Actualizado: 19/05/2024 23:18
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Comienzos, Literatura, Lenguaje

La belleza y el poder de las palabras

En novelas, obras teatrales y películas sus creadores expresan de manera escueta y precisa el sentir de los personajes

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“Esas divinas cosas”, las llamó Eugenio Florit en uno de sus poemas. Y Jorge Luis Borges dijo un día: “Creo que puedo emocionarme con una palabra”.

¡Ah, la belleza y el poder de las palabras! En libros, en canciones, en cánticos religiosos y, por supuesto, en la poesía, que es su ámbito ideal.

En obras teatrales y películas. Para muestra, citaré tres en que las escogidas por el autor expresan de manera escueta y precisa el sentir de los personajes.

En Un tranvía llamado Deseo, de Tennessee Williams.

“Whoever you are, I have always depended on the kindness of strangers”.

En Té y simpatía, de Robert Anderson.

“Years from now, when you talk about this, and you will, be kind”.

En El halcón maltés, de Dashiell Hammett (tomada de La tempestad, de William Shakespeare).

“This is the stuff that dreams are made of”.

Las que suman su natural cadencia a una melodía, como en la canción My Favorite Things, de Rodgers y Hammerstein, en The Sound of Music; y que aun sin la música crean, por sí solas, una armoniosa sonoridad. Cito la primera estrofa.

Raindrops on roses and whiskers on kittens

Bright copper kettles and warm woolen mittens

Brown paper packages tied up with strings

These are a few of my favorite things.

Lo mismo sucede en nuestro idioma.

Canciones clásicas como Corazón, de Eduardo Sánchez de Fuentes o el tango Uno, de Enrique Santos Discépolo Y otras más recientes, de José Alfredo Jiménez y Manuel Alejandro, por citar solo cuatro excelentes compositores.

Y, por supuesto, las introductorias de grandes novelas; comienzos que son el preámbulo tentador para el placer que luego nos proporciona la lectura de libros maravillosos. Cito solo las que consulté al azar en mi biblioteca.

Por razón de uniformidad las transcribo todas en español.

-Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra.

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.

-Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain.

“No sabréis quién soy yo si no habéis leído un libro titulado Las aventuras de Tom Sawyer, pero no importa. Ese libro lo escribió el señor Mark Twain y contó la verdad, casi siempre. Algunas cosas las exageró, pero casi siempre dijo la verdad”.

-Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

-Elogio de la madrasta, de Mario Vargas Llosa.

“El día que cumplió cuarenta años, doña Lucrecia encontró sobre su almohada una misiva de trazo infantil, caligrafiada con mucho cariño: «Feliz cumpleaños, madrasta»”.

-Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante.

“Showtime! Señoras y señores. Ladies and gentlemen. Muy buenas noches, damas y caballeros, tengan todos ustedes. Good-evening, ladies & gentlemen. Tropicana, el cabaret más fabuloso del mundo…”.

-La metamorfosis, de Franz Kafka.

“Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”.

-Orgullo y prejuicio, de Jane Austen.

“Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa”.

-Anna Karenina, de León Tolstói.

“Las familias felices son todas iguales; las infelices lo son cada una a su manera”.

-Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, de Jorge Luis Borges.

“Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Ugbar”.

-La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela.

“Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo”.

-Pedro Páramo, de Juan Rulfo.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera”.

-El buen soldado, de Ford Madox Ford.

“Esta es la historia más triste que jamás he leído”.

-Historia de dos ciudades, de Charles Dickens.

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”.

-Moby Dick, de Herman Melville.

“Llamadme Ismael. Hace unos años —no importa cuánto hace exactamente...”.

-Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez.

“El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana”.

-El extranjero, de Albert Camus.

“Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre»”.

-Siempre hay caminos, de Ciro Alegría.

“Una mujer magra, de vestiduras raídas, llegó junto con la sombra de los álamos a la casa de la loma”.

-La forma de la espada, de Jorge Luis Borges.

“Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un lado ajaba la sien y del otro el pómulo”.

-El tambor de hojalata, de Günter Grass.

“Lo reconozco: estoy internado en un establecimiento psiquiátrico y mi enfermero me observa, casi no me quita el ojo de encima, porque en la puerta hay una mirilla; y el ojo de mi enfermero es de ese color castaño que no puede penetrar en mí, de ojos azules”.

-Maria dos Prazeres, de Gabriel García Márquez.

“El hombre de la agencia funeraria llegó tan puntual, que Maria dos Prazeres estaba todavía en bata de baño y con la cabeza llena de tubos lanzadores” (*).

-La máquina del tiempo, de H.G. Wells.

“El Viajero a través del Tiempo (pues convendrá llamarle así al hablar de él) nos exponía una misteriosa cuestión. Sus ojos grises brillaban lanzando centellas, y su rostro, habitualmente pálido, mostrábase encendido y animado. El fuego ardía fulgurante y el suave resplandor de las lámparas incandescentes, en forma de lirios de plata, se prendía en las burbujas que destellaban y subían dentro de nuestras copas”.

-Paradiso, de José Lezama Lima.

“La mano de Baldovina separó los tules de la entrada del mosquitero, hurgó apretando suavemente como si fuera una esponja y no un niño de cinco años”.

-Lolita, de Vladimir Nabokov.

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita”.

-Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas.

“Yo pensaba morirme en el invierno do 1987. Desde hacía meses tenía unas fiebres terribles. Consulté a un médico y el diagnóstico fue SIDA”.

-La carne de René, de Virgilio Piñera.

“En esa hermosa tarde de primavera el gran despacho de carne al público -La Equitativa S. A.—, presentaba un aspecto de lo más tumultuario”.

-Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde.

“Hacia el oscurecer de un día de noviembre del año 1812, seguía la calle de Compostela en dirección del norte de la ciudad, una calesa tirada por un par de mulas, en una de las cuales, como era de costumbre, cabalgaba un calesero negro”.

-El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias.

“¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre! Como zumbido de oídos persistía el rumor de las campanadas a la oración, maldoblestar de la luz en la sombra, de la sombra en la luz. ¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre, sobre la podredumbre!”

-Lucía Jerez, de José Martí.

“Una frondosa magnolia, podada por el jardinero de la casa con manos académicas, cubría aquel domingo por la mañana con su sombra a los familiares de la casa de Lucía Jerez”.

-El Túnel, de Ernesto Sábato.

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona”.

(*) Siempre me ha llamado la atención que Gabriel García Márquez escribiera “tubos lanzadores”, palabras tan poco apropiadas. Pudo haber escogido entre rolos, rulos o tubos rizadores. Lamentable borrón en esta obra maestra que no me canso de leer.

Nota 1.- En Proust, tan pródigo en palabras, no encontré ningún comienzo memorable.

Nota 2.- Y como todos los comienzos deben tener su final, copiaré dos frases que siempre me conmueven, del último párrafo de la novela de un amigo: La noche era joven y nosotros tan hermosos, de Manuel Reguera Saumell.

“A menudo, en el invierno de mi soledad, me estremezco de espanto más que de frío considerando qué sería de mí sin un recuerdo tan hermoso al que aferrarme”.

Y esta, que pone fin a la novela y alude a su título:

“En última instancia nos queda el consuelo, como un desesperado conjuro ante la senectud, de evocar otros tiempos y otras playas. Allá en Guanabo. Allá y entonces, cuando la noche era joven y nosotros tan hermosos. ¿0 era al revés?”.


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