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Manipedi

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Los chinos son muy ágiles y multifacéticos. Eso ya lo sabíamos.

Hace un mes o algo así fui a un salón para que me devoraran las uñas de las manos y las de los pies. Y es más o menos lo que sucedió, porque cuando el manicurista terminó se podía mezclar aquel kilo de pellejos y cutículas y empanizar por lo menos una docena de croquetas.

Me indispuse apenas llegué y descubrí que mi chica estaba ocupada y tenía una cola de clientes esperándola. Esos sitios de atención rápida que no requieren cita, pueden causar más daño que una devolución civilizada de dedos presentables, y ella, mi chinita, es la única en quien confío. Inútilmente esperé tres cuartos de hora hasta que el encargado/manicurista/recepcionista/depilador/facialista/masajista/cajero se ofreció a atenderme.

Me desconcertaba la idea de que fuera un hombre quien me hiciera las manos. Supuse que no era el oficio apropiado, sin mencionar las desventajas de las que consideré sus manoplas rígidas no se escaparían. Porque en sus manos fue en lo primero que me fijé. Pero ya había esperado demasiado y no me atrevía a irme sin el servicio. Además, mis quejas eran meras suposiciones porque nunca un hombre me había realizado un mani/pedi. Pero él no se dejó intimidar e impetuosamente me tomó de un brazo y me sentó frente a su mesa, y no voy a decir que me hizo el amor, pero casi.

Mientras me tocaba las manos con sus dedos blandos y esponjosos, yo me negaba a cerrar los ojos por miedo a caer en un trance sexual, en público. No sólo me agradaba su tacto, pero también su habilidad y capacidad de realizar tantas tareas simultáneamente. Creo que podría enamorarme de un hombre así. Las mujeres abogamos tremendamente por hombres que saben complacernos con tantos servicios y tanta disposición, pero es especialmente erótico ver a un hombre hacer más de una cosa a la vez con destreza y resolución.

Le pedí que no me aplicara pintura, que prefería las uñas naturales y de ser posible que me les sacara brillo. Me ignoró y abrió bruscamente un menú para que escogiera el diseño:

Uñas en 3D con varios tipos de texturas: metales, piel de víbora, telas, etc.

Papel y uñas encapsuladas: arena de mar, flores de naturaleza muerta, cintilla, listón, concha nácar, logos, stickers, tabaco, cascarón de huevo, tatuajes.

Clásicos del arte en miniatura.

Perforaciones, burbujas…

Inquieta por su reacción, tranco el libro de las espantosas sentencias y tartamudeo un no escurridizo, respiro hondo y le digo decidida que sólo me apetece un brillo. Pero él no aceptó que me saliera con la mía y en su lengua nativa me mandó a buscar un color. Escogí un rosadito pálido. Eso tampoco le hizo gracia y de su bolsillo sacó un pomito que parecía una poción mágica y comenzó a pintarme con o sin mi aprobación, no sin antes guiñarme un ojo. Era un color indefinido, a mí me parecía negro, pero luego otras personas confirmaron que era rojo. El color en boga para el otoño, me dijo el chino en un inglés improbable.

Luego me agarró las piernas y me dio un masaje delicioso que duró por lo menos diez minutos por pierna. Pensé que tal vez sus manos iban demasiado lejos, pero no me atreví a interrumpir y menos a provocar que estallara una revuelta de atención colectiva enfocada en una terapia inocente que conseguía descoserme hasta las caderas y mermar los dolores de la semana. Con los nudillos dedicó unos toques entre los dedos y luego me fue aplastando con precisión cada yemita. Me enganchó unas agujas en el dedo gordo y otras alrededor del empeine y el talón. Supuse que se pasaba de fresco, aunque acepté su iniciativa, que es otra cosa que tanto añoramos las mujeres.

