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Talleres literarios, votos a favor y en contra

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Ante la pregunta: ¿por qué escribes?, las respuestas pueden ser infinitas según el interlocutor. Leí en alguna parte: Cuando no encuentro ese libro que deseo leer lo escribo.

«Soy más un lector que escribe que un escritor que lee. No me interesa conocer los trucos de los demás y mucho menos los míos. Aparte uno nunca está totalmente capacitado para eso. Cuando uno conoce los trucos, también, está la terrible tentación de caer en la auto-parodia o en el pastiche.» Dijera Rodrigo Fresán en entrevista a Fabrizio Tocco, publicada en hablandodelasunto.com.

Hace un tiempo conversé con un escritor reconocido sobre los talleres literarios y si eran, o no, necesarios para la formación de un escritor. Para él, que nunca formó parte de ninguno, ni recuerda que lo necesitasen Proust o Dostoievsk, los talleres no te hacen escritor; aunque no recuerdo exactamente su conclusión y puede que esta afirmación sea más mía que suya. Porque yo, a pesar de haber estado en tres o cuatro talleres literarios, pienso que ningún taller puede hacerte escritor por mucha “técnica y teoría” que te enseñen. Escribir está en otra parte. Como La vida... de Kundera.

Eso sí, la experiencia me trae otras conclusiones positivas que ahora prefiero no enumerar, quizá en el punto actual en que me encuentro sea la gente que conocí una de las mejores cosas que me llevé. A algunos de ellos les pregunté que opinaban. Los de la Isla me respondieron por e-mail. Los demás pudimos hacer un mini-debate en Facebook.

José Miguel Sánchez Gómez (Yoss) me envió un fragmento de un texto donde reflexiona sobre el asunto: (…) parece que, a la larga, no resulta tan importante empezar temprano o empezar tarde, sino simplemente escribir bien, y mucho.

Por eso mismo es que animo a tantos que se me acercan con historias torpes, mal escritas pero imaginativas. Creo que hasta la página peor escrita es mejor que la hoja en blanco. No los engaño: escriben, sí. Pero casi nunca lo hacen todavía lo bastante bien como para que valga la pena publicarlos, y trato de que entiendan por qué; qué les falta, y qué es preciso que aprendan. No me hago ilusiones: lo mismo que Eduardo Heras León, Raúl Aguiar y los demás promotores del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, sé que no todos los que pasan un curso de técnicas narrativas o asisten a un taller se convertirán en escritores. El camino es largo y difícil. Pero por alguna parte hay que empezar.

Orlando Luis Pardo: En la práctica, la mayoría de los talleres literarios enseguida tienden a formalizarse demasiado. Se reproducen jerarquías y tabúes y poses y demás telarañas que impiden el desbocamiento del espíritu libre del escritor. Habría que hacer un antitaller, que los hay. Crear un coto cerrado donde ensayar fórmulas y lenguajes de secta. Entrarle a la academia con respeto, pero por el reverso. Oír mucho y emborronar mucho y no hacerle caso a mucho, salvo a la pulsión de no parar de escribir. Habría que hacer un taller de entrenamiento, de entretenimiento. Un campus socializador para ganar tiempo y temple e ir acumulando algunos textos que sirvan antes de volvernos locos o paralizarnos o suicidarnos como creadores. Un taller que fuera un torno, pura vorágine en revolución. Máquinas de machacar. Al margen de todo prestigio y diplomacia de diplomas. De pinga, vaya, algo que hoy por hoy puede implementarse únicamente en el desierto de Sahara y en Cuba.

En La Habana de los años cero, fui un privilegiado al ser contemporáneo de Jorge Alberto Aguiar Díaz (JAAD) y sus talleres y laboratorios y clínicas. Ese tipo maldito fulminó toda una raza de apóstatas cuando parecía que el apóstol iba a sobrevivir. Así, la literatura poscubana del siglo XXI estará en deuda paradójicamente con un tallercito de Centro Habana, cuyas sillas plásticas las donó el Ministro de Cultura Abel Prieto.

