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Actualizado: 26/11/2014 6:07
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Revolución francesa, Comunismo

Jacques Roux, el cura rojo de la Revolución francesa

El sacerdote se convirtió en el portavoz de los Enragés (rabiosos), los más extremistas, el movimiento situado a la izquierda de la izquierda, digamos la absoluta extrema izquierda de la Revolución

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Karl Marx llamó al cura Jacques Roux (1752-1794) uno de los precursores del comunismo, junto con Gracchus Babeuf (1760-1797), pero lo cierto es que la doctrina de éste, conocida en su tiempo como “babeuvismo”, lo que hizo fue retomar y continuar los enunciados del buen padre Roux.

Nativo de Pranzac, comenzó como un cura de campo. Su carácter era, sin duda, violento e irascible. El obispo lo obligó en 1779 a abandonar la parroquia de Pranzac, porque el hermano Ancelot (el cocinero) había matado con un fusil a un seminarista, siguiendo las indicaciones del padre Roux, a quien le habría molestado que el joven no cerrase bien las ventanas. En el juicio, el padre Roux negó su incitación al crimen, fue absuelto, pero la jerarquía eclesiástica lo trasladó a un lugar más recóndito aún, Saint-Thomas-de-Conac, como simple vicario.

Nuestro sacerdote tenía, sin embargo, el diablo en el cuerpo. En 1789, saludó la toma de la Bastilla con una homilía tronante. Continuó su prédica enardeciendo a los feligreses para que asaltasen, pillasen e incendiasen los castillos y las propiedades de los señores, pues “la tierra pertenece a todos”, profería. Los fieles le siguieron con tal devoción, que al obispo no le quedó más remedio que revocarlo, pues los perros del barón local habían sido quemados a la parrilla.

El buen padre va a reaparecer en París, después de 1790. Los tiempos cambiaban con tal intensa velocidad, tan concentrada en el espacio de simples días y meses, que haber provocado el incinerar a unos animales pronto devino banal: los seres humanos serían decapitados, a la menor sospecha, desavenencia o pretexto.

Fue uno de los primeros sacerdotes, en enero de 1791, en juramentar la Constitución civil del clero, que había sido votada y aceptada por el rey en julio de 1790. Juramento que le valió ser nombrado vicario de Saint-Nicolas-des-Champs.

Se hizo miembro de la sección revolucionaria de Gravilliers, en París, una de las más radicales, conformada por muchos sans-culottes, quienes eran hostiles a los ricos, y a todo tipo de negocios y comercios.

Enseguida, integró la Comuna de París y devino el portavoz de los Enragés (rabiosos), los más extremistas, el movimiento situado a la izquierda de la izquierda, digamos la absoluta extrema izquierda de la Revolución, más incluso que los hebertistas (los seguidores de Hébert, el Père Duchesne). Éstos también acusaban un radicalismo económico, propugnaban la descristianización, y eran profundamente vulgares, como las palabras soeces con que el Père Duchesne puntualmente salpicaba sus escritos. (Alfred Sudre, en su Histoire du communisme. Réfutation historique des utopies socialistes, obra distinguida por la Academia Francesa en 1849, consideró que tanto los Enragés como los hebertistas representaron un “comunismo violento y revolucionario”, mientras que lo de Robespierre y Saint-Just era un “comunismo místico y teocrático”.)

El padre Roux pidió en 1792, en un panfleto que hizo circular ampliamente, la prohibición de la exportación de cereales, así como la pena de muerte para los acaparadores. Poco tiempo después, las bodegas fueron asaltadas, hubo disturbios. El cura defendió a los asaltantes, ya que así le “cobraban” el excedente que los bodegueros le estaban haciendo pagar al pueblo desde un largo tiempo. Y decía estar listo a derramar hasta la última gota de sangre para que la igualdad fuese realidad sobre la tierra.

Mientras tanto, fue la sangre de Louis XVI la que se derramó, el 21 de enero de 1793. Nuestro buen padre fue uno de los dos escogidos (pero no como sacerdote) para tener el inmenso “honor” de conducir al rey a la guillotina. El monarca le pidió que le entregara su testamento a Marie-Antoinette. Se negó: “No estoy aquí para hacerle sus mandados sino para llevarlo al patíbulo”. Marat, a pesar de haber sido amigo suyo, escribió diez días antes de ser apuñaleado por Charlotte Corday en julio de 1793, que Roux era un “falso católico” y no creía en nada.

Habían problemas con los suministros de alimentos, las gentes pasaban hambre. Las irregularidades en los abastecimientos eran constantes, las colas eran enormes frente a las panaderías. Se logró hacer fijar el precio de la libra de pan en tres centavos.

El 24 de junio de 1793 se adoptó una nueva constitución. A Roux le pareció insuficiente, ya que estimaba que los jacobinos eran “burgueses”, según como lo vieron algunos historiadores marxistas más tarde. Para el buen padre, la nueva legislación “servía, ante todo, a una clase, en detrimento del resto”. La “burguesía mercantil” (término de Roux) era peor que “la aristocracia nobiliaria y sacerdotal”.

