Un paseo en la mañana
Luis Felipe Rojas | 21/09/2009 21:34
Quería buscar agua para limpiar la casa, más tarde llamaría a Claudia Cadelo para felicitarla por el premio que ganó en el concurso de blogueros Isla Virtual. Esa mañana me preocuparía por saber del preso político cubano Juan Carlos Herrera Acosta, sancionado a 20 años de prisión en la Primavera Negra del 2003, de su autoagresión y el estado lamentable en que lo tienen. Cargaría un poco a mi hija pequeña, escribiría un rato y saldría a ver ese pedazo del mundo que es San Germán, un pueblo como Comala a las nueve de la mañana, pero llegaron los muchachos de la Seguridad del Estado. Me hicieron un par de preguntas y me invitaron a un “paseo” y una “conversación”.
Allí supe que en ese momento hacían un registro en casa de Yosvani Anzardo y habían acabado con la redacción del diario Candonga.org, luego supe que se lo llevaron al Departamento de Operaciones en un paseo más largo y tortuoso.
No quiero hablar de esa infértil conversación, de esas poses de benevolencia que asumen los oficiales cuando quieren pasar por sobrios, pausados y esconder la arrogancia que aprenden en años de entrenamiento en sus escuelas superiores.
Entre la amenaza velada de un registro domiciliario, la Ley Mordaza y el suplicio de mis familiares y amigos no tengo tiempo de mirar hacia el arrepentimiento. Me han develado la puerta del infierno y aunque no soy proclive a las flagelaciones que me ofrecen, tampoco siento el miedo que una vez temí llevar como un blasón.
Fue el pasado día 10 de septiembre. Ya mis amigos anotaron eso en sus bitácoras y páginas digitales. Lo agradezco. A la impunidad se le cierran cada vez más las puertas. El golpe puede ser mañana como hoy.
Enlace permanente | Publicado en: Animal de alcantarilla | Actualizado 21/09/2009 21:48
Un interrogatorio (final)
Luis Felipe Rojas | 14/09/2009 19:44
Tags: Represión
El oficial Pablo caminó hasta la ventana, dándome la espalda, se quedó un rato en silencio mientras el mayor Ballagas (supe su nombre al leer el acta de advertencia) me hacía las preguntas más insulsas del mundo (¿Para entretenerme y no dejarme pensar?, ¿Para indagar más? ¿Para dar tiempo a que cambiaran las cintas de audio o video con que me grababan? ¡Porque siempre te graban!)
Cuando se puso de frente a mí, me dijo con cierta sonrisilla malévola que en mi casa me esperaba lo peor, ya hablamos con tu mujer, dijo, y sé que no va a ser fácil, me advirtió. Entonces supe que estaban perdidos de a viaje. En mi matrimonio no había fronteras entre lo que yo hacía y cómo funcionaba todo en casa. Comprendo que al no poder penetrar profundo en casa de mi esposa, su descendencia jamaicana y su cultura diferente y de lo diferente lo hizo meter la pata otra vez.
Me hice el asustado y noté su alegría, por eso en vez de volverme a atacar tomó aire y me preguntó por los colaboradores de la revista Bifronte: quiénes eran, de dónde sacábamos el papel, por donde enviábamos la revista en digital. Por preguntar demasiado volvía a estar entre las cuerdas. Él debía llevarse una confesión novedosa, no lo que ya sabía. No mencioné a ninguno de los más cercanos a mí, incluso cuando me preguntó por Michael H. Miranda, distraje la atención hacia unos universitarios (ficticios) que nos ayudaban.
Cuando alguien pegunta se expone a una respuesta, pero si esa respuesta le vale la puntuación para su trabajo represivo, entonces intenta conseguir lo que quiere, es decir lo que a ti se te hace evidente y puedes manejar el rumbo de las frases entrecortadas, bajar la voz, toser, volver a interrumpir tus frases, de modo que él vuelva sobre la pregunta y tú te cerciores qué es lo que quiere en realidad. Ahí no podían golpearme, ellos intentaban aún salvarme para el mundo intelectual, de manera que no podían permitirse lo que con otros a los que ellos consideraban de menor categoría.