Lizabel Mónica: Creo que los talleres no son imprescindibles, pero pueden ayudar. Por mi parte confío más en los talleres de narrativa que en los de poesía, pero en ambos creo que se trata de apoyar al tallerista con información y difusión de materiales, además de proporcionarle un intercambio con otros que se hayan como él, intentándolo. Es sabido que una vez que se alcanza algo, que unos llaman oficio, otros voz propia, y otros sencillamente seguridad, no se necesita más el taller. Más bien molesta o perjudica en esta etapa, donde el diálogo por obligación se vuelve más interior que exterior. Pero para quienes comienzan, los talleres pueden ser útiles. No creo, repito, que para dictar maneras e imponer escuelas, sino más bien para un proceso colectivo del que el asesor también ha de salir agradecido, ya que la experiencia de aprender preguntando lleva a mucho más que a la experiencia de aprender mediante respuestas. Leer, dicen la mayoría de los escritores, pero creo que también sirve el intercambio de opiniones y materiales, las discusiones, los debates... No se llega a escritor por ese camino -ya se sabe que cada cual tiene que encontrar su propio derrotero, del cual nadie podrá advertirle por mucho que se esfuerce-, pero sí se adelanta un buen trecho.

Carlos Luis Pujol: China, no soy el mejor ejemplo para opinar el respecto, pero parece que la respuesta se cae de la mata: eso depende del mismo taller, de quienes lo conforman y el espíritu colaborador de los mismos. La masividad con que se hicieron en Cuba (hablo de los municipales) no debe ser bueno, porque la cantidad nunca ha pegado con la calidad, y los talleres municipales es ejemplo de ello. Sin embargo, algunos escogidos, un asesor de experiencia y una selección adecuada de los participantes es la mejor aproximación a la calidad de un taller... El del chino Heras es uno de los que reúne estas características, y si bien no todo el mundo sale de ahí escritor, por lo menos adquieren la teoría básica. Depende del individuo si se hace o no. Otro ejemplo que me gusta, las clínicas de Jorgito Aguiar, pero para mí fallaba en la masividad. Por mucho deseo que tenga un asesor, no todo el mundo se hace escritor.

Lilia Collar: Y ya para decir lo otro que se cae de la mata: es que la creatividad de algunos "muere" cuando le muestras las técnicas o medios para llegar a su fin, es decir una obra, y la de otros se realza. De ahí que no se trate de catalogar a los talleres en buenos o malos per se, sino en entender el tipo de creativo o artista que asiste a ellos.

Guennady Rodríguez Delgado: Yo agradezco mucho a los talleres, no importa, en mi opinión, si muchos de los que pasaran no acabaron siendo escritores (al menos... no todavía) Creo que permitieron que muchas personas con intereses comunes en la literatura, se reunieran, compartieran visiones, textos, entendieran mejor el acto de la escritura y se influenciaran los unos a los otros... La calidad de los textos, siempre será un juicio nublado. En cuanto a mi experiencia, también creo que la klínica de Jorgito fue la más impactante, puesto que no se centró en las técnicas narrativas, sino que fue directamente a trabajar la personalidad misma del escritor; la klínica fue una oportunidad que no se ha repetido más. Creo que todo taller amplió un poco más las habilidades de cada persona interesada en escribir. Algo que se ha criticado mucho, es la capacidad y preparación de los asesores, pero sucede como con esos sabios singulares, cada taller tenía una especie de visión guía y uno, simplemente, tenía que aceptar que no encontraría en ninguno la verdad literaria definitiva, pero en cada taller que participara, habrían más pistas que seguir, nuevos juegos, nuevas prioridades e incluso, nuevas barreras... con la suficiente inteligencia, podía ir creciendo, como cuando se atraviesa por cualquier aventura.

