Actualizado: 24/06/2017 12:00
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Atrapado en los laberintos de la burocracia

Con su narrativa simple, en tono menor y lineal, el director de esta película logra una distancia emocional con su tema que le permite atacar a la burocracia inglesa con objetividad y sin caer en el panfleto

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El cine inglés tiene una larga tradición de realismo socialista. Desde Love on the Dole (1941), dirigida por John Baxter y en la que tuvo su primer rol protagónico Deborah Kerr, siguiendo con It Always Rains on Sundays (1947) de Robert Hamer, pasando por el cine de Karel Reisz y llegando a nuestros días con This Is England (2006), de Shane Meadows, Fish Tank (2009), de Andrea Arnold, así como todo el cine de Mike Leigh (Naked, Secrets and Lies, Vera Drake), la cinematografía inglesa, más que ninguna otra, se ha destacado por reflejar en el cine la lucha de clases.

De todos los cineastas que se han dedicado a esta temática, Ken Loach ha sido el que más fiel se ha mantenido a los límites del género. La calidad de sus películas fluctúa bastante, aunque mantiene un estilo y una narrativa que apenas altera de un filme a otro. Sin embargo, el tratamiento de los temas puede ser realizado a veces con alto nivel artístico y otras puede convertirse en un insoportable teque socialero. Se mueve entre el arte y el didactismo. Lo que no se le puede negar es que es un realizador fiel a su compromiso social y que apenas hace concesiones comerciales. Tiene la tozudez del creador.

Loach ha dirigido filmes que coquetean con la pancarta barata como Land and Freedom (1995) y Carla’s Song (1996), y joyas como Sweet Sixteen (2002) y The Wind that Shakes the Barley (2006). Ahora, a los 81 años, entrega I, Daniel Blake (2016) con la cual ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes, el premio BAFTA a la mejor película del año y el César francés a la mejor película extranjera.

Daniel Blake es un carpintero de oficio que no hace mucho ha perdido a su mujer y que, debido a una condición cardíaca, su médico lo retira temporalmente del trabajo. Tiene que lanzarse a buscar los beneficios que le concede el sistema de bienestar social inglés, pero la cosa no es tan fácil como parece y Daniel se ve enredado en los laberintos sin salida de una burocracia hermética, impersonal, incapaz de ajustarse a la menor situación inusual. Lo que le espera no es más que una lenta pero inevitable caída al abismo de la miseria, al enfrentar sin éxito tanto a burócratas insensibles quienes solamente se interesan por cumplir con las instrucciones al pie de la letra, como a burócratas considerados que tratan de ayudarlo, pero no pueden mover ni un milímetro las rígidas y anquilosadas reglas del sistema de ayuda británico.

Daniel es un hombre que se da cuenta no sólo de su descenso a la indigencia, sino de que, en el proceso, va inexorablemente perdiendo su dignidad y hasta su humanidad. En medio de sus diligencias, entabla amistad con una madre soltera con dos hijos que se acaba de mudar a Manchester y está completamente desposeída. Daniel la ayuda lo mejor que puede, estableciendo una relación paterno-filial con ella, para en parte sentirse que viudo, enfermo y sin dinero, todavía su vida tiene sentido.

Con su narrativa simple, en tono menor y lineal, Loach logra una distancia emocional con su tema que le permite atacar a la burocracia inglesa con objetividad y sin caer en el panfleto. La trama se arma con fluidez y naturalidad y, pese a su previsibilidad, resulta interesante y conmueve sin recurrir al melodramatismo pedestre. El contenido emocional se da de manera sutil en este filme.

Los actores británicos son probablemente los únicos en el mundo que constantemente son capaces de desaparecer en sus personajes y ofrecer actuaciones extraordinarias una y otra vez. Hacen que sus rostros se nos olviden y nos dejan ver el personaje que interpretan en toda su intensidad, sin que la personalidad del actor convierta al personaje en un arquetipo prefabricado.

Dave Johns es un comediante y actor de la televisión inglesa que se desempeña en su papel de Daniel de una manera tan precisa, que uno no puede imaginar a ningún otro actor en el rol, porque Dave se convierte en Daniel, casi parece que en cualquier momento se sienta en la butaca de al lado. Hayley Squires, una actriz que viene del teatro y que además es dramaturga, se mueve con facilidad en su rol de Katie, la joven madre soltera. El resto de los actores, en sus breves apariciones, parecen salidos de un documental del Free Cinema. No parece que hacen esfuerzo alguno.

El irlandés Robbie Ryan (Ginger and Rosa) realiza un impecable trabajo de fotografía, balanceando unos tonos opacos, con una iluminación de documental, que es exactamente la imagen que el filme necesita. El guion de Paul Laverty es simple y bien estructurado, centrado en una narrativa sin trucos ni fuegos artificiales.

I, Daniel Blake es un filme que no da tregua en su crítica de la burocracia inglesa, pero que nunca cae en la monserga ni se atreve a ofrecer soluciones ni esperanzas. Es realismo puro, enfrenta al espectador a la fiereza del sistema de clases inglés y esta vez, extrañamente, no parece tomar partido por la clase obrera, porque los crueles burócratas que representa, son también miembros de esa clase, todos se encuentran aprisionados dentro de una maquinaria de la cual son las piezas que la mueven.

I, Daniel Blake (Gran Bretaña/Francia/Bélgica, 2016). Director: Ken Loach. Guion: Paul Laverty. Director de fotografía: Robbie Ryan. Con: Dave Johns, Hayley Squires y Sharon Percy.

De estreno limitado en ciudades selectas de Estados Unidos.


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