Complacida, relajada, embellecida, en boga y un tanto confundida, pagué apenas $28 por aquel tratamiento de reina que me acaban de dar. Y ahora creo que odio al chino del salón porque pienso que ya nunca más una mujer me podrá complacer de la misma forma.



Vaginoplastia y otras cirugías adyacentes…

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Las chicas también nos comparamos el sexo.

Claro, así es como una aprende e intercambia informaciones y datos acerca de otras vaginas, porque serán muy parecidas, pero siempre hay algo nuevo que aprender.

La última vez que me bajé el blúmer para enseñarle la mía a otra mujer me mandaron con el cirujano y me sugirieron una vaginoplastia y una labioplastia, sin descartar también una posible himenoplastia, argumento que encontré sensible porque ya si una se va a abandonar a los oficios de la navaja, pues qué más da rejuvenecer esa área completica.

Inútilmente argumenté que cuando una da a luz y especialmente cuando una se pone grande “la zona” se transforma en una nueva composición, y me gustaría pensar que los atractivos son diferentes pero no indeseables. El tamaño y el color varían, las cortinas se comienzan a arrastrar, y repito, es que me parece que ese envejecimiento tiene su encanto. Pero no, me dice una amiga, cuya vagina es un primor, un instrumento realmente noble y virgenesco, si no te gusta algo en tu cuerpo debes ser proactiva y modificarlo. Bueno, pero es que me gusta mi cuerpo. No es cierto, me dice ella tan confiada, que su testarudez me resulta una chulería, además ella sí se ha sometido a infinitas operaciones estéticas para mejorar su look vaginal y general, así que acepto con humildad la improbabilidad de otro consejo menos riesgoso.

Entra otra amiga y nos coge en medio de las comparaciones, mientras mi amiga agachada repara en todos mis defectos, parten las dos a reírse en lo que me parecieron desdichadas y crueles carcajadas. ¿De qué se ríen?, digo a punto de crisparme. De ti, me contestan muy sagazotas las dos. Mientras la morena que acaba de entrar al baño me aprieta los senos y me entierra sus puyas en la espalda me dice que para operarme el pipi primero me tengo que realzar el busto. Es cierto, agrega la que tengo escarbándome la poca dignidad que me queda, debes empezar de arriba para abajo.

Al carajo las dos, digo obstinada. Y nos desvanecemos las tres de la risa. Porque las amigas aunque nos critiquemos a muerte nos queremos muy a pesar de las diferencias vaginales.

Pero me pregunto, ¿es tan inquietante ese rechazo a la vejez?

Nada, sencillo, si su problema es ensanchamiento labial, tejidos de poca firmeza, cortinas tamaño king, vulva salida o paredes caídas, ahora existe la solución, un innovador proceso quirúrgico que rehabilita y realza el desconchinfle que proporcionan las circunstancias del diario vivir. Un procedimiento donde te reconstruyen la superficie y afirman los tejidos para recuperar la función y el aspecto joven de la zona íntima. En otras palabras, un “lifting” vaginal que corrige el desmadre que deja el parto y la vida misma. Una verdadera tentación para mujeres a partir de los dieciocho años.



Dos chicas

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No quería casarme.

Entre varios motivos, dos eran los más importantes. En principio porque las bodas me aburren tremendamente y no deseaba pagarle con esa moneda a la gente que quiero. Además, no concibo ese despilfarro de dinero en vestidos que no se volverán a usar, zapatos incómodos y hectáreas de flores desperdiciadas. El otro motivo, más importante aún, es que mi boda se llenaría de amigos y familiares que no disfrutaban de los mismos derechos que mi pareja y yo. Eso no me cuadraba en lo absoluto. Y ahora, diez años más tarde todavía siento un gran sentimiento de culpabilidad cuando veo las dificultades que han pasado y siguen pasando las parejas gays que estaban ya unidas en aquel momento y que pacientemente contemplaron a la “gente normal” unirse legalmente.

