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Literatura

Desde la soledad de un parqueo

Hugo Hodelín Santana escribe una poesía que bebe en la realidad diaria, pero que de igual modo recoge la palpitación existencial y las pulsaciones más inquietantes del vivir

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Más de una vez ha sucedido que mis buenas intenciones de comentar un libro reciente se han postergado por razones diversas. Eso dio lugar a que en momento dado desistí de hacerlo, o bien que me resignara a hacerlo varios años después de la salida de la imprenta del título en cuestión. De todos modos, en más de una ocasión he aclarado que no pretendo hacer un seguimiento puntual de las novedades editoriales, labor por lo demás literalmente inabarcable. Este preámbulo viene a cuento porque desde hace bastante tiempo tengo el firme propósito de escribir sobre el libro del cual, por fin, puedo ocuparme en las líneas que siguen.

En el año 2009, viajé a Cuba para visitar a mi familia. Concretamente a mi mamá y mi hermana, quienes viven en Bayamo. Durante los días que entonces pasé en esa ciudad, aproveché para llegarme a una librería que está frente al Parque Céspedes. Es un rito que infaltablemente cumplo en todos los sitios a donde voy. Las ofertas eran muchas y estaban distribuidas en estantes y mesas. En una de estas últimas estaban expuestas las obras publicadas por las editoriales que, desde la década de los 90, existen en todas las provincias. Entre todos aquellos libros, cuyas cubiertas eran en general escasamente atractivas, hubo uno que lograba singularizarse notoriamente de los demás. No solo por el diseño gráfico, sino además por su insólito título: Confesiones de un poeta mientras cuida un parqueo. Solo por ese detalle, me pareció digno de atención. Lo hojeé, leí por encima algunos textos y lo agregué a los otros libros que había seleccionado para comprar.

Confesiones de un poeta mientras cuida un parqueo apareció publicado en 2007 por Ediciones Matanzas. Lo firma el también matancero Hugo Hodelín Santana (1955), quien además es autor de los poemarios El anciano (2003) y Reacciones adversas (2010), así como de una plaquette, Carta abierta a Charles Bukowski (2007). Esos libros han tenido tiradas muy reducidas. Para que se tenga una idea, la de Confesiones de un poeta mientras cuida un parqueo fue de 600 ejemplares.

No sé, pues, si fuera del ámbito literario de su provincia la obra de Hodelín Santana se ha divulgado. La escasa información que existe en la red, me hace suponer que no. Entre lo poco sobre él que he podido hallar, quiero recomendar una excelente entrevista que le hizo Orlando Luis Pardo Lazo, y que entre otros sitios digitales, se reprodujo en este mismo periódico. Por cierto, tras la lectura de ese artículo queda claro que aunque es poeta, Hodelín Santana no se gana la vida cuidando autos en un parqueo. Como allí expresa, es ingeniero y trabaja en una brigada de construcción.

En una breve reseña de Carta abierta a Charles Bukowski, Gaudencio Rodríguez Santana comenta: “Para quienes la poesía sigue siendo un canto y no un arrebato, les recomiendo que no anden por aquí”. Esa recomendación o advertencia también deben tomarla en cuenta quienes se sumerjan en Confesiones de un poeta mientras cuida un parqueo. Basta leer el primero de los trece bloques que conforman el largo poema, para comprobar que la contención y el lirismo no son elementos esenciales de la poética de Hodelín Santana: “Nunca a decir verdad/ tuve grandes pretensiones/ yo diría ninguna pretensión/ solo entrar en las tiendas de Galiano/ y fornicar dos o tres veces al día/ no quería doctorados/ no quería Mercedes/ a la entrada del garaje/ ni sillas parlamentarias/ ni ministerios/ ni paseos en Harleys/ ni escribir poesías/ solo me interesaba bailar/ bailar como un limón/ que se desprende de la alacena/ doblar las piernas frente a las perillas/ y las buenas putas/ persiguiéndome por todas partes/ inconsolables/ mientras se menean/ y el bandoneón de Piazzola/ tritura los tangos”.

