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    El Reducto que los ingleses se negaron a canjear por la Florida

    Autor: Armando Añel

    Armando Añel

    Escritor, periodista y editor. Reside en Miami, Florida.
    letrademolde@gmail.com

     

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    Olivera Castillo: Estados Unidos: ¿Menos racismo que en Cuba?

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    El número nueve de Islas, revista de temas afrocubanos que edita en Miami el antropólogo Juan Antonio Alvarado, ya circula en La Habana. Se trata de una publicación sui generis en el ámbito editorial cubano, centrada en lo que sin duda constituye uno de nuestros grandes temas pendientes en tanto nación y/o cultura. Un tema, el racial, que ganará en importancia a medida que se acerque el fin de la dictadura, y al que convendría prestar más atención aquí y ahora mismo.

    Islas maneja con holgura el tema, cumpliendo una función imprescindible en este sentido. Días atrás, dentro de la jornada por el centenario de la fundación del Partido Independiente de Color, en la capital de la Isla, el Comité Ciudadanos por la Integración Racial (CIR) celebró el Tercer Taller sobre Temática Racial, presentando el número que nos ocupa.

    En este contexto, los integrantes del CIR anunciaron la campaña Empoderamiento ciudadano, “para proveer legalmente a los ciudadanos contra la arbitrariedad y abuso policiales a partir de la legalidad vigente, empezando por las comunidades marginales”. Según el CIR, “la detención y solicitud de identidad en forma arbitraria a jóvenes cubanos, fundamentalmente de raza negra, es una fuente de abuso policial que expresa el racismo institucionalizado de la policía a través de la llamada caracterización, que supone la existencia de tipos humanos predelectivos. Empoderamiento ciudadano pretende revertir esta situación desde la legalidad”.

    A propósito del tema racial, y en relación con la carrera hacia la Casa Blanca, el décimo número de Islas publica el siguiente trabajo del periodista independiente Jorge Olivera Castillo. Que lo disfruten:

    Estados Unidos: ¿Menos racismo que en Cuba?

    un artículo de Jorge Olivera Castillo

    Los acontecimientos precipitan una lección inobjetable: la democracia razonablemente ajustada a los cánones de los derechos fundamentales del individuo es la vía idónea para alcanzar funcionalidad a largo plazo, sin sobresaltos que hagan naufragar el proyecto de gobierno. Si hay un asunto para sustentar este principio basta echar una ojeada a la contienda electoral de los Estados Unidos.

    No es el propósito cuestionar procedimientos, premisas u otras características de las leyes constitucionales que trazan los parámetros para elegir al presidente norteamericano. Las motivaciones se basan en el hecho de que un ciudadano negro haya podido alcanzar un espacio que hasta ahora había sido un ámbito exclusivo de la población de origen anglosajón.

    Barack Obama rompe todos los pronósticos. Quizás sin proponérselo, logra marcar un hito en la historia de ese país, al mantener altos índices de aceptabilidad entre los votantes y ganar, en igualdad de condiciones, la nominación por el Partido Demócrata a su correligionaria y ex primera dama Hillary Clinton.

    El joven senador podría ser el próximo anfitrión de la Casa Blanca. Unos lo consideran fenómeno, otros prefieren ver en su posible victoria la esperanza de un cambio de políticas y estrategias que favorezcan mejoras sociales, mayor estabilidad económica y otra proyección internacional que suprima o atenúe el rechazo de gran parte de la opinión pública allende las fronteras.

    En apenas cuatro décadas, el ciudadano de la raza negra asentado en esta nación ha ido desbrozando el camino y hoy ocupa lugares que antes sólo podían ser fruto de la fantasía. Al margen de inclinaciones ideológicas o políticas es menester pensar en dos figuras que han ocupado responsabilidades de importancia dentro de la élite de poder: Condolezza Rice y Colin Powell. Se cuestiona su identificación con la clase política más conservadora, pero es una realidad que no han estado allí como figuras decorativas.

    Aunque el racismo es un tema pendiente dentro de esa sociedad, hay matices y sobre todo hechos incontrastables que marcan otras interpretaciones sin la generalización, la crudeza y el tono que el fenómeno tuvo hasta el final de la década del sesenta del siglo XX.

