Actualizado: 18/10/2021 10:15
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Represión

Cuando la suerte acompaña

Castro y el presidio político. A propósito de la Primavera Negra de marzo de 2003.

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TEMA: Represión en presente

Fidel Castro ha sido un gran afortunado. Hijo de un gallego dueño de tierras en el Oriente de Cuba, pudo estudiar en escuelas católicas privadas y a cargo de padres jesuitas. No tuvo problemas para matricular la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana: si fuera en estos años, no habría podido hacerse abogado, porque tenía antecedentes "subversivos" —y ahora, según él mismo ha dispuesto, "la universidad es para los revolucionarios".

Sus biógrafos aseguran que en sus años mozos alternó el pandillerismo con acciones cívicas que iban desde la organización de reuniones y manifestaciones callejeras, hasta la publicación de denuncias en los principales periódicos y revistas de la época.

Castro siempre supo sacar provecho de las ventajas democráticas ofrecidas por una sociedad donde existía libertad de prensa y de asociación. Precisamente esas libertades le posibilitaron erigirse como líder opositor, porque si no hubiera sido por los medios de comunicación, nadie habría sabido quién era aquel oriental que se adaptó tan pronto a vivir en La Habana.

El golpe de Estado de Fulgencio Batista, el 10 de marzo de 1952, tampoco impidió a Fidel Castro continuar con su meta de llegar al poder por cualquier vía. Aunque era dictatorial el gobierno que ese día se instaló en el país, Castro no tuvo mayores dificultades para nuclear a casi un centenar de jóvenes de distintas provincias, reunir dinero y armas, y entrenarse en terrenos de las afueras de la capital. Actividades bien distintas a las que hoy realizan en Cuba los grupos disidentes, caracterizados por su pacifismo.

Lo demás es conocido: el 26 de julio de 1953 comandó el asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, con muertos y heridos en ambos bandos. Salió ileso. Unos días después, el 1 de agosto, un militar negro lo encontraría en una chabola en las afueras de Santiago de Cuba. Antes de 1959 había en la Isla militares pundonorosos: ello explica por qué este hombre no lo mató ni lo maltrató. Lo arrestó con el decoro del que hoy carecen algunos uniformados en las penitenciarias cubanas.

Si un cubano intentara hacer hoy lo que hizo Fidel Castro en 1953, sería matado sin contemplaciones. Si fueran varios, todos habrían sido fusilados. ¿O es que ya olvidamos lo que hicieron con el general Arnaldo Ochoa, Tony de la Guardia y los otros acusados de narcotráfico en 1989, un delito que no conlleva la pena de muerte en ningún Estado de derecho?

Por preparar y dirigir el asalto a un cuartel militar, Castro recibió una sanción de 15 años, benigna si la comparamos con los 18, 20, 25 y 28 años a los que condenaron a 75 opositores pacíficos en abril de 2003. Pero como la suerte siempre ha estado de su lado, Castro sólo cumplió 22 meses. El 15 de mayo de 1955, él y sus seguidores salieron en libertad incondicional del Presidio Modelo de Isla de Pinos, gracias a una amnistía general concedida por Batista, militar que pese a su fama de sanguinario no solamente preservó la vida de Castro sino impidió que le pusieran una mano encima.

Prisión infecunda

Las condiciones en que cumplen sus largas penas los presos políticos cubanos en la actualidad no tienen nada que ver con las que cumplieron en Isla de Pinos los asaltantes al Moncada. A ellos les permitieron permanecer juntos en una espaciosa celda común. El único aislado fue Fidel Castro, por ser considerado "el cabecilla".

Para tener una idea de cómo pasó esos 22 meses, basta leer el libro La prisión fecunda, del periodista Mario Mencía, o visitar el Museo de la Revolución en La Habana. Si no la han quitado, ahí puede verse una foto donde aparece un Fidel Castro joven y rozagante, vestido de civil a pesar de su condición de preso, hablando con un guardia del presidio. Y al fondo de la imagen, se aprecia un estante con libros.

En su amplia y ventilada celda, el futuro "máximo líder" tenía una cocinilla eléctrica. Ni en esas condiciones se privó de comer sus platos preferidos. Se cuenta que una vez protestó porque no le permitieron tener un pequeño refrigerador: actualmente ni siquiera un ventilador portátil le permiten tener a los presos políticos en sus calurosas, oscuras y pestilentes celdas.

Castro también tuvo en Isla de Pinos lo suficiente para mantener limpio y pulcro el espacio asignado tras las rejas: no soporta la falta de aseo. Después de cocinar y limpiar, el tiempo lo invertía en leer los libros que amigos y familiares le hacían llegar; escribir cartas de amor a Naty Revuelta y redactar documentos con instrucciones políticas dirigidos a Melba Hernández y Haydeé Santamaría, dos de sus colegas en el asalto al cuartel Moncada y quienes, por ser mujeres, sólo cumplieron siete meses en Guanajay, prisión que pese a su antigüedad sigue siendo una de las mejores de Cuba.

¿Por qué?

¿Por qué Fidel Castro, que tan bien la pasó cuando fue prisionero político, permite que se maltrate a los cubanos encarcelados por el "delito" de tener la valentía de discrepar públicamente de su autoritario régimen?

La mayoría de los casi 300 presos políticos cubanos tienen el doble y más de la edad que Castro tenía cuando permaneció 22 meses en presidio. Los presos políticos no han tenido juicios con las garantías procesales que tuvo Fidel Castro en la Audiencia de Santiago de Cuba, en octubre de 1953 (por su condición de abogado, le autorizaron hacer su propia defensa). Los presos políticos no han llegado a los calabozos con la misma salud y alimentación del asaltante y posterior guerrillero.

Maltratar como lo hacen, física y psíquicamente, a los presos políticos —y las consiguientes secuelas que esos maltratos dejan en sus familiares— constituyen delitos que algún día tendrán que ser juzgados.

Mientras, tengamos presente que si los militares de Batista hubieran actuado como lo hacen hoy determinados miembros del Ministerio del Interior, difícilmente Fidel Castro hubiera podido hacerse con el sillón presidencial y gobernar ininterrumpidamente durante 48 años. Gracias, claro, a la ausencia de libertades, la censura y la represión.