La realidad y la vida cotidiana del cubano de a pie constituyen unas de las principales fuentes en las que se nutre esta poesía. A lo largo del libro se alude a los discursos en la Plaza, los viajes en el estribo del ómnibus, la ambición de conseguir un empleo en un hotel, el sueño de cruzar el Atlántico. También son temas recurrentes las mujeres, el desamor, el sexo, el ron. El sujeto poético se mueve además por un escenario urbano, en el cual se identifican elementos del mundo marginal. Este aparece recreado a través de determinados códigos sociales y de la incorporación de términos y expresiones vulgares de signo coloquial.

Además de esas miradas a la realidad inmediata, el sujeto poético vuelve la vista sobre sí mismo, sobre su propio y complejo existir. Eso hace que algunos textos respiren un talante existencial y se carguen de nihilismo: “Yo soy aquel que ves y no ves/ aquel que con disciplina/ permanece en su silla de parqueo/ revisa la propina que cae/ el que se levanta/ muñido y paralítico/ como el silencio o una sombra/ aquel que recoge su gorra azul prusia/ mebretada en amarillo/ (…) aquel que hace señales/ y definitivo después de la jornada/ se dirige a casa/ con una mochila rota/ aquel que dios aguarda/ mientras hace su inventario/ y permanece permanece/ permanentemente en su silla de parqueo/ y dibuja un verso/ cuando adusto/ sentado/ ve pasar la patrulla policial/ y agita banderitas/ como un escolar/ en los actos solemnes”.

Las mujeres tienen una notoria presencia en el libro. Ese protagonismo lo comparten con los poetas y escritores, quienes también totalizan una nutrida nómina. En el tercer bloque, el sujeto poético coincide en Londres con Fernando Pessoa, Ezra Pound y Vladimir Maiakovski. Eso prepara para la gran reunión literaria del penúltimo bloque, que comienza así: “Chesterton acaba de tomar/ una botella de whisky/ entretejido/ reclinado en la cabaña/ me hace una relación inconfesable/ Burroughs Vallejo Maupassant Hugo Flaubert/ no paran de reír/ Hemingway acaba de entrar/ con la barba desaliñada/ bosteza alrededor del hedor/ impertérrito al lado de Pound/ Catulo Verlaine Dante Milton/ fumando/ absorbiendo el opio de la Sala/ Pessoa es el más circunspecto/ siempre trata de desvanecerse/ cuando sale de la tabaquería y saluda a Estéves (sic)/ como si corriera detrás del silencio”.

Estamos ante un escritor que se ha lanzado con decisión a transitar por un camino propio. Lo hace a través de una poética que bebe en la realidad diaria, pero que de igual modo recoge la palpitación existencial y las pulsaciones más inquietantes del vivir. Es asimismo una escritura intensa y ensimismada, que incorpora cierto prosaísmo, pero que siempre nos sorprende con hallazgos de auténtica poesía. Esas y otras revelaciones aguardan a quienes se adentren en estas Confesiones…, cuya lectura se convierte por eso en una experiencia singular.

Quiero concluir esta breve reseña con estas palabras que pertenecen a la introducción escrita por Boris Badía: “Sin lugar a dudas, ante nosotros está una pieza ya pulida, un texto definitivo asentado sobre una retórica sólida y coherente, un cosmos poético autosuficiente y hermoso. La poesía está en la mediocridad de la existencia, no como bálsamo contra la decepción, la extrañeza y el absurdo, sino como ente ineludible, como gesto vital ella misma; está en los minutos más insignificantes y banales de esta, en las nieblas de sus nostalgias. Todo esto parece decirnos Hugo Hodelín en Confesiones… (…), para que lo agradezcamos ahora, en la silla de un solitario parqueo”.