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Nacionalismo, EEUU, Revolución

De Fidel Castro a Miguel Díaz-Canel (II)

Auge y caída del nacional-radicalismo cubano en el poder. Segunda y última parte de este trabajo

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2.

Solo después de medio siglo de república, la corriente nacional-radicalista encontró finalmente su oportunidad tras el violento apartamiento del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) de la vida política de la nación, el 10 de marzo de 1952. Las numerosas campañas para su desprestigio, que lo era también del intento más maduro de un nacionalismo cubano realista, llevadas adelante desde antes y continuadas después de esa fecha, tanto por batistianos y ultra radicales como incluso por nacionalistas como Chibás, opuesto él a la política exterior activa del autenticismo[i], dejaron como consecuencia el que en 1959 la corriente nacionalista radical se encontrara a sí misma sin ninguna competencia con una reputación de peso, y por lo tanto dueña absoluta de la situación.

A lo que contribuyó el incuestionable carisma de ese treintañero barbudo y algo pasadito de peso, de una inteligencia maquiavélica y muy claro en su propósito de alcanzar el poder absoluto para “echarle” la guerra a los americanos, que era el finado Fidel Castro al arribar a La Habana el 8 de enero de 1959, encima de un tanque Sherman. Fue él, sin duda, el primer político cubano encaramado en el poder, en más de medio siglo de república, dispuesto a llevar adelante el programa nacional-radical. A borrar la enorme influencia americana en la formación de nuestra nacionalidad, y a arrancar a la Isla de su lecho marino para alejarla hasta las antípodas de Estados Unidos.

Fidel, hombre de una época en que se derrumbaron de súbito los imperios globales que habían alcanzado su clímax ochenta años antes, con la partición de África en la Conferencia de Berlín, entendía a su revolución como parte del proceso descolonizador entonces en marcha, tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Lo cual contrastaba con la realidad cubana, ya que si bien dada su historia, sus dimensiones y recursos la isla mantenía en lo económico un alto grado de dependencia a Estados Unidos, en lo político los gobiernos auténticos, con su diplomacia muy activa, habían demostrado que existía un margen de soberanía nacional cubana muy superior a la de otros estados independientes europeos y americanos, de territorio y población semejantes. Algo que en lo social ya había quedado demostrado al menos desde la Ley de Coordinación Azucarera de 1937, la cual les había impuesto a los mayoritarios propietarios azucareros americanos una distribución equitativa de la ganancia con los pequeños cultivadores de caña, los colonos; y todavía con más fuerza cuando en 1945 una alianza de cubanos de los partidos comunista y auténtico logró imponerle a Estados Unidos un Diferencial Azucarero. Según el cual se acordaba que lo que pagaran los americanos por el azúcar cubano aumentaría en la misma proporción en que subiesen los precios de los productos de primera necesidad que Cuba importaba desde Estados Unidos.

Si bien hasta el 9 de septiembre de 1933, con la abrogación de facto de la Enmienda Platt, Cuba había sido un semiprotectorado americano[ii], a posteriori de esa fecha no cabía de ninguna manera clasificar a Cuba de colonia cuando su gobierno se atrevía a desafiar a Washington con su apoyo, incluso material, a la Guatemala de Arévalo y Arbentz, apoyaba de manera abierta a la causa independentista de Puerto Rico, imponía en la OEA, a golpes de su diplomacia continental, una Doctrina Grau que no contaba con el apoyo de la clase política de su supuesta metrópoli neocolonial, o iba en contra del voto de todo Occidente en el asunto de la División de Palestina. A pesar de lo que deseara o le conviniese creer o hacer creer a Fidel Castro, un país en que, después de un crack económico tan devastador como el cubano de 1920, casi toda la economía y las finanzas hubieran pasado a manos americanas, y que sin embargo en los siguientes 38 años consiguiera recuperar para manos nacionales la mayor parte de su principal agroindustria, la azucarera, y de la banca, solo podía ser considerado como una colonia por alguien con un conocimiento muy superficial de nuestros asuntos…

