias y latigazos

Aún está por hacer esa historia en Cuba, tal vez a la espera de que el fin de la dictadura permita una visión menos apasionada, tal vez a la espera de que alguno de ellos reflexione tras el fin en los garrotazos que le infligió a su nación. Y ya existen indagaciones que facilitarán la higiénica labor, como el reciente libro de Rafael Rojas: Tumbas sin sosiego. Revolución, disidencia y exilio del intelectual cubano.

"¿Qué ocurre en la mente humana que la hace capaz de proclamar la defensa intelectual de un régimen dictatorial (...)? ¿Cómo la tradición del pensamiento político occidental —iniciado con la crítica de la tiranía que hace Platón en La República y con sus fracasados viajes a Siracusa— ha llegado a este punto en el que se ha vuelto aceptable argumentar que la tiranía es algo bueno, incluso hermoso?" —se pregunta Lilla.

Lo mismo podríamos preguntarnos respecto de esos escritores cubanos que evitan el tema ante la falta de argumentos, lo reducen al sueño quimérico de los años sesenta o lo desvían hacia las penurias del planeta; como si la corrupción política y las ofensivas desigualdades económicas y sociales en algunos países latinoamericanos, o los errores de Estados Unidos al Sur del río Bravo, justificaran el desastre al que están adheridos.

Pero a veces —recuerdo bien algunas de aquellas discusiones en La Habana— los argumentos justificativos de la tiranía son menos burdos. Quizás el más socorrido como justificante es la propia historia de Cuba, como si la democracia fuera un mito, una suerte de quimera usada por demagogos. Arguyen la necesidad de un gobierno duro como una transitoria necesidad frente al "imperialismo yanqui" (sic) y sobre todo frente al propio "pueblo" (sic) inculto, no acostumbrado a dirigirse, urgido de una élite —en este caso formada por un sólo hombre— que la conduzca a la "tierra de promisión" entre zanahorias y latigazos.

Lo triste —si no fuera siniestro— es que las voces adscritas al Poder arman su palabra ante ellos mismos como si confrontarlas fuese un acto heroico, la ceguera llega al punto de celebrar la victoria antes del juego, porque en realidad no aceptan juego alguno. De antemano cierran las entendederas, aunque los más sutiles aducen leves críticas a cuestiones secundarias — riñen a la cadena, nunca al orangután—, jamás se lanzan contra el caudillo o contra las estructuras básicas del sistema, es decir, contra las causas esenciales que han llevado a la mayoría de mis compatriotas a un pesimismo desolador, a no esperar nada bueno de nadie.

El impulso religioso

Las respuestas a tal determinación —suicida en el campo filosófico— Lilla las desarrolla en ascenso: "El primer impulso (...) es detenerse en la historia de las ideas, a partir de la convicción de que existen raíces intelectuales comunes tanto a la filotiranía intelectual como a las modernas prácticas despóticas" —sostiene en el epílogo. Pero de inmediato zarandea tal axioma, que remite a Isaiah Berlin, por considerarlo polarizante.

Desde esa perspectiva de "rechazo a la diversidad y el pluralismo", los principales fundamentos confluyen en que "todos los interrogantes morales y políticos tienen una sola respuesta verdadera, que todas esas respuestas son accesibles a través de la razón y que todas esas verdades son necesariamente compatibles unas con otras".

"Sobre estos supuestos se edificaron y defendieron los gulags y los campos de exterminio" —añade. En Cuba agregaríamos los mítines de repudio a disidentes, ordenados por el Partido a sus "Brigadas de Respuesta Rápida", las celdas de la Seguridad del Estado, los juicios sumarios, largas condenas en cárceles mugrientas, el siempre engrasado paredón de fusilamiento para militares —el Poder real— traidores al líder.

Otra explicación de la voluntad filotiránica de ciertos escritores se halla en el impulso religioso, y de hecho no contradice el espíritu iluminista sino que define mejor el fenómeno. Se apoya "más en el impulso religioso que en los conceptos filosóficos, más en la fuerza de lo irracional en la vida humana que en las pretensiones de la razón".

Norman Cohn parece haber delineado la tendencia, al comparar las "fantasías escatológicas" de los siglos XI y XVI con las del XX. Lo indubitable es la presencia de "Un nuevo fervor religioso y unas nuevas esperanzas mesiánicas", un sucedáneo de la religión, "en el que el hombre moderno vuelca su fe tradicional en el más allá".

Me limito a recordar que tanto Castro —como Lenin— tuvo una formación con los jesuitas. Me limito a informar que casi todas los escritores que han ofrendado su voz a la tiranía o son católicos practicantes como Fina García Marruz, Cintio Vitier y Eusebio Leal, o pasaron del catolicismo al tropical marxismo "calibanesco" impuesto por Yo, el supremo. Fe por fe. Más del sucedáneo. Carisma y carisma.