Discutir estos temas con las personas que se oponen a los derechos nupciales de los gays es una completa inutilidad. De hecho, lo acabo de comprobar nuevamente no hace mucho. Bebiendo el té con un amigo y hablando sobre la belleza y otros temas más o menos superfluos, surgió aquello de legalizar el matrimonio entre parejas del mismo sexo. Él me aseguró que todos los activistas eran unos sinvergüenzas y que los sucesos posteriores a esa legalización serían devastadores: el matrimonio entre hombres y caballos, y más adelante entre hombres y ballenas también. No puede menos que reírme, pero en realidad detrás de esa burla había escondido un rencor y un desprecio digno de lástima. Claro que con la lástima la gente siempre termina pasándose de rosca, así que terminamos como perro y gato.

Semanas después en la playa, mientras intentaba solearme pero en realidad construía castillos de arena con mis hijas, observaba a dos chicas muy cerca de donde estábamos. Eran hermosísimas y de verdad que daba gusto verlas en pleno romance. Me gusta ver lo que hace y poner atención a lo que dice la gente cuando no se percata de que está siendo espiada. La playa es un excelente lugar para hacer vida de escritora, se ven tantas cosas que luego terminan en el ordenador. Es inevitable, nos comportamos diferente cuando estamos bajo los hechizos del sol y rodeado de mar y arena. Todo el mundo prácticamente se desnuda y hasta los más conservadores enseñan yardas y más yardas de piel, y ésta no tiene ni que estar en buen estado. Los hilos dentales se cuelan en cualquier nalga así sea la cosa más desagradable al ojo humano. Nada que no me voy a poner a criticar pero en la playa la gente hace lo que le viene en gana porque es así, el mar es peligroso y descaradamente liberador. Las parejas se aprietan más, se aplican y se frotan las pomadas bloqueadoras y se rozan los filitos de las zonas eróticas, se tumban unos sobre los otros como si se encontraran en una cama gigante, y cuando dos chicas se besan entonces se arma un escándalo en nada más y nada menos que Miami Beach. ¡Por favor!

Yo llevaba rato contemplándolas, poniendo atención al cuchicheo tierno entre dos personas abandonadas al misterio de ese magnetismo irremediable que embobece cuando nos enamoramos. Eran guapas y jóvenes, de cuerpos firmes y tal vez demasiado deseables. Estaban enajenadas y hablaban de cosas lindas, hacían planes para el futuro inmediato, como donde iban a cenar esa noche y a cual tienda irían de compras al día siguiente y cuantas calorías era posible perder montando bicicleta desde South Beach a Biscayne Boulevard. Cosa que quise responderles inmediatamente porque tengo un amigo que hace ese trayecto en su bici a diario y me ha dado la cifra una y mil veces. Entonces me puse a conversar con ellas un rato y terminaron contándome una historia horrible de lo que habían pasado ambas para estar juntas. Y ahora que por fin habían logrado rebasar los obstáculos era imposible casarse o legalizar su relación.

Me quedé triste con esa historia de amor imposible y me lancé al mar con mis niñas. Desde el agua las observaba con pena, pues debe ser horroroso tener tantas ilusiones y que sean otros los que decidan. Fue en ese momento cuando las chicas lindas se dieron un beso. Nada obsceno ni mucho menos, tan sólo un besito de piquito. De pronto una pareja de americanos de algún estado muy lejano se levantaron incómodos y se fueron a quejar con el salvavidas. Éste por supuesto les explicó que ese no era un asunto de vida o muerte y ni siquiera relacionado con el mar y por lo tanto poco o nada podía hacer por ellos. Desde el celular marcaron a la policía. Eso tampoco funcionó. Es que por suerte en Miami vivimos en una burbuja, especialmente en la zona playera, y el policía también siendo gay casi se los lleva presos por levantar calumnias y arrojar cabos se cigarro en la arena.

