Actualizado: 22/08/2017 14:07
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Cine, Arte 7

Desafinando en el desierto

Este filme se toma demasiado en serio su mensaje, lo cual hace sin sutileza, machacando en la cabeza del espectador con escenas explicativas que resultan redundantes

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La La Land acaba de arrasar en los Globos de oro. Ganó siete de ellos, incluyendo los de mejor comedia o musical, mejor actor principal, mejor actriz principal, mejor guion y mejor dirección, así como el de mejor canción y el de mejor composición musical. Puso un récord. La inmensa mayoría de los críticos se han deshecho en alabanzas al filme y en los treinta días que han seguido a su estreno ha recaudado $78 millones. Pero no me cuenten entre sus admiradores.

Sebastián es un purista del jazz y Mia es una aspirante a actriz. Viven en esa jungla del cine y el oropel que es Los Angeles (también conocido como La La Land y de ahí el nada original título, pues dos fallidas series de televisión han llevado ese título en los cuatro últimos años). Mientras esperan que sus sueños se cumplan, él se gana malamente la vida tocando en restaurantes, bodas y otras fiestas con bandas retro, o sea, nadie lo escucha y no puede tocar lo que le gusta. Ella trabaja de barista en el café del lote de producción de la Warner Brothers.

Se cruzan primero durante un embotellamiento automovilístico en una autopista angelina en la secuencia que abre el filme y un poco más tarde cuando ella entra a un restaurant en el cual Sebastián acaba de ser despedido. Mia se enamora casi a primera vista mientras que a Sebastián le cuesta más trabajo entregarse emocionalmente, pero los une la desgracia. Comienzan a vivir juntos para apoyarse y finalmente deciden entregarse a los proyectos con los cuales siempre soñaron. Mia quiere escribir una obra de teatro y Sebastián quiere abrir un club de jazz en donde se toque jazz para conocedores.

En este proceso, Sebastián se encuentra con un músico amigo a quien le falta un tecladista para completar su quinteto de jazz. Es un quinteto exitoso, lo que no sabe Sebastián es que el amigo ha cedido a las presiones comerciales y tocan jazz mezclado con rythm and blues y technopop. Pero hace de trizas corazón y se queda en el grupo, porque pagan muy bien y esto lo lleva a gira tras gira y lo aleja de Mia. Ella mientras tanto escribe su obra, que es un monólogo para una mujer y que resulta un fracaso rotundo. Para añadir insulto a la humillación, Sebastián no puede asistir a la premiere. La realización de sus sueños los separa. No sigo contando porque en realidad, se suceden unos cuantos meandros dramáticos y hay una cierta tensión efectiva mientras se aguarda el final.

Lo que me pasa a mí con la película es que durante los primeros cincuenta minutos se enfoca en establecer la relación entre los personajes. Es toda una introducción previsible y se me hizo agobiante, inútilmente lenta. Los diálogos en esta primera parte están repletos de clichés sobre Los Angeles y el mundo hollywoodense que uno ya ha oído de sobra en guiones de Woody Allen o de Steve Martin, mucho mejor desarrollados que estas copias sin imaginación. La película mejora después, cuando están casi al realizar sus sueños, con mayor agilidad temática, mejores diálogos y algunas secuencias de baile interesantes, pero luego en los últimos treinta minutos, cae en un final cursi y demasiado repetitivo, a pesar de que lo resuelve bastante bien.

Las alusiones y deudas a películas como Cantando bajo la lluvia, Un americano en París (con secuencias y símbolos visuales casi sacados de estas) y también de Los paraguas de Cherburgo y de Las señoritas de Rochefort a las cuales les debe mucho del tema y del estilo, son demasiadas y demasiado frecuentes. Lo que inicialmente se ve como ocurrente termina cayendo como un tedio argumental gratuito.

Jacques Demy comenzó con sus películas arriba mencionadas la tendencia a utilizar actores que ni cantaban ni bailaban bien, algo que se ha vuelto a hacer popular en los últimos diez años, pero mientras que Los paraguas de Cherburgo estuvo lleno de canciones memorables como “Elisa”, cuando uno sale del cine (al menos yo), no recuerda tres acordes de ninguna de las canciones de La La Land, no importa cuántos premios les hayan dado y eso es un delito capital en una película musical.

Siendo una comedia, los chistes no funcionan bien muchas veces, quizá por la falta de química entre los actores, y además, el filme se toma demasiado en serio su mensaje, lo cual hace sin sutileza, machacando en la cabeza del espectador con escenas explicativas que resultan redundantes.

Ryan Gosling (Drive, The Ides of March, The Place Beyond the Pines), me parece de lo peor del cine americano. Es un actor en busca de un personaje, quien a su vez está en busca de una película y que siempre mantiene la misma expresión y el mismo tono dramático (ninguno), en cada papel que hace. Como Sebastián, tiene breves momentos felices, pero cada vez que tiene que elevarse al nivel de alguna escena difícil, se queda corto. Emma Stone (Birdman, The Help) es una prometedora actriz que se ha destacado bastante a pesar de no tener aún treinta años, pero aquí queda prisionera de los clichés dramáticos que su rol le exige, porque así ha sido escrito y es incapaz de darle un poco de lustre a Mia. Por supuesto, ninguno de los dos canta ni baila. Se pasan el filme desafinando en ese desierto que es Los Angeles.

Damie Chazelle (Providence, Rhode Island, 1985) es guionista y director. Con su anterior filme Whiplash, mostró buenas cualidades: un agudo sentido para penetrar el mundo de la música, buena garra argumental y buen manejo de las altas y bajas de las emociones de los personajes, aunque a veces se le iba la mano en cuanto a estereotipar algunas secuencias, pero ahí estaba la promesa. Sin embargo, en este filme, en el cual trabaja con su propio guion, ha dado un salto atrás. Se fue por la ruta más convencional posible y aunque tiene algunas secuencias excelentemente montadas y cuidadosamente trabajadas (como en la secuencia inicial en la cual, a lo William Wyler en The Big Country hay bailarines manteniendo la coreografía hasta lo más lejano e imperceptible de la pantalla), en general pierde su fuerza por el exceso de homenajes, guiños y alusiones.

Asimismo, el guion sufre el exceso de clichés sobre Los Angeles, que a veces se agolpan demasiado seguidos en unos pocos diálogos y que le restan fuerza a muchas imágenes. La fotografía del sueco Linus Sandgren (American Hustle, Joy) es lo mejor del filme y eleva magistralmente el nivel estético de muchas secuencias, captando la esencia de Los Angeles de manera peculiar.

Es probable que la película se gane varios premios en los óscares. Para mí, serán inmerecidos, pues tampoco la música de Justin Hurwitz me parece nada especial ni recordable, como ya dije antes, un pecado mortal para una comedia musical.

La La Land (EEUU, 2016). Guion y Dirección: Damien Chazelle. Director de fotografía: Linus Sandgren. Música: Justin Hurwitz. Con: Ryan Gosling, Emma Stone, John Legend y un desperdiciado J.K. Simmons. De estreno amplio en todas las ciudades de Estados Unidos.


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