Un ambiente de proscripciones les es tan habitual como lavarse la boca, aunque en este último hábito les sea difícil encontrar el enjuague bucal capaz de eliminar la obediencia al cacique que sólo quiso —y gracias a su genial astucia obtuvo— ser cacique. Y desde luego: no es que el catolicismo u otra religión sean culpables, es que el espíritu religioso es mucho más dúctil, más propenso a creer en mesías terrenales y en paraísos en la otra esquina. El fervor ya lo aprendieron, sólo necesitaron cambiarlo de altar.

Un nuevo catecismo que rebautizan como adoctrinamiento ideológico. Un irracionalismo que proclama ser el más perfecto racionalismo, al punto de cerrar la filosofía, la sabiduría... A veces dan risa los malabares dialécticos con que tratan de justificar sus trasvases de la religión a la política, si las consecuencias morales no fueran patológicas, de un histerismo que Freud de inmediato recetaría la reclusión en un sanatorio a lo Ezra Pound.

De 'el arte por el arte' al 'compromiso'

Tal vez, cuando termine el infierno, a alguien se le ocurra que debe hacerse lo mismo con los más sectarios: declararlos psicológicamente incapacitados, confinarlos en el hospital de dementes de Santiago de las Vegas, como hicieron con Pound en Washington para no juzgarlo como traidor. Yo, sin embargo, me opondría.

Quizás recordando a tantos disidentes que allí fueron internados porque sólo a unos locos se les ocurriría dejar de idolatrar al Comandante en Jefe. Quizás porque donde mejor pagarían su delito es oyendo a la gente hablar en voz alta contra el gobierno de transición, criticar sin miedo y hasta refundar un Partido Comunista de Cuba.

Las voces entregadas al Poder tienen, además, otra razón de ser: el tópico con que los intelectuales abandonaron la noción de "el arte por el arte" y asumieron el "compromiso". Es decir —en palabras de Raymond Aron contra Jean-Paul Sartre— el resultado previsible de un ideal romántico de compromiso. Lilla recuerda la "impía apología del estalinismo que Sartre realizó en el decenio posterior a la Segunda Guerra Mundial".

Aron en El opio de los intelectuales tilda al escritor de incompetente e ingenuo al enfrentarse a problemas políticos reales. La pregunta clave, por supuesto, es si ese compromiso se produce con el liberalismo o el despotismo, con las reglas de la representación democrática o el centralismo unipartidista.

En el caso cubano de las voces aún adictas al prontuario caciquista, es obvio que se trata de una asimilación del compromiso como pérdida de la independencia individual, donde razones históricas —como la apenas participación de los intelectuales contra la dictadura de Batista (1953-8)— les creó el complejo religioso del "pecado original". De apolíticos a fanáticos, pudiera titularse la tragedia, aunque no explique del todo la afección por ser dirigidos, por delegar responsabilidades, por contar con un papá.

La conexión entre la tiranía del pensamiento y la de la vida política —argumento que redondea la explicación— aparece ya en La República de Platón. Tal vez "almas despóticas" hayan existido desde siempre. "Estos hombres se consideran a sí mismos mentes independientes, cuando en realidad se dejan llevar como borregos por sus demonios interiores y por su sed de aprobación por parte de la voluble opinión pública" —comenta Lilla, al seguir a Sócrates, al filósofo que comprendió muy bien cuánto debía luchar contra sus propias inclinaciones tiránicas.

Los jóvenes, otra realidad

Los cubanos que se han dejado ilusionar por la seducción de Siracusa parece que no han leído La República, o no quieren recordar que Sócrates logró vencerla. Ahora se unen a los venezolanos que ven en su demagogo cacique al Dionisio siciliano, mientras algunos intelectuales europeos como José Saramago siguen fieles a su "impulso hacia la dominación". La lícita avidez por la verdad se les ha convertido en su propio veneno, al sentirse felices de encontrarla y quitarse esa preocupación de la cabeza. Es vergonzoso que hayan dejado de pensar y contribuyan a que nuevos Dionisios sobrevivan o emerjan.

Para suerte de mi país la irresponsabilidad de estas voces, víctimas de sí mismos y de los trucos del Poder, se ha apagado entre los jóvenes. La pertinaz realidad cotidiana —la saturación de un mismo discurso— les ha sido suficiente antídoto para liberarse de líneas de pensamiento que corresponden a las ideologías del pasado siglo. Por lo menos no asoma ningún intelectual con nombre y apellido —acreditado por sus textos y menor de cuarenta años— en la incoherente "batalla de ideas", con la que el gobierno pretende revivir astutamente las viejas pasiones de los años sesenta, el cadáver guevarista y la ilusión "revolucionaria" (sic).

La hiel ha sido mucha, demasiada. Tanta que el problema ahora no es razonar ante la posible erupción de voces filotiránicas entre los jóvenes, sino convencerlos de que el compromiso con la democracia aún es factible, que la voz del escritor puede favorecer la pluralidad.

* Versión del texto leído en el Congreso Internacional "El derecho a la palabra", en la mesa redonda "El escritor, ¿voz de los otros?". Ciudad de México, 6 al 9 de noviembre de 2006.

© cubaencuentro

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