Actualizado: 14/10/2019 9:31
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Sociedad

Che: morir dos veces

A cuarenta años de su muerte, cada cual se apropia de un Guevara a la medida de sus necesidades.

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El Poli lo tiene claro. Él es un marginal de izquierda. Y para demostrarlo, orgulloso, muestra un Che tatuado en su musculatura.

"Ahorita lo tengo que retocar", dice señalando la imagen de Ernesto Guevara esculpida a agujazos en su epidermis pectoral. Los colores rojo y negro ya están algo desleídos por el tiempo, el sol y "la lucha por la jama".

Emigrado hace once años desde el Oriente cubano, es un buscavidas con todas las de la ley. "Nosotros los pobres tenemos que inventarla en el aire", se defiende cuando se le pregunta sobre sus faenas.

Su discurso legitima cualquier episodio de su vida. Y si lo del tatuaje asoma una incongruencia moral, alega que Maradona tiene uno igual y es amigo de Fidel.

Al Poli se le busca por cualquier necesidad: leche en polvo, aceite, pintura para pared, trabajos de albañilería, sacado de escombros, arreglos menores de cocina, jardinería, en fin, es un instrumento casi mágico para lidiar con el pequeño infierno doméstico de todos los días.

El icono del Che convertido en tatuaje es un distintivo cada vez más común en los jóvenes considerados marginales.

No trabajan para el Estado —"eso no da na'"— y tampoco están involucrados en algún programa académico, lo que llenaría de estupor al mismo comandante rebelde.

"Él era un luchador y yo, a mi modo, soy otro", argumenta el trotamundo. Pero, además, un sufrimiento común lo conecta al Che: el asma. "Sobre todo cuando boto escombros o rompo alguna pared, el jipio no me suelta".

Con 33 años, seis menos que los que tenía el Che cuando fue asesinado, el Poli es el antihombre nuevo, de acuerdo con lo que "soñó" el guerrillero argentino-cubano.

Para empeorar las cosas, su apelativo es una sombra de deshonor: proviene de su pasado policial en algún pueblito innombrado de la geografía oriental de la Isla, la zona históricamente más atrasada y que aporta más emigrantes hacia la capital, los comúnmente llamados "palestinos".

Adoración sin conocimiento

Es difícil que el azar ponga al Poli en el camino de Juan Alberto. Con quince años menos, termina la escuela tecnológica en informática.

Su pasión por el Che le viene desde la adolescencia y las paredes de su cuarto, como la de muchos de su generación, están empapeladas con retratos "del hombre más completo de nuestra época", como le consideró el filósofo existencialista Jean Paul Sartre.

En su atuendo luce una esfinge metálica del héroe. La hace colgar de su cuello mediante un cordón negro. Su cabeza, tocada con una gorra verdeolivo, completa una imagen que lo pone "en sintonía" con la moda del momento.

Falta un detalle: la camiseta del Che, pero esa "hay que ganársela en la escuela o, si no, te la dan en alguna movilización de la juventud (comunista)".

Si no es por esas dos vías, Juan Alberto tendrá que conformarse con una Chemanía incompleta.

Una camiseta de algodón estampada con el Che y vendida en tiendas estatales roza los 13 CUC, casi el equivalente al salario promedio en el país, por lo que es una fortuna para cualquier estudiante cuya familia no reciba remesas o posea algún próspero negocio como arrendador de extranjeros, transportista o expendedor de alimentos.

"Quisiera saber más sobre él. Dicen que era un tipo duro, que no entendía de privilegios, me cuenta mi padre. Eso me cuadra. Ojalá todos los dirigentes fueran como él", anhela el estudiante, cuya literatura sobre Guevara no rebasa un ejemplar de Pasajes de la guerra revolucionaria, regalado en su escuela el día de la graduación.

Ese libro, que relata las experiencias de la guerra de guerrillas en Cuba a fines de los cincuenta, es una pretendida Biblia en manos de los escolares, quienes apenas conocen, salvo el diario de campaña en Bolivia, de otros textos y discursos del médico rosarino.

¿ El socialismo y el hombre en Cuba? A la pregunta, Juan Alberto se encoge de hombros.

Una de las zonas más polémicas del pensamiento revolucionario cubano del siglo XX lo aporta Guevara en ese texto, casi nunca citado en los medios oficiales, salvo algunas frases descontextualizadas que sirven como consignas.

"La arcilla fundamental de nuestra obra es la juventud". Esa sí la recuerda el joven informático. Preside uno de los murales de su escuela.

Publicado en el semanario uruguayo Marcha, en 1965, y escrito en medio de una jadeante actividad política, El socialismo y el hombre en Cuba rezuma grandes dudas sobre el éxito del sistema si, para su desarrollo, tiene que echar mano a las palancas capitalistas del interés material, algo que China ha llevado hasta la saciedad, convirtiéndola en la tercera economía del mundo.

"Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo… se puede llegar a un callejón si salida", advierte el Che en uno de sus párrafos.

'Puro cuento'

En 1965, el comandante Guevara era todavía el ministro de Industrias. Su cargo en la nomenclatura no lo ponía a la altura de otros comandantes, pero sin dudas era el referente moral de lo que debía ser el liderazgo revolucionario y su fama internacional lo hacía el hombre más importante, luego de Fidel.

Para muchos en el poder, era un personaje incómodo, idealista, probo, romántico y arrogantemente robesperiano. "Un atravesa'o", califica el Poli, que en jerga cubana significa una persona rígida e implacable.

Nadie más podía hacer y decir lo que él, como mito viviente, hizo y dijo para legitimar el sacrificio de generaciones enteras en una isla que buscaba su dignidad frente a un imperio y una sociedad de justicia en oposición a la proclive inmoralidad de los políticos. Al menos en teoría.

"Hemos mantenido que nuestros hijos deben tener y carecer de lo que tienen y carecen los hijos del hombre común… Nosotros, dirigentes, sabemos que tenemos que pagar un precio por tener derecho a decir que estamos a la cabeza del pueblo…".

Aunque nunca rehusó de "una correcta utilización del estímulo material", favoreció siempre los premios morales en pos de una espiritualidad que terminara por emancipar de una presunta enajenación al ciudadano de a pie.

"Fue una utopía. Ni los responsables de tal política se creyeron el cuento", dice uno de los ex funcionarios de segunda fila que trabajó con el Che en el Ministerio de Industrias. Lo recuerda sibilante, adelantando por las escaleras para no demorar el ascensor de los empleados.

Jubilado, vendedor de aperos de limpieza y miel embotellada, este hombre guarda con voluntad de tesorero la edición cubana de los escritos y discursos del Che, aparecida diez años después de la muerte del célebre subversivo.

Señalizada, acotada, protegida por una carátula de pasta, con páginas amarillentas a punto de ser zampadas por la polilla, la colección de nueve tomos contiene buena parte del legado intelectual del guerrillero, la mayoría de las ocasiones superado o corregido por la historia, muchas veces amarga, de la revolución.

Este ingeniero que alguna que otra vez cruzó palabras con el comandante, lee sin prisa y con voz frágil uno de los párrafos más punzantes de El socialismo y el hombre en Cuba.

"No debemos crear asalariados dóciles al pensamiento oficial ni 'becarios' que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas".

Al terminar, pregunta: "¿Has visto alguna vez este pensamiento presidiendo alguna reunión de algo?".

El mismo se responde con una metáfora: "Al Che lo mataron dos veces. Una allá y otra aquí. Él no era de nadie".


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