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Despedida provisional

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Ayer 3 de diciembre fui informada acerca de los sucesos y la movida de este portal. Por el momento no me queda claro el camino que tomará Mujerongas.

 

Agradezco infinitamente a todos los lectores y comentaristas que han llegado cada semana desde que el blog se alojó en esta casa.

 

Un queridísimo abrazo y un hasta pronto.



Mis mujeres

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Tengo muchas y son todas mías.

Con alas invisibles las abrazo y las acurruco en mi regazo. Son mujeres preciosas, llenas de defectos, de libras de más y de libras de menos, de amplias y renovadas sonrisas, de futuros inciertos, de la misma materia que estamos hecha todas.

El sábado pasado celebramos en el refugio la llegada de los nuevos bebés de esta temporada. Fue una tarde despejada, alegre, de bailoteo y comedera, de gente amena que desconoce que el placer es mío, que me siento agradecida de compartir un puñado de horas en compañía de ellas, mis mujeres.

Es una fiesta preciosa que se celebra en primavera y en otoño. De hecho es una de mis celebraciones favoritas de las tantas que anualmente coordinamos. Este año me entristece no poder asistir a la celebración de Acción de Gracias, un día atípico en el que se come en grupo, en comunidad y en el que todos en el barrio de Overtown son bienvenidos y no cerramos las puertas cuando se agota la comida sino cuando se agota el hambre. Un día de alegrías y barrigas llenas, y yo aquí en el norte tan lejos, muy lejos de aquella felicidad. Pero me queda el recuerdo de otros años, y de ese sábado particularmente hermoso, de los sonidos del arpa mientras me convertía en uno de tantos testigos de una nueva ilusión cuando ya se había perdido toda esperanza. Agradezco esa bendición como tantas otras que he vivido en ese mágico recinto.

Cada una de las chicas recién paridas o a punto de parir recibió una bolsa llena de ropita nueva, champú de olores frescos, cremas para esas nalguitas delicadas, mediecitas, baberos, sombreritos, tetes, peluches de ositos y paticos. Y cuando abrieron su bolsa y vieron esas cositas de tamaños diminutos e intactas para sus bebés, el sol se triplicó. Por eso no me canso de repetir que la dicha es mía, y agradezco poder presenciar esos pequeños retazos de paz, de alegría esparcida, de contentura y aceptación, de hermandad y unidad. Porque de eso se trata mayormente, de esos momentos perfectos que nos salpican a diario y que nos animan a continuar en la búsqueda enigmática de lo que es importante para cada ser humano.

En este día de Acción de Gracias me encuentro lejos, pero agradecía de ser parte de ese refugio que no le cierra las puertas a ninguna mujer que está sola y despiadada. Cuando doy gracias, entre las cosas más importantes y que agradezco a diario, ellas son uno de mis motivos principales.



Manipedi

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Los chinos son muy ágiles y multifacéticos. Eso ya lo sabíamos.

Hace un mes o algo así fui a un salón para que me devoraran las uñas de las manos y las de los pies. Y es más o menos lo que sucedió, porque cuando el manicurista terminó se podía mezclar aquel kilo de pellejos y cutículas y empanizar por lo menos una docena de croquetas.

Me indispuse apenas llegué y descubrí que mi chica estaba ocupada y tenía una cola de clientes esperándola. Esos sitios de atención rápida que no requieren cita, pueden causar más daño que una devolución civilizada de dedos presentables, y ella, mi chinita, es la única en quien confío. Inútilmente esperé tres cuartos de hora hasta que el encargado/manicurista/recepcionista/depilador/facialista/masajista/cajero se ofreció a atenderme.

Me desconcertaba la idea de que fuera un hombre quien me hiciera las manos. Supuse que no era el oficio apropiado, sin mencionar las desventajas de las que consideré sus manoplas rígidas no se escaparían. Porque en sus manos fue en lo primero que me fijé. Pero ya había esperado demasiado y no me atrevía a irme sin el servicio. Además, mis quejas eran meras suposiciones porque nunca un hombre me había realizado un mani/pedi. Pero él no se dejó intimidar e impetuosamente me tomó de un brazo y me sentó frente a su mesa, y no voy a decir que me hizo el amor, pero casi.

Mientras me tocaba las manos con sus dedos blandos y esponjosos, yo me negaba a cerrar los ojos por miedo a caer en un trance sexual, en público. No sólo me agradaba su tacto, pero también su habilidad y capacidad de realizar tantas tareas simultáneamente. Creo que podría enamorarme de un hombre así. Las mujeres abogamos tremendamente por hombres que saben complacernos con tantos servicios y tanta disposición, pero es especialmente erótico ver a un hombre hacer más de una cosa a la vez con destreza y resolución.

Le pedí que no me aplicara pintura, que prefería las uñas naturales y de ser posible que me les sacara brillo. Me ignoró y abrió bruscamente un menú para que escogiera el diseño:

Uñas en 3D con varios tipos de texturas: metales, piel de víbora, telas, etc.