Es entonces que adviene el momento de “gloria” del cura. El 25 de junio de 1793, se presenta en la Convención, rodeado de sans-culottes armados con picas, para leer el Manifiesto de los Enragés.

Denunció la ausencia de medidas “contra los ricos egoístas que beben la sangre del pueblo”. Se trató de un discurso por y para el pueblo “sin pan ni ropa”, y “contra los ricos”. Reclamó el impuesto generalizado, precios bajos para los productos que hoy se llamarían “de primera necesidad”, con tal de que todos pudieran pagarlos; así como pidió la pena de muerte para los comerciantes intermediarios, los acaparadores y los monopolistas.

“La libertad, dijo, es un fantasma vano cuando una clase de hombres puede hacer que otra pase hambre con impunidad. La igualdad es un fantasma cuando el rico, debido al monopolio, ejerce el derecho de vida y muerte sobre su prójimo. La República es un fantasma vano, cuando la contrarrevolución actúa día a día, por medio de los precios de los alimentos, a los que tres cuartos de los compañeros no pueden acceder sin derramar lágrimas”.

Los ricos, eran “egoístas y antropófagos”. Todo tenía que ser repartido. “Los productos de la tierra pertenecen a todos los hombres. El comercio y el derecho a la propiedad hacen morir de miseria e inanición a sus semejantes”. Adujo que los ricos no tenían derecho a la propiedad. “Los hombres, son iguales y hermanos”. Estimó que “solamente hay dos clases de compañeros: una, esclavizada en la miseria; la otra, la rica y dominante. ¿Por qué ésta le hace pasar hambre a sus semejantes?”

Bref, en ese manifiesto de 1793 el “cura rojo” (fue Maurice Dommanget quien lo llamó así), el “sacerdote socialista” (según Albert Mathiez), pedía la abolición de la propiedad privada y de la sociedad de clases.

Lo cual era demasiado, hasta para Hébert, aunque con probabilidad era en éste una cuestión de celos. Lo que no era el caso con Robespierre, quien valoraba el derecho a la propiedad.

Expulsaron a tal Adelantado del comunismo (o lejano pariente de la teología de la liberación, dada su condición de cura) de la Convención, pero fue apoyado por su sección (la de Gravilliers), la de Bonne-Nouvelle y el club de los Cordeliers.

Para deshacerse de él, se le fabricó la acusación de ser un espía al servicio del extranjero. Lo arrestaron el 5 de septiembre de 1793; el 12 de enero de 1794 se presentó ante el Tribunal Revolucionario, un signo inequívoco, según lo interpretó, de que sería guillotinado. Intentó suicidarse, sin éxito, con cinco cuchillazos. Volvió ante el Tribunal, para acuchillarse de nuevo y lograr finalmente darse muerte, el 10 de febrero de 1794, en la prisión de Bicêtre.

El germen de la “revolución proletaria”

Ya Alfred Sudre (1820-1902) percibió en los Enragés el germen de la “revolución proletaria”. Fueron, según el economista y escritor francés, el prototipo del “comunismo violento y expoliador”, un partido de “dementes”.

Para Daniel Guérin (1904-1988), teórico del “comunismo libertario”, fue Jacques Roux quien, en la Gran Revolución (sic), “vio la verdad”: la del antagonismo entre ricos y pobres, es decir, “la lucha de clases”.

Más generalmente, Guérin observa la “filiación evidente” entre el 1793 de su Gran Revolución, con 1871 (la Comuna de París), 1905 y 1917 (en Rusia). La posteridad de Robespierre habría sido la del “socialismo de tipo jacobino del siglo XIX”, una corriente socialista “estatal, centralizadora, y como dicen los anarquistas, ‘autoritaria’ “. Los nietos de Robespierre —y también de Hébert y Babeuf, agrega Guérin— fueron Auguste Blanqui y Louis Blanc.

El comunista libertario estaba convencido que fue en la experiencia de la Revolución francesa donde Karl Marx y Friedrich Engels obtuvieron su expresión de “dictadura del proletariado”. Aun si la Comuna de París de 1793 (en el año II de la República) tuvo cuidado en utilizar la palabra “dictadura”, prefiriéndose lo de “despotismo de la libertad”. Los revolucionarios de entonces evitaban la palabra, por la connotación que devolvía al Ancien régime. Marat sí bosquejó el término en cuestión, pero fue reprendido por los otros. En cambio, los “babeuvistas” fueron quienes introdujeron el concepto de “dictadura revolucionaria”. Y Babeuf (de quien ya señalamos que prosiguió lo predicado por el buen padre Roux) utilizó el término neto de “comunismo”.

Sin embargo, para Jacob Talmon (1916-1980), el único comunista consistente del siglo XVIII fue Étienne-Gabriel Morelly, aunque haya sido una suerte de fantasma, ya que no se sabe la fecha de su muerte; la de su nacimiento, en 1717, no es menos incierta, y nadie dijo nunca haberlo encontrado. Probablemente, no existió; o fue un seudónimo (¿de Diderot?); o fue uno de esos personajes misteriosos y enigmáticos que podían pulular en el siglo XVIII. Sea quien haya sido, sobre la base de lo que escribió, Talmon lo catalogó como el “único comunista, sin agregarle siglo de pertenencia”.


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