Pero el megalómano Fidel, en medio de la descolonización, necesitaba que Cuba fuera una colonia nueva para alcanzar su plena realización personal como uno de los grandes actores políticos de su tiempo. No era difícil hacer compartir esa creencia hacia el interior de la cubanidad, dado el éxito de la corriente nacionalista radical en imponer, desde el mismo inicio de la república, su interpretación superficial, idealista, romántica y victimista de nuestro pasado, incluso a muchos que luego no compartirían sus corolarios políticos autoritarios[iii]. Tampoco lo era hacia la parte del mundo que tenía constancia de nuestra existencia nacional, en esencia Latinoamérica y Europa occidental o mediterránea. Para la opinión pública de esas regiones, ya desde antes de 1895, era imposible que la Isla consiguiera mantenerse independiente de Estados Unidos una vez abandonada la soberanía española, y después de 1898, dada la actitud de Washington hacia Puerto Rico y las Filipinas, daban por sentado que Cuba también se encontraba en una situación colonial, aunque algo más benigna. El asombro de muchos visitantes españoles en las décadas del veinte y del treinta, al constatar que la americanización no había avanzado tanto, que en ningún lugar se hablaba otro idioma que el español, deja claro lo que esperaban encontrar al embarcarse hacia Cuba. En esa interpretación colonial de nuestra realidad colaboraban, además, los ambiguos sentimientos hacia Estados Unidos tanto de latinoamericanos como de españoles y franceses.

Es en el segundo lustro de los cincuenta que Fidel se hace consciente del zeitgeist de su época[iv]. Precisamente en el momento en que comienza entreabrirse ante él la más mínima posibilidad de acceder al poder absoluto en Cuba, y nada menos que un 26 de julio de 1956, su contemporáneo Gamal Abdel Nasser nacionaliza el Canal de Suez. Uno de los grandes hitos de la era de esos Imperios que ahora se desintegran.

Nasser, un oficial egipcio solo ocho años mayor que él, un treintañero que ha accedido al poder tras derrocar a una monarquía subordinada al imperio británico, alguien que se atrevió a desafiar a los imperios globales, a intentar unificar a los pueblos árabes en un único Estado, y hasta a manipular a los soviéticos para sacarles su apoyo, será sin duda determinante en la evolución del pensamiento de Fidel. Es Nasser quien le proporcionará al Fidel todavía aldeano una narrativa global e histórica sobre la cual justificar su ansia de poder absoluto. Algo a lo cual siempre aspiró, por su naturaleza psicológica. Fue sin duda al proponerse emular las hoy olvidadas hazañas del egipcio que Fidel, quien ya tenía contradictorios sentimientos hacia Estados Unidos, comenzó a interpretar a su país como un Egipto semicolonial, cuya metrópoli imperial no estaba sin embargo en Londres, sino en Washington. Así, alrededor de 1957 o los primeros meses de 1958, a inspiración de su época, y de Nasser, Fidel habrá de llegar a un ultra, ultra radicalismo nacionalista. Su propósito, a partir de ese momento, será ejercer el poder absoluto en Cuba para echarlela guerra a Estados Unidos, ya no para marcar distancia de ellos, como había sido el plan de todo el radicalismo nacionalista precedente.

En la realización de su cruzada antiamericana, Fidel se propuso en un principio convertir a América Latina a su credo, unificarla en una República Latinoamericana Unida, semejante a la República Árabe Unida de Nasser. Su gira por Suramérica, a las tres semanas de arribar a La Habana, tiene esa intención. Calculo todavía más condenado al fracaso que el del egipcio, sin embargo. En primer lugar, en Latinoamérica no se percibían a la manera de colonias africanas o asiáticas, y las diferencias entre naciones como Perú y Uruguay eran mayores que entre cualquiera de los estados árabes. Pero lo más importante era que no cabía sustituir a Estados Unidos por América Latina como economía complementaria de Cuba, dada la escasa capacidad industrial de la segunda.

