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Actualizado: 18/09/2014 13:18
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Literatura

“Steinway & sons”, de Arístides Vega Chapú

El autor asume una manera muy fina de mover el tiempo, porque no lo invierte en presentaciones largas y porque, poeta al fin, desarrolla una encomiable y persistente síntesis para narrar

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En esta novela de Arístides Vega Chapú (Santa Clara, Cuba, 1962) publicada por la editorial española Atmósfera Literaria, nos hallamos con la historia del linaje de Zoila quien, ya viejecita, y cercana a la muerte, avisa, nos narra a partir de un sueño y sus recuerdos aquella zaga. Esto le proporciona a Vega Chapú un amplio punto de vista narrativo donde se mueve con la notable subjetividad que este, o Zoila, le proporciona. Sin embargo, también lo encajona por momentos, obligado a la utilización de una psicología dañada —la de Zoila— y por lo tanto a la utilización de las frases establecidas de una ancianita melancólica, humilde en léxico, que de ningún modo por tanto podría ser la dueña de una metafórica como la que distingue al poeta Vega Chapú.

Desde el árabe Petrus Giaburt, bisabuelo de Zoila y domiciliado en Nueva York, adonde llegó a principios del siglo XX, hasta la llegada de Zoila a Santa Clara, Cuba, en 1949, pasando por los demás ascendientes de ella: la actriz francesa Sarah Bernhardt —diva díscola, estrafalaria, despiadada si llega el momento de defender sus laureles—, la bordadora por hobby Osmerut, Selím, Umar Petrus Kaput y la musical Rosita la Cubana, entre otros. Ya podemos ver que entre los personajes principales de esta novela, casi todos de la aristocracia o quizás de la pequeña burguesía, descuellan aquellos vinculados con el drama y la música principalmente. A estos se le suman, a lo largo de las 190 páginas de la acción, los cubanos Bola de Nieve, Esther Borja, Ernesto Lecuona, Gonzalo Roig, María Teresa Vera y otros.

Dije 190 páginas, y dije bien. Y es esta una de las consecuciones de Steinway & sons: el tiempo, y las locaciones, que abarca con grande precisión descriptiva. Viajamos por el Nueva York de las décadas de 1930, 1940 y 1950, “una ciudad donde nadie reparaba en nadie”, “plagada de vicios e inmoralidades”. Las costumbres tradicionales de esta ciudad, su animación para las artes, el teatro y la música incluidos, y en fin sus signos sociológicos que debemos considerar más sobresalientes, se hallan en una y otra página. Y también, estos mismos aspectos de varios países del Oriente Medio, como son la práctica de la cartomancia, el lenguaje gestual y corporal, la prostitución, la asunción gay y las relaciones maritales (se ubica en este último orden, inserto en el humor que recorre por ratos la novela, el Indio, marido de cuatro mujeres y padre de 18 hijos); todo esto para nosotros, sin duda, exótico. Tanto en una como en otra de las dos latitudes señaladas, más la narración que se desarrolla en Cuba, encontramos además una minuciosa y atractiva descripción —literariamente hablando— de las artes culinarias.

Es decir, en 190 páginas. Todo porque Vega Chapú asume una manera muy fina de mover el tiempo, porque no lo invierte en presentaciones largas y porque, poeta al fin, desarrolla una encomiable y persistente síntesis para narrar.

Dos de los temas fundamentales de Steinway & sons, si es que son temas, resultan los celos y la belleza física tanto de la mujer como del hombre. Así las cosas, estas condiciones se encuentran subrayadas a tal punto que, al menos yo, no hallo más asidero entre las parejas que nacen y mueren a lo largo de la novela; bueno, sin que lleguen totalmente al hedonismo. ¿Tendría razón entonces aquel que se preguntaba “quién, en verdad, no se estremece ante la belleza física”, moralidad aparte? De esta forma, el sexo rápido, que ocurre con cierta frecuencia en la narración —y en este caso lésbico además— está representado con brillantez por la baronesa Elsa Von Loringhoven (P. 29-32). Creo que en sentido general, el erotismo en no pocos momentos de la acción cede terreno ante la consumación urgente de la carnalidad, digamos; pero no se piense que esta raya en esa cosa inexistente que llaman pornografía, cuyo único propósito es no dar antecedentes ni subsiguientes de la acción sexual.

Además de los personajes antes citados, hallo otros interesantes en la Nodriza —quizás una amadora de ley, según los cánones apostólicos—, y la China, acompañante de Zoila, quien es apodada ya en sus finales, allá en la lejana Santa Clara adonde llegara en 1949, la Gringa. Zoila, esa anciana narradora que se va quedando “sin país”, o que finalmente comprende que, tristemente, “mi país es mi casa”.

Hemos leído varias novelas cubanas cuyos finales se vinculan con el triunfo de la revolución castrista de 1959; estas, siempre narradas desde la óptica “positiva”, creo que no podrían hallar final más fácil y manido que el señalado, luego de narrar las injusticias, desmanes y miasmas en general de la “seudorepública”, para al fin desembocar en ese paraíso anunciado en 1959. Pues bien, luego del periplo que he relatado, Steinway & sons va a dar finalmente a la llegada del castrismo, y un poquito más. Pero lo que narra no es el paraíso; es el infierno naciente. El final de una civilización, de la libertad del músculo y del alma, la muerte de una cultura representada en la muerte de aquel piano, aquel Steinway & Sons.


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