Antonio Arazo: ¿Son imprescindibles los talleres literarios? Claro que no. Si lo fueran, la historia de la literatura estaría unida a la historia de los talleres literarios. Hablaríamos de los Grandes Talleres de la Humanidad. El clásico de los jónicos donde se formó Homero, el de Misha que enseñó a Tolstoi y Dostoievski (que estaba enfrentado al de Chiburaska, donde militaban Pushkin y Gogol).

¿Has escuchado alguna vez hablar de cosas semejantes? ¿No? Entonces, si la literatura ha avanzado veintitantos siglos sin talleres literarios es que no deben ser indispensables.

Siempre he pensado que los talleres han sustituido a las tertulias literarias -en palacetes nobles o tabernas-, los salones, como el de Gertrude Stein; la compañía de otros escritores inquietos. Si tienes en tu entorno un par de colegas que te hagan de críticos despiadados y además sabes leer con los ojos bien abiertos no necesitas ir a un taller.

No aprenderás qué es prolepsis, analepsis, mudas espaciotemporales, diégesis, omnisciencia, pero seguramente no lo necesitarás (como no lo necesitaron Cervantes, Flaubert y otros tantos) (… y si quieres aprenderlo siempre te quedará buscarlo tú mismo en libros técnicos.)

Ir a un taller no te va ha dar nada si no te esfuerzas, si no te exiges, si no lees con espíritu crítico, si no te arriesgas a ser despedazado por los amigos a los que desbarataste hace dos días sus nuevos relatos.

Ir a un taller puede ayudarte (puede ayudarte mucho) pero no es imprescindible.

Ir a un taller puede ser divertido.

En un taller puedes conocer gente interesante, inteligente, con tus mismas inquietudes (también a otros que no valen nada).

En algunos talleres hay chicas muy guapas.

Claro, si eres un genio quizás no necesitas ni talleres, ni colegas hipercríticos, ni lecturas, pero yo que tú no me arriesgaría.



Letra muerta

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Sí, lo reconozco, estoy en "blanco y trocadero" como me dijo jocosamente una amiga por correo. No consigo escribir. Y no es de ahora, es de hace rato. Tengo la mente ocupada en muchas cosas, y/o es tiempo también de enfocarme en otras aristas medio abandonadas de mi vida.

Lo cierto es que los blogs tienen ese puntico de periodicidad, que si no lo mantienes pierdes el interés que puede generar en las personas que te leen. Al final ocurre igual que en otras esferas de la vida. En las relaciones humanas, por ejemplo, cuando el contacto va siendo cada día más distante, cuando la pereza nos gana y en vez de llamar a un amigo preferimos mandarle un mesajito por Facebook, cuando aplicamos el "dejar para mañana" y mañana no termina de llegar nunca… Los cosas se van muriendo. A veces no hay más remedio que dejarlas agonizar hasta el letargo; pero si de verdad importan: no podemos dejar para mañana lo que tenemos que hacer hoy.

Llaméenme fatalista si quieren, pero en muchas historias a veces no hay "mañana". La muerte es quizás el ejemplo más evidente. No tengo mucha experiencia en la materia (obviamente porque estoy viva), pero ya sé me han muerto algunas personas en mi vida y no he podido evitar sentir que se han quedado muchas cosas por decir, abrazos por dar. No pienso mucho en la muerte, no pienso en ella casi nunca, soy incapaz de asomarme al cristal de un ataúd, no entiendo los ritos funerarios, me desagradan los velorios, pero inexplicablemente solían gustarme los cementerios.

En mi época de estudiante de arte visitaba el viejo cementerio de Trinidad. Recuerdo especialmente una tumba muy sencilla, a ras del suelo la enorme placa de metal con el nombre (que he olvidado) y la fecha cerrada. Un cortísimo espacio de tiempo en el medio. La tumba de un adolescente. No sé explicar porqué, pero dejé alguna que otra flor sobre aquel sepulcro desconocido.

