Actualizado: 23/03/2017 10:50
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Casal, Literatura, Literatura cubana

La extraña muerte de Julián del Casal

¿Qué enfermedad o accidente llevó a Julián del Casal a tan temprana muerte? ¿Fue realmente un ataque de risa y la subsiguiente rotura de un aneurisma, como se ha contado una y otra vez?

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Desear fervientemente la muerte, la propia muerte, y anunciarla a todo el mundo, aunque sin fecha fija, no se considera hoy normal —ni de buen gusto— en una persona social y psicológicamente sana.

Pero si viajamos a la última década del siglo XIX, no importa si nuestro punto de llegada sea un salón literario en la Ciudad de México, una pobre y «espiritualmente sensible» buhardilla en París o una casa de familia tradicional en La Habana, y las personas de referencia son poetas reconocidos, poetas de verdad, independientemente de que sean románticos, modernistas o simbolistas, el tema adopta otros matices más complicados.

Tomemos un caso en particular donde se enuncia abiertamente ese pertinaz y macabro deseo de poner punto final a la vida.

Arrebatadme al punto de la tierra,
que estoy enfermo y solo y fatigado
y deseo volar hacia la altura,
porque allí debe estar lo que yo he amado.

En efecto, se trata de una cuarteta de un poema («Blanco y Negro» es su título) del cubano Julián del Casal y de la Lastra (1863-1893), uno de esos poetas, repetimos, poetas de verdad, que veían, o decían ver, a la Señora de la Guadaña como a una amiga cercana y oportuna a la que se aguardaba con esperanza y sin temor mientras se escribía, como en una suerte de compás de espera, buena poesía.

Veamos este otro segmento del poema «La agonía de Petronio», en la que supuestamente Julián del Casal se refiere a los momentos finales del elegante y disoluto senador romano Gaius Petronius Arbiter (27-66 NE), condenado a muerte por el emperador Nerón, pero en la que se siente latir el anhelo del bardo cubano por terminar su poco estimulante vida —sus condiciones económicas eran malas, su vivienda pobre, la negación social a la que se enfrentaba debido a su homosexualidad y a la condición de colonia de la Isla le eran asfixiantes— en un final elevado y digno de ser recordado e incluso emulado por las (poquísimas) almas afines que le rodeaban.

Y como se doblega el mustio nardo,
dobló su cuello el moribundo bardo,
libre por siempre de mortales penas
aspirando en su lánguida postura
del agua perfumada la frescura,
y el olor de la sangre de sus venas.

En fin, un hombre, un magnífico poeta muy de su tiempo, añorando, e idealizando, el tránsito de la vida terrena a esa otra, para él sublime, de la que nadie ha regresado.

Y en efecto, la inexorable parca le complació y le premió con una muerte prematura, tan temprana como a los veintinueve años de edad (le faltó un mes para cumplir los treinta), lo que no impidió, y es válida la observación, que pergeñara una obra literaria importantísima y digna de aparecer, codo con codo, junto a la de los precursores y creadores de la importante corriente literaria denominada modernismo: el también cubano (aunque vivió casi toda su vida activa fuera de la Isla) José Martí, el colombiano José Asunción Silva, los mexicanos Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Díaz Mirón y Amado Nervo, el peruano José Santos Chocano, la uruguaya Delmira Agustini, el español Salvador Rueda (la lista de poetas españoles relacionados de una forma u otra al modernismo es larga e incluye, entre muchos otros, a los dos hermanos Machado) y, por supuesto, el más grande de todos —como poeta modernista es que lo decimos— el nicaragüense Félix Rubén García Sarmiento, conocido mundialmente como Rubén Darío.

Precisamente, este último, Rubén Darío, con el que se carteaba Julián desde 1887 y al que conoció personalmente, en La Habana, en 1892, tuvo bastante que ver con el reconocimiento póstumo del cubano, sin olvidar a Rueda, quizás el poeta modernista español más relevante, que en Madrid también lo recibió con entusiasmo, aunque fugazmente, en el único viaje al exterior que pudo hacer el cubano en toda su breve vida. Un viaje, por cierto, frustrado, porque su meta era París y no le alcanzó el dinero para llegar allí.

Lo cierto es que muchos de estos bardos morirían jóvenes. José Martí cayó combatiendo —una muerte absurda que bordeaba el suicidio— a las tropas españolas, durante la denominada Guerra de Independencia cubana, a los 42 años de edad; José Asunción Silva se quita la vida a los 31; a Manuel Gutiérrez Nájera lo mata la hemofilia a los 35 y Delmira Agustini es asesinada por su marido a los 27. Si hurgáramos un poco entre los modernistas de segunda línea la lista se incrementaría mucho más.

Pero, volviendo a nuestro personaje… ¿qué enfermedad o accidente llevó a Julián del Casal a tan temprana muerte? ¿Fue realmente un ataque de risa y la subsiguiente rotura de un aneurisma, como se ha contado una y otra vez y como aparece reseñado en todas sus breves y bastante repetitivas biografías y, por supuesto, en Wikipedia?

Pues bien, el autor de este ensayo tiene serias dudas al respecto. Repasemos lo que se ha dicho en cuanto a esto, que no es mucho.

