Actualizado: 23/10/2017 19:03
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Santiago de Cuba, La Habana, Flotas

Añejas polémicas cubanas: el Palacio Municipal de Santiago de Cuba (II)

Segunda y última parte de este trabajo

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Hoy Santiago de Cuba es una de las tantas ciudades de la Isla (incluyendo, por supuesto, la propia Habana) que sobreviven a una difícil y prolongadísima mala situación económica y que alimentan la emigración hacia la capital de la Isla (y hacia Estados Unidos u otros horizontes), emigrantes orientales que, muchos de ellos, por sus precarias condiciones de vida, de vivienda y de documentos, se han ganado en La Habana, digamos que injustamente, el despectivo mote de “palestinos”.

Lo cierto, y así entramos en materia, es que al santiaguero con afanes de ilustración y crecimiento intelectual se le abrían siempre dos caminos divergentes: emigrar, muchos lo habían hecho ya a través de la historia y lo seguirían haciendo en el futuro, o dedicar sus esfuerzos y saberes a enaltecer el patrimonio social y cultural de la ciudad, lo que también hicieron otros muchos santiagueros.

Pero claro, en esa interminable batalla por el enaltecimiento de la patria chica se suscitaban, como en todo tiempo y lugar, desacuerdos y polémicas, sobre todo cuando del embellecimiento y modernización de la ciudad se trataba y, no hay por qué negarlo, cuando la economía y los negocios, sobre todo los derivados de los presupuestos gubernamentales, flotaban en el ambiente.

Narremos entonces, muy resumidamente, una de esas añejas polémicas: la del diseño, elección del proyecto, partida de presupuestos y posterior construcción del nuevo, nuevo para entonces, porque su concepción era básicamente colonial, del Palacio Municipal de Santiago de Cuba.

Veamos:

La investigadora santiaguera Alicia García Santana (2007) nos cuenta que la Plaza de Armas de Santiago de Cuba, una villa trazada a regla y cordel, reticular, según los patrones de los campamentos militares hispanos de la época de la conquista, fue el centro de las actividades civiles, políticas y religiosas de los pobladores, pero dejando en claro que durante toda la colonia fueron los festejos religiosos los predominantes.

En los quinientos años de vida de Santiago esa Plaza de Armas se ha mantenido en el mismo lugar —consta en los Archivos de Indias que en 1663 el capitán general Rodrigo Flores de Aldana intentó llevar la ciudad, muy despoblada entonces por el ataque y saqueo inglés de 1662, hacia las cercanías del Morro, pero la cosa no prosperó— aunque sus edificaciones sí han sufrido múltiples destrucciones, cambios y reconstrucciones, entre otras cosas gracias a los ataques filibusteros y militares externos, a los incendios, a los vaivenes de la fortuna (mayor o menor ímpetu constructivo) y a las destrucciones producidas por los grandes terremotos de 1766 y 1852 y a múltiples movimientos telúricos menores —pero peligrosos— que los santiagueros denominan temblores.

Y entre esas edificaciones que rodean la plaza (actualmente se llama Plaza o Parque Carlos Manuel de Céspedes) hay dos que de ninguna manera podían faltar desde el inicio: la iglesia principal, en este caso la Catedral, cuya edificación convirtió en ciudad a Santiago, y la Casa de los Gobernadores, o Palacio de Gobierno, o Casa Consistorial, o Casa del Cabildo, o Ayuntamiento, o Palacio Municipal, que de todas esas formas se ha llamado en Santiago de Cuba a lo largo de los siglos.

Pero en Santiago habitualmente ocurrió —la iglesia fue fuerte y rica casi siempre, generalmente más que el poder civil— que la Catedral superó en prestancia y belleza arquitectónica al Palacio de Gobierno, un hecho al que nunca se le dio demasiada importancia hasta el final de la dominación española y el comienzo de la república. Fueron precisamente los norteamericanos, al aceptar la rendición española de la plaza en 1898, e izar la bandera de las barras y las estrellas en el palacio de Gobierno, los que demostraron la preponderancia que debería tener este último sobre la Catedral, por lo menos en el ámbito civil.

El ritual de la rendición y traspaso de poderes de los españoles a los norteamericanos celebrado en la Plaza de Armas y el Ayuntamiento fue un hecho que no pasó inadvertido para el primer alcalde republicano de la ciudad, Emilio Bacardí, quien instauró de inmediato una festividad civil a la que denominó “La Fiesta de la Bandera”, a celebrarse cada 31 de diciembre, festejo que aún, más de cien años después, continúa celebrándose. (recomendamos el interesantísimo estudio del historiador Alejandro Pichel Verdasco titulado precisamente La Fiesta de la Bandera, publicación de autor, 2013, un estudio que consideramos de mucha utilidad y prácticamente único).

Crecía, por tanto, en la república, la preponderancia del gobierno civil en Santiago de Cuba, pero lo cierto es que la Catedral, remozada en 1854, había crecido en monumentalidad, mientras que el Palacio Municipal (databa de 1802), muy dañado —perdió toda la planta superior— durante el terremoto de 1852, había decrecido, desnivelando así el equilibrio paisajístico de la plaza y disminuyendo, de paso, la autoestima del poder civil.

¿Qué hacer entonces?

Hubo dudas. Por ejemplo, el arquitecto santiaguero Francisco Ravelo Repilado propuso construir —en la zona que hoy se denomina Ferreiro— una nueva plaza cívica y un nuevo palacio de Gobierno, ampliando la vieja Plaza de Armas y rodeándola de edificios modernos, presididos por la Catedral. (Plan regulador de la ciudad de Santiago de Cuba, septiembre, 1940) La otra variante, mucho más sencilla y menos onerosa, era derribar el viejo edificio del Ayuntamiento y construir un nuevo Palacio Municipal en el mismo emplazamiento donde se ubicaba el anterior. Es esta última variante, mucho menos costosa y más fácil de llevar a cabo, la que gana la mayoría de las opiniones favorables.

Todo este proceso se cuenta aquí muy rápido pero las decisiones constructivas demoraron, en realidad, más de cuarenta años, casi medio siglo. Años de forcejeos políticos, de cálculos y más cálculos económicos, de rivalidades sociales y disputas culturales.

Una especie de polémica ciudadana en cámara lenta.

En 1944 se crea la Comisión Pro-Monumentos, Edificios y Lugares Históricos y Artísticos de Santiago de Cuba (¿largo, verdad?) y en 1947 comienza a funcionar la Universidad de Oriente, la primera fuera de La Habana. Son dos instituciones que ganan cierto poder y comienzan a presionar para dar solución al problema del Palacio Municipal. Algunos líderes políticos (El alcalde auténtico Luis Casero Guillén, por ejemplo) y personalidades sociales y culturales (Felipe Martínez Arango, Ulises Cruz Bustillo, Pedro Cañas Abril, etc.) de la ciudad también se involucran en el asunto, alegando, con razón, que Santiago de Cuba debe evolucionar y adaptarse al siglo XX.

No obstante, el crédito financiero para la nueva construcción —500.000 pesos— no se aprueba hasta marzo de 1949 y la resolución definitiva de la asamblea municipal para las obras no se obtiene hasta el 22 de noviembre de 1950. Como dice un viejo refrán español que viene de perlas en esta ocasión: Las cosas de palacio van despacio.

Comienza entonces el proceso de concurso —se nombra al arquitecto Ulises Cruz Bustillo organizador del mismo y asesor técnico— que deberá escoger el proyecto ganador. El concurso se abre el 31 de enero de 1951 y se cierra el 30 de abril del mismo año.

No abrumaremos al lector actual con una sucesión de fechas, nombres y eventos (Los interesados pueden encontrar todos los detalles en el archivo de la oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba/archivo doctor Francisco Prat Puig). Gana el concurso el proyecto del arqueólogo y profesor de la Universidad de Oriente Francisco Prat Puig y de los arquitectos Eduardo Cañas Abril y Raúl Arcia Monzón —este discutido proyecto es el que se construyó por fin y existe hoy en día—, y todo parece ir sobre ruedas hasta que… hasta que comienzan a protestar los adversarios del susodicho proyecto, comandados por el accionista de la Co. Bacardí José Pepín Bosch, que señala al plan arquitectónico como decadente, obsoleto, y acusa al jurado seleccionador de cohecho (Diario de Cuba, 2 de septiembre de 1951) alegando que el presidente de la Sociedad de Geografía e Historia de Santiago de Cuba, Pedro Cañas Abril, parte importante en el proyecto —y en el uso de fondos— era hermano de uno de los premiados, lo que es cierto, como cierto es también que no presenta pruebas concluyentes de delito.

La disputa fue larga, desagradable y dejó heridas en diferentes sectores de las llamadas clases vivas de la sociedad santiaguera. Pero al fin se impone el proyecto ganador, muy inspirado, por cierto, en el del gobierno colonial de 1738 (ver imagen de arriba y comparar con la foto de debajo). El argumento de no construir algo moderno en la Plaza de Armas pesa entre los polemistas, un argumento que, también, por cierto, se vendrá abajo con la demolición, muy poco después, del antiguo y bonito Hotel Venus —equidistante de la Catedral y el Palacio de Gobierno— para construir allí el modernísimo edificio del Banco Nacional (ver foto debajo), que sigue ahí.

Para terminar. La construcción del nuevo/viejo edificio del Palacio Municipal de Santiago de Cuba comenzó en marzo de 1952, al mismo tiempo que Fulgencio Batista daba su golpe de Estado. Se concluyó, sin penas ni gloria, en octubre de 1954. Se convirtió después en una imagen fugaz de alguna prensa internacional con las fotos de la manifestación de las madres santiagueras protestando por el asesinato de sus hijos (con la presencia del embajador norteamericano en Cuba). Y se reinauguró, ahora sí con bastante cobertura internacional, el día primero de enero de 1959 con el discurso de victoria, desde su balcón principal, de Fidel Castro.

Ese, justamente ese, fue el momento cumbre —en sentido histórico y de comunicación social de masas— del nuevo Palacio Municipal y también, por supuesto, de Santiago de Cuba. Castro, con su deslumbrante (así se vio en ese momento) acceso al poder, prácticamente borraba de la memoria histórica las vicisitudes y avatares del Palacio Municipal. De ahí en adelante, y hasta hoy, la historia del edificio es rutinaria… y mustia.

Nota: Estoy en deuda con la rigurosa investigación de la Profesora María Elena Orozco Melgar titulada El Palacio Municipal de Santiago de Cuba en la recuperación de la memoria colectiva (Arquitectura y Urbanismo, vol. XXXV, # 2, mayo-agosto 2015, págs. 19-40). De ese excelente trabajo investigativo vino la idea para este ensayo.


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