El interrogador cometió el fallo de girar la conversación hacia la manida forma de desprestigiar a la oposición, empezó a hablarme mal de gente que yo jamás había conocido, eran personajes relevantes de la resistencia pacífica por distintas razones, pero me ayudó mucho el hecho de que yo todavía no conocía a ninguno. Martha Beatriz Roque, Héctor Palacios, Vladimiro Roca, Osvaldo Payá, Juan Carlos González Leyva. En dos o tres frases soltó varias acusaciones de corrupción y baja catadura moral, pero seguí con el rostro impasible. No me afectaba porque realmente no tenía ninguna relación afectiva con ellos, no había intercambiado saludos siquiera con alguno. Entonces aquella andanada solo le servía para la grabación que estaban haciéndonos, a él y a mí. Sin embargo alguien con cierto sentido de lo práctico entre sus oficiales, debía comprender que aquel joven oficial hablaba para una pared. ¿Lo habrán percibido? Lo que sí fue una primera prueba de fuerza era si había recibido dinero de los Estados Unidos, de quién, cuánto y para qué. Hasta ahí fue el juego. Dejé de reclinarme en la silla, a lo mejor no había calculado que yo también estaría en el atolladero en el algún momento como ahora. Había recibido dinero, sí, pero de manos amigas, una menudencia para gastos de viajes y algo de papel, de parte de gente que había comprendido cuán necesario es oxigenar el mundo asfixiante de una oficialidad atorada en las llaves del poder.
No sé de qué me hablas, dije. Me observó como a quien no tiene remedio. Te van a caer veinte años arriba por gusto, estás ayudando a desprestigiar a nuestra revolución, fue su perorata instantánea. Yo me dije, caramba, qué lastima, este tipo está más concentrado en decirme todo lo que sus superiores le han ordenado que me diga, que en lo que pudiera sacar de mí. Por eso comprendería años más tarde que hay otros tipos de interrogatorio. Aquel no era de los que se empeñan en tomarte por el mentón, darte dos trompones o fracturarte las costillas, como hacen normalmente, su misión era un mensaje y nos servía a los dos: a él porque cuando sus superiores revisaran las cintas, ahí lo tendrían de aleccionador todo el tiempo, con una leve presión, pero aleccionador; y yo porque había jugado en la línea en que me pudieran extraer información sensible. Les eché a perder el récord de sucesos, a saber.
Cuando me preguntaron quiénes habían estado del otro lado de la video conferencia, dije que Pedro Corzo y Raúl Rivero, algo absolutamente incierto pero tendrían que ponerlo en el resumen. ¿Con quién fuiste a La Habana? Querían que respondiera que Eliécer Consuegra Rivas (Presidente de la Alianza) me hizo ir, eso completaría su plan de encausamiento para mí o para otro a quien tuvieran en la mira. De modo que con mi negativa (lo comprendí al instante) el Acta de advertencia estaría incompleto y discutimos largo rato. Fue una de esas veces en que el instructor Ballagas volvió a meter la pata. Esto ha ido bien, dijo el instructor, pero tú lo estás complicando, ya casi terminamos y mira como tú lo estás echando a perder. Otro fallo, y esta vez fatal. ¿Por qué asegurarme en qué les molesto específicamente? Me negué de plano una vez más, le dieron para atrás. A La Habana fui solo, y allí me vi con otros, a los que por supuesto no mencioné, tampoco les hacía falta.
De las cosas incautadas me interesé en el libro La gloria de Cuba, del ensayista y profesor Roberto González Echavarría, la novela Los embajadores, de Henry James y un manual práctico sobre el programa de diseño Page Maker. A regañadientes me los devolvieron. Me quitaron algo más de sesenta pesos convertibles, dos memorias flash de medio gigabyte. Me devolvieron la novela de James. Yo estaba cansado, un viaje extenuante desde La Habana, pero ellos también, así que me devolvieron la novela. Al salir a la calle, deshice la solapa, dentro llevaba un mensaje de un hermano, un documento que hasta ahora considero de vital importancia para seguir en esta lucha, es algo muy preciado a lo que ahora he sumado el valor y la decisión de haberlo salvado yo mismo.
Enlace permanente | Publicado en: Animal de alcantarilla | Actualizado 16/09/2009 7:22
Un interrogatorio (I)
Luis Felipe Rojas | 05/09/2009 7:02
Han pasado tres años, pero entonces era la primera vez que entraba de verdad en el juego del gato y el ratón, en lo que en Cuba se llama la olla de presión.
Yo venía de una video conferencia que se había realizado en la Oficina de Intereses de los Estados Unidos (SINA), estaba al lado de Guillermo Llanos Ricardo, un tipo cujeado al sol de la más fuerte represión. Nos bajaron de la máquina en la entrada de un pueblecito llamado Buenaventura, a unos cuantos kilómetros de Holguín, con el pretexto de “fumigar” el carro por una posible amenaza de dengue hemorrágico. Enseguida un policía vestido de azul se tiró para los paquetes. Tomó mi mochila y el maletín de Guillermo y preguntó de quiénes eran,
nos condujeron a la Unidad de la Policía y se acabó la fumigadera y el dichoso dengue hemorrágico.