    No es necesario acopiar elementos para la manipulación con tal de reflejar realidades que nadie, con un mínimo de sentido común, se atrevería a cuestionar. Los ciudadanos negros que antes eran perseguidos como bestias por las huestes de hombres blancos racistas para ser incinerados vivos, ahorcados y humillados de los modos más lacerantes que se pueda imaginar, en la actualidad no tienen que preocuparse por el linchamiento ni otro medio violento de exterminio.

    Es cierto que la discriminación racial cuenta con un alto grado de sofisticación. Sin embargo hay tribuna pública, leyes y otros medios que tal vez no eximan completamente del peligro, pero dan cobertura favorable para crear anillos protectores contra las víctimas.

    Obama desborda las fronteras de los Estados Unidos. En Cuba facilita un reajuste de conceptos asociados al racismo en los Estados Unidos y coloca al gobierno a la defensiva en un renglón en el que presenta enormes irregularidades. El bajo perfil de las informaciones relacionadas con Obama y la contienda electoral da fe de la estrategia de desinformación: ocultar un suceso que pone en aprietos a los publicistas del régimen de La Habana. Las repetidas alusiones en contra del sistema político norteamericano, sus fallas, entre las cuales aparecen periódicas muestras de carácter racial, ya no tienen el mismo nivel de credibilidad.

    Un negro está en campaña presidencial y eso, dejando a un lado los resultados finales, significa un detalle revelador de los cambios hacia el interior de los Estados Unidos. Con alrededor del 13.4% de la población, los afroamericanos tienen un candidato que enarbola un discurso a partir de la integración y de los valores de todo el país, sin distingos de ninguna clase. No quiere una república negra, tampoco el liderazgo inútil de la vanidad ni otro sentimiento divisionista. Actúa como ciudadano normal, que aspira a poner en práctica una agenda, si es que alcanza la victoria, basada en proyectos más allá del color de su piel.

    Las fugaces imágenes de Obama en la televisión cubana han sido de máxima utilidad para muchos cubanos de la raza negra. Eso podría servir como aliciente a un destino que excluye la verdadera integración. El negro en Cuba, sobre todo si su pigmentación es más oscura, conoce perfectamente su estado, circunscrito a la marginalidad y al curso segregacionista sustentado por una casta de burócratas y políticos sin ánimos de cambiar sus concepciones racistas.

    El grado de representatividad del negro norteamericano en las estructuras del sistema, en comparación con el número de sus ciudadanos, es un referente de notable trascendencia, que ejemplifica su evolución a través de una lucha aun sin concluir, pero donde hay espacios para celebrar éxitos, algunos de gran envergadura, irreversibles y útiles para acrecentar la dignidad de una raza que tuvo y tiene la desdicha de ser, a menudo, subvalorada y objeto de vilezas tanto verbales como de hechos. En cambio Cuba, con un índice proporcional más elevado (cerca del 60% de negros y mestizos) refleja un cuadro totalmente distorsionado del equilibrio en la participación real de los ciudadanos negros o mulatos.

    De poco ha valido su amplia participación en las guerras de independencia contra el colonialismo español, sus esfuerzos en la arquitectura de una república que, tras más de un siglo de existencia, todavía no logra articular una estrategia de desarrollo coherente y de real soberanía. El negro cubano necesita de prototipos para sacar su autoestima del congelador. En los medios se resolvería parte de la batalla. Una exposición positiva en la pantalla, donde se proyecte un personaje que no tenga el clásico compromiso de representar lo peor del ser humano, es una forma de empezar a desmontar la idea de que el afrocubano, fundamentalmente el de más intensa coloración, es un ser inferior, despreciable, carente de intelecto.

    Morgan Freeman, Denzel Washington, Wesley Snipes, Eddie Murphy, Danny Glover y Whoopi Goldberg, por sólo citar algunos ejemplos, son catalizadores de un pensamiento que busca dignificar las estructuras de su raza. Sencillamente son artistas negros norteamericanos que han contribuido a romper tabúes y a enviar un mensaje por medio de sus actuaciones en el cine y en la televisión, donde queda establecido que el negro no es un paradigma de la inferioridad ni una especie de simio con cierta inclinación a la racionalidad.

