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Armandito tenía razón

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Cierta tarde de finales de los 80, apareció en mi casa el inefable Héctor Zumbado, inesperado (y bienvenido) como de costumbre. Aquel día estaba especialmente ocurrente y fue subiendo de tono a medida que trasegaba los rones de dudoso origen que compartíamos con un grupo de amigos. Entrada la noche, se levantó de repente y con la lengua tropezona nos anunció que se iba. Quédate un rato más, Zumbi. Es temprano. Pero dijo que no. Que se iba para el Salón Rosado (de infausta memoria por las batallas campales que solían convocar los bailadores, a pesar del fuerte dispositivo policial). Y nosotros que no, Zumbado, que te van a matar, ¿tú estás loco?, mírate, compadre, si te soplan, te caes.

Y él que no.

─Me voy al Salón Rosado a buscarme una mulata del África Occidental.

Y con la misma desapareció sin que pudiéramos detenerlo.

Más tarde nos enteramos de que dos policías lo rescataron cuando estaba a punto de contar su último chiste. Una mirada o un roce de más, quién sabe.

Héctor Zumbado. Inconstante, informal, entrañable, cercano, era tan difícil trabajar con él como prescindir de su amistad.

Ya por entonces había publicado sus secciones “Limonada” y Riflexiones”, en el periódico Juventud Rebelde, y sus libros Limonada (1979), Amor a primer añejo (1980), Riflexiones (1980), ¡Esto le zumba! (1981), Prosas en ajiaco (1984), Nuevas riflexiones (1985) y Kitsch, kitsch, bang, bang! (1988). Aunque eso no le había servido para ingresar al Diccionario de la Literatura Cubana, publicado en 1984 por el Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba, un lugar que habría merecido ya desde el “Prílogo” de Limonada. También es cierto que en esos dos tomos lo más relevante son sus ausencias. No sé por qué a nadie en el exilio se le ocurrió escribir un Diccionario de Ausentes de la Literatura Cubana.

En el año 2000, como tardía reparación quizás, se concedió a Zumbado el Premio Nacional de Humorismo.

En el “Prílogo” de Limonada, Zumbado afirmaba que su objetivo era “hacer crítica de costumbres”, y que “el énfasis está en la crítica ─sustantivo─, no en las costumbres ─parte de una frase adverbial─”. No obstante, por entonces (como ahora, como siempre desde hace medio siglo), la frontera de la crítica admisible siempre quedaba angustiosamente cerca. Más allá se extendía el océano de la crítica posible. Si a eso se añade que ninguna dictadura tiene sentido del humor, es admirable lo que Zumbado pudo hacer con tan escaso margen de maniobra y sin despeñarse (del todo) en los cercanos acantilados de la censura.

Su corrosivo humor de lo permitido siempre dejaba entrever el humor impermisible que él dejaba vagar en alguna mesa del Hurón Azul de la UNEAC, o en las conversaciones del té con chácata de la UPEC, donde se reunía una variada fauna de periodistas y otras especies colaterales. No pocas veces tuvo que ser salvado el Zumbi de las iras que suscitó su vitriolo macerado en alcohol cuando algunos personajes que se tomaban a sí mismos en serio, se tomaron a Zumbado demasiado en serio.

Mario Vizcaíno Serrat, en el texto “Un pez fuera del agua”, publicado por La Jiribilla, recupera la figura de Zumbado que, como un no-muerto, vaga por la cultura cubana desde aquel día en que el mal golpe de un atracador lo ingresó en el limbo del idioma. Según Vizcaíno, “Alguna prensa ha decidido rescatar parte de su obra y publicarla, por dos razones: dar a conocerlo a la generación más joven, y armar una suerte de tributo al cultivador más auténtico de la sátira social cubana después de 1959”. Y me alegra que así sea. Zumbado lo merece.

Claro que, en mi opinión, hay dos Zumbados que esa definición no recoge: El escritor que nos legó algunos cuentos breves extraordinarios, como el de la vieja que plantó una ceiba en una maceta del balcón, y el del hombre que quería enlatar el sol. Cuentos que podrían figurar sin sonrojarse en cualquier antología.

Y el Zumbado espontáneo, directo, personal, inédito, que en cualquier momento de la conversación dejaba caer un chiste que no sólo doblaba a carcajadas a la concurrencia, sino que te quedaba rondando la memoria durante el resto de la tarde.

Se cuenta que cierta noche de carnavales se encontraban conversando en el muro del Malecón Zumbado y el fotógrafo Grandal. (Corrígeme, Grandal, si la historia es inexacta). En ese momento aparecen dos jóvenes negros y uno de ellos pregunta a Grandal:

─Oye, asere, ¿tú eres yuma?

