Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Crónica de un viaje corto a La Habana (I)

Un doble recorrido por la capital de Cuba, donde se comienza por la cara más noble de los edificios coloniales para llegar a la otra ciudad, la de los cubanos de a pie

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Viajar cinco días a La Habana a priori resulta ilógico y poco rentable, pero no siempre las cosas son como uno quiere y este viaje ha sido así: breve, emotivo y necesario.

Salí de Barajas dejando atrás un capitalismo en plena crisis económica y sobre todo moral, una televisión y unos periódicos que mejor no leer si uno quiere levantarse a trabajar con buenas energías y una ciudad que, a pesar de todo, se resiste a abandonar sus terrazas de verano, sus cafés con hielo y su clara con limón. El primer mundo tiene su inercia. Y lo que aquí se considera crisis no tiene nada que ver con el concepto que se puede tener en Cuba. Un cubano que se pasee ahora mismo por España no encontraría ninguna relación entre lo que ve y lo que lee en los periódicos de la Isla o incluso en los propios periódicos españoles, sobre lo que aquí pasa. Las luces de las calles siguen encendidas, el agua sigue corriendo por las tuberías, no hay apagones y todavía mucha gente sale de vacaciones, aunque sea menos días.

El avión vuela hacia otro mundo, se va aproximando a un socialismo en plena crisis, económica y también moral, a pesar de que sea precisamente “la moral” la que se supone que lo sustenta.

Justo a la altura de las nubes me encomiendo a la lectura de un libro que está teniendo cierto éxito La economía del bien común. Lo llevo como regalo para un viejo comunista, para que lea algo fresco, quizás esperanzador, una teoría que está empezando a aplicarse “desde la base” (todavía me queda algún léxico por ahí guardado) y que al menos intenta crear un punto de enlace entre la economía de mercado capitalista y el beneficio colectivo que defiende, principalmente en su teoría, el socialismo. Es interesante, cuando regrese a España buscaré en Internet sobre el tema, pues hay empresas que están funcionando con este proyecto. Sigo siendo una ciudadana de izquierda (en el buen sentido de la palabra, es el mismo concepto por el que los religiosos no dejan de serlo aunque existan curas pederastas y el Vaticano siga acumulando riquezas). Cada día me siento más adentrada en las ideas democráticas, en el respeto a la diversidad y a la convivencia de todos en sociedad (es un concepto aparentemente reñido con la praxis de la izquierda, y es precisamente su omisión lo que a la vez mantiene y autodestruye al sistema, una gran contradicción, sin dudas). Sigo esperanzada con un mundo menos bipolar y llegará un momento que este planeta lo arreglamos o revienta, lo cual evidentemente nadie quiere, aunque a veces lo parezca.

Cada día estoy más convencida de que lo que realmente importa es que cada persona, hágalo por quien lo haga, sea un ciudadano honesto, que no haga daño a su comunidad y ya puestos a pedir, que colabore con ella, pero esto, si cumple los dos primeros puntos no es imprescindible, siempre habrá quien no quiera colaborar, pero si no obstruye la convivencia colectiva, que sea feliz a su modo. Al final todo se reduce a que la gente viva feliz su estancia en el planeta y que lo dejemos lo mejor posible para que otros puedan seguirlo disfrutando cuando no estemos. Dicho así parece fácil, pero todos sabemos que no lo es.

Aterrizo en el aeropuerto José Martí y todo tranquilo, como siempre. Las trabajadoras vestidas con uniforme de estilo militar llevan, casi como por reglamento, unas medias negras caladas, que más que a la disciplina incitan al desacato. Luego las vuelvo a ver por la ciudad, a las medias, con otros uniformes o sin ellos. Parece que están de moda y me pregunto si no hay algo de filosofía del país en esta combinación. La mezcla de disciplina militar y relajo en todas las instancias es una de las características nacionales, por más que nos pese. Mi equipaje lleva 300 gramos menos de lo que se admite y, quizás por su discreción, logro evadir la cola del re pesaje por la que pasan solo los cubanos para pagar sus excesos en ropa y comida para la familia.

Sin saber que ya había casos de cólera en Cuba, compro agua en la tienda del aeropuerto, no sin antes cuestionarme por qué tengo que esperar a que la vendedora disponible atienda a las cuatro personas que tengo delante de mí mientras la otra se entretiene acomodando unas cajitas, que seguramente tienen más tiempo para esperar.