    Ha sido una larga carrera contra esquemas mentales que parecían inamovibles. No obstante hay motivos para aplaudir y mirar al futuro por encima de trabas y obstáculos que siempre aparecen en el camino. Todo esto es una decantación de la dialéctica. Un ejemplo de virtud y perseverancia, en aras de integrarse y crear conciencia en la sociedad de que valorar a un ser humano por el color de su piel es una aberración demasiado onerosa para cualquier nación que se respete.

    No importa que Barack Obama no consiga ser el próximo presidente norteamericano. La historia lo recoge ya como el primer negro con posibilidades de llegar a la presidencia del país más poderoso del planeta. Lamentablemente en Cuba no se puede esperar algo parecido. No se acaban de desterrar patrones que lanzan al negro a lo último de la escala social, salvo raras excepciones.

    Lo más trágico del asunto es que continúan los aplazamientos de una discusión a fondo de tal problemática. Hay sólo algunos debates que en realidad no superan el formalismo. Hablar de los hechos sin emprender soluciones es como dibujar sobre el viento. Cuando se haga el inventario de los desaciertos del socialismo y el gobierno de partido único, el problema racial figurará entre los primeros.

    Quizás en democracia tengamos mejor suerte. Al menos se podrán ventilar las experiencias, dudas y proposiciones en público, sin temor a ir a la cárcel. Por ahora no hay garantías para polemizar sobre un tema tan espinoso sin una intervención de las autoridades por medio de su policía política.

    Esto que he escrito podría ser considerado una falta grave a la legalidad socialista. Señal de que muchos callan por miedo y no porque deseen esquivar un tópico con muchas aristas y consecuencias. Lo hago a riesgo y con plena conciencia de estar contribuyendo a poner en perspectiva algo que nos toca muy de cerca. Me convenzo una vez más que en Cuba el nivel de discriminación racial es mayor que en los Estados Unidos.


    Yero: La confusión cultural de Eliades Acosta

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    un artículo de Arnaldo Yero

    Según la ponencia del señor Eliades Acosta en el seminario 50 Aniversario de la Revolución Cubana, la mejor garantía para evitar la reversibilidad de la revolución es la profundización de una cultura revolucionaria integral en cada cubano.

    El ex director de la Biblioteca Nacional y uno de los principales ideólogos del régimen de La Habana asegura: “Hoy se sabe que la clave que hace que unas revoluciones humildes triunfen y otras en países con mayores recursos hayan desaparecido no estriba en producir más acero que Occidente, ni en tener más divisiones que la OTAN […] sino en la educación y la cultura de todo un pueblo en función de la propia práctica social revolucionaria, y viceversa”.

    Si tomamos una acepción descriptiva lo más general posible para definir el término, la cultura, según el Diccionario de la RAE, es el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época o grupo social”. Es decir, en su concepción más amplia, la cultura no se circunscribe a la ideología, sino que abarca todas las esferas de la actividad humana, es el resultado de la praxis y por ende está en constante evolución.

    De acuerdo con el señor Acosta, sin embargo, la cultura revolucionaria, “especialmente cuando los revolucionarios han tomado el poder […] es la vía consciente y organizada para fomentar y masificar esas ideas que transforman de raíz una sociedad, y que son, por fuerza, inicialmente confusas, intuitivas y aisladas, circunscritas a un estrecho círculo de cuasi iluminados (los intelectuales revolucionarios). La tarea de la cultura revolucionaria es, en consecuencia, la de explicar, exponer de manera racional, fomentar y propiciar, deliberadamente, la producción y reproducción de esas ideas nuevas hasta que pasen a formar parte indisoluble del pueblo, guiando su actuación desde la conciencia, los principios y los valores, y no desde la imposición, la coerción o la censura”.

    Evidentemente el señor Acosta, tal vez sin darse cuenta, describe en el párrafo anterior la imposición de una ideología política, producto de las ideas confusas de un grupo de “elegidos”, por medio del adoctrinamiento sistemático de las masas, independientemente de los resultados empíricos de dicha ideología.