Dos fuentes de información prevalecen. La primera, y muy florida, es el propio Julián, que en varias cartas personales se refiere a sus dolencias como «un mal oscuro, desconocido por los médicos, sin curación» (carta de Julián del Casal a Rubén Darío), y, en otra misiva, «atacado de crueles dolores, no sé si reumáticos o nerviosos… en fin, todos los síntomas de una gran anemia que me amenaza devorar».

Los comentarios de Julián sobre su deteriorada salud fueron muchos y muy variados —habla también de vahídos, parálisis parciales de brazos y piernas, pérdidas de visión y otros variopintos síntomas— y se expresaron tanto a través de su correspondencia y conversaciones privadas como en su propia obra poética, tal y como ya hemos visto en la cuarteta inicial con que iniciamos este breve ensayo.

La otra fuente, muy poco explícita, fue su médico, el doctor Francisco Zayas. Un galeno habanero del que poco podemos decir, tal y como refiere el escritor cubano Antón Arrufat en un excelente trabajo (al que mucho debo) sobre el vate: «poco sabemos del doctor Zayas como médico, salvo que tenía inclinaciones literarias». Pues bien, este doctor le había diagnosticado a del Casal «tumores en los pulmones» y luego «la rotura de un aneurisma» (sin especificar donde) como causa última del repentino y tumultuoso fallecimiento del poeta.

Lo cierto, y nuestra única referencia realmente objetiva, es que Casal se encontraba cenando en la casa del doctor Lucas de los Santos Lamadrid, ubicada en el Paseo del Prado de la ciudad de La Habana (aún se conserva, aunque en estado ruinoso), cuando al reírse a carcajadas —los que le conocieron coinciden que el poeta, lánguido y depresivo, era muy poco dado a estas efusiones— de una ocurrencia de uno de los invitados, sufrió una especie de espasmo y comenzó a vomitar sangre, roja y rutilante, parece ser que en cantidades bastante abundantes. El poeta falleció muy poco después, probablemente por asfixia —oclusión de las vías respiratorias por la sangre acumulada— según creemos.

No hay constancia ni referencia alguna de que se le practicara una autopsia al cadáver de Julián del Casal.

Hasta aquí todo lo que hemos podido averiguar, desde el punto de vista médico, sobre la evidente enfermedad crónica de Julián del Casal, su brusca y aparentemente inesperada muerte cuando «estaba mejorando de sus males» según nos refiere Arrufat en el ya mencionado artículo.

¿Cuál es entonces nuestra opinión profesional sobre la enfermedad y la muerte de este paciente de solo 29 años de edad?

Lo primero es preguntarnos como se podían diagnosticar en vida «tumores pulmonares» en un enfermo al que obviamente —porque aún no estaban al alcance de los facultativos— no se le realizaron estudios radiológicos ni endoscópicos de ningún tipo. Lo lógico es pensar que del Casal padecía en realidad una tuberculosis pulmonar crónica, condición que fue minando su salud de una manera progresiva y que además era muy común en aquella época. La tuberculosis pulmonar, salvo el reposo y una más o menos buena nutrición, no tenía por entonces tratamiento alguno.

La «extraña muerte» por un supuesto aneurisma —tendría que haber sido un aneurisma arterial perforando el tubo digestivo o las vías respiratorias superiores, lo que es sumamente poco probable y menos en una persona de esa edad— nos parece simplemente un error diagnóstico (o se prefirió, por razones sociales y de amistad, no hablar de la verdadera causa), obviando la mucho más común hemoptisis masiva proveniente de una caverna tuberculosa.

Recuerdo a mis viejos profesores, —hablo de cuarenta años atrás— que me contaban de la época heroica, hoy casi olvidada, de los sanatorios antituberculosos (La Esperanza o Topes de Collantes, por ejemplo) y de cómo aquellos pacientes, en su mayoría crónicos, morían en pocos minutos a causa de hemoptisis que hoy nos parecen casi imposibles. Hemoptisis para las que no hubo tratamiento eficaz alguno hasta la aparición de las muy mutilantes cirugías torácicas —resecciones costales y compresiones de la parte afectada del pulmón— que trajo el siglo XX en sus dos primeras décadas y que se continuaban practicando hasta los años cincuenta.

Hoy, con tratamientos antibióticos de gran potencia para la tuberculosis, nos parecen casi imposibles esas muertes bruscas y de un dramatismo extraordinario, pero en aquel tiempo eran la norma.

El resto de los síntomas referidos por del Casal los achacamos al deterioro evolutivo que ocasiona una tuberculosis pulmonar no tratada, quizás a algún componente articular de la misma enfermedad (común, otra vez, en aquella época), a la degradación inmunológica de la condición y a la hipocondría y depresión crónica —¿cómo no estar deprimido con tantos problemas y desencantos?— del enfermo.

Por supuesto que todo lo anterior es un ejercicio académico en el vacío, pero nos parece razonable, e interesante, preguntarnos de vez en cuando por algunas de las «certezas» que repite nuestra historia, tanto la literaria como la política, oficial.

Quizás solo nos quede interrogarnos sobre lo que pudo haber sido y no fue.

¿Qué cumbres poéticas y literarias hubiera alcanzado Julián del Casal de haber vivido una vida normal, o de haberse contado en aquellos tiempos con un tratamiento eficaz para su enfermedad?

Nadie puede contestar esa pregunta.

Nos sorprendemos, eso sí, con lo mucho que alcanzó padeciendo de una salud tan mala y en tan corto tiempo.


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