Nada que ya se va haciendo urgente un cambio de algo. Hace falta que se apliquen leyes de igualdad y de que los homofóbicos que creen que el amor entre dos personas del mismo sexo es una unión relacionada a la zoofilia o algún otro concepto de igual improbabilidad, que descarten esa bobería insólita de una vez por todas que es muy injusto y riesgoso que personas tan retrógradas sean las que tengan el mando con este asunto. Pero principalmente ya es el momento, desde hace tiempo, de legalizar el matrimonio gay en los Estados Unidos que en esas cosas de papeleo nupcial es tan igual como cualquier otro derecho entre parejas, y que además nos las damos de avanzados pero qué va nos han tomado la delantera desde hace rato.



Sorpresusto

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Ilustración: Eduardo Sarmiento

Hace un par de mañanas se me hizo casi imposible salir de casa. De esos días que a uno todo se le desliza de las manos, los problemas se potencian entre sí, se extravía la llave del carro y se derrama el café recién colado en un vestido blanco de hilo que me priva y sobre los huevos que acababa de freír, mientras el inodoro está tupido y las frazadas para limpiar el agua desaparecieron. Llovía a cántaros, me tropecé con una mesa que me tronchó las pistolas, y eran apenas las 7:30am y ya llevaba horas despierta. ¡Maldición!

Eso me pasa por no irme a la cama más temprano la noche anterior.

Cada vez que me levanto con el moño virado y el mundo conspira desde tan temprano, temo a la condición maléfica que el resto del día me pueda deparar. Y siempre me urge comprender cómo esa cadena de sucesos insólitos e inexplicables se trenzará con las horas de mi larga jornada que con certeza estará abastecida de infortunio tras infortunio.

Decidí salir a trotar. Hacía días que no ejercitaba los músculos y sin dudas me hacía mucha falta. Ya había despachado a mis hijas en sus respectivos colegios y había cesado la lluvia. Así que con Ipod en mano y media dormida aún, abrí la puerta de la casa cuando para mi sorpresa y gran susto tenía delante un suntuoso dragón negro que me miraba seria y profundamente, con hambre tal vez. Quedé muy impactada por esa visita inesperada, realmente inesperada.

Un dragón negro, inmenso, con la panza violeta, las orejas y los ojos azul tornasolado, los faroles de la nariz dilatados, y hasta pueda que haya reconocido humo y alas moverse en mi dirección. La boca amarilla abierta a todo dar, la lengua larga y abultada y los dientes negros y afiladitos. A pesar de la escena tétrica no quedaba claro si sus intenciones eran bondadosas o malvadas. Era uno de esos dragones que su presencia te confunden y lo mismo pueden comerte de un bocado como convertirse en la mascota que te mima con privilegios y te pasea sobre su lomo de ciudad en ciudad, te rescata de las torres embrujadas y quema por ti a cualquiera que te eche una miradita un pelo menos que circunspecta.

Por su puesto, era un dragón buenazo y relleno de algodón. Pero por momentos lo dudé y hasta pensé que me iba a desayunar. Como que olvidé que los dragones no existían, al menos en este mundillo mío. Así era de grandote y severo, y prepotente también. Además, no sería la primera vez que veo una cosa que en realidad es otra. Total, a veces me pregunto si lo que entra en escena es realmente lo que hay, ¿pero para qué ponerse a metafisiquear a estas altura?…

Ya por la tarde, con peluche en mano y todas las otras bolsas que yacían cerca del umbral de la puerta de mi casa desde la noche anterior, decidí acercarme a la tienda del refugio a ayudar a reorganizar el desmadre que no hemos logrado superar gracias a las generosas donaciones recibidas durante estas semanas. Sí, el portal de mi casa es como un altar público que recauda y agradece las sobras de los demás. Porque en realidad nada es exactamente lo que es, y lo que para una persona se ha convertido en basura, se vuelve útil y necesario para otra. Es que eso del reciclaje es genial.