    El problema con el cuadro anterior descrito por Acosta es que las ideas, los principios y los valores prevalecen no porque sean dogmas revelados, inculcados a la fuerza mediante una maquinaria de propaganda estatal, generación tras generación, sino cuando demuestran su validez mediante la práctica cotidiana.

    En ningún lugar de su ponencia al señor Acosta se le ocurre plantear que el problema más grave que tiene la llamada revolución tal vez no sea su reversibilidad por falta de una “cultura revolucionaria” adecuada, sino su obsolescencia a pesar del activismo ideológico del Estado. Que el problema no estriba en que alguien quiera darle marcha atrás a la historia y volver a la dictadura de Fulgencio Batista o a la de Gerardo Machado, sino en que la práctica de más setenta años en la antigua URSS y el bloque soviético, amén de los cincuenta años de socialismo en Cuba, han demostrado hasta la saciedad que el totalitarismo y la economía centralizada no satisfacen las necesidades materiales y espirituales del hombre, verdaderas causas por las que fracasó el socialismo real en Europa oriental, y por las que otras dos revoluciones devenidas sociedades totalitarias no mencionadas en su ponencia, la china y la vietnamita, optaron por las reformas de economía de mercado para avanzar en su desarrollo.

    Confucio decía que había que darle “los nombres justos” a las cosas, porque todo lo que se derivara de sus nombres falsos estaba condenado al error. Tal vez de ahí provenga la confusión del señor Acosta a la hora de diagnosticar los peligros y las posibles soluciones a los problemas del régimen cubano.

    Hoy en día, nadie que tenga dos dedos de frente en la oposición o que dentro del propio régimen aspire a cambios reales que saquen a Cuba del estancamiento actual, aspira a revertir una revolución que dejó de existir hace décadas, sino a superar una dictadura de cincuenta años que sigue atrincherada en la guerra fría de los años sesenta, defendiendo el dogma marxista-leninista de los años veinte y profesándose continuadora de un ethos revolucionario que ha lastrado al país desde el siglo XIX.

    La revolución de que el señor Acosta habla sencillamente no existe, terminó cuando el régimen de Fidel Castro acabó de desmantelar las instituciones de la república e institucionalizó el totalitarismo. De ahí en adelante lo que continuó funcionando en Cuba fue la dictadura militar de los hermanos Castro, que envuelta en su demagógica retórica revolucionaria, apropiada de todos los símbolos patrios y en poder de todos los medios de comunicación y propaganda, se dedicó a controlar minuciosamente todas las esferas de la vida de la nación para garantizar su perpetuación en el poder.

    En una atmósfera de represión tal, donde el individuo no puede pensar ni actuar libremente por temor a las repercusiones políticas, no puede existir una cultura genuinamente independiente y mucho menos una cultura revolucionaria en el sentido del libre juego y gestación de las ideas.

    El régimen militar cubano es una gerontocracia dogmática e ineficiente aferrada al poder, incapaz de resolver problemas tan elementales como acabar con el marabú que cubre los campos de Cuba o viabilizar la ayuda humanitaria que se le ofrece para mitigar el sufrimiento de los damnificados de un ciclón. Mientras el señor Acosta no se atreva a definir dicho régimen como lo que es, seguirá equivocándose en la búsqueda de su remedio.


    Obama-McCain: Sin duda es la economía

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    Tablas por repetición. Movidas que reflejan otra movidas que reflejan otras movidas, y así sucesivamente. Fue tal vez el resultado del debate que este martes enfrentó a John McCain y Barack Obama en Nashville, Tennessee.

    Por lo demás, el formato de foro abierto podría haber puesto en evidencia el nerviosismo del ticket republicano, reflejado en algún que otro súbito arranque, ligeramente estridente, del senador por Arizona. El estilo de Obama, más acompasado, revelaba un mayor dominio del escenario, no precisamente apropiado para un hombre con las limitaciones físicas de McCain.