─¿Yo? No, qué va. Yo soy fotógrafo. Cubano.

─No me engañes, asere. Con esa cámara y esa pinta tú tienes que ser yuma.

─Te digo que no. Yo soy cubano.

─El asunto es, asere, que aquí mi amigo y yo andamos buscando un yuma para que nos saque de este país, porque esto es una mierda, esto no…

En ese momento, Zumbado sufrió una especie de “coma revolucionario”:

─Negro de mierda, la Revolución te ha hecho persona y tú te quieres ir para la Yuma…

El negro intentó abalanzarse sobre Zumbado, pero su amigo lo aguantó al tiempo que intentaba arrastrarlo lejos del conflicto:

─No te desgracies, Armandito, deja al comemierda ese. No te desgracies.

Y Zumbado continuaba:

─Malagradecido, que la Revolución te hizo persona.

Mientras el otro se llevaba a Armandito, éste seguía gritando: “Esto es una mierda bien, chico. Una mierda”.

Al fin se perdieron de vista y Zumbado propuso a Grandal beberse unas cervezas en algún kiosko. Cuando llegaron al más cercano, ya estaban cerrando y a pesar de su insistencia (una cervecita nada más, compañero, una sola), el dependiente se negó en redondo a despacharles. Entonces Grandal le propuso:

─Mira, Zumbado, ahora tú te vas por ahí para tu casa y yo me voy por acá. Mañana nos vemos y nos tomamos mil cervezas. ¿Está bien?

─Está bien.

Y se alejaron en direcciones opuestas rumbo a sus casas. Pero cuando se encontraban a media cuadra de distancia, de pronto Grandal escuchó un grito:

─Grandaaaaal.

─Dime, Zumbado.

─Grandal, Armandito tenía razón.

Desde entonces, cada vez que había un problema que así lo ameritara (y no era infrecuente), en la redacción de Somos Jóvenes sentenciábamos que “Armandito tenía razón”.

El florentino San Felipe Neri (1515-1595), patrón de educadores y humoristas, tenía un gran sentido del humor y saludaba a sus amigos diciendo: "Y bien, hermanos, ¿cuándo vamos a empezar a ser mejores?". A continuación los llevaba a cuidar a los enfermos y a otras obras de caridad. Su corazón era tan grande que se oían sus latidos a un metro de distancia, y la autopsia reveló que le había roto dos costillas y arqueado otras en su afán expansionista. Dudo que en el tórax más bien discreto de Zumbado cupiera un corazón de ese tamaño, pero no tengo dudas de que su obra no era la de un cínico, sino la de un moralista. Toda ella se podría resumir en esa pregunta, pero modificando ligeramente la redacción: ¿cuándo coño vamos a empezar a ser mejores?



El Caballero de siempre

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El escultor José Villa Soberón parece empeñado en repoblar La Habana con personajes célebres del más allá y del más atrás. Respondiendo al encargo de las autoridades, fue primero la estatua de John Lennon, que desde entonces ocupa su banco en el parque de 17 y 8, en el Vedado. Y aunque resulta difícil validar su relación ideológica con el discurso oficial, no ocurre lo mismo con los sueños y las esperanzas del cubano de a pie, quien imagine desde siempre un mundo mejor. Restauradas las gafas que alguien le robó a los pocos días de sentarse en el parque, la costumbre le ha incorporado ya al mobiliario urbano.

Julio Antonio Mella baja las escaleras en la Universidad de las Ciencias Informáticas. Hemingway frente a su daiquirí en El Floridita. Teresa de Calcuta lee en su patio del Convento de San Francisco de Asís. Martí arrastra su cadena en la antigua Cantera de San lázaro. Y más allá de la capital, Benny Moré pasea por el Prado de Cienfuegos, la ciudad que más le gustaba. Tin Tan se sienta al borde de una fuente en Ciudad Juárez y otro Lennon ya camina por Denver.

Las autoridades aprecian las ventajas de estos ciudadanos de bronce: no exigen su cuota, no atestan el transporte urbano, no integrarán la disidencia y se presupone que, por razones de peso, no enfilarán jamás hacia el Norte a lomos de una balsa.

También el Caballero de París camina de nuevo por la ciudad, frente al Convento de San Francisco de Asís, en una versión menos vulnerable que el original. El encargo fue en este caso de Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad, quien ya había exhumado los restos del Caballero para enterrarlos con honores en el mismo Convento, devenido hoy museo y sala de conciertos.