Después de dos días sin salir de casa me levanto con horario de trabajador cubano y a las 7 ya voy camino a la lancha de Regla. De los dos cines del pueblo me alegra comprobar que hay uno que ha vuelto a funcionar y está recién pintado. Hay tanda a las 6, a las 8 y matiné infantil los sábados y domingos. Están poniendo una película reciente del actor José Coronado, y pienso que me gustaría verla por entrar y recordar mis tiempos infantiles y juveniles. Los reglanos llevaban unos años sin cine así que esto es una buena noticia. El cine Céspedes sigue esperando su turno y la escalinata de su fachada sigue sirviendo de banco a algunos viejitos. En el banco —el del dinero— ya hay una pequeña cola de personas mayores, que supongo van a cobrar su pensión pues estamos a inicios de mes. Enfrente, como muestra de los cambios, en la puerta de una casa una mesa alta donde se vende café. Sigo bajando la calle Martí y encuentro el Atelier de Moda: “La elegante”, que mejor no comento y luego una panadería donde un hombre saca la libreta de abastecimiento y compra el pan que le toca, pero puede además comprar dulces y otros panes por la libre, a precio no subvencionado. La calle está limpia y muchos edificios pintados. Paso por delante de cinco hombres jóvenes, entre ellos un militar, que debaten sobre algo, y me atrae la idea de que en La Habana, a las 7 y pico de la mañana se abra un debate. Cuando me acerco compruebo que el tema es la pelota y confirmo que el deporte mantiene a los pueblos, en todas las latitudes, más que entretenidos. En España esperaron que se ganara la Copa de Europa para al otro día hacer la subida de varias tarifas de consumos básicos, los políticos saben aprovechar las oportunidades.

Paso el control, cada vez más rutinario que férreo, para poder montar en la lancha que cruza la bahía (desde aquel año en que se robaron las lanchas, los remolcadores, y hubo todo aquel lío, existe este control en las dos orillas para que no se pueda acceder con objetos punzantes, armas, comida, etc.).

El aire es fresco al amanecer y en este día de julio, como en tantos otros, el mar de la bahía parece que no se mueve y la lanchita avanza suave hasta la otra orilla. Salimos primero los pasajeros de a pie y luego los que llevan bicicletas. Para montar es al revés, está organizado.

Salgo a la calle y como no encuentro un paso claro para los peatones, espero que haya un chance para cruzar. Y me demoro un poco en hacerlo pues, aunque no es reciente, me llama la atención la cantidad de furgonetas y coches estatales nuevos o semi-nuevos de marca europea. Me entretengo un rato en mirar las marcas y enseguida compruebo que pasan muchos Peugeot, algún Citröen (en Cuba hace años le llamaban: si traen), algún Kia y solo me pasaron por delante un Volkswagen que se puede permitir la empresa ETECSA (la Telefónica de Cuba) y uno particular (ya que en Cuba la palabra privado no está en uso). Son fáciles de identificar, pues desde hace años la chapa azul es estatal y la amarilla particular. Cada cuatro o cinco coches europeos pasaba un almendrón (coche de las décadas 1940-50, que en la mayoría de los casos funciona con motores que son verdaderos engendros de la mecánica con piezas fabricadas en talleres precarios y adaptaciones hasta de Ladas y Moscovich de la era soviética, son el paradigma de la inventiva y la creatividad de los cubanos ante la supervivencia. Estos coches pertenecían a la amplia clase media cubana del capitalismo, dado que su gran número y distribución por todo el país nos hace sospechar, a los que no vivimos esa nefasta época, que no eran los coches de la alta burguesía).

Finalmente se despeja la calle y logro cruzar con seguridad y me empiezo a adentrar en la cara más noble de la ciudad colonial. Lo primero que encuentro es una misa en una pequeña iglesia o capilla en el Convento de Santa Brígida, veo de espalda a varias monjas, y cuatro feligreses que escuchan a un sacerdote. Al lado una cafetería muy tropical llena de plantas, muy abierta, totalmente apetecible. En la zona abundan los cafés, cafeterías, pequeños hostales, todo bien diseñado y ejecutado al detalle. Buena atención. Precios en CUC (moneda interna convertible del dólar o el euro). Una mesa con turistas asiáticos, una con turistas europeos, una con cubanos jefecillos de la gastronomía local, una con una familia cubana posiblemente de vacaciones en la Isla o residentes afortunados.

Más adelante, en moneda nacional, familias con niños compran sus billetes para un recorrido con guía por el centro histórico, como parte de las actividades que para el verano se organizan desde la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. También se ofrecen talleres gratuitos para niños en algunas de las casas culturales que abundan por la zona. Subiendo por la calle Muralla, en el espacio que dejó libre algún edificio en ruinas, unas casitas de dos plantas fabricadas con materiales ligeros albergan a ancianos que reciben atención médica y seguimiento dentro de los proyectos de la misma Oficina. Como pregunto allí mismo, me cuentan que hay más casitas en otras calles y que también hay unos comedores para personas mayores necesitadas. Entiéndase que con la pensión de los ancianos, e incluso con el salario de un obrero cubano, no es posible comer todo el mes. Por lo cual este tipo de proyecto, aunque puntual, es de agradecer que se mantenga en las actuales circunstancias.