Tras constatar estas contrariedades, el plan no fue descartado, sino que comenzó a inflarse, a inspiración casi seguramente del Che Guevara, su visionario compañero de planes. Hacia 1965 o 1966 ya consistía en hacer colapsar al sistema mundial centrado en Estados Unidos, mediante la promoción “de muchos Vietnam”: al menos uno en África, y otro en Sudamérica. Una intención de hacer colapsar al sistema mundial que Fidel, por cierto, intentó llevar adelante por segunda vez en el primer lustro de los ochenta, cuando gastó centenares de horas de perorata para tratar de convencer a los tres grandes deudores, México, la Argentina y Brasil, de no pagar la deuda externa. Algo que sin duda habría provocado un colapso en las instituciones financieras de Occidente semejante al Crack de 1929[v].

El fracaso del Vietnam boliviano y la muerte del Che Guevara, en considerable medida responsabilidad soviética, confrontará por primera vez al nacionalista ultra-radical Fidel ante la realidad material de su isla y sus angostos límites y posibilidades, de una manera que le será imposible obviar en el futuro.

La Cuba de Fidel ha debido aproximarse desde 1960 a la Unión Soviética, dada la necesidad de encontrar una economía industrializada que complemente a la cubana. El margen de maniobra en esa relación ha sido mucho menor que el del Egipto de Nasser, en razón de la mayor dependencia de los productos industriales de la más tecnificada economía cubana, y sobre todo porque el enemigo que ha escogido Fidel es nada menos que el hegemón económico, tecnológico y militar global, situado para colmo de males casi a la vista de las costas de la isla. Esta mala selección de enemigo principal le deja mucho menos margen de maniobra a Cuba. La obliga a ponerse necesariamente bajo la sombrilla protectora del antagonista por antonomasia de Washington en medio de la Guerra Fría. Fidel, no obstante, durante los primeros años ocho años de la relación actúa como si pudiera sobrevivir sin la ayuda soviética, acumulando desplante tras desplante a Moscú. La relación, llena de altibajos, solo sobrevive por el estoicismo de la dirigencia soviética ante las continuas insolencias de ese alocado muchachón barbudo, que a fin de cuentas ocasiona más dolores de cabeza en Washington. Pero sobre todo lo toleran porque esa independencia de Fidel les sirve para proyectarse hacia el Tercer Mundo como una superpotencia más tolerante que la americana. Una proyección muy necesaria en los sesenta, cuando desde una parte del Campo Socialista, desde Pekín, se los acusa de imperialistas[vi].

En octubre de 1967, sin embargo, el fracaso del plan boliviano, debido en gran medida al boicot ordenado por Moscú a toda ayuda al mismo de los partidos comunistas de la región, y la muy probable interferencia del KGB, a través del G-2 cubano, en la muerte del Che Guevara, harán que Fidel pierda la cabeza. La consiguiente crisis con la Unión Soviética, con la cual se estuvo a un paso de la ruptura total en febrero-marzo de 1968, hacen que un Fidel Castro privado de su compañero de visiones, y que ha caído bajo la influencia del realista Raúl Castro, por primera vez baje banderas en su ultra radicalismo nacionalista: Sin duda, en 1968 Cuba, sin la ayuda soviética, no habría demorado en colapsar, comprende el Comandante en algún momento de la primavera de aquel año. A partir de agosto de 1968, con su sanción aprobatoria a la invasión soviética de Checoslovaquia, el radicalismo nacionalista cubano comenzará a hacer concesiones en su sentido desbocado de soberanía.

La imagen de Enrique José Varona nos sirve para hacer resumen y describir la evolución del radicalismo nacionalista cubano en el poder, al menos hasta 1989: en un primer momento Fidel Castro y sus nacional-radicales se proponen llevarse a la Isla para la entrada del Golfo de Maracaibo; en un segundo, hacerla deriva hacia los mares australes, en donde la Isla se integraría en un nuevo súper continente de naciones tercermundistas, recién descolonizadas; en un tercero hacer estallar el mundo, a ver que salía de ello… y solo cuando esto último se demuestra irrealizable, ya que amenaza hacernos perder a nuestro principal suministrador, Moscú, es que el plan se convierte en trasladar a la Isla para frente a Odessa, en el Mar Negro. Para lograr convencer a la dirigencia moscovita de que aceptara este último traslado, Fidel viajará varias veces a la Unión Soviética en 1972.

