Actualizado: 23/09/2019 16:12
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Economía

A media luz

De la pesadilla de los apagones a la falta de bombillas: La incoherencia de la 'revolución energética'.

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En 1980, Juana Larrea se quejaba de que no tenía toallas en casa cuando en el cosmos un compatriota saltaba a los titulares. Casi treinta años después, en plena revolución energética, como gusta llamar el gobierno a su programa de generación eléctrica, esta anciana tiene otra reclamación que hacer: bombillas para alumbrarse.

"Vamos de lo sublime a lo ridículo", ironiza.

La señora Larrea comparte la suerte de miles que en la Isla buscan cómo alumbrarse cuando el gobierno habla maravillas del plan energético que acabó virtualmente con los irritantes apagones de diez o más horas diarias que, además, servían de cobertura para robos, atracos y vandalismo.

"Eso está perdido", responde un vendedor de ferretería al ser preguntado sobre las bombillas ahorradoras. Encorbatado y bien rasurado, suelta la frase en lengua vernácula: "venían del yuma", para indicar que el producto era facturado en Estados Unidos. "Cosas del bloqueo", satiriza.

En el escaparate se anuncian varias lámparas portátiles y tubos de luz fría a precios que arrancan exclamaciones: estos últimos desde 2,50 pesos convertibles hasta 3,60 convertibles, casi la sexta parte del salario promedio.

Víctor Lamas, mozo de limpieza de un hospital, se rinde a las especulaciones. Imagina que las luminarias de bajo voltaje fueron a parar a "Haití o viajaron para Bolivia o para la China, quién sabe".

Y puede que lleve razón. El gobierno ha exportado su "experiencia energética" a varias naciones del Caribe mediante activistas cubanos. Puerto Príncipe, la capital haitiana, conoce de la diploenergía de su vecina caribeña. El diario argentino La Nación anunció el 3 de junio que Buenos Aires quiere sustituir cinco millones de lámparas, a corto plazo, y 20 millones en el futuro. Para esto ya "ha hecho contactos con el gobierno de Cuba, desde donde se importará un cargamento de lámparas de origen chino. Venezuela tramitó tiempo atrás una iniciativa similar".

Lamas lleva tres semanas zapateando por los comercios en procura de un bombillo "del que sea". Se sirve de la luz residual del televisor para ver qué come, porque "ni los merolicos tienen", dice aludiendo al mercado informal.

"Antes porque te quitaban la luz y ahora porque no hay con qué tener luz", comenta malhumorado, porque no halla alternativas para su problema. Arremete con un "¿velas?, ¿de dónde?".

Una oficina de la cadena Tiendas Panamericanas, usualmente distribuidora en sus ferreterías de este tipo de accesorios, respondió con evasivas a la pesquisa de CUBAENCUENTRO.com.

"No sabemos, señor", ignoran los funcionarios o facilitan otro número telefónico para interlocutores fantasmas.

Las últimas ofertas que quedaban en el mercado eran para enloquecer. Bombillas ahorradoras, que semejaban la llama de una vela para apliques y lámparas de brazos, de tan sólo siete vatios de potencia, salían a un precio de 2,45 pesos convertibles.

"De contra que no alumbran, me la quieren meter por la cabeza a ese precio…", rezonga Lamas.

Malas noticias

La sustitución de las bombillas incandescentes por lámparas ahorradoras comenzó en la Isla en el verano de 2005, como parte de un programa impulsado por las autoridades para reducir el consumo de electricidad y colocar el ahorro como el principal motor económico del país, con unos 2.000 millones de dólares al año.

Fidel Castro diseñó personalmente la operación. Puso a miles de trabajadores sociales, "los ángeles guardianes de la revolución", como les llamó entonces, a tocar de puerta en puerta y cambiar las bombillas incandescentes por las ahorradoras.

Roberto González Vale, especialista del Ministerio de la Industria Básica, explicó a la sazón que el objetivo en la capital era sustituir 1,2 millones de unidades tradicionales por las eficientes. El nuevo soporte evitaría inversiones en unidades generadoras por un costo de 20 millones de dólares.

Fue un trueque rápido y exitoso. Pero desde esa primera vez nunca más se realizó la reposición y el Estado comenzó a comercializarlas en las tiendas en divisa o en la red en pesos con un precio equivalente a la moneda dura. De tal modo, una bombilla de 15 vatios llegó a venderse en 1.60 CUC, equivalente al 9% del salario promedio. Era la mejor opción.

Ante la falta de bombillas ahorradoras, las personas han regresado a las lámparas fluorescentes, pero estas cuestan 65 pesos, equivalentes a 2,60 CUC, más el tubo lumínico de 20 vatios que podría conseguirse, en el mejor de los casos, por 20 pesos. Malas noticias. Han desaparecido.

"La reconversión doméstica sale cara y no está a la vuelta de la esquina", comenta FD, un ingeniero del sector. Achaca la falta de bombillas a la pésima gestión de los compradores cubanos. "No creo que falte el dinero para adquirirlas", deduce.

Pies de barro

La llamada revolución energética aporta ya réditos. En junio de 2007, Cuba pasó de ser un país deficitario en electricidad a uno —dicen— con exceso de oferta. Según el vicepresidente Carlos Lage, el potencial de generación en la Isla alcanzó 3.400 megavatios, los cuales sobrepasan un 36% la demanda de 2.500 megavatios, informó la prensa oficial.

Vicente de la O, director de la Unión Eléctrica, dijo por su parte a una comisión de la Asamblea Nacional que en los últimos tres años el ahorro fue de 961.419 toneladas de combustible. El funcionario explicó que casi un 40% del ahorro "se debió al cambio de refrigeradores altamente consumidores por equipos más eficientes" en ciudades y zonas rurales.

Sin embargo, la venta de esos equipos, de la marca china Haier, está paralizada. Según rumores, la firma asiática emplea componentes o tecnología en poder de los estadounidenses, lo que en aras del embargo de Washington a la Isla veta su distribución entre los ciudadanos.

Hace un año, Yadira García, ministra de la Industria Básica, dijo que más del 98% de cerca de un 1.900.000 encuestados en Cuba elogió los beneficios del programa energético.

El estudio representó el 65% de las personas que recibieron equipos electrodomésticos eficientes, sobre todo de cocción, que consiguieron reducciones sustanciales en el uso de los combustibles tradicionales, como la leña, y de alto costo para la salud, como el queroseno.

Según los cálculos oficiales, con inversiones superiores a los 1.500 millones de dólares, el plan energético logró en el corto plazo establecer un nivel de generación sin precedentes, descentralizar su producción y revertir los odiados apagones que amenazaban con revueltas locales.

Sin embargo, este impresionante campo de generación tiene los pies de barro. Se sustenta en parques de usinas que devoran toneladas de fuel-oil y diesel.

En 2005, cuando comenzó el proyecto, el barril de petróleo costaba USD46, ahora casi se ha triplicado y lo peor es que no se vislumbra un fin para la espiral. Cuba, que consume 8,2 millones de toneladas de hidrocarburos, tiene su pozo fundamental en Venezuela y ya eso es un riesgo.


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