Papel y uñas encapsuladas: arena de mar, flores de naturaleza muerta, cintilla, listón, concha nácar, logos, stickers, tabaco, cascarón de huevo, tatuajes.

Clásicos del arte en miniatura.

Perforaciones, burbujas…

Inquieta por su reacción, tranco el libro de las espantosas sentencias y tartamudeo un no escurridizo, respiro hondo y le digo decidida que sólo me apetece un brillo. Pero él no aceptó que me saliera con la mía y en su lengua nativa me mandó a buscar un color. Escogí un rosadito pálido. Eso tampoco le hizo gracia y de su bolsillo sacó un pomito que parecía una poción mágica y comenzó a pintarme con o sin mi aprobación, no sin antes guiñarme un ojo. Era un color indefinido, a mí me parecía negro, pero luego otras personas confirmaron que era rojo. El color en boga para el otoño, me dijo el chino en un inglés improbable.

Luego me agarró las piernas y me dio un masaje delicioso que duró por lo menos diez minutos por pierna. Pensé que tal vez sus manos iban demasiado lejos, pero no me atreví a interrumpir y menos a provocar que estallara una revuelta de atención colectiva enfocada en una terapia inocente que conseguía descoserme hasta las caderas y mermar los dolores de la semana. Con los nudillos dedicó unos toques entre los dedos y luego me fue aplastando con precisión cada yemita. Me enganchó unas agujas en el dedo gordo y otras alrededor del empeine y el talón. Supuse que se pasaba de fresco, aunque acepté su iniciativa, que es otra cosa que tanto añoramos las mujeres.

Complacida, relajada, embellecida, en boga y un tanto confundida, pagué apenas $28 por aquel tratamiento de reina que me acaban de dar. Y ahora creo que odio al chino del salón porque pienso que ya nunca más una mujer me podrá complacer de la misma forma.



Vaginoplastia y otras cirugías adyacentes…

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Las chicas también nos comparamos el sexo.

Claro, así es como una aprende e intercambia informaciones y datos acerca de otras vaginas, porque serán muy parecidas, pero siempre hay algo nuevo que aprender.

La última vez que me bajé el blúmer para enseñarle la mía a otra mujer me mandaron con el cirujano y me sugirieron una vaginoplastia y una labioplastia, sin descartar también una posible himenoplastia, argumento que encontré sensible porque ya si una se va a abandonar a los oficios de la navaja, pues qué más da rejuvenecer esa área completica.

Inútilmente argumenté que cuando una da a luz y especialmente cuando una se pone grande “la zona” se transforma en una nueva composición, y me gustaría pensar que los atractivos son diferentes pero no indeseables. El tamaño y el color varían, las cortinas se comienzan a arrastrar, y repito, es que me parece que ese envejecimiento tiene su encanto. Pero no, me dice una amiga, cuya vagina es un primor, un instrumento realmente noble y virgenesco, si no te gusta algo en tu cuerpo debes ser proactiva y modificarlo. Bueno, pero es que me gusta mi cuerpo. No es cierto, me dice ella tan confiada, que su testarudez me resulta una chulería, además ella sí se ha sometido a infinitas operaciones estéticas para mejorar su look vaginal y general, así que acepto con humildad la improbabilidad de otro consejo menos riesgoso.

Entra otra amiga y nos coge en medio de las comparaciones, mientras mi amiga agachada repara en todos mis defectos, parten las dos a reírse en lo que me parecieron desdichadas y crueles carcajadas. ¿De qué se ríen?, digo a punto de crisparme. De ti, me contestan muy sagazotas las dos. Mientras la morena que acaba de entrar al baño me aprieta los senos y me entierra sus puyas en la espalda me dice que para operarme el pipi primero me tengo que realzar el busto. Es cierto, agrega la que tengo escarbándome la poca dignidad que me queda, debes empezar de arriba para abajo.

Al carajo las dos, digo obstinada. Y nos desvanecemos las tres de la risa. Porque las amigas aunque nos critiquemos a muerte nos queremos muy a pesar de las diferencias vaginales.

Pero me pregunto, ¿es tan inquietante ese rechazo a la vejez?

Nada, sencillo, si su problema es ensanchamiento labial, tejidos de poca firmeza, cortinas tamaño king, vulva salida o paredes caídas, ahora existe la solución, un innovador proceso quirúrgico que rehabilita y realza el desconchinfle que proporcionan las circunstancias del diario vivir. Un procedimiento donde te reconstruyen la superficie y afirman los tejidos para recuperar la función y el aspecto joven de la zona íntima. En otras palabras, un “lifting” vaginal que corrige el desmadre que deja el parto y la vida misma. Una verdadera tentación para mujeres a partir de los dieciocho años.



Dos chicas

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No quería casarme.

Entre varios motivos, dos eran los más importantes. En principio porque las bodas me aburren tremendamente y no deseaba pagarle con esa moneda a la gente que quiero. Además, no concibo ese despilfarro de dinero en vestidos que no se volverán a usar, zapatos incómodos y hectáreas de flores desperdiciadas. El otro motivo, más importante aún, es que mi boda se llenaría de amigos y familiares que no disfrutaban de los mismos derechos que mi pareja y yo. Eso no me cuadraba en lo absoluto. Y ahora, diez años más tarde todavía siento un gran sentimiento de culpabilidad cuando veo las dificultades que han pasado y siguen pasando las parejas gays que estaban ya unidas en aquel momento y que pacientemente contemplaron a la “gente normal” unirse legalmente.

Discutir estos temas con las personas que se oponen a los derechos nupciales de los gays es una completa inutilidad. De hecho, lo acabo de comprobar nuevamente no hace mucho. Bebiendo el té con un amigo y hablando sobre la belleza y otros temas más o menos superfluos, surgió aquello de legalizar el matrimonio entre parejas del mismo sexo. Él me aseguró que todos los activistas eran unos sinvergüenzas y que los sucesos posteriores a esa legalización serían devastadores: el matrimonio entre hombres y caballos, y más adelante entre hombres y ballenas también. No puede menos que reírme, pero en realidad detrás de esa burla había escondido un rencor y un desprecio digno de lástima. Claro que con la lástima la gente siempre termina pasándose de rosca, así que terminamos como perro y gato.

Semanas después en la playa, mientras intentaba solearme pero en realidad construía castillos de arena con mis hijas, observaba a dos chicas muy cerca de donde estábamos. Eran hermosísimas y de verdad que daba gusto verlas en pleno romance. Me gusta ver lo que hace y poner atención a lo que dice la gente cuando no se percata de que está siendo espiada. La playa es un excelente lugar para hacer vida de escritora, se ven tantas cosas que luego terminan en el ordenador. Es inevitable, nos comportamos diferente cuando estamos bajo los hechizos del sol y rodeado de mar y arena. Todo el mundo prácticamente se desnuda y hasta los más conservadores enseñan yardas y más yardas de piel, y ésta no tiene ni que estar en buen estado. Los hilos dentales se cuelan en cualquier nalga así sea la cosa más desagradable al ojo humano. Nada que no me voy a poner a criticar pero en la playa la gente hace lo que le viene en gana porque es así, el mar es peligroso y descaradamente liberador. Las parejas se aprietan más, se aplican y se frotan las pomadas bloqueadoras y se rozan los filitos de las zonas eróticas, se tumban unos sobre los otros como si se encontraran en una cama gigante, y cuando dos chicas se besan entonces se arma un escándalo en nada más y nada menos que Miami Beach. ¡Por favor!

Yo llevaba rato contemplándolas, poniendo atención al cuchicheo tierno entre dos personas abandonadas al misterio de ese magnetismo irremediable que embobece cuando nos enamoramos. Eran guapas y jóvenes, de cuerpos firmes y tal vez demasiado deseables. Estaban enajenadas y hablaban de cosas lindas, hacían planes para el futuro inmediato, como donde iban a cenar esa noche y a cual tienda irían de compras al día siguiente y cuantas calorías era posible perder montando bicicleta desde South Beach a Biscayne Boulevard. Cosa que quise responderles inmediatamente porque tengo un amigo que hace ese trayecto en su bici a diario y me ha dado la cifra una y mil veces. Entonces me puse a conversar con ellas un rato y terminaron contándome una historia horrible de lo que habían pasado ambas para estar juntas. Y ahora que por fin habían logrado rebasar los obstáculos era imposible casarse o legalizar su relación.

Me quedé triste con esa historia de amor imposible y me lancé al mar con mis niñas. Desde el agua las observaba con pena, pues debe ser horroroso tener tantas ilusiones y que sean otros los que decidan. Fue en ese momento cuando las chicas lindas se dieron un beso. Nada obsceno ni mucho menos, tan sólo un besito de piquito. De pronto una pareja de americanos de algún estado muy lejano se levantaron incómodos y se fueron a quejar con el salvavidas. Éste por supuesto les explicó que ese no era un asunto de vida o muerte y ni siquiera relacionado con el mar y por lo tanto poco o nada podía hacer por ellos. Desde el celular marcaron a la policía. Eso tampoco funcionó. Es que por suerte en Miami vivimos en una burbuja, especialmente en la zona playera, y el policía también siendo gay casi se los lleva presos por levantar calumnias y arrojar cabos se cigarro en la arena.

Nada que ya se va haciendo urgente un cambio de algo. Hace falta que se apliquen leyes de igualdad y de que los homofóbicos que creen que el amor entre dos personas del mismo sexo es una unión relacionada a la zoofilia o algún otro concepto de igual improbabilidad, que descarten esa bobería insólita de una vez por todas que es muy injusto y riesgoso que personas tan retrógradas sean las que tengan el mando con este asunto. Pero principalmente ya es el momento, desde hace tiempo, de legalizar el matrimonio gay en los Estados Unidos que en esas cosas de papeleo nupcial es tan igual como cualquier otro derecho entre parejas, y que además nos las damos de avanzados pero qué va nos han tomado la delantera desde hace rato.



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Sobre este blog

Literatura, Sociedad, Mujer

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Autor: Grettel J. Singer

Grettel J. SInger

Escritora. Reside en Miami, Florida.

 

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