Sacar al dragón de casa no fue empresa fácil. En cuanto mis hijas lo vieron propusieron adoptarlo, pero una debe seguir los buenos caminos de la ética y la moral, y el dragón estaba destinado a encontrar el futuro que alguien planificó para él. Fue una pena porque realmente le habíamos tomado cariño.

La cuestión es la siguiente. Me llevé el dragón para la tienda y como había anticipado se vendió inmediatamente. Lo otro que pasó inmediatamente fue que mi suerte cambió, ni para bien ni para mal, sólo que a veces me parece que hay días que a uno no le queda de otra que estar atento en todo momento observando el entrono y aprendiendo a aceptarlo. Nada, de esas cosas incrédulas que suceden en fila y por orden y uno como testigo no se puede escapar.

El dragón se fue contento, con una chica que lo estaba buscando. Así, tal cual, entró a la tienda y cuando lo vio nos dijo que llevaba meses buscando a ese mismo dragón. Luego una señora entró a comprar algo que se encontraba entre las cosas que su hija había donado semanas atrás, pero que no debió donarlo porque se trataba de una reliquia que había pertenecido a sus antepasados. Reliquia que yo sostenía en mis manos en ese preciso instante pensando algo parecido y tratando de adivinar el precio correcto para ponerla a la venta.

Varios otros sucesos más o menos anormales acontecieron durante las horas que prosiguieron. Pero para no aburrir mejor voy directo a los más inusuales. Tres arco iris desplayados en el cielo como si se tratara de la cosa más normal del mundo. Luego leo que se pueden producir hasta trece arco iris de una vez, pero casi imposible ver más de dos a simple vista. Un árbol cayó en la autopista con raíz y todo, sin la ayuda de un viento ni otras fuerzas, al parecer. El carro que tenía delante se quedó atónito con la caída inesperada y no respondió a los bocinazos del carro que yo tenía atrás. Entonces la mujer (porque sólo una mujer se desquicia de ese modo) salió de su carro y se dirigió al carro del hombre atónito y le dio una bofetada y con la misma regresó a su carro con cara de satisfacción. El hombre increíblemente le dio las gracias y siguió su camino.

Llegué a la cena muerta de hambre. Hacía tiempo que no veía a las chicas de mi juventud. Un gusanito chulísimo se daba a la fuga con cierta pereza, y luego otro mucho más apurado, seguido por unos tres más pequeños que huían con prisa también, mientras mis amigas miraban mi ensalada alucinando y casi arrojan los tragos que habían consumido al ver aquél movimiento de cuerpos en la mesa. En mi celular tenía un mensaje importantísimo, otra amiga a quien le habían diagnosticado leucemia resultó sana. Ya no te vas a morir. ¡Qué suerte!

Al llegar a casa, exhausta con el resultado de mi día, besé a mis hijas que dormían serenas como dos hadas, excepto que desnudas las dos de pie a cabeza, cosa que mi esposo no pudo explicar ni esa noche ni las niñas a la mañana siguiente.

Y para colmo esa misma noche salí a caminar a Domingo y escuché, y no miento, palabras en su ladrido. Quiero casarme, me ladró Domingo. Pero es que los perros no se casan, le dije anonadada, justo en lo que pisaba la segunda caca del paseo, y ya no ladró más pero se quedó triste. Sentí de repente el cambio más inusual que se puede sentir en esta ciudad: la llegada del otoño. Otoño tardío, leve, mezquino, casi inadvertido, pero sin duda llegaba como aquel olorcito lejano de un pastel de manzanas que se escapa de alguna ventana.

Y me pregunto si son los cambios atmosféricos los que tienen algo que ver con esas situaciones tan inverosímiles que a veces me apabullan en conjunto en un mismo día, o si acaso es posible que en ocasiones nos volvamos temporalmente locos cuando vemos demasiadas noticias, no dormimos lo suficiente y trabajamos más de la cuenta, y de golpe se pierden todas las perspectivas, se confunden las visiones y se hace más fácil caer de soslayo en otras dimensiones, menos corruptas y más tolerantes que la maldita realidad.



La crepera eléctrica (mujeres only)

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Sólo existe un hombre en el mundo entero con el que cada vez que tengo cita me encuentra desnuda cuando mínimo de la cintura para abajo, y regularmente para arriba también. Desde el año pasado había quedado por avisada, que este año me tenía que hacer por primera vez una mamografía. Le tengo pavor a las mamografías, en parte porque mi madre me asusta con frecuencia y me dice una de horrores año tras año que por consecuencia ha conseguido cundirme de pánico cada vez que pienso en la crepera eléctrica. Por otro lodo porque hoy en día una mamografía sin irregularidades es inusual y hay que llenarse de auténtico coraje para enfrentar los resultados.

Si hay algo que odio es ir al ginecólogo y que me introduzcan un aparato para realizar el papanicolau. Es que a decir verdad ya debería de existir otro procedimiento menos íntimo. Parecerá una exageración, pero cuando esas tenazas del espéculo se despegan y esos palitos algodonados me rozan el cuello del útero y luego con una espátula me arrancan una muestra de células, que no es otra cosa que un trozo de mis entrañas, me invade una fatiga espeluznante y una incomodidad terrible que lo único que consiguen es erizarme y petrificarme en vez de relajarme como debería. ¡Qué impotencia! Me estreso tanto y me pongo tan nerviosa que no sigo las instrucciones del doctor y a menudo me tiene que repetir mil y una vez que abra más las piernas y que me acerque más porque poco a poco me voy alejando de la lamparita que me enfoca. Cierro los ojos y aprieto los dientes, y en lo único que se me ocurre pensar es en algo que dice una amiga, que todos los ginecólogos son unos pervertidos.

Mientras siento el manoseo y el tibio de su respiración concentrada allí en mi sexo, escucho un estruendo en su voz.

—¿Qué pasó aquí? —o Dios, pienso en estado de pánico.

—¿Qué es? —digo angustiada. El doctor me pasa un espejo y me lo pone en frente para que lo sujete y tras alcanzarme un guante me pide que ingrese la otra mano, la disponible, e investigue hasta que dé con el hilito de la Mirena, el DIU que me colocó hace un par de años.

—No lo encuentro —protesto resignada.

—Busca bien —me responde, ya también a punto de tirar la toalla.

—¿Desde cuando no te revisas?

—Desde nunca.

—Mija, esto es por tu bien. ¿Tú no sabes que a veces la Mirena se desprende y ni te das cuenta? No te puedes confiar así como así. Después no vengas llorando…

—¡Ya lo tengo! —anuncio con entusiasmo aunque mintiendo descaradamente—. ¿Qué hago ahora?

—Nada, dormir tranquila y revisarte de vez en cuando, una vez por semana o cada vez que tengas intimidad. Mira que lo tenías bien echadito para atrás y me pegaste un susto.

Durante mi primer embarazo mi doctor se quejaba cantidad y se preocupaba por mi falta de valentía y poca voluntad, teniendo en cuenta en todo momento un gran enigma: ¿por dónde saldría la bebé si yo me comportaba tan majadera con simples chequeos de rutina? Una cosa no tiene nada que ver con otra, le explicaba un poco insegura. Cuando llegó el día, el parto fue fácil (digo, así lo recuerdo pero no dudo sea una amnesia impostora lo que me disponga a construir buenas memorias). En serio, fue rápido y extenso de acontecimientos notables (excepto al final cuando me entregaron una personita completica), y de contra, me porté requetebien. Porque suele ocurrirme algo similar en cuestiones decisivas: desastre, desastre y de repente una lucidez insospechada se apropia de mí en el momento más preciso. Bueno, a veces.

Una se piensa que después de los embarazos rebasas lo peor, y resulta que es de hecho lo contrario. Así es, a medida que pasan los años nada se vuele más fácil. Después de más o menos tres meses evitando llamar para hacer cita, infinitos gritos de mi doctor dictaminando que mi terquedad no conocía límites y que mi necedad le resultaba torpe, me decidí a enfrentar la crepera eléctrica y los ultrasonidos pélvicos (intravaginal y transabdominal) que me exigió para salirse de las dudas sobre unos análisis que me habían dado anormales. Nada que lo que me esperaba era una violación total.

Llegué temprano al consultorio, con dos teteras en la vejiga, una de rooibos y la otra de hebras de jazmín. Un paraíso de mujeres a punto de ser analizadas y toqueteadas me recibieron en el saloncito que parecía situado en el Polo Norte. Al momento me llevaron a otro saloncito más frío todavía y con un cambiador, me pidieron que me desnudara y me cambiara para la bata de baño y me sentara a esperar por la técnica. Como las señora está acostumbrada a tomar infinitas foticos pélvicas, me hace esperar lo que parecen horas porque está liada en el teléfono resolviendo cualquier asunto que no me interesa ya casi no me aguanto. Cuando voy a quejarme me dice que orine un poquito para aliviarme, pero eso tampoco termina bien. Tortura de principio a fin. Deja que le toque a ella, ojalá la hagan esperar para que ella sepa lo que es bueno.

Por fin viene a buscarme y me hace primero el ultrasonido transabdominal, relatándome con premeditado esmero el motivo de su tardanza. Yo quejándome y maldiciéndola mientras ella hablaba con una mujer desdichada, de esas que recibió resultados escalofriantes. Apenas termina me deja ir al baño y por fin dejo abrir la llave que encerraba tanto martirio. Cuando regreso me hace el otro ultrasonido y al culminar me lleva hasta otro salón a esperar un poco más. Varias mujeres se conglomeran allí en pequeños grupos alrededor del salón, hablando de cosas que verdaderamente sólo se escuchan en una clínica atestada de vaginas. Mientras unas esperaban a ser llamadas por la doctora para repasar los resultados, otras como yo, esperábamos pacientemente por el chequeo de las mamas.

Sra. Singer, llama una venezolana con un cantaito chulísimo, notablemente de Maracaibo. Y de hecho, ya soy una señora, pero mira que me cuesta creerlo. La chica me guía hacia una habitación de gigantes máquinas blancas, me hace desnudar de la cintura para arriba y tras acomodar parte de mi cuerpo en una posición medio que impensada, comienza a apretarme los senos con ganas, mientras me relata en los próximos diez minutos la historia de su vida. Me pregunté cuántas veces había contado la misma historia, casada, dos niños, bla, bla, bla… Y no me vino mal, eso consiguió distraerme unos minutos, pero de golpe me entró la curiosidad y bajé la vista y bueno, para qué describir lo que vi si ya con llamarle al sitio la crepera uno se hace la idea súper clara.

Me volví a vestir y me pasaron al mismo salón. Al momento vino la doctora por mí y por algún motivo me repitió el ultrasonido intravaginal. Cuando terminó me dijo que la mala noticia era que antes de irme tenía que hacerme la mamografía del lado izquierdo nuevamente porque parece que me había corrido de lugar. La buena noticia era que me había encontrado las mamas y el útero limpiecito y que no me preocupara demasiado y siguiera la misma dieta que sigo y que continuara practicando yoga y que tratara en lo posible de no estresarme, porque según ella es el estrés el causante de todos los cánceres que andan a rienda suelta.

Por fin me marcho del consultorio, a las cuatro horas de haber llegado. See you next year, me susurra una voz justo cuando se cerraba la puerta. Y me quedo pensando si acaso en los tiempos de antes la gente no se estresaba como nos estresamos en estos tiempos. Debo tomar medidas para no estresarme tanto, pero ya eso es un estrés en sí, el esfuerzo para evitarlo.



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Literatura, Sociedad, Mujer

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Autor: Grettel J. Singer

Grettel J. SInger

Escritora. Reside en Miami, Florida.

 

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