Actualizado: 21/08/2017 12:31
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Literatura, Literatura cubana, Ensayo

La plural fecundidad

A su ya considerable bibliografía, Carlos A. Aguilera ha sumado recientemente cuatro nuevos títulos, que van del ensayo y la crítica a la narrativa y el cómic

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No hace mucho, en este mismo diario dediqué un artículo a repasar —por supuesto, de manera sucinta— el conjunto de la obra publicada hasta ese momento por Carlos A. Aguilera (La Habana, 1970). Finalizaba aquellas líneas preguntando cuál sería la próxima entrega que nos tenía reservada. Dos años y pico después, puedo dar cumplida respuesta a aquella interrogante: el autor de El imperio Oblomov, residente en la República Checa, ha engrosado su bibliografía con cuatro títulos nuevos. A ellos hay que sumar la reedición de uno anterior, Teoría del alma china (Bokeh, 2017), así como dos recopilaciones de su poesía, una en el volumen Asia Menor (Bokeh, 2016) y la otra en el ebook Diez mil gorriones muertos (Fiesta Ediciones, 2017).

Dos de los nuevos libros son de carácter crítico y ensayístico y tienen como eje a Lorenzo García Vega (Jagüey Grande, 1926-Miami, 2012), uno de los escritores cubanos más acrónicos y viscerales de las últimas décadas, en opinión de Aguilera. Del primero, él figura como compilador: La Patria Albina. Exilio, escritura y conversación en Lorenzo García Vega (Almenara, 2016, 196 páginas). Está integrado por siete ensayos que firman Jorge Luis Arcos, Margarita Pintado, Antonio José Ponte, Marcelo Cohen, Sergio Chejfic, Gabriel Bernal Granados y Rafael Rojas, y por tres entrevistas al escritor realizadas por Pablo de Cuba Soria, Enrico Mario Santí y este cronista. Completan el volumen una biobiblografía y el texto íntegro de “Maestro por penúltima vez”, conferencia dictada por García Vega en abril de 2009, dentro de un ciclo organizado por Caixa Forum de Madrid.

En el texto de presentación y que, pese a su brevedad, bien pudo ser parte del bloque ensayístico, Aguilera anota que García Vega no levantó una obra, “sino que, para decirlo de alguna manera, construyó una comunidad. Una comunidad anti-masa y anti-lector común. Es decir, allí donde la mayoría de los mortales más a gusto se sienten. Una comunidad anti-archivo”. En efecto, fue el creador de una obra radicalmente personal y nada complaciente, que en consecuencia exige una lectura ardua y exigente. Hizo de la escritura su reducto invisible y se dedicó a escribir a su aire, probablemente porque casi nadie lo leía, a excepción de unos pocos. Eso nunca logró que se desanimara ni que claudicase de su vocación. Era consciente de que se dirigía a un lector que aún no existía y que él tenía que contribuir a engendrar.

Cuando ya peinaba canas, vio cómo escritores jóvenes de Cuba, Venezuela, Argentina, España, Santo Domingo empezaron a acercarse a su obra y a dispensarle una atención que hasta entonces no había conocido. Aunque los homenajes lo ponían nervioso y no sabía cómo reaccionar cuando alguien elogiaba sus escribanías, lo recibió “con la alegría de saberme siempre, entre ellos, como aquel que, aunque viejo, sabe que ya no va a terminar con un bombín de mármol colocado sobre su cabeza”. Un ejemplo vivo de ese interés con que hoy se le lee son los ensayos recogidos en La Patria Albina. Conviene señalar que solo tres de sus autores son cubanos (Arcos, Ponte, Rafael Rojas). Los restantes son de Argentina (Cohen, Chejfec), Puerto Rico (Pintado) y México (Bernal Granados). A propósito de ese tardío descubrimiento por sus compatriotas, este último expresa que “la disidencia de García Vega, su negación a ultranza, es una de las razones que lo han vuelto tan atractivo a la nueva generación de escritores y poetas cubanos. Ven en él un eslabón con una tradición suya inimaginable ahora —la de Lezama Lima y Virgilio Piñera, que es a su vez una tradición que reúne a los opuestos—, y al mismo tiempo, la posibilidad de la crítica a la tradición desde la tradición misma”.