En la unidad tuvimos que esperar casi dos horas hasta que llegaran los oficiales de la Seguridad del Estado de Holguín, sólo ellos, comprendí después, estaban autorizados a interrogarnos y requisar nuestras pertenencias.
Un dato curioso. Los policías vestidos de azul, bajo la orden de un oficial de la Seguridad del Estado, registraron todo, viraron los bultos al revés, hicieron miles de preguntas que nos encargamos de contestar como quisimos. Y diez minutos antes de llegar el Instructor y un oficial operativo, los mismos dos polis nos dijeron que dijéramos que no habían revisado nada ni hecho pregunta alguna. Desde ese instante supe que aunque me mandaran un león ya venía con gangrena, como en efecto fue.
A Guillermo no lo vi más hasta varios meses después, incluso salió del país y nunca conversamos sobre aquel hecho.
Me pasaron a la primera oficina que hay entrando a la izquierda en esa unidad. El oficial operativo, que dijo llamarse Pablo, entró como un bólido, era una obra de teatro preparada quizás desde meses o años antes en los laboratorios de Villa Marista. Con su cara pegada a la mía y pestilente a nicotina dijo que a la revolución no la tumbaba nadie y agregó un par de palabras obscenas que no se las creí. No sé por qué método uno llega a identificar a los tipos que en el bachillerato y la secundaria siempre fueron unos pendejos. El tipo era trabado y fornido, pero a lo mejor era el parpadeo constante, la forma de comerse el borde del labio inferior, no sé, pero si a un cubano con dos dedos de frente le pones a ese hombre delante y le preguntas qué le parece, te va a decir, tiene cara de pendejo, cobarde, que no mata ni una mosca. Estoy conjeturando, pero es fundamental este punto, este detalle, porque de ahí partió mi valor para enfrentar las siete horas de preguntadera, improperios, falsas acusaciones y los demás deslices que cometieron. Aclaro que esto no es el resultado de haber aplicado ningún método de enfrentamiento, ni cosa por el estilo, es solo mi testimonio particular. Sólo dos veces me habían llamado a manera de advertencia, sin demasiada presión, sin ir más allá de las clásicas palmaditas a la espalda.
El tipo casi me escupe, me limpié la lloviznita de saliva que dejó sobre mi mejilla y me concentré en mirarlo a los ojos. Esta es la primera vez que cuento públicamente sobre esto. Me concentré en sus ojillos nerviosos, como un conductor de espectáculo que ha dejado la letra del guión tras bambalinas y lo han sorprendido las luces. A cada rato se detenía como para enhebrar las frases, me daba la espalda y continuaba con su muela de lata.
En un principio me preguntó que adónde había estado en mis cuatro días habaneros. Pude mentirle como le había hecho al oficial y policías que me retuvieron, pero ahí radicaba todo, ese era un punto flaco y mis oraciones silentes a Jesucristo no habían fallado. Este hombre tal vez llevaba meses, años esperando interrogar a un intelectual (lo dijo él) y metía la pata en la primera pregunta, se puso fatal. Ya verán.
Le dije que en la SINA, como era cierto. A lo que inmediatamente los dos jóvenes oficiales que iniciaron la detención me miraron con ganas de comerme, yo les había dicho que los materiales ahora incautados era de la embajada española y ellos así lo habían trasmitido a Holguín, por lo que se dieron cuenta que yo los estaba ninguneando, tirando a mierda. La Embajada de España porque era en ese año, 2006, la luna de miel de Moratinos y sus emisarios con La Habana, los oficiales me habían mirado contrariados pero aceptaron. Ahora estaban en el desmentido y cuando uno me fue a reclamar, le pregunté a Pablo, que a todas luces dirigía el interrogatorio, ¿Por qué ellos tenían que revisarme las pertenencias y hacer preguntas? La pregunta bastó para que los dos fueran orientados a sentarse a la entrada de la oficina, yo sé que eso bastó porque uno de ellos preguntó si podían quedarse y Pablo les respondió que podían solo si guardaban silencio. No había caso, yo había entrado poniendo condiciones, ellos acatando la orden y lo mejor era que no se daban cuenta. O me atendían a mí, o seguían su guión, dos cosas a la vez es muy difícil de hacerlas bien.
