Actualizado: 11/12/2019 10:35
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Política

A propósito de las 'elecciones'

¿Se sobredimensiona el alcance de los cuerpos represivos, o se minimiza el valor de la libertad individual?

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La lectura de un artículo publicado recientemente en este diario (Continúa la farsa), así como la ola de comentarios que suscitó, demuestran lo controvertido del tema "elecciones" en la Isla. El conocido ritual cíclico que moviliza a millones de personas a las urnas para legitimar supuestamente al régimen que los margina, bajo el pretencioso título de ejercicio democrático.

El tema coloca también sobre el tapete la tendencia de muchos ciudadanos a ver los toros desde la barrera. En el trabajo de Yodel Pérez Pulido y en los comentarios de los lectores, llaman la atención dos elementos: la ignorancia de algunos aspectos importantes del sistema electoral nacional y el desconocimiento de los derechos individuales, a contrapelo de las precariedades cívicas de una sociedad bajo un gobierno totalitario de casi cinco décadas.

Sin ánimo de levantar resabios, aclaro ciertos puntos que podrían debilitar el análisis de unos y otros. El articulista sitúa la creación del sistema electoral en la misma fecha que se fundaron los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), 1960; aunque fue en 1976. El primero nació una vez establecida la división político-administrativa y tras haberse concebido el engendro de Constitución que refrendara entonces la más absoluta fidelidad a la Unión Soviética, entre otros vergonzosos aspectos.

Esta aclaración podría parecer un detalle trivial, pero no lo es: demuestra que tras la forzosa (y forzada) renuncia del presidente Manuel Urrutia, en 1959, y de la asunción del cargo de presidente de la República por Osvaldo Dorticós, el habilidoso Castro se hizo con el poder ilegítimamente, sin convocar elecciones —ni siquiera falsas— durante más de 15 años. Si se habla de la historia de Cuba y de estos dolorosos 50 años, es preciso establecer los hechos como fueron, para garantizar que no se repitan en el futuro.

Dilema de la obligatoriedad

No vale la pena analizar la ridícula coreografía que en la Isla suelen llamar "elecciones". Se sabe que son una farsa y no tienen el más mínimo atisbo de credibilidad, menos aún de democracia. Sin embargo, se crea o no, no es obligatoria la asistencia a las "nominaciones" de candidatos o a las urnas.

No somos pocos los que no asistimos hace tiempo a esas y otras representaciones (marchas, trabajos voluntarios, guardias del CDR, donaciones de sangre, "rendiciones de cuentas"…), ni pertenecemos a organizaciones políticas, de masas, ni a las milicias. Tampoco firmamos la reforma constitucional orquestada en cada cuadra, a libro abierto, para declarar el carácter "eterno" del socialismo, como respuesta al Proyecto Varela, propuesta de Oswaldo Payá.

Si bien es verdad que se intenta establecer un cerco alrededor de las "ovejas negras", no lo es menos que nadie va preso por ejercer sus derechos constitucionales (el derecho a elegir o votar), ni es expulsado de su centro de trabajo por esa causa.

Lo casi anecdótico del párrafo anterior ilustra una cuestión raigal: los regímenes totalitarios se sustentan en el miedo cerval de los ciudadanos, que paraliza a la gente. No obstante, cuando el individuo asume la responsabilidad de su libertad (por muy precaria que sea), descubre que nada puede ocurrirle por ejercer sus derechos.

Se reconozca o no, cualquiera puede elegir entre asistir a una asamblea o no, ejercer su derecho al voto o no, y decidir su pertenencia a alguna organización oficialista. Muchos creen que a partir de los 16 años están obligados a integrar los CDR, pero no es cierto. Claro que, a la larga, los trasgresores suelen ser castigados, sobre todo mediante presiones en el trabajo; pero no se podría obligar a abandonarlo a los centenares de miles que no creen en el sistema electoral, ni en las organizaciones políticas, de masas y laborales, y en los políticos de utilería, si decidieran asumir su responsabilidad cívica.

Es curiosa la idea generalizada de que es obligatoria la participación en las elecciones. Los testimonios que confirman esta afirmación serían interminables, porque a diario, en cualquier lugar público, los ciudadanos se quejan de las precariedades de todo tipo que lastran la vida en la Isla; y, paradójicamente, protestan por tener que votar por un sujeto que no resolverá absolutamente nada.

Orwell y los niños

Algunos individuos han creado recursos particulares para no sentirse incómodos consigo mismos: van a las urnas y anulan la boleta, o se esconden en sus casas, fingiendo no estar, hasta que se cierran los colegios electorales. Tal es su "venganza".

Esta actitud pueril tiene tal arraigo, que incluso la comentan quienes viven fuera del país y sugieren a los de aquí ponerla en práctica para hacer daño al régimen. No es efectivo el método: siempre que haya asistencia masiva a las urnas, el gobierno se las arreglará para alterar los resultados. ¿Acaso el Partido Comunista de cada municipio no dirige el proceso, controla los votos y realiza el escrutinio?

Hay quienes dicen que es obligado votar porque al que no se presenta "le mandan los pioneros a la casa para que lo busquen". A tal nivel de miseria moral llevan el temor y la paranoia: la gente no sólo desconoce el principio de voluntariedad frente a las elecciones, sino que teme a los "pioneros" que utiliza el gobierno para forzar la asistencia de los más morosos. Esconderse de los niños es un recurso que sólo he podido encontrar en la literatura de George Orwell.

Las elecciones son doblemente falsas: no sólo las personas acuden a votar automáticamente por un candidato predeterminado "desde arriba", confiable para el gobierno y sumiso a la voluntad del partido único, que no responde a ninguna de las muchas y crecientes demandas populares; sino que tanto el delegado "electo" como el gobierno conocen la falta de fe de los ciudadanos y la falacia electoral con la que se supone demuestran al mundo la cohesión de los cubanos.

¿Qué opinión seria llamaría "elecciones" a un rito tantas veces repetido e inoperante en un pueblo que sólo ve agravarse sus condiciones de vida y limitadas cada vez más sus libertades?

Ahora bien, es igualmente curioso que la paranoia nacional alcance incluso a quienes se marcharon al exilio. Algunos comentarios de los lectores, en el trabajo de Pérez Pulido, mencionan, de manera casi enfermiza, que la Seguridad del Estado coloca micrófonos o cámaras ocultas en determinados lugares para detectar a los descontentos e, incluso, tomar represalias. Se sobredimensiona el alcance de los cuerpos represivos, o se minimiza el valor que tiene la conciencia de la libertad individual.

Es preciso alcanzar ese estado de gracia en el cual a un individuo no le importa tener el teléfono intervenido; porque es capaz de expresar sus ideas a viva voz. Resulta ridículo que traten de escuchar en secreto lo que proclama a los cuatro vientos.

Cuando se tiene libertad de conciencia, los sistemas de escucha de la policía política no frenan la expresión de las ideas. Una vez más, el freno viene del miedo a perder algo por quienes no comprenden que no tienen nada más que perder, salvo ese miedo, y que es preferible despojarse de él para conservar la dignidad.


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