A medida que continúo mi andar La Habana voy dejando atrás este oasis, y empiezo a llegar a la otra ciudad, la de verdad, la de los cubanos de a pie. Y junto al deterioro de los edificios empiezo a ver el resultado de los primeros cambios prometidos: el trabajador por cuenta propia. Si bien esta figura existía desde los años 80, la cantidad actual es lo novedoso y un tanto la ampliación de los oficios. En aquellos años cuando se autorizaron unos pocos trabajos particulares entre ellos estaba el zapatero remendón —solo para reparar no para fabricar— empleando materiales que el Estado debía venderles en unas tiendas que siempre estaban desabastecidas por lo que compraban en el mercado negro la puntillas, el pegamento y las suelas para hacer verdaderas obras de restauración en zapatos de mala calidad inicial que tenían que durar lo que no está escrito. Fue la época de los tiqui-tiqui, zapatos de tacón con base de madera y unas tiritas de piel o lo que hubiera sobre los dedos. Pagaban sus impuestos al Estado, que sabía que trabajaban con materiales robados a la economía estatal, que es la dueña de toda la materia prima y los recursos, y entraban en el juego que todos conocemos hace cincuenta años: te dejo hacer hasta que yo quiera y cuando no me convenga, bien porque estás ganando mucho dinero —y eso no está bien— o estás hablando más de la cuenta —lo cual tampoco está bien—, directo a la cárcel por enemigo del pueblo.

Este juego cansino —esta palabra de tanto uso en España me parece adecuada para no herir susceptibilidades, por mesurada, ecuánime, más bien desidiosa, como sinónimo de nuestro más cubano aburrimiento— no está del todo descartado en esta nueva etapa, porque cuando empiecen los negocitos pequeños a florecer —si es que florecen— y cuando empiecen a crecer —si es que quieren y pueden crecer—, habrá que ver si no se va a repetir la historia, tantas veces contada y tantas veces oída, de que los enemigos del pueblo han vuelto a enriquecerse. Qué aburrimiento. No me merece otra palabra, si quiero mantener mi estilo.

Volvamos al camino. A medida que me voy acercando a Egido son cada vez más abundantes los vendedores en las puertas de edificios, en los zaguanes abiertos. Una mesita con fosforeras (mecheros), se pueden comprar a 5 pesos cubanos o rellenar la que tengas. Un aguacate a 10 pesos se puede vender al lado de unos palitos para tender la ropa. Una mesita donde se venden botellas plásticas de agua rellenadas con esmalte para pintar madera o metal, muchos objetos pequeñitos, básicos, como para el hogar. En un zaguán, algo más pretencioso en su día pero decadente en la actualidad, se venden artículos de santería, y una pared está llena de copias de películas. Otro sitio con algo de ropa nueva o usada. Todo montado de manera muy precaria, pura supervivencia, puro tercer mundo, un capitalismo cutre. Perdón, no es capitalismo. Es el trabajo por cuenta propia en el socialismo cubano. El listado de oficios autorizados da sobre todo tristeza, quizás podemos subir un poco el tono, sin ofender, quizás da hasta vergüenza. Porque si un pueblo tan preparado e ingenioso solo es capaz de hacer por sí mismo lo que se espera de este listado, estamos perdidos, hemos tirado la inversión de tantos años.

¿O es que no están tan perdidos cómo se podría suponer? ¿Y si se amplía el listado y resulta que todo empieza a funcionar mejor? ¿Y si resulta que el Estado no puede competir con los particulares? ¿Y si resulta que ya nadie quiere trabajar para él porque no paga lo que debe y yo solo lo puedo hacerlo mejor? Uy, Uy, Uy, qué miedo. Puede que el hombre nuevo no sepa funcionar en el socialismo del Estado pero sea muy eficiente en el socialismo del trabajo por cuenta propia y el gran padrino Estado, que ya no puede seguir mal manteniendo a tanta gente y tiene que liquidar el contrato de padre omnipotente —muy a su pesar— se vea superado, relegado, ninguneado. Uy, Uy, Uy, qué miedo. El hijo se independiza de papá Estado, y quiere vivir solo, con su nueva familia, y cada familia tiene sus leyes. Uy, Uy, Uy, qué miedo.

Por fin una tienda de un particular que vale la pena. No voy a dar más información por “protección de datos”, no vaya a ser que les cueste que la cierren por buen funcionamiento. Todo pintado, aire acondicionado, buen trato, y moneda nacional, claro que al precio del cambio en dólar. Pero bueno, algo es algo.

En La Habana se habla mucho, esto todo el mundo lo sabe. El cubano es hablador por naturaleza, si no tiene un cuento de verdad se lo inventa, el tema es hablar, de lo que sea, incluso de aquello, de la cosa, de lo que todo el mundo sabe que tiene un límite para hablar. Pero incluso esos límites cada vez son más flexibles dependiendo del lugar y la ocasión. Todo es ya más relajado hasta para eso, siempre que no se sobrepasen los límites y esos ya la gente los tiene muy incorporados, hace muchos años, y cada uno sabe cuáles son aunque no estén publicados, y cada uno sabe hasta dónde se han flexibilizado y dónde se pueden aplicar. En eso a los cubanos no hay quien les gane. Una frase oída en mi recorrido me lo hizo recordar:

“Oye mi hedmano, aquí lo que hay es que surfear, cuando venga la ola”.



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