Juan Manuel López Lledín, más conocido como El Caballero de París, integra desde hace más de medio siglo la mitología habanera. Nacido en Fonsagrada, aldea gallega de Lugo, en 1890, emigró como cientos de miles de sus compatriotas a la promisoria Habana de la época. Después de trabajar como dependiente en los hoteles Telégrafo, Sevilla y Manhattan, cumplió prisión tras ser acusado por el robo de unas joyas en la casa donde se empleaba, aunque más tarde fue demostrada su inocencia. En la cárcel se quebró el hilo que lo conectaba a eso que las convenciones han acordado llamar “realidad”. Desde entonces se le vio zapateando las calles con su hirsuta melena y su barba, que encanecieron al paso de los años, su capa negra llena de misteriosos bolsillos interiores, de donde extraía estampitas, recortes de periódicos y hasta caramelos para obsequiar a los niños.

En un país obsesionado por los olores corporales, su acre aroma a sudores, soles y serenos acumulados en la piel, fue incapaz de ahuyentar a los caminantes, y en especial a los niños, que se acercaban a él con un mohín de burla que la mirada del Caballero transformaba en curiosidad y simpatía. Su altivez menesterosa, su caballerosidad, el tono siempre señorial de su discurso inconexo, lejos de espantar, atraía. No era raro ver a su alrededor un coro de todas las edades que escuchaba perorar al Caballero con una atención que raras veces se ha tributado a los políticos. No se sacaba mucho en claro de sus lecciones magistrales de poesía automática. Es cierto. Pero la gente intuía que aceptando mendrugos y limosnas sin rebajarse a pedir, mezclando en la lengua, sin filtrar, cuanto pasara por su imaginación, aquel hombre había alcanzado una redención que para la mayoría era un sueño imposible. Obligado a bajar la cerviz ante el patrón, y a domesticar su lengua más tarde ante los caciques de la política, el cubano descubría en el Caballero la libertad en estado puro.

Si otros mendigos de la ciudad estaban obligados a exponer sin pudor sus desastres corporales o conmover con la crónica de sus desgracias, al Caballero de París le bastaba estar. Su modo de irradiar al mismo tiempo altivez y lástima, simpatía y ternura, conseguía que el caminante se sintiera más cuerdo, y presuntamente superior, pero a su vez compulsado a ser ”bueno”, en un mundo donde la bondad no es muy rentable. Cada persona que se acercaba al Caballero contraía la perturbadora noción de que aquel hombre era una variante extrema de sí mismo.

El Caballero fue, posiblemente, el único peludo de La Habana que en los años 60 y 70 no fue arreado a insultos ni rapado en una estación de policía. Atento a su historia interior y no a los devaneos de la política, ni cantó la chambelona al político de turno, ni coreó las consignas que iban tatuando el rostro de su ciudad. No obstante, nadie lo acusó de falta de entusiasmo revolucionario o connivencia con el enemigo, aunque fuera de París y Caballero. No Proletario ni de Coco Solo. Las locuras temporales de la política respetaron su locura atemporal y eterna.

Ante el deterioro de su salud física, fue ingresado en 1977 en el Hospital Psiquiátrico de La Habana, donde permaneció hasta su muerte el 12 de julio de 1985. Desde entonces abandonó la notoriedad e ingresó en la mitología. Hoy que el marketing y la prensa rosa facturan decenas de famosos por semana para alimentar las insulsas vidas de sus lectores, cabría subrayar que El Caballero de París fue y es famoso por méritos propios.

Su imagen y su recuerdo han quedado en las artes cubanas. Su recatada ternura, en la memoria de quienes lo conocimos. Ahora que, sin perder su altivez, la ciudad se ha vuelto tan menesterosa como él, vuelve a caminar, esta vez en silencio, dispuesto a subir por la Avenida del Puerto y Malecón hasta 23 y desde ahí escalar la Rampa para acomodarse en 23 y 12, su último refugio antes de ser internado. Sea bienvenido.



De Trotski y el desencanto

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Cuando supe que Leonardo Padura se embarcaba en una novela sobre el asesinato de León Trotski por Ramón Mercader, pensé que se estaba metiendo en camisa de once varas por varias razones. Se trata de una historia harto conocida. La vida de Trotski (física e ideológica) puede recorrerse al detalle tanto en su autobiografía Mi vida (1930) como en La revolución permanente (1930) y La revolución traicionada (1936). Por si fuera poco, existe una copiosa bibliografía al respecto, comenzando por tres libros excelentes de Isaac Deutscher: Trotski, el profeta armado; Trotski, el profeta desarmado, y Trotski, el profeta desterrado, así como el Trotski en el exilio, de Peter Weiss. Sobre el asesinato hay libros, obras de teatro y películas. Entre otras, la pieza teatral Trotsky debe morir, del peruano José B. Adoph, la tendenciosa biografía novelada El grito de Trotsky. Ramón Mercader, el asesino de un mito, del periodista mexicano José Ramón Garmabella, o Cómo asesinó Stalin a Trotsky, de Julián Gorkin. Salvo sus diez minutos finales, es prescindible la película El asesinato de Trotsky (1972), de Joseph Losey.