Aparte de su aporte como orquestador de ese homenaje colectivo, Aguilera ha publicado un libro propio que también tiene como epicentro al autor de Los años de Orígenes: Lorenzo García Vega. Apuntes para la construcción de una no-poética (Aduana Vieja, Valencia, 2015, 108 páginas). Lo armó con ensayos, notas para ediciones de libros de García Vega, dos conversaciones que sostuvo con él y algunos de los correos electrónicos que este le envió a lo largo de diecisiete años. Una antología poco convencional, una obra laberíntica y polifónica que propone un personal acercamiento tanto al García Vega escritor como al García Vega personaje.

Libro de amistad

Aguilera precisa que, como todos los libros sobre otro escritor, el suyo “es un libro de amistad. Uno de esos que se van haciendo con el tiempo y de pronto nos sorprende”. Esa amistad surgió entre dos escritores que, a pesar de pertenecer a generaciones cronológicamente distantes, descubrieron que tenían muchas cosas en común. Por ejemplo, la crítica al nacionalismo y a “una serie de lugares comunes o lecturas pastorales de la Grandeza insular”.

Dado que incorpora textos de ambos y que prácticamente ocupan similar espacio, el lector dispone de suficientes muestras de la escritura de los dos. En ese sentido, se puede constatar que Aguilera no escribe desde el otro lado, sino que emplea un discurso analítico cercano al de García Vega. Otro aspecto que pienso es oportuno resaltar es que uno y otro expresan sus opiniones sin censura, y también con buenas dosis de sarcasmo e irreverencia. Véase este mensaje electrónico enviado por García Vega: “Querido Aguilera Carlos: pon mi firma donde quieras. Todo lo que hagas está bien. Te seguiré hasta el infierno, si es que hay infierno. Pero te aconsejo que pienses en los tiempos de la diáspora, olvídate de la jodida nación, con su jodida política! Debemos ser fantasmas, y cagarnos en la noticia, todo lo demás nos lleva a convertirnos en un Cintio del lado opuesto”. Igualmente, es de rigor elogiar la primorosa edición que se ha hecho del libro, que incluye unas ilustraciones de Luis Cruz Azaceta, que por su singular imaginería son un complemento visual idóneo.

Los otros dos libros publicados recientemente por Aguilera se inscriben en el campo de la ficción. Uno de ellos es Matadero Seis (Aduana Vieja, Valencia, 2016, 46 páginas) y se trata de un cuento largo. Al igual que Lorenzo García Vega. Apuntes para la construcción de una no-poética, incluye ilustraciones. En este caso pertenecen a Liber May, pintor cubano que desde 1999 reside en Israel. El libro tiene además un formato que no es usual (32 x 22,5 cms.) y el puntaje de las letras que se ha empleado es asimismo mayor.

Interrogado por quien esto escribe, Aguilera comenta que Matadero Seis surgió de dos impulsos. Por una parte, quería escribir “un texto que se alimentara de las mismas fuerzas de la novela El fiord, del argentino Osvaldo Lamborghini. Un relato que une violencia, violación y política. (En mi caso: violencia, violación y ficción de la historia)”. Por otro, apunta que deseaba construir un texto que “narrara” la Cruzada de los Niños. O más específicamente de la alemana, una de las dos que se conocen y aquella de la cual no se sabe casi nada. A eso se sumó, por último, su intención de hacer una suerte de homenaje a creadores como Marcel Schowb, Jerzy Andrzejewski y Andrzej Wadja.

La Cruzada de los Niños remite a unos hechos entre reales e inventados, entre veras y leyendas, ocurridos en el siglo XIII. En el año 1212, un niño francés afirmó haber sido visitado por Jesús de Nazareth y escribió al rey para pedir la organización de una quinta cruzada, para recuperar la Tierra Santa. Como es natural, el monarca no le hizo caso. Por la misma época, otro niño de Alemania dijo haber recibido también la misma instrucción divina. Ambas cruzadas salieron y en el camino se unieron, hasta sumar en total 30 mil niños. Nunca llegaron a cruzar el Mediterráneo, pues fueron diezmados por una bárbara geografía y, de acuerdo a conjeturas, por pestilencias. Cuando llegaron a Niza, solo quedaban 3 mil niños, más 300 adultos que se les habían unido.

Relato lleno de lobregueces, claroscuros e irrealidad

Aquellos hechos terribles y no exentos de belleza, han dado lugar a varias obras literarias. Marcel Schowb los recreó en La Cruzada de los Niños (1895). Otro tanto hizo el polaco Jerzy Andrzejewski en Las puertas del Paraíso (1960). Esta última es una novela escrita sin signos de puntuación y construida a partir de una apretada red de monólogos, que corresponden a cinco de los niños y al sacerdote confesor que los acompaña. Está dividida en dos párrafos: el primero párrafo ocupa ciento y tantas páginas y el segundo se reduce a una línea.

Aguilera conserva el formato de monólogo de las obras de Schwob y Andrzejewski. Del polaco toma además la prescindencia de signos de puntuación y la estructura: Matadero Seis tiene un primer párrafo que termina en la página 46 y un segundo, que se reduce a poco más de una línea: “(Primero de noviembre de 1212: Nikolaus amanece muerto.)”. Retoma también el título de la famosa novela satírica de Kurt Vonnegut Matadero cinco o La Cruzada de los Niños. En ella, el escritor norteamericano plantea que la guerra es tan horrorosa como la esclavitud infantil (en el primer capítulo critica la venta de niños esclavos, bajo el pretexto de que van a participar en una cruzada).

A diferencia del estilo realista dentro del cual se mueven Schwob y Andzejewski, Aguilera opta por un relato tremendista, lleno de lobregueces, claroscuros e irrealidad. En esa especie de poema en prosa, su autor no incurre en el error de idealizar La Cruzada de los Niños, que en definitiva fue una expedición que antes de llegar a su destino, acabó entre enfermedades, esclavitud, raptos y muerte. Por el contrario, la imagen que da de la misma no puede ser más brutal y terrible: “eso es lo que tú eres, eso es lo que son todos ustedes, culos sucios de vaca, y así se pudrirán eternamente en este lugar, Marrana, como un culo sucio de vaca, oliendo mal, y tu Nikolau el primero, por devorar a tu hijo, por desmembrarte y dejarte sin vida, por su obsesión por el pene de Albino, por sus delirios apestosos, por haberme utilizado y haber provocado en mí el odio, por no haberme siquiera mirado ni una vez cuando me sentaba delante de él y lo escuchaba, por no haberse dado cuenta de mis manos, de mi pelo, de mis uñas, de mi do lírico, por no haberse dado cuenta de nada y habernos encerrado en este lugar a que lo adoremos y nos comamos vivos unos a otros”.

Concluyo este repaso a la producción más reciente de Aguilera con el que es, de todos, el título más insólito: Apuntes para un viaje a Alemania (Castor Jabao Ediciones, 2016). Es un cómic creado por él a cuatro manos con Maldito Menéndez (Aldo Damián Menéndez López), quien fue integrante del grupo Artecalle. Pero me doy cuenta de que lo de cómic requiere una aclaración. A diferencia de lo que es usual, este no está armado a partir de dibujos, sino de fotografías provenientes de distintas fuentes y épocas, que los dos autores han sometido a un hilarante tratamiento.

Los textos de Aguilera que aparecen dentro de los usuales globitos, no fueron redactados expresamente para el cómic. Pertenecen a un trabajo suyo que vio la luz en la revista Encuentro de la Cultura Cubana, en el que narra su salida de Cuba en el año 2002. En ellos se pone de manifiesto algo que Rafael Rojas comentó a propósito de la noveleta Clausewitz y yo: “Europa central funciona, en la narrativa de Carlos A. Aguilera, como una suerte de gran archivo del totalitarismo, del que es posible derivar cualquier representación literaria del terror”.

En Apuntes para un viaje a Alemania, Aguilera deviene un Zelig caribeño. Al igual que el protagonista de aquel filme de Woody Allen, tiene repetidas apariciones en fotos tomadas en sitios diversos. Gracias a ese falso y lúdico proceso documental, lo vemos como encantador de serpientes en la Alemania nazi, colgando de un abarrotado autobús habanero, asomado a la ventanilla de un avión del que desciende el mismísimo Finado (por cierto, Maldito Menéndez también se reserva algunos cameos). En esa recontextualización, los textos no solo no pierden su sentido primigenio, sino que adquieren un nuevo valor, que es el del humor. Pues a más de una lectura inteligente, hay que anotar que el cómic proporciona una lectura muy disfrutable.