Actualizado: 17/12/2018 10:04
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Diario, Historia, Céspedes

Céspedes y la reconciliación entre cubanos

Según aparece consignado en el diario de Carlos Manuel de Céspedes, ciertos juegos sucios del castrismo, como negar pasaportes y abrir cartas, tienen un precedente mambí

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El 27 de febrero de 1874, “parece que Céspedes, al verse sorprendido por fuerzas españolas, se disparó el revólver procurando suicidarse y, no habiéndolo conseguido, se arrojó huyendo por un farallón y concluyó sus días por el fuego de los [cazadores del batallón] de San Quintín”. Así reza la primera de cuatro notas que, con letra diferente, aparecen al final del diario en que Carlos Manuel de Céspedes del Castillo, alias el Padre de la Patria, venía apuntando sus peripecias desde el 25 de julio de 1873.

El diario “perdido”

Sin otra página perdida que aquella correspondiente al 23-24 de noviembre de 1873, ese diario consiste en una libreta y un librito que se dieron por perdidos al esconderlos Manuel Sanguily Garrite —el autor presunto de las cuatro notas finales— más o menos con el mismo celo con que Máximo Gómez ocultó el diario de campaña de Martí tras arrancarle cuatro páginas correspondientes al día siguiente (6 de mayo de 1895) al encuentro con Maceo en el ingenio La Mejorana.

El diario “perdido” de Céspedes fue a parar al archivo del diplomático y periodista cubano José de la Luz León (1892-1981), quien encargó a su esposa entregarlo post mortem, junto con otros papeles, al Historiador de La Habana, Eusebio Leal. Y pasó una década larga hasta que por fin el diario del Padre de la Patria se diera a imprenta en la Madre Patria.

La reciente XXVII Feria Internacional del Libro de La Habana se dedicó precisamente a Leal, quien aprovechó la ocasión para presentar la sexta edición de Carlos Manuel de Céspedes. El diario perdido (La Habana: Ediciones Boloña, 2018). La nota de Granma sobre esta presentación subraya que, al caer en sus manos la edición príncipe (Zamora: Imprenta Malmierca, 1992), Fidel Castro dijo: “Hay que publicarlo”, esto es: en Cuba. Enseguida se hizo (La Habana: Ciencias Sociales, 1992), pero cabría preguntarse por qué una imprenta zamorana tuvo la primicia. La sexta edición actualiza un tanto la quinta (1998), ya corregida y aumentada, de Ediciones Boloña, la casa editorial de la Oficina del Historiador de La Habana. Y viene con mejor portada: la bandera original del alzamiento de Céspedes.

La reconciliación entre cubanos

La nota de Granma puntualiza también que “hay espacio para la conciliación” en el libro, pues Leal reitera el “signo de reparación” que advirtió en la foto de abril de 1906 en que Salvador Cisneros Betancourt, Marqués de Santa Lucía y rival político de Céspedes, aparece ante su tumba en Santiago de Cuba. Sólo que basta una corta muestra de las entradas de 1873 en el diario “perdido” para poner en la picota el “signo constructivo” que Leal atribuyó a “esta foto maravillosa” para insertarla en el libro.

  • Jueves 11 de septiembre. El Marqués tiene formada una conspiración [para] deponerme y entrar en mi puesto
  • Martes 28 de octubre. Se me presentó (…) un acuerdo de la Cámara [de Representantes] fechado ayer en que me deponía de la presidencia y otro de la misma fecha en que se designaba al Marqués para reemplazarse [1]
  • Jueves 30. El Ejecutivo trata de coartar mi libertad, no sólo negándome mi pasaporte, sino [también] obligándome a estar en el lugar de su residencia
  • Sábado 1ro de noviembre. Temo que crean (y no es así) que trato de organizar la reacción y me asesinen o hagan caer en poder de los españoles
  • Miércoles 5. Cuando uno se ve sustituido en el puesto por una persona tan indigna, pierde la satisfacción de haberlo ocupado
  • Viernes 7. Me he convencido de que el nuevo gobierno está abriendo las cartas
  • Jueves 20. Sigo en la creencia de que se trata de demorarme con alguna idea
  • Viernes 21. No desistiré de marcharme (…) Se comprende que haya deseos de obstaculizarme mi salida. ¡Qué pequeñez de presidente!
  • Sábado 27 de diciembre. ¡El gobierno no puede darme una escolta!

Así tenemos que ciertos juegos sucios del castrismo —como negar pasaportes y abrir cartas— tienen glorioso precedente mambí. Esto sugiere que Castro llevaba cierta razón con que “ellos hubieran sido como nosotros, nosotros hubiéramos sido como ellos”.

A la postre Céspedes fue autorizado para separarse del gobierno ambulante mambí y el 23 de enero de 1874, a las 8 ½ de la mañana, llegó a la finca San Lorenzo, situada entre varios arroyos de la Sierra Maestra y cerca del río Contramaestre. El jueves 12 de febrero anotó que el jefe militar de la zona, coronel Benjamín Ramírez, había manifestado al Prefecto José Lacret Morlot, máxima autoridad civil, trasladarse a otro lugar, porque todas las tropas serían retiradas de allí. Al día siguiente Céspedes apuntó que el prefecto consideraba San Lorenzo como el lugar más seguro y el martes 24 de febrero, que “desde anoche empezó a funcionar una guardia de presunción compuesta de cuatro hombres inútiles y mal armados”. El viernes 27 caería frente a los cazadores del batallón de San Quintín, pero ese mismo día había escrito ya una larga nota en el diario, que incluye este pasaje:

“El Marqués tenía en Camagüey pésima opinión. Ignorante, arruinado, petardista, vicioso, puerco, no gozaba de más consideraciones que las que le daba su título. Aunque mezclado en la conspiración revolucionaria, no salió al campo insurrecto sino cuando fueron los españoles a prenderlo. Después de ha distinguido por su crasa ignorancia, bajeza de miras y solapada ambición personal, y encenegado en la crápula con mujercillas de baja ralea, no abandonó al parecer sus vicios…”

Otra nota con letra diferente, al final del diario, puntualiza: “Parece que el Batallón de San Quintín (o sea, su jefe) recibió un aviso o confidencia del punto donde se encontraba el expresidente; y que este aviso se lo dio un negro presentado que había sido sirviente, ordenanza o asistente (algunos dicen que fue esclavo) del presidente, Marqués de Santa Lucía (…) Céspedes se queja continuamente en su diario de las vejaciones que sufre del sucesor suyo y que (así lo demuestra y dice) le retarden el pasaporte para el extranjero con algún fin siniestro”.

En su ensayo introductorio al diario “perdido”, Leal rebaja esta hipótesis con que “poco importa ya en definitiva” si los cazadores de San Quintín llegaron a San Lorenzo por “la traición o el azar”. Sin embargo, el tren lógico y emotivo del diario “perdido” parece destruir el signo constructivo que Leal vio en el Marqués ante la tumba de Céspedes en 1906. Esa foto muestra más bien que el espacio de conciliación se abrió y la reparación se dio, con tanta facilidad como acaso hipocresía, ya sólo porque el rival estaba bien muerto.

Coda

Así fue y así será entre cubanos. No habrá reconciliación hasta que mueran las generaciones que cargan con el fardo histórico del castrismo-anticastrismo y exigen, en ambos bandos, tomar partido incluso al precio de volvernos imbéciles frente a los hechos.

Nota

[1] En virtud de la Constitución de Guáimaro (1869), el poder legislativo de la república mambisa residía en la Cámara de Representantes y el poder ejecutivo, en el Presidente. Tanto este como su subordinado directo, el General en Jefe, eran nombrados y podían ser depuestos con entera libertad por la cámara, que integraban cuatro representantes por cada estado del orden político-administrativo mambí: Oriente, Camagüey, Las Villas y Occidente. Céspedes llamaba “camarones” a los representantes y su diario “perdido” terminaría así: “Abrazando ahora en conjunto a todos estos legisladores, concluiré asegurando que ninguno sabe lo que es ley”.


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