Trabajar sobre materia prima tan manoseada exigiría del autor no sólo pericia y sagacidad narrativa, sino un enfoque verdaderamente novedoso y una inmersión a fondo en los pasadizos de la naturaleza humana si quería salir airoso. Más una dificultad extraliteraria. La figura de Trotski ha sido y es en Cuba tabú. Si los viejos comunistas del Partido Socialista Popular (PSP) fueron estalinistas ortodoxos, los nuevos comunistas del PCC se alinearon con el posestalinismo brezhnieviano y acataron la línea de ocultación de la vida, la obra y, especialmente, del asesinato del fundador del Ejército Rojo. Del mismo modo, en la Isla se ha escamoteado la colaboración de Stalin con Hitler, su diktat a los comunistas alemanes que permitió el ascenso del Führer, las invasiones de la URSS a Polonia, Finlandia y los países bálticos, así como su actuación en la Guerra Civil Española. Asuntos que Padura ventila con acierto en este libro.

El resultado es una novela extensa (573 páginas) y, en buena medida, intensa. A pesar de ser la historia de una muerte anunciada, Padura arrastra al lector página tras página con un nervio y una garra narrativa admirables, aunque desigual entre los diferentes hilos argumentales. Coincido con Javier Fernández de Castro (http://www.elboomeran.com/blog-post/189/7819/javier-fernandez-de-castro/el-hombre-que-amaba-a-los-perros) en que “Padura es un narrador de largo aliento y sabe situar al lector en el tiempo, el espacio y la perspectiva de quien habla en cada momento, y (…) que no decaiga el interés”.

A propósito de la estructura de El hombre que amaba a los perros, el autor afirmó que se trata de tres novelas en una, “el gran desafío es que consigan una armonía” y que se integren (http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=5061). Yo prefiero hablar de dos líneas argumentales concurrentes y una prescindible. La primera línea narra la vida de Liev Davídovich Bronstein, más conocido como León Trotski, desde su confinamiento en Alma Atá y su exilio en Turquía, Francia y Noruega, hasta su muerte en Coyoacán. La segunda, cuenta la conversión del combatiente republicano Ramón Mercader, alias Jacques Morand, en sicario al servicio de Stalin y su consumación. Y la tercera, que se desarrolla en La Habana desde 1976 hasta 2004 o 2005, tiene como protagonista a Iván, y su desmoronamiento desde sus inicios como escritor promisorio hasta su ruina final, siendo Daniel Fonseca Ledesma, otro escritor devenido taxista, quien funge como narrador de la historia cumpliendo el mandato de su amigo.

Tres tonos e intensidades bien diferentes marcan las tres líneas argumentales. Y ello también se refleja en su peso dentro de la obra. Hay una proporción casi geométrica entre las tres historias: la línea argumental de Iván, que ocupa 109 páginas de la novela, es casi duplicada por la línea de Trotski, con 176 páginas, y ésta, a su vez, es casi duplicada por la línea de Mercader, que ocupa 269 páginas. Y no es casual que eso ocurra y que la preeminencia de una sobre otras se acentúe a medida que avanza la obra. Si en la primera parte, Trotski y Mercader tienen el mismo peso seguidos a distancia por la vida de Iván; en la segunda parte la historia de Trotski duplica las páginas que el autor le dedica a Iván, y la de Mercader las triplica. En la tercera parte, Trotski ya ha desaparecido y Mercader acapara las cuatro quintas partes, para concluir con una coda en la vida de Iván que enlaza con el capítulo 1.

La historia de Trotski está narrada en una prosa exacta, concisa, casi exenta de diálogos y florituras. Como un buen libro de historia plagado de datos que, no obstante, lejos de entorpecer la lectura, sitúan al lector (particularmente al lector cubano, adoctrinado a silencios) en los contextos de una historia que, de otro modo, sería ininteligible. Aunque la visión que se ofrece de Trotski es bastante amable, no se excluyen su protagonismo en la represión ni sus juicios más descarnados sobre la revolución traicionada, e incluso sobre su propia praxis revolucionaria como el germen del estalinismo. Es precisamente en esta zona donde el lector cubano encontrará más guiños hacia su realidad inmediata, un estalinismo de baja intensidad.