En una burda y rápida apreciación, podemos decir que en los cementerios la gente reafirma su condición de vivos. Lo curioso es que en mi caso, aunque respeto los rituales de cada quién, las flores que se cambian cada cierto tiempo, las plegarias frente a la cripta, no comparto esa filiación a ser enterrado en una caja bajo tierra para que otros vengan a tu tumba a sollozar cosas que no podrás oír porque estás muerto.

A veces morimos en vida, quién no tiene su particular lista de fallecidos, esos que por un motivo u otro, han dejado de formar parte de tu realidad, o los has expulsado de ella. Hay muertes que causan alivio en vez de dolor, reconozcámoslo, es tan cruel como humano, pero alguna vez hemos deseado la muerte de alguien del mismo modo que hemos mantenido vivos a muchos en nuestra memoria. El olvido es una forma de muerte. Entre los escombros del recuerdo hay cadáveres vivientes.

Cada vez que un amigo o conocido "desaparecía" de La Habana, y reaparecía en cualquier punto del mundo mandando un escueto correo, una fotografía, era como comunicarme con un espíritu. Hoy yo soy el espíritu para mis amigos en la Isla, la única constancia de mi vida les llega por correo (cada vez menos, porque no estoy exenta del pecado de olvidar lo que no debe ser olvidado); pero esto ya lo sabía antes de emigrar, la verdadera muerte en vida es la imposibilidad de moverte de sitio, la forzada privación de libertad, el e-mail impuesto ante el abrazo físico. Tengo la sensación que este tiempo recobrado desde este lado del mundo y lejos de Cuba, es una manera de revivir, pero a la vez de morir para ese mundo al que ya no pertenezco.

Leí en alguna parte que existimos porque alguien nos recuerda. Y sé que suena metafísico y poético, pero hoy quiero no olvidar a Marcelo, y su particular mundo literario, a Evelyn con sus picantes chistes y su forma desenfadada de ver la vida, a Ermis, ángel y demonio de esa Habana de mi primera juventud, a Ana Ofelia que queriéndolo o no, me acercó a los orishas, al chino que da igual si pasan dos años o cien, si le veo le abrazaré largamente; a tantos otros que están estampados en mi memoria y a quienes hoy no puedo decirles de otro modo que en estas frías letras: Estoy aquí. Aún espero el día del reencuentro. Y lo voy a vivir. Sé que esa Isla no será toda la vida un mausoleo.



Para que hablen todos #freecuba20

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Twitter

¿Qué estoy haciendo ahora?
Podría decirte que redacto un texto sobre las redes sociales, algo que empecé hace un mes y que no sé si logre terminar porque pierdo la concentración con la avalancha de globitos flotantes con mensajes de Twitter sobre la pantalla. Gritos en 140 caracteres que dialogan al infinito. También podría decirles cómo veo las cosas desde mi rinconcito, lo que pido y lo que deseo, el tono de mi voz en el ciberespacio. Pero no. Hoy prefiero dejar que hablemos todos. Que mi espacio sea una hoja en blanco donde todos pongamos nuestro deseo para Cuba.

Blogueros e internautas estamos realizando una 'blogacción' este 20 de octubre por la libertad de Cuba.



Hablando mi propio idioma

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Brainstorming

El lenguaje, esa arma de doble filo. Lo que se piensa y cómo se traduce en palabras. Llevo días bloqueada por las palabras que no tengo, para escribir algo que no escribo. Días donde la tormenta de ideas o su vacío me dejan muy cansada como para forzarme a escribir.

Luego resulta que cuando pongo la cabeza en la almohada -a eso de las cinco, soy noctámbula no lo puedo evitar-, cierro los ojos y estoy hablando, contando párrafos enteros, escribiendo mentalmente alguna idea que deseo compartir con mis congéneres… -nunca me ha gustado esa palabra, suena rara- Qué hay mi congener, que vuelta el mío… Se imaginan qué absurdo, pero si digo: Asere, ¿qué bolá? La cosa cambia ¿verdad? Claro, siempre habrá quien diga: "Qué vulgar saluda la juventud cubana de hoy, en mi época…"

Chateando con un amiga mexicana bastante cubanófila –viajes a la Cuba de a pie incluidos- me hizo gracia su pregunta ante mi frase: "estoy mortal" ¿Y eso es bueno o malo?, suena a malo, me dijo riéndose, entonces le expliqué que era buenísimo, más que bueno, estar mortalmente bien; ahora que lo pienso, ¿qué fatalistas somos? Qué si 'Patria o Muerte', que si 'vamos a matar jugada', 'estoy muerto contigo mami'…

Siempre me han acusado de esnobista por el lenguaje, nunca dije 'que pasa, che' porque está completamente fuera de lugar, pero cuando tenía 16 años cometí el pecado de llevar una camiseta con el Che, algo que erradiqué a los 19, por suerte. En esa época de canciones trovadorescas y mal gusto latinoamericano pocos escaparon de semejantes deslices. El lenguaje sufrió lo suyo, pero ya en La Habana de hoy casi nadie se hace el argentino –sólo Manu Chao, 'perdido en un campo de lechugas', o algún rapero cubano despistado que no ha tenido acceso a la verdadera cara del Che Guevara, que no es precisamente la de Benicio del Toro-.

La gran mayoría de la juventud cubana es pro yanki. A la gente le gusta todo lo que viene de la yuma, desde el rock all roll hasta el trasero de Beyoncé, la bebida del enemigo o la marca Adidas –empezando por Fidel Castro y terminando por mis vecinos de la Habana Vieja, en el solar, pero con unos buenos tenis nike-. No me tocó afortunadamente la época de aprender ruso –que me perdonen los rusólogos, pero en ese mundo sólo veo un estigma que aún pagamos los cubanos-, el inglés como idioma de estudio desde primaria no sé si lo instauraron por aquello de conocer al enemigo, pero es obligatorio en toda la enseñanza cubana por la que pasé, aún así no aprendí mucho más que Thanks y Sorry. Sin embargo, alguna palabra en inglés se me va en un texto o conversación, porque es justo en ese idioma como debe ser dicho –las artes visuales tienen mucho que ver en eso, y el mundo de Internet después-. En La Habana mis amigos me criticaban que en un cuento usará: chica en vez de muchacha o aparcamiento en vez de parqueo. Viviendo en España he tenido que adoptar algo del léxico español porque sino quién me va a entender en Madrid si digo: ¿dónde se coge la guagua? Eso para dejar por descontado que expresiones como: Córrete por favor… para que alguien se aparte en el metro, mejor no decirlas.

Mis amigos en Estados Unidos se mofan cuando suelto algún joder, hostia; piensan que pronto hablaré con la z. Pero ahí les saco mi acentazo cubano que no hay zeta que lo desvíe. Y les increpo, ¿acaso ustedes no hablan en inglés, piensan en inglés? No es lo mismo, me dicen algunos… pero lo cierto es que a Shaggy se le van sus you knows y tengo que decirle: mijo, me estás hablando en inglés y no entiendo ni papa.

Admiro profundamente a la gente bilingüe, ni decir a los que hablan cinco o seis idiomas, pero sobre todo admiro a la gente que logra sobreponerse a sus circunstancias y empezar de nuevo, hasta para aprender a comunicarse.

Pero a esos que arrastran la z con tal de integrarse, una vez más les digo: 'Te entiendo, pero no te comprendo'. A mí, si me aceptas, acéptame cubana, es lo que hay. Integrarse no es renunciar a sí mismo.

Hacerse el sueco o hablar en chino

A veces se habla el mismo idioma y no hay comunicación. El entendimiento común es un reto muy elevado para la individualidad y un enemigo para el egoísmo. Ante la incomprensión defiendo el beneficio de la duda, hoy no nos entendemos, pero puede que no sepamos explicarnos bien. Eso sí, cuando salta a la vista 'que no hay vuelta de hoja', que no hablamos el mismo idioma, en ese punto no hay necesidad alguna de hacerse entender, cada uno 'tun turun tun', donde no es posible un diálogo el monólogo es patético.