Obsérvese, no obstante, que, aunque en su última variante implica necesariamente una sesión de soberanía, en todas ellas el plan se mantiene consecuente con el objetivo histórico del nacionalismo radical: alejar a Cuba de Estados Unidos, y recolocarla en otra parte. En las tres primeras Cuba incluso adquiere unos aires imperiales semejantes a los de la Francia revolucionaria dieciochesca. Ya que se supone que el lugar de la Isla desde la cual se diseminan las guerrillas —como tábanos— en la futura República Latinoamericana Unida, en la Gondwana Tercer Mundista, o en lo que surgiese al caos posterior al colapso de Estados Unidos y Occidente a consecuencia de la multiplicación de Vietnams, no será precisamente secundario. Y mucho menos lo será el estatus de Fidel Castro en ese Nuevo Mundo, como ya había ocurrido durante las guerras independentistas suramericanas con el caudillo venezolano, Simón Bolívar.

Esa consecuencia, no obstante, comienza a evaporarse en los noventa, cuando Fidel, quien solo seis años antes había confesado a dos entrevistadores americanos no importarle mucho el “bloqueo yanqui”, empieza a culparlo de todos los problemas del país. En él, claro, el echarle la culpa de todos los males a la desconexión entre Cuba y Estados Unidos solo cumplía una función ideológica: por un lado, le permitía justificar en el embargo todas las ineficiencias de su Cuba, y por el otro apalancar esa imagen de víctima numantina con la que esperaba movilizar las ayudas de todos aquellos terrícolas molestos con el control hegemónico de Estados Unidos. Pero si bien por la cabeza de Fidel Castro nunca pasó en realidad la idea de eliminar un embargo tan conveniente para su discurso ideológico y sus planes de encontrar nuevos mecenas, ese centrarse en él como la causa de todos los males cubanos se contradecía con la tradición nacionalista radical sobre la cual se había erigido su régimen, según la cual los problemas de Cuba se debían por el contrario a la extrema cercanía a Estados Unidos.

En los meses finales de 2006, tras un incidente grave de salud en el verano, Fidel Castro es sacado definitivamente del poder por un golpe militar. Aupado por sus generales, la Seguridad del Estado y un sector de la burocracia civil, todos inconformes con los planes de Fidel para su sucesión política, su hermano Raúl, un tipo humano prosaico, nada dado a los sueños visionarios, y más cercano a la vieja corriente comunista[vii] que, al nacionalismo radical, se hace con el control del país. Es Raúl Castro quien da un paso más allá y acepta la idea, si es que no era partidario de ella ya desde 1989, de que se debía buscar un modus vivendi con Estados Unidos. Con este paso sacara definitivamente al régimen de la tradición nacionalista radical, para convertirlo en una dictadura como cualquiera de las del periodo republicano, empeñada en mantenerse en el poder y a la vez conservar la complacencia de Washington.

El plan de Raúl Castro, o más bien de sus asesores, ya que dadas sus escasas luces e inteligencia es poco probable haya el “General Presidente” concebido algo tan sutil, fue el de aparentar una voluntad de reforma en Cuba, para conseguir de Estados Unidos un acercamiento e incluso hasta un levantamiento del embargo. Una vez logrado cualquiera de esos objetivos se detendría la reforma, o la apariencia de ella, y se volvería al ideal de sociedad autoritaria y estatizada de siempre. En la creencia de que, una vez logrado el acercamiento, con simplemente rebajar el nivel antiamericano del discurso, y de la actividad internacional de La Habana, en Washington preferirían seguir adelante.