La vida de Ramón Mercader es el más “novelesco” de los hilos narrativos. Contada con una intensidad dramática que recuerda los mejores momentos de La novela de mi vida, es la zona mejor resuelta de la novela. Al estilo del Víctor Hughes de Alejo Carpentier en El siglo de las Luces, un personaje histórico pero epigonal, con todas sus áreas de silencio, permite a Padura novelar, construir al personaje literario con todas sus aristas, rellenando los huecos de verdad histórica y comprobable con una configuración verosímil. La información se engarza adecuadamente con la dramaturgia y el lector entra con asiduidad en la piel de Mercader, un efecto que no abunda en la narrativa cubana. Incluso algunos de los secundarios seducen en esta zona por su veracidad: el cínico Kotov y todos sus alias, y, sobre todo, esa Caridad que opera en el texto como una Mariana Grajales perversa con toques incestuosos y una soledad más devastadora que la del propio protagonista.

La tercera línea argumental, la del joven Iván que conoce accidentalmente a Ramón Mercader mientras éste pasea a sus perros por la playa de Santa María del Mar, es la más endeble. Si los primeros dos hilos narrativos son imprescindibles para la consumación de la historia, éste es perfectamente prescindible. Siguiendo la estela de La novela de mi vida, Padura ha necesitado anclar explícitamente el pasado en el presente, el outside con el inside. Pero, a diferencia de la novela de Heredia, donde la búsqueda de los documentos le concede a la historia en presente (a mi juicio, también prescindible) una mayor solidez argumental, en este caso la conexión entre Iván y Mercader resulta, cuando menos, poco verosímil. Un sicario entrenado para el silencio, que durante veinte años de prisión no reveló ni siquiera su verdadero nombre, de pronto decide contar a un joven (pichón de escritor, para colmo) una historia tremebunda que, aun hoy, no ha sido totalmente desclasificada. Y eso, acompañado por un agente de la Seguridad y en un país totalitario donde operan idénticos mecanismos a aquellos que lo condenaron al silencio. No le basta y, agonizante, lega al joven el manuscrito inconcluso de esa historia. Ni siquiera la sorpresa justifica esta línea argumental, porque, como bien señala Javier Goñi en “El grito de Trotski” (http://www.elpais.com/articulo/semana/grito/Trotski/elpepuculbab/20090905elpbabese_7/Tes), el lector adivina enseguida, antes que Iván, que “el hombre que amaba a los perros” es el propio Ramón Mercader. La única explicación de este tour de force del autor es su necesidad de establecer un paralelo explícito entre el estalinismo y el castrismo, entre dos “revoluciones traicionadas”, para decirlo en palabras de Trotski, entre dos utopías estranguladas por la ambición y el miedo. Ciertamente, esto continúa la saga de sus anteriores novelas, pero más acusada. Ya no se trata del Mario Conde desencantado que abandona la policía, ni del policía de La novela de mi vida que, al final, resulta un bandolero y es excretado por el sistema. Aquí no se trata de una “papa podrida” cuya expulsión preserva la bondad del sistema. Ahora es el saco entero, todo el sistema, toda la utopía la que se ha podrido irremisiblemente. En ese sentido, es el drástico final de una lenta e implacable decepción. Pero lo que puede ser eficaz en términos políticos, no lo es en términos literarios. Ya la literatura (el periodismo, el cine, la música) del Período Especial constituye un verdadero subgénero en el arte cubano. Y la descomposición social que nos pinta el autor no añade nada nuevo a ese catálogo de desgracias. Incluso la muerte de Iván, que Padura nos ofrece como una alegoría, peca de obvia. Por el contrario, sospecho que el buen lector habría agradecido una visión más elíptica y tangencial de la realidad cubana a través de las historias cruzadas de Trotski y Mercader.