Hablar a la misma vez es ruido

Y lo peor del ruido es que crea rechazo de principio. El ruido no tiene la virtud de una canción evocando estancias, sensaciones. No hay un discurso claro y contundente que te conduzca, no hay viaje. El ruido es caos. 'Diálogo de viejas sordas', decimos en clave de oficina.

Palabras, ¿nada más

Yoani Sánchez en Twitter

A la bloguera Yoani Sánchez el gobierno cubano negó el permiso para viajar a la ceremonia de entrega del Premio Maria Moors Cabot 2009 en la Universidad de Columbia, en Nueva York. (Imagen de Twitter)

A veces creo que estamos sobredimensionando el espacio virtual y el uso que hacemos de él. I love Internet, pero el mundo está de la tapa del portátil para afuera, aunque cuando lo cierro tengo la impresión de estar cerrando la única ventana por donde me asomo a Cuba. Supongo que del otro lado alguien piensa como yo. Para otros una ventana virtual es lo único que les conecta al mundo real.

Mis palabras, hechas de las mismas letras que otras, portadoras de ideas que 'cualquiera puede escribir', comunes cuando eso puede ser sinónimo de comunicación, si logran ser un espejo donde también tú te miras, vale la pena (es)forzarse en traducirlas de la mente a la tipografía. Bloggear es conversar a distancia, para que las palabras no se las lleve el viento sin que hagan eco.

La vida antes de internet

Era, como explicarlo, era… Vivir a ciegas. Desde la Isla es imposible ver claramente, una neblina de desconocimiento bordea el malecón real y virtual. El mundo es una película de Hollywood que no has visto, pero que te han contado como les ha dado la gana… Depende de quién te lo cuente, o cómo te hagan el cuento, y de cómo logres lidiar con eso y tu realidad. Incluso teniendo internet, la niebla sigue, porque el mundo hay que pisarlo para conocerlo, porque viajar es un derecho, en la realidad y en el ciberespacio. La vida sin viajar es encarcelamiento. La vida sin información es analfabetismo.

No hay peor ciego

Que el que sólo se ve su nariz, y si la tiene larga como Pinocho: agárrate que lo que te va a poner es un 20 de mayo, te va a dormir con su tejemaneje y no vas a entender ni pío, vas a pasar de él olímpicamente o te vas a dejar dormir en los laureles; tú no eliges, por ti lo hace el que más canta y baila.

El que no quiere ver es feliz en su ceguera, como felices los masoquistas que piden azotes a su dominatriz. La única elección que ha hecho ha sido anularse. A la aglomeración de individuos de igual tesitura suelen mal llamarles pueblo y utilizarles para cualquier propósito.

OnSelf

Después de esto, si todavía estás con vida leyendo este exabrupto de mi lenguaje, este post-escrito, post-literario, post-post diría Orlandito –y sus detractores a coro 'ay ya empezó...'- y yo agregaré postdata: cuida tu language, pero sobre todo el que te identifica, lo que dice cómo eres = cómo piensas, you know.

Porque no es lo mismo: ¿Me entiendes?, esa muletilla que repiten los jóvenes en La Habana y que a mí se me ha quitado –no descarto que tenga otras nuevas vale–, ya no me preocupa que me entiendan o no, ahora lo importante es hablar mi propio idioma, los que tengan que entender, lo harán. El resto, que se fuña, como dice Tiburón.



Deseo crónico

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Primero sé libre; después pide la libertad.