    Aunque el moderador Tom Brokaw intentó salirse del tema económico en más de una ocasión, éste dominó el debate. Así, el aspirante republicano insistió en su teoría de que una administración Obama subiría los impuestos. Y ofreció dos vías concretas en dirección a la salida de la crisis: que el Estado asuma las hipotecas impagas y que el país se libere de la dependencia energética a través de la perforación y extracción de petróleo en territorio nacional.

    “Como presidente, le diría al secretario de Estado que comprara las malas hipotecas para que la gente se quede en sus casas", enfatizó McCain.

    Por su parte, el senador por Illinois volvió a culpar a los cabilderos y a la burocracia de Washington. Además, aseguró que no basta con apoyar a quienes están en las alturas: “Hay que ayudar a la clase media… yo ofrezco un recorte fiscal para la clase media, para el 95% de la clase trabajadora. Quienes ganan menos de 42,000 dólares anuales verán bajar sus impuestos, y no se los subiremos a quienes ganan menos de 250,000 dólares al año”, precisó.

    Según Obama, un país que consume el 25% de la energía mundial y sólo está en capacidad de producir el 3% no puede cifrar sus esperanzas de mejoría únicamente en la extracción de crudo. “Tenemos que modernizar el sistema regulatorio y cambiar la cultura asentada en Washington", puntualizó. “El gobierno debe enfrentar a las aseguradoras que estafan a sus clientes y no muestran la letra pequeña".

    "Hay que invertir, pero también hay que recortar el gasto público", dijo. Un punto en el que, más allá de los matices, coincidieron ambos candidatos, pues McCain propuso congelar el gasto público “excepto en programas sociales como el de los veteranos de guerra".

    Girando en círculos

    Según sondeos de CNN y CBS, inmediatamente posteriores al debate, Obama se habría impuesto. La encuesta de Opinion Research Corporation para CNN indica que el 44% de los consultados vio ganar al demócrata, contra un 30% que cree que McCain salió airoso. Por su parte, el sondeo encargado por CBS a Knowledge Networks, centrado en los votantes “no comprometidos”, halló que el 40% de los consultados se inclinó por el candidato afroamericano, mientras el 26% elegía como ganador al senador por Arizona. Un 34% consideró justo un empate.

    Así lo vio Roger Simon, columnista de Político:

    “Ver a John McCain y Barack Obama en su segundo debate presidencial fue como observar a dos pugilistas girando en círculos, intercambiando un jab aquí, un gancho allá, pero sin lanzarse a buscar el knockout.

    “El problema de John McCain, sin embargo, es que necesitaba propinar un knockout.

    “Por tanto, si hubiera que identificar a un perdedor el martes en la noche, ese fue McCain. Y es que tenía que ganar y no lo hizo. Es el candidato republicano quien debe alterar la trayectoria actual de la campaña, y no lo logró.

    “McCain está detrás en las encuestas nacionales y de los colegios electorales en proyección de voto. Su partido está perdiendo votantes registrados en estados claves, y en general cede terreno en el entusiasmo de los electores.

    “Claro que toda la culpa no es de McCain. Durante años, los republicanos han blandido el argumento de que son mejores administradores que los demócratas. Y ahora, con la economía entrando en caída libre, dicho argumento es difícil de sostener.

    “Cada vez que el índice Dow Jones se sumerge, la fortuna política de John McCain se hunde con él”.

    El último debate tendrá lugar el próximo miércoles 15 en la Universidad Hofstra, en Nueva York.

    Las encuestas

    A todas estas las encuestas en torno a la intención de voto siguen su curso, inclinándose cada vez más del lado demócrata. Los sondeos diarios de Gallup indican que Barack Obama aventaja en nueve puntos al candidato republicano, 51% contra 42. Y la última encuesta de CNN da también ganador al afroamericano, 53% frente a un 45.

    El sitio especializado RealClearPolitics, por su parte, indica que Obama sobrepasa a McCain 49,1 contra 44,4.

    En general, a nivel nacional, el margen de ventaja del candidato negro varía entre el 6 y el 8%. En estados considerados claves por los especialistas, como Florida y Ohio, los sondeos dan una ventaja a Obama de 3 y 4% respectivamente. Wisconsin y New Hampshire se inclinan también del lado demócrata, mientras que en Carolina del Norte, un estado de tendencia republicana, el senador por Illinois ha conseguido alcanzar a su contrincante.

    “La corriente de la opinión pública está favoreciendo cada vez más a Obama, particularmente en los estados “púrpuras” –los estados “veleta”–, que son los que determinarán el ganador de las próximas elecciones presidenciales”, estima el analista Pablo Kleinman, de Democracia en América. Y concluye:

    “A medida que el índice de la bolsa se fue desplomando, día tras día, McCain fue cayendo en las encuestas. En los estados en los que hace unos días Obama lideraba por poco margen como Pensilvania o Wisconsin, las nuevas encuestas le dan un margen cómodo. En los que lideraba McCain por poco, como Florida o Virginia, ahora las encuestas muestran a Obama a la delantera. McCain necesitaba un cambio de corriente en el debate de anoche, y no lo consiguió”.


    De Armas: Guevara, misionero de la violencia

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    un artículo de Armando de Armas

    Ernesto Guevara de la Cerna, alias el Che, es uno de los asesinos más feroces que jamás haya parido el Hemisferio Occidental. Pero un asesino de izquierdas, que murió joven y era bonito. Digamos que ni pintado para convertirlo en una especie de santo comunista. Los comunistas no tenían mucho donde escoger, la verdad, dado lo poco atractivos que suelen ser los personajes que han hecho historia bajo la bandería de los rojos. Ni el calvo Lenin, ni el bigotudo Stalin, ni el flácido y verborréico Fidel Castro, muchísimo menos ahora que es un vivo-muerto o un muerto-vivo herido, mortalmente eso sí, de una poco heroica obstrucción intestinal. Ninguno de ellos calificaba para mito.

    Pero el Che era otra cosa, al punto que sobrecumplió. Ya no es sólo una marca registrada del izquierdismo mundial, esa enfermedad que, como la tuberculosis en el romanticismo decimonónico, tiene un determinado encanto. Es también una marca registrada del capitalismo mundial, que sirve lo mismo para vender cervezas que camisetas, llaveros que preservativos.

    El éxito del Che Guevara ha sido tal que algunos religiosos lo comparan ya, en el colmo de lo herético, con nuestro Señor Jesús Cristo, en tanto espiritistas aseguran tenerlo obrando en sus bóvedas y paleros faenando en sus gangas.

    El Che era una nulidad total, y lo era inclusive en aquellos oficios por los cuales más se le conoce: médico, economista y guerrillero. Como médico, el fracaso es tal que algunos estudiosos aseguran que ni siquiera llegó a graduarse de esa carrera, que de estudiante no pasaría. Como economista su mérito, probablemente único en la historia, consiste en haber firmado, al frente del Banco Nacional de

    Cuba, los billetes emitidos con su insípido apodo del Che. Como guerrillero llevó a cabo, en la Isla, una invasión de oriente a occidente que en puridad no era una invasión, sino una huída, una incursión donde los combates no se ganaban, sino que se compraban a billetazo limpio a los corruptos oficiales del ejército. Fue derrotado en el Congo, de donde salió huyendo para terminar después, tras breve paso por una Habana en que ya no tendría cabida, en la inhóspita Bolivia. Allí fue capturado y luego muerto, resultado de una estrategia que, al decir del general boliviano Gay Prado, que dirigió las operaciones de su captura, no se le hubiera ocurrido ni a un pobre cabo jefe de escuadra.

    El libro Guevara: Misionero de la violencia, de los autores Pedro Corzo, Luis Guardia y Francisco Lorenzo, es un magnifico documento que, basado en el documental Guevara: Anatomía de un mito, acomete la agreste labor de desmitificar al personaje mítico por excelencia, uno configurado de irrealidades, fabulaciones y mentiras. Una, como decía anteriormente, nulidad total. El texto recoge una serie de entrevistas filmadas en el mencionado documental, algunas ampliadas más otras que nunca fueron incluidas en el mismo, de cuyo hilvanamiento va emergiendo la desalada personalidad del guerrillero más famoso del mundo, sobre todo su sello de identidad: la violencia.

    Una violencia que muchos han tratado de explicarse, justificar diría, apelando a sofismas que van de la visión consecuente de la necesidad de la lucha de clases asumida por el personaje, al asma padecida por el personaje. Pamplinas. De entre las entrevistas hechas en este libro a

    estudiosos y analistas del Che Guevara, víctimas de sus tropelías, o hijos de las víctimas, ex compañeros de armas de la guerrilla, hombres que le combatieron y otros que simplemente se cruzaron en su camino, por azar o destino, emerge la figura de un hombre violento y despiadado, sediento de sangre, como el mismo Guevara se describe en algún momento de su vida. Un hombre que recurre a la violencia no para servir con eficacia a una causa determinada, sino que recurre a una causa determinada para servir con eficacia a su violencia. En eso hay que reconocer que el hombre era perspicaz: se dio cuenta de que si usted quiere ser un asesino en serie y en serio, y por otra parte pasar a la historia como un defensor de los pobres, debe meterse a comunista. Claro, hay que insistir en que Guevara sobrepasó, sobrecumplió con creces, las expectativas.

    El Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo, que dirige Pedro Corzo, es la entidad que publica este libro y que, por otra parte, ha venido realizando a través del tiempo la meritoria labor de documentar y desmitificar el devenir cubano de los últimos cincuenta años. Labor que sin dudas servirá a los historiadores profesionales del futuro para armar el muñeco de la verdadera historia, o al menos el más cercano a la verdadera historia, de lo que ha sido este tiempo de dominio totalitario, y de lucha contra ese dominio, en la isla de Cuba.

    El libro que nos ocupa constituirá un aporte fundamental, dado su incuestionable valor testimonial, a la desmitificación del Che Guevara. A pesar de ello, es bueno advertir, no pequemos de optimismo, que ese mito prevalecerá aún por largo tiempo. Los mitos, ya sabemos, son muy difíciles de desmantelar. No hay ningún misterio en ello. El material de los mitos es inmune a las evidencias, reacio a las pruebas. Frente a ello se deben hacer al menos tres cosas: documentar, documentar y documentar, con la esperanza de que tanto vaya el documento a la fuente que un día, sin remedio, se rompa el mito. Un día quizá lejano en el tiempo aún. Para cuando ese día llegue, hay que decir que Pedro Corzo, Luis Guardia y Francisco Lorenzo hicieron justo lo que tenían que hacer.

    Guevara: Misionero de la violencia hace gala de un adecuado manejo de las citas y referencias, de manera que no encontrará el lector afirmaciones gratuitas. Por otro lado, este es un libro sosegado, nada estridente, sin adjetivaciones innecesarias. No obstante, debemos que decir que de este texto se sacan al menos dos conclusiones no precisamente sosegadas, y que pudieran parecer estridentes. O, seamos precisos, al menos yo saco dos conclusiones que no son precisamente sosegadas y que pudieran parecer estridentes: Una es que el gobierno de Bolivia hizo lo correcto al eliminar al Che Guevara: lo convirtió en un mito, pero los mitos no matan: entretienen y punto. La otra es que sentó un precedente, ofreció un método simple y seguro para proceder con estos asesinos en serie con ínfulas de ingenieros sociales, llámense Guevara, Bin Laden, Castro o Chávez: pasaporte al otro mundo para que éste sea un mundo mejor, o al menos más tranquilo.

    El libro Guevara: Misionero de la violencia se presentará este jueves 9 de octubre, a las siete de la noche, en el Instituto de Estudios Cubanos y Cubanoamericanos, en la Casa Bacardí de la Universidad de Miami (1531 Brescia Ave, Coral Gables, Florida).

    Las camisetas que ilustran este artículo pueden ser adquiridas llamando a los teléfonos (305) 606-9227 y (305) 490-5602, o escribiendo a tshirtalex@yahoo.com


    La revolución de la inmundicia

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    A partir de 1959, las transformaciones estructurales y formales que soportaron el Estado y la política en Cuba no puede decirse que hayan sido suficientemente novedosas. Se alfabetizó. Se expropió. Se discriminó por concepto de ideología o credo. Pero estas prácticas no pueden ser estimadas con propiedad revolucionarias si se rastrea el ángulo innovador, evolutivo de la palabra. No hubo nada nuevo bajo el sol. No se descubrió que la rueda rodaba. El breve período revolucionario -la primera década del régimen- no desmerita esta visión del asunto. No obstante, en lo social sí es posible hallar síntomas que redecoran el escenario de lo cubano, de lo popular en ejercicio.

    Si la cubana fue una revolución, lo ha sido escatológicamente hablando. En primera instancia, la imagen de "el más allá" como meta a alcanzar, como artilugio e instrumento del Poder, ha funcionado a todo trapo durante los últimos cincuenta años. La vieja consigna “Patria o Muerte” es quizá el ejemplo más a mano, pero referencias sobran. Por otro lado, que el castrismo intentara enraizar semejante percepción en la conciencia de la nación no significa que ésta se la haya tomado muy a pecho. Lo cubano es, por definición, vital, ajeno a una cultura de la muerte o el martirologio. Y ello a pesar de Martí, Chivás y demás puntualidades.

    Pero donde lo escatológico adquiere carácter masivo, donde gana la batalla a nivel social, es en su vertiente más soez u ordinaria. Lo escatológico revoluciona el lenguaje, los modos, las estratagemas. Cuba es hoy día un país donde lo grosero se ha adueñado de lo cultural y aun de lo político, sobre todo si se tiene en cuenta que esto último ha condicionado lo primero y lo ha hecho, conscientemente o no, desde la inmundicia.

    La podredumbre, lo escatológico como punto de referencia, es la seña de identidad de un proceso cuyos principales dirigentes -salvo excepciones muy puntuales- utilizan lo soez como arma o se han visto amalgamados y condicionados por ello. La imaginería popular, cimentada en datos muy concretos, dibuja a un Che Guevara maloliente, desaseado, o a un Fidel Castro que copula –brevemente- con las botas puestas. De los tantos apodos administrados a este último, convendría recordar uno de su época universitaria, cuando aún el líder no era el líder: Bola de Churre. Y Bola de Churre ha impulsado decisivamente, desde la imagen, el verbo y sus innumerables mandamientos, la revolución de la inmundicia en Cuba.

    Tampoco le fue demasiado difícil. La idiosincrasia del choteo, ya significada por Mañach, brindó soporte a los nuevos aires traídos por el castrismo, que comenzó a llamar las cosas por su nombre más rastrero. La revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes fue, en otra dimensión sociológica, la rebelión de lo escatológico contra lo diverso, la minuciosa y festiva cruzada de la chabacanería contra la mesura. Había una base, claro está, un caldo de cultivo que fue autorizado a extraer lo soez del baúl de los recuerdos de la inhibición pública. El cubano es extravertido, inmoderado, enfático: a cambio de no tocar ciertos temas, obtuvo la libertad de abordar otros muchos sin contención ni buen gusto. La vulgaridad no sólo prosperó a escala institucional, sino que en la calle el vocabulario se masificó, perdiendo individualidad y matices: mecanizándose. Del “nosotros” al “compañero”, de la “reunión del comité de base” al “municipio especial”, al “delegado especial”, al “período especial”, la palabra se hizo anónima, ganando impunidad y perdiendo distinción. Así, el sistema educacional totalitario ha contribuido especialmente a diseñar un modelo de nación en el que no tiene cabida la elegancia.

    La dictadura de lo escatológico en Cuba llega al final de un ciclo histórico con sus deberes cumplidos. Ciertamente, se hace cada vez más evidente que la diversidad aflora, con asustadiza cautela, allí donde lo oficial tenía hasta hace poco jurisdicción. Pero no hay que subestimar la labor de zapa que durante medio siglo dirigió el Estado y consolidó el sistema. Y no sólo en un sentido cultural o social. Ahora mismo la antigua Perla de las Antillas es un país arrasado, derruido, donde lo escatológico zigzaguea por las principales avenidas en forma de excremento canino. Y está La Habana, ese monumento erigido por el Poder en conmemoración del enésimo aniversario de la revolución de la inmundicia. No será fácil higienizar la ciudad. Ni siquiera recoger a los perros.