Cuando me preguntaron dónde me había quedado en La Habana, dije que en casa de Héctor. Sin titubear, yo estaba algo nervioso, impresionado tal vez y dije: “En casa de Héctor”, pero sin decir la dirección ni agregar nada. Quien jodió la cosa fue el interrogador que acto seguido preguntó: ¿De Héctor Maseda? Y me vino el alma al cielo, ahí estaba otra vez metiendo la pata, entonces comprendí definitivamente que lo habían enviado a hacer preguntas… y escuchar respuestas. Pero ¿cómo podría yo haber conocido a Maseda si hacía tres años lo habían encarcelado?, ¿de qué manera un perfecto desconocido en la oposición como yo tendría la facultad o la conexión para haberme quedado en casa de Maseda, en casa de Laura Pollán, la ahora flamante co-líder de las más que conocidísimas Damas de Blanco? Tuve que reírme por dentro. En lo adelante yo conduciría secretamente el interrogatorio, en par de ocasiones hasta me permití hacerles dos preguntas. La primera fue mirándolo a los ojos y preguntarle si había leído a Heredia, el poeta romántico, el patriota. ¿A Heredia?, me dijo y, por supuesto, dijo que sí. Pero no seguí, yo solo quería que mintiera un par de veces, afianzarme en su cinismo me alcanzaba hasta para ponerlo en ridículo, era flojito en extremo en el “ping-pong” verbal. En otra ocasión le pregunté si conocía la obra de Reinaldo Arenas, ya que lo criticaba tanto y volvió a afirmar, desafiante, que sus superiores les exigían cultivarse a diario. Y punto, eso era lo que necesitaba saber. Un tipo que será incapaz de sentirse minimizado, inferior, incapaz de reflexionar y si no sabe de algo aprovechar y preguntarlo, tomar tiempo y posición. Es casi seguro que en la escuela del MINIT le enseñaron lo contrario, pero aquí estaba solo, sin sus oficiales instructores y se permitía esos lujos de ignorancia comunicativa. Lo tenía del lado de las cuerdas en el pugilato.
Eres, dice Pablo, el inventor de la revistica esa. Se refería a Bifronte, que hacíamos Michael H. Miranda y yo, la única revista literaria por esos tiempos, impresa, no oficial y censurada con acto de repudio, detenciones, registros domiciliarios y expulsión de centros de trabajo y ahora interrogatorio. Empezó por Bifronte, siguió a mis supuestos nexos con grupos opositores de la región, la Alianza Democrática Oriental en específico, y continuó con el dinero que yo había recibido del exterior. Pude empezar negándolo todo, de plano, pero echaría para atrás, de manera orgánica y sin tambaleos su guión. Le dije que sí a lo de la revista, pero agregué que el número tres ya se había impreso (mentira, no pasamos de dos números), estaba en casi diez embajadas y nos habíamos ahorrado esta vez la fatigosa labor de distribuirlo. Esta, le dije serio y mirándole los ojillos nerviosos, no queremos dársela a los intelectuales, esta se la van a llevar los que vayan por visa a las embajadas, que son siempre más personas comprometidas con el gobierno de alguna forma que disidentes mismos.
Se enfureció, se cagó en la madre del imperialismo yanki y en todos los opositores. Dijo que somos unos mierdas, que a la revolución (observen como repite su consigna) no la tumba nadie. Eso lo dijo dos veces más en la conversación. Me preguntó por libros que traía: la autobiografía de Hubert Matos, un libro de Antúnez, revistas Encuentro de la Cultura Cubana y otros. Le hice saber que no eran nada novedoso, que esos libros se leían en la calle, los tenían intelectuales comprometidos con su tiempo, proletarios, campesinos levantados en armas y el copón divino. Yo solo estaba agregando más ejemplares a los que ya había, de hecho a mí no me dolía la incautación, juro que casi los más de veinte libros y revistas que traía, de algún modo ya habían pasado por mi mano.
Enlace permanente | Publicado en: Animal de alcantarilla | Actualizado 05/09/2009 7:32
Juanes y el embrujo de la Plaza
Luis Felipe Rojas | 29/08/2009 7:03
Escribo esto a la luz del anunciado concierto del cantante colombiano en la Plaza de la Revolución. No quiero pecar de mal anfitrión. No me seduce demasiado este tipo de música, pero por mí, que den no uno, sino muchos conciertos más. Con tal que pase algo…
Ahora, recuerda, muchacho de buenas intenciones. Si vas a ejercer ese derecho de aparecerte en casa del vecino por la puerta delantera, mira hacia los trastes en la cocina. Pregunta que pasó hace unos meses en esa plaza llamada “para los revolucionarios”.
Quisiera llevar la geografía de tus conciertos para saber dónde estabas cuando allí arrastraron a las Damas de Blanco o cuando arrastraron a Antúnez y cuatro o cinco seguidores más por protestar de una manera más pacífica de lo que se hace en la Colombia de tus amores.
No sé qué paz y reconciliación vas a buscar encaramando a una tarima a Amaury Pérez cuando éste último no tiene ningún problema para obtener su permiso de salida por ser uno de los más confiables artistas del régimen de La Habana. Posiblemente la Tañón y Amaury hayan fumado más veces de la pipa de la Paz de la que podemos imaginar.
A la Olga y el Amaury que debieras intentar que los militares de Raúl Castro inviten es a la Guillot y el Gutiérrez, ahí sí habría reconciliación.
Cuando tu voz se alce en la frontera entre los municipios de Plaza y El Cerro, muchos jóvenes estarán pensando en cómo ir desde el interior de las provincias sin que los tachen de ilegales, sin que tengan que sacar un permiso de residencia para quedarse unos días en La Habana y verte y escucharte.
Ojalá te dejen subir a Gorki Águila, el de Porno para Ricardo, y no te llenen la plaza de banderas negras y pancartas alusivas al patrioterismo machacón, fabricado en ese lugar que ya escogiste.
¿Tú sabes que ahí cerca se cuece el racionamiento colectivo del cubano? En ese edificio que te va a quedar al frente se ponen en salmuera el cocotazo, la bofetada, la paliza, el gaznatón, el tonfazo, el escupitajo con que han humillado a una buena parte de los cubanos desde hace medio siglo.
Si no te llevas un récord de asistencia, por lo menos vas a ser uno de los pocos que ha podido cantarle a la paz frente al edificio del Ministerio del Interior en un país que se ha quedado sin misterios y enfermo precisamente de eso, del interior.
Muchos de los cubanos que te van a aplaudir conocen bien ese lugar, ahí se respira un tufillo negativo del carajo. Y ese es un aire que a nadie le resulta grato, muchacho de buenas intenciones.
Enlace permanente | Publicado en: Animal de alcantarilla | Actualizado 29/08/2009 7:06
Cubaniche por culpa propia
Luis Felipe Rojas | 22/08/2009 22:58
Mi egocentrismo no me da para otra cosa. Me es imposible negar que me gustaría aparecer en primera plana de todos los periódicos, pero como víctima y no victimario.
Qué genial sería que todos los que ningunean luchita individual, conectada por cables inimaginables a todo el que se opone a la barbarie contra el pueblo cubano, reconocieran que sí, que son los bárbaros uniformados y los rajacabezas de cuello blanco y burocracia armada los que tienen la culpa.
Pero no. Yo soy el culpable de todo y a veces eso (paradójicamente) me reconforta. Desde hace tres años cuando lancé mi grito público (debe de haber sido un chillido, pero ególatra al fin, lo magnifico) hice que un ejército entero se pusiera en pie.
No puedo calcular cuántos muchachotes, formados a la sombra del KGB, pasados por la gimnasia básica de Villa Marista, se dedican a leer mis artículos; sé que en el Departamento 21 (Enfrentamiento al Enemigo) tengo un oficial que se encarga sólo de mí. Me sigue, me llama, pregunta por mí en el barrio y más allá de sus fronteras: es capaz de “ubicarme” si estoy en La Habana o Pinar del Río y chequea mi nombre en la Lista de espera de las terminales de ómnibus.
Soy el único culpable de que un hombrecito vestido de paisano recorra las instituciones culturales advirtiéndoles a los funcionarios sobre mi peligrosa presencia. Por él las editoriales y concursos nacionales han aguzado vista y oídos ante mi posible (pero siempre lejana) participación. Se encarga de mis vecinos y conocidos. En su eterna agenda bajo el brazo guarda los improperios que los especialistas del Minint han destinado celosamente para mí: pseudo intelectual, escritor a sueldo del imperio, vendepatria, gusano y CR, que es como llaman en clave a los "contrarrevolucionarios".
Pero eso es un ramo de olivo. Yo soy la razón de ser de esa manada de patriotas enaltecidos que confundieron el amor con el tapaboca.
Les temen, pero los desprecian.
Mi egolatría se alza por encima del acoso y la humillación. Complacido, me siento culpable por cuenta propia. ¡Y a mucha honra!
Enlace permanente | Publicado en: Animal de alcantarilla | Actualizado 22/08/2009 23:16
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