Fernando Pessoa

Cuando me encuentro con algún cubano por estos mundos siempre hay preguntas obligadas: ¿de qué parte de Cuba eres? ¿Cuánto tiempo llevas aquí? Al decirles que dos años exclaman: Dos años sólo… La frase lo dice todo, dos años es suficiente para sentir que La Habana se va desvaneciendo en el recuerdo aunque trate de atraparla, pero dos años es muy poco para formar parte de este nuevo contexto. En resumen, estás embarcao, dos años no son nada cuando se trata de levantar cabeza desde cero. Estás en el comienzo, ya sabes tomar el metro sin mapa, ya sabes que nada es 'por la patilla', que hay que luchar bien duro cada euro, que no basta con ser un profesional en lo tuyo, que si hay que poner cañas y fregar platos lo harás, si hay que tragar en seco y seguir lo harás.

Lo frecuente es que la gente omita esta parte de la historia, a la familia en Cuba cómo les vas a explicar que casi no te llega para acabar el mes si ellos sobreviven con la libreta de abastecimiento, si tú eres su esperanza, el símbolo del triunfo, el que logró escapar. Cruzar al otro lado de la nada que es el mundo para un cubano que nunca ha viajado.

Extrañar a La Habana es inevitable, un cubano que lleva 50 años fuera también extraña algo que sólo existe en su mente. Pero La Habana de mi mente es una realidad cercana, 'sólo dos años' han pasado de irme de un país que persigue a sus ciudadanos aunque se escondan en Alaska, Singapur o Hungría. Algunos buscarán las noticias en los telediarios. Irán a Cuba cada vez que puedan, tratarán de llevarse cada recuerdo aunque tengan que volver a maldecir el calor, la podredumbre de las calles, la estafa gubernamental. Otros renunciarán a todo, tirarán el pasaporte azul en una gaveta clausurada, pero les quemará la palabra de cuatro letras como un tatuaje de fuego en el cuerpo. Algunos lucharán con lo que tengan en sus manos. Otros aprovecharán las pesadillas para vender souvenires de la tristeza. Una verdad es común para todos, nadie puede escapar de Cuba, todos llevamos la marca de agua en la frente, dentro de nuestra conciencia, en lo escondido de alguna evocación, ella nos pertenece aún desde cualquier destierro.

Regreso a ella una y otra vez. Me dicen que estoy obsesionada con el tema. Reviso diariamente blogs y periódicos, sigo su rastro en Twitter, busco una ventana de su presente en la música de Los Aldeanos, en las fotos que cuelga Orlando Luis, en esa caja de Pandora que se destapa cuando logras ver la verdad que te intentaron esconder, esa otra Cuba que no publica el Granma, esa realidad paralela de presos políticos por escribir lo que pensaban, de damas de blanco gritando Libertad junto a sus nietos, de dos millones de cubanos dispersos por el mundo a quienes se les niega el legítimo derecho de la ciudadanía.

'Divide y vencerás', dice el refrán que se practica desde el poder en la Isla. Así estamos, los cubanos de uno y otro lado del mar, los de Miami, satanizados ante la opinión pública, -me niego a repetir esa palabra despectiva que se impuso para los que están en contra del régimen castrista, es tan infantil, y estúpida como aquello de 'El que no salte es yanki'- estamos ninguneados por decidir vivir en cualquier punto del planeta, Cuba nos tacha con una cruz, y nos da el pésame. Nos penaliza por ser libres.

Sólo nos queda el derecho a gritar a los cuatro vientos lo que sabemos, porque cada secreto roto, cada verdad esgrimida ayudará a construir una sola Cuba.

'En la unión está la fuerza', reza otro dicho, por esa premisa sé que importa poco donde estés, desde dónde disientas, porque pueblo –esa palabra maltraída y maltratada- somos todos, porque yo también cogí camello, sobreviví con la libreta, y sentí que todo era muy injusto. Porque lo sigo sintiendo aunque me escapé de la isla calabozo. Porque no olvido. Y no perdono. Porque deseo abrir los ojos una mañana y que las cosas empiecen a cambiar de verdad.



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Autora: Lien Carrazana Lau

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Nací en La Habana en 1980. A veces soy artista plástica, escritora y diseñadora gráfica. Ahora vivo y trabajo en Madrid. Soy otra china cubana fuera de la Caja-Isla.

 

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