Raúl Castro, o más bien sus asesores, estaban claros en que desde los noventa el establishment político americano coqueteaba con la conclusión de que lo mejor para su país era que en Cuba se mantuviera un régimen autoritario, capaz de controlarles los flujos migratorios, el tráfico de drogas, o incluso los movimientos del terrorismo internacional a través de la isla. En base a ello calcularon que, una vez atrapados los americanos con la apariencia de la reforma, si eran capaces de asegurarles todo eso, y de paso rebajaban un tanto el discurso ideológico en su contra, y renunciaban a mantenerse como el foco del anti-americanismo en el hemisferio, al dejar a una Venezuela controlada por ellos sustituirlos en la tarea, podrían simplemente deshacerse de la zanahoria sin que para nada se afectara la nueva relación.

La actitud de la administración Obama demuestra que los asesores de Raúl no andaban tan descaminados. Pero ni ellos, ni casi nadie, contaba con el súbito desplazamiento del establishment político americano en las elecciones presidenciales de 2016. En enero de 2017 un outsider, cuyo plan de gobierno se reducía a ir en contra de todo lo hecho o propuesto por la anterior administración, sustituyó a Barack Obama como inquilino de la Casa Blanca. A Donald Trump le interesó más enfrentar al régimen cubano para dárselas de campeón adversario de una supuesta conspiración del socialismo global, en cuyo saco metió a sus adversarios demócratas, los únicos “socialistas” a los que en verdad le interesaba enfrentar, que mantener las fronteras seguras o evitar los flujos migratorios gracias a la cooperación de alguna dictadura habanera. En todo caso, por ese lado su idea era que con encerrar a su país entre muros y barreras arancelarias todo quedaría resuelto.

El inesperado golpe de timón de Donald Trump agravó hasta lo inmanejable una de las consecuencias del acercamiento: la erosión ideológica de la ciudadanía al abandonar el nacionalismo radicalista. Sin duda los asesores de Raúl siempre contaron con que el buscar un modus vivendi con Estados Unidos, lo cual sin duda significaba renunciar al ideal revolucionario de Fidel y a la vez implicaba un reconocimiento del fracaso de la revolución, les crearía problemas de legitimidad. Mas siempre contaron con refundar las bases de su apoyo ya no tanto en la historia, como en el mejoramiento de las condiciones de vida de la población. El Socialismo Próspero y Sostenible, tan mencionado por Raúl Castro en paralelo al segundo periodo presidencial de Barack Obama, en un final no era más que eso. Un socialismo concentrado no en rediseñar al mundo a imagen de la Cuba de Fidel Castro, sino en algo más modesto: en mantener un control centralizado de una relación más normal con nuestro vecino, para promover una redistribución de los resultados de la misma que le garantizara a la élite autoritaria una amplia base de apoyo.

Por demás la ruptura de Trump y su retornó a la vieja política no pudo llegar en un peor momento, precisamente en aquel en que una nueva generación sustituía a la “histórica” en la dirección del país. El plan maestro de Raúl, para legarle un poder seguro a quienes había escogido para ello, se vino abajo en el mismo momento en que ya, por ley biológica, el traspaso de poderes resultaba impostergable. Quienes recibieron la herencia podrida, con un discurso ideológico erosionado a profundidad, pudieron soñar al principio con llevar adelante el mejoramiento de las condiciones de vida si una nueva administración demócrata triunfaba en las elecciones presidenciales de 2020. Sin embargo, el mundo y la política de Estados Unidos habían dado un vuelco durante esos cuatro años de Donald Trump. Dar vuelta a atrás, al 2016, resulta simplemente imposible, porque hemos desembarcado en una nueva época histórica, en que todos avanzamos a ciegas.

Si bien durante su campaña Biden, vicepresidente de Obama, prometió ese regreso en la política de Estados Unidos hacia Cuba, ya instalado en la Casa Blanca su necesidad de no fomentar las acusaciones de “socialista”, las cuales se le hacen desde un republicanismo radicalizado y con un importante arrastre social, le impide recomenzar incondicionