Actualizado: 20/10/2021 13:39
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Política

Poder de las tinieblas

El dilema de contar votos en blanco o releer a Hobbes. ¿Cómo entender el sistema electoral cubano?

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No habría que perder el tiempo buscando indicios entre las cifras de votos en blanco, boletas anuladas y por cientos de participación popular dados a conocer por el régimen en informes tan confiables como las pesas de nuestros bodegueros.

Tampoco sirve de mucho repetir cantaletas tales como que la gente en Cuba acude a votar sólo por miedo a las represalias, o que nuestra maroma electoral no es democrática por el simple hecho de que participa un solo partido, siempre el mismo, con candidatos escogidos e impuestos por el poder.

Esto es verdad, pero apenas alcanza para revelar medianamente la naturaleza embaucadora de que lo aquí llaman el Poder Popular, fachada más bien poco sutil de una dictadura sin límites y sin escrúpulos, que, no obstante, ha conseguido validarse (al menos formalmente, aunque con el visto bueno de casi todo el mundo) mediante un sistema basado en el poder de las tinieblas.

La autoridad, no la verdad, es la que hace las leyes. Lo entrevió desde hace mucho Thomas Hobbes, aquel degustador de monarquías absolutas. Luego vinieron otros y le enriquecieron la idea, demostrando además que quien hace la ley hace la trampa. Sin embargo, ninguno ha conseguido tanto como nuestro totalitarismo, que no sólo hace la ley y la trampa, sino que también se las arregla para fabricar verdades (o espejismos de verdades) que legitiman su autoridad.

Los ejemplos son innumerables. Y nos resultaría provechoso darles taller, en vez de continuar tirando salvas con imputaciones sin sustancia, denuestos machacones y comparaciones despistadas que ni cosquillas le producen al régimen.

La evaluación realista y serena en torno a las más profundas causas de nuestra tragedia es algo que, en primer lugar, nos debemos hoy nosotros mismos, por nuestros dolores pasados y presentes y por nuestras esperanzas del mañana; y en segundo lugar, se la debemos, por imperativo de elemental piedad, a decenas de millones de latinoamericanos pobres, abandonados, confundidos y sin más perspectiva a la vista que aquella que les ofrece cierto caudillismo zafio que ni cabeza tiene, ya que es cola (postiza) del nuestro.

Moldeadas con mano maestra

En el caso concreto de las elecciones para delegados de circunscripción, más que enfocar los resultados del último día, tal vez nos sea útil (de momento) un somero repaso a sus preparativos. Es aquí justamente donde son moldeadas con mano maestra las bases del susodicho poder de las tinieblas.

Barrio por barrio, las representaciones comunales del régimen van seleccionando a sus candidatos, previa charla de consulta con cada uno de ellos. Ya puestos de acuerdo, a los escogidos se les encarga la tarea de ser delegados, sin que haya tenido lugar, claro, la asamblea donde el pueblo realiza su selección.

Sólo a un extranjero inadvertido le cabe preguntarse cómo es posible entonces que la decisión popular coincida con lo ya cocinado oficialmente. No hay más remedio que aclarar que una vez seleccionan a cada futuro delegado, los representantes del régimen designan, mediante el mismo mecanismo y también paso previo a la asamblea, a las personas (por lo general, miembros del PCC o la UJC) que en cada una de las circunscripciones deberá levantar la mano antes que cualquier otra para extender "su propuesta".

El resto es pan comido: la gente del montón no quiere ser elegida para asumir responsabilidades oficiales, mucho menos como delegado de barrio, pues conocen de antemano que este es un cargo de mentirita, una pieza falsa (justamente la más débil) dentro del artefacto inoperante del Poder Popular.

Tampoco resulta del menor interés, por parte de la mayoría, proponer candidaturas propias como posibles rivales de las que (todo el mundo lo conoce, por más secreto que sea) son lanzadas por el poder. Y ni hablar de la eventualidad de que un candidato propuesto por la masa no reúna los requisitos "revolucionarios" que demanda el caso. Es un lío que nadie está dispuesto a buscarse porque, entre otras razones, sabe que no se saldrá con la suya.

De cualquier manera, siempre es seleccionado algún otro aspirante además del oficial, pero su candidatura conforma apenas parte del juego. Si algo aprendimos muy bien los cubanos durante casi medio siglo de sometimiento total es a descifrar de un vistazo las normativas que nos imponen desde lo alto. Así que invariablemente saldrá electo el delegado que ya lo era antes de realizado el escrutinio.

Otro tanto (más bien copia al carbón) ocurre en las elecciones para dirigentes sindicales que tienen lugar en los centros de trabajo y, por añadidura, en todas y cada una de las convocatorias para que las masas populares de esta isla elijan a alguien o decidan o condenen o suscriban algo.

Sin necesidad de mentir

A Hobbes igualmente pertenece aquella tenebrosa hipótesis según la cual hay circunstancias en que las personas, cerradas todas sus salidas, anuladas sus iniciativas, atomizada su individualidad dentro del grupo, perdida la confianza en sí mismas y, para colmo, temerosas unas de las otras, aceptan pasivamente someterse a la supremacía del poder. Quizás estaba describiendo nuestro entorno con más de trescientos años de anticipación.

Otro aspecto que se menciona poco, o desacertadamente, con referencia a eso que llaman nuestras elecciones, es el hecho de que la dirección del régimen, representada para el caso por la Comisión Nacional Electoral, no necesita mentir en cuanto a los resultados del proceso. Tampoco necesita ordenar fraudes a través de las boletas o de las cifras de participación y/o votos.

El poder de las tinieblas ha sido aceitado de manera tal, a lo largo de casi medio siglo, que en cada circunscripción, en cada municipio, en cada provincia, los dirigentes locales saben lo que tienen que hacer e informar sin que se les ordene, para que sus parcelas no queden rezagadas del resto ante el enjuiciamiento de arriba. Y esto es algo que lo mismo sucede durante las elecciones que en el día a día de cada empresa, de cada institución, de cada ministerio, de cada proyecto, de cada campaña, de cada tarea, de cada misión…

El régimen se llena la boca para proclamar que en Cuba no se desarrolla la más mínima campaña política previa a las elecciones. No es cierto. Pero tampoco es lo más importante, ya que (como se ha visto sólo con una observación parcial del proceso eleccionario) ni siquiera necesita hacer campaña.


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