Según el autor, el hecho de que Mercader viviera en Cuba desde 1974 y muriera allí en 1978, fue algo que lo atrajo desde el primer momento.Pedro Campos, en “El Hombre que amaba los perros, última novela de Padura” (http://www.kaosenlared.net/noticia/hombre-amaba-perros-ultima-novela-padura), cuenta que en la Casa de las Américas, durante el encuentro de Padura con sus lectores, la pregunta imprecisa de uno de los asistentes quedó pendiente en el aire: “¿Tenía Mercader vínculos y la eventual protección del Estado cubano durante su permanencia en nuestro país?”. Padura respondió que Caridad, la madre de Mercader, trabajó como secretaria en la embajada de Cuba en París en los primeros 60 (uno no se la imagina como taquimeca A) y que sí había identificado vínculos de Mercader con figuras importantes del PSP, que lo auxiliarían en Cuba tras asesinar a Trotski. Claro que la presencia de Mercader en la Isla durante la segunda mitad de los 70 no puede ser atribuida a esas “figuras importantes”, sino a las nuevas “figuras importantes”. Comprendo que ese es terreno minado y esconde muchas trampas, algunas mortales. Quizás aquellas “figuras importantes” del PSP ya hayan muerto, pero las otras están vivitas y coleando en el poder. Por otra parte, acceder a una información veraz sobre estos hechos en un gobierno edificado con demasiados ladrillos de silencio, habría sido tarea imposible para un autor que pretendía construir con la materia prima de la historia o, en su defecto, de la verosimilitud histórica. Aun así, cualquier lector saldrá de estas páginas con varias preguntas: ¿Quiénes en el antiguo PSP estaban dispuestos a acoger al asesino de Trotski en 1940? ¿Quiénes y por qué le otorgaron visa de tránsito a su salida de la cárcel, cuando ningún país se la concedió? ¿Fueron los mismos “quiénes” los que lo premiaron con una amable jubilación caribeña? ¿Por qué o a cambio de qué? Si me he arriesgado a juzgar lo escrito asumiendo cualquier margen de error, no voy a juzgar lo no escrito. En el mismo artículo, Pedro Campos concluye que “para los cubanos, en particular, será también un gran descubrimiento identificar cómo 25 años después de la muerte de Stalin en 1953, el estalinismo tenía profundas raíces echadas en nuestra sociedad, al punto de servir de resguardo y guarida final al asesino del iniciador, junto a Lenin, de la Revolución de Octubre. (…) Quizás, se tratara de una señal premonitoria del destino, anunciando que los “últimos años” del estalinismo serían en tierras caribeñas”.

No creo que esta novela, ni ninguna otra, marque el fin de las utopías, que son consustanciales a la naturaleza humana. Utopías sociales, políticas, religiosas, científicas vienen signando los pasos del hombre desde que las civilizaciones empezaron a dar noticias de su existencia (y quizás antes, utopías ágrafas). Y tampoco coincido con Padura en que esta “novela podría ser un aporte en la búsqueda de una nueva utopía”, tras el fracaso de la Revolución Rusa (Carmen Oria en http://www.cubaliteraria.cu/delacuba/ficha.php?Id=4389). Aunque busqué con ahínco esa invocación, atisbo, premonición de una nueva utopía, sólo encontré el réquiem de la anterior, su certificado de defunción extendible al presente.

En un encuentro con sus lectores en la Casa de las Américas de La Habana, Padura aseguró que este libro es “el más difícil de concebir, el más ambicioso, el más complejo, el más profundo que he escrito hasta hoy” (http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=5061). Cualquier lector podrá comprobar que, dada la selva donde se ha adentrado Leonardo Padura en El hombre que amaba a los perros (por cierto, en esta novela todos, incluso el autor, aman a los perros) ha salido casi indemne y nos ha regalado una novela desolada, intensa y muy recomendable.



Grados de Libertad

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El espín electrónico, postulado en 1925 por Gouldsmit y Uhlenbeck como único modo de explicar el efecto Zeeman, es un grado de libertad interno de las partículas. Y a su vez, existe conexión entre las variables espacio-temporales y los grados de libertad internos, o espín. Esto provoca la llamada helicidad, cuya manifestación macroscópica, en el caso de los fotones, es la polarización de la luz.

Lo asombroso es que estas leyes de la física se cumplan en la vida social. A pesar de la compleja organización que supone esa porción de materia llamada ser humano, con harta frecuencia se comporta del mismo modo que una partícula elemental, sometida a un campo magnético, a un campo político, y a fuerzas de toda índole ejercidas por el medio.

Si asistimos a la conferencia ofrecida por un intelectual cubano residente en la Isla, por ejemplo, solemos apreciar un manejo exquisito del lenguaje. Puede que la charla versara sobre al art noveau en Güira de Melena, o la presencia de zurdos en la narrativa de los 90. En cualquier caso, indefectiblemente, aparecerán al final, entre las preguntas del público, temas comprometedores que el conferenciante se verá obligado a sortear apelando a alguno de los siguientes estilos:

1-El estilo directo: En el caso de que el interpelado opte por repetir, textualmente, las recetas que ha contraído tras la lectura asidua del diario Granma, y una intoxicación masiva de discursos. Cabe diferenciar que ello puede ser auténtico (existen casos) o una puesta en escena no siempre convincente. Las artes histriónicas requieren aptitudes y mucho ensayo. Las artes históricas, también. Las artes histéricas, menos.

2-El estilo indirecto libre: Muy conocido desde Proust, este estilo permite llevar la ambigüedad del idioma hasta límites que harían palidecer de envidia a muchos académicos. Se trata de ofrecer una explicación posmoderna y deconstructiva sobre la ausencia de malanga en los mercados de Cacocún; demostrar que la “democracia participativa” made in Cuba hunde sus raíces en la polis griega; o que en la Isla existe una “dirección colegiada” y no una dictadura unipersonal, sin aclarar que en todo colegio hay un director y muchos alumnos. O, en su segunda variante, denunciar la falta de democracia, libertades y malanga; pero de tal modo que sea muy difícil aislar las palabras comprometedoras, encajadas como gravilla en su discurso de hormigón armado, donde a simple vista es posible descubrir, casi exclusivamente, palabras que sirven de mera guarnición. Esto tiene una doble ventaja: Los presuntos censores son incapaces de detectar las huellas del delito ideológico. Y el público no entiende nada, pero lo atribuye a su propia incapacidad intelectiva, sin repetir la pregunta.

3- El estilo elusivo. Más peligroso que el anterior, es ejercido por intelectuales cuyos criterios sobre la situación cubana son alternativos, cuando no francamente disidentes. Se trata entonces de perseguir el rastro de la verdad, borrando más tarde las huellas, para que los rastreadores del sistema sean incapaces de darles caza.

Y no digo que lo anterior sea censurable. Los humanos por lo general no vivimos como queremos, sino como podemos, lo cual en este caso puede incluso ser beneficioso para la literatura, dado el entrenamiento que supone en el arte de la ambigüedad, el escamoteo de obviedades y la plurisemántica.

Algo similar, aunque lingüísticamente menos sofisticado, ocurre cuando en un círculo más o menos público, conversamos sobre la circunstancia cubana con residentes en la Isla de los oficios más diversos, ajenos a los subterfugios de la palabra. Tanto en ellos como en los anteriores, las variables espacio-temporales han condicionado el espín, los grados de libertad internos. Aún cuando se encuentre en un espacio donde expresar sin ambages sus opiniones no está penado, el cubano de la Isla sufre una especie de retraso inercial. Tras cincuenta años pensando lo que no dice para más tarde decir lo que no piensa, la cautela expresiva forma ya parte de sus reflejos incondicionados, e incluso de un sistema inmunológico que le ha permitido sobrevivir a las peores epidemias ideológicas hasta la fecha. Vale recordar que el cubano carece de esa libertad que Harry Truman definía como “el derecho de escoger a las personas que tendrán la obligación de limitárnosla”. Por el contrario, las autoridades cubanas parecen haber leído a Don Karl Marx cuando aseguraba que “nadie combate la libertad; a lo sumo combate la libertad de los demás”. Once millones de demás lo corroboran.

Si ese cubano opta por el exilio, transcurrirán meses durante los cuales escuchará en silencio conversaciones “subversivas”, mirando de vez en cuando hacia atrás; porque aún no ha logrado despojarse del síndrome Van Van: “siempre hay un ojo que te ve” y “nadie quiere a nadie, se acabó el querer”. “Cree el aldeano que su aldea es el mundo”, dijo Martí, y cree el cubano que “en cada cuadra un comité” es axioma universal, cuando hoy no pasa de ser el boceto de slogan para un parque temático de la Guerra Fría.

Poco a poco el cubano transterrado irá rotando su discurso, dando salida a palabras “inconvenientes” reprimidas durante muchos años. En la misma medida que se vaya despojando, no de la represión externa que ya eludió, sino de la autorrepresión instalada que, por obra del instinto de conservación, ha adquirido la categoría de “normal”; su formulación de la realidad se irá acercando cada vez más a su, hasta entonces, concepción íntima e impronunciable. El cerebro y la lengua harán las paces.

Recuerdo a aquel perro que se jugó el pellejo saltando el muro de Berlín bajo una lluvia de balas en dirección oeste –el tráfico en sentido contrario era muy despejado–, y una vez a salvo, se desquitó ladrando a toda hora, hasta que los vecinos lo echaron a patadas. Así mismo, puede que el cubano recién desinsularizado se arranque de un tirón la mordaza y comience a librarse por exceso de varios decenios por defecto. Pero no se trata de un acto de libertad, sino de un acto de desesperación lingüística, la consumación de su éxodo. El beduino lanzándose de cabeza a la charca tras cruzar el desierto con la cantimplora vacía.

Por el contrario que en la física cuántica, donde la helicidad causada por la modificación de los grados de libertad provoca en los fotones una inmediata polarización de su luz; los humanos tenemos que aprender el ejercicio de la libertad. La dictadura, impuesta desde una entidad superior e inapelable, sólo exige al ciudadano mutilar su albedrío para acomodarlo al lecho de Procusto (¿Procastro?). La libertad, en cambio, te ofrece sus múltiples esclusas entre las que deberás elegir; tarea a la que tendrá que habituarse el sujeto (des)entrenado desde el parvulario para escoger entre rizado de fresa y rizado de fresa. Elegir es el más arduo aprendizaje que te exige una sociedad donde, de contra, deberás habituarte a la idea de que eres dueño de tu propio destino, es decir, donde nada “te toca” salvo que te lo ganes.

De modo que alcanzar una confortable y bien pensada compatibilidad entre la libertad de pensamiento –que el cubano disfruta también en la Isla siempre que no se le ocurra pronunciarla, quizás porque el máximo líder se tomó en serio la exclamación de Voltaire: “Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento y muera el que no piense como yo”-- y su traducción a las palabras, es tarea que llevará su tiempo, sus progresos y retrocesos. Desmantelar los mecanismos de supervivencia. Despojarse de la censura instalada por defecto en el RAM de la máquina. E incluso de cierto pavor a irse de rosca hacia los excesos que una educación monoteísta ha satanizado tantas veces. La palabra “gusano” es como una guasasa molesta que revolotea a su alrededor, y 50 años de propaganda goebeliana le han amaestrado para espantarla. Aunque el gusano sea bicho más laborioso y útil que la mariposa. Al cabo, con suerte y un poco de entrenamiento, alcanzará su justo espín y polarizará su luz a la medida de sí mismo. Comprenderá que “la libertad significa responsabilidad; por eso la mayoría de los hombres le tiene tanto miedo”, como decía George Bernard Shaw. Comprenderá una verdad que Don Manuel Azaña postuló en días difíciles para la libertad, esa que, según él, “no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres”. Si no lo hace, es suya también la libertad del subterfugio, del silencio o de la verdad mutilada.



Manual de vuelo

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Una práctica reciente en la República de Cuba es adjuntar al permiso de salida de quienes viajen con pasaporte oficial el siguiente documento:

Hace muchos años, cuando los únicos viajes posibles eran en misión oficial o por salida definitiva, los “compañeros que nos atienden” solían reunir a las delegaciones y advertirles de los peligros que los acechaban en la selva capitalista. Por dónde debían moverse (preferiblemente en manada) y por dónde no. Con quiénes y de qué podrían conversar. Así como un manual de tentaciones que iba desde los puticlubs hasta la quincallería. La amenaza explícita no era necesaria. Vivir en la Isla era suficientemente amenazante. Se daba por sentado que todos los compañeros se portarían bien.

Ahora, al parecer, ya no hay tanta confianza en la buena conducta de los cubanos, aunque sean portadores de un pasaporte oficial. El nivel de desilusión, la falta de expectativas y el descrédito generalizado hacia eso que insisten en llamar Revolución, hace aconsejable puntualizar cuáles son los mensajes que deben difundir en el ancho mundo. Se les insta a llevar “el mensaje de tu pueblo revolucionario y solidario, que resiste el bloqueo del imperio” “en el escenario y forma adecuada” (se excluyen los mítines en sex shops, bares de alterne, asociaciones de gays y lesbianas y en las sedes de Reporteros sin Fronteras o Human Rights Watch). Deberán ser portadores de las “conquistas de la Revolución”, y el texto no se refiere a la toma de Angola o a la invasión a Miami, sino al “derecho del pueblo a decidir su destino” (queda al buen juicio del publicista el modo más adecuado de explicar el sistema electoral cubano y la democracia socialista, aclarando que aquello de la “dictadura del proletariado” es cosa de los manuales soviéticos). Se subrayarán los derechos del niño y la mujer y la lucha contra toda discriminación racial y de sexo. A pesar de Mariela Castro, no se menciona la “orientación sexual” y tampoco la discriminación por razones religiosas, políticas o ideológicas. Puntos sobre los cuales el comprador de grúas o el geógrafo deberán hacer pudoroso silencio para no ser objeto de manipulaciones ideológicas. También se orienta relatar la saga de los cinco héroes prisioneros del imperio, esos luchadores contra el terrorismo que la justicia norteamericana insiste en llamar espías.

Es decir, aunque el propósito de su viaje sea adquirir grúas o asistir a una conferencia mundial sobre la desertización, los viajeros deberán convertirse en agentes publicitarios con la certeza de que “el ejemplo del compañero Fidel” se ha expandido como la Gripe A por todo el planeta y está presente en los corazones de los revolucionarios noruegos, los comunistas suizos, los guerrilleros de las Rocallosas y la insurgencia de Montecarlo.

Y se advierte al viajero que, del mismo modo que “siempre hay un ojo que te ve”, “en cualquier parte de la tierra [los océanos quedan descartados, demasiados balseros], puede haber un oído receptivo”. Así que ándate con cuidado y mira a ver lo que tú dices por ahí, que cada oído está conectado a una lengua.

Pero lo más sorprendente de este mensaje es que lo firma la Dirección de Relaciones Internacionales del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. Quizás nunca sabremos si se trata de un experimento científico sobre la teoría del rumor, o de un aporte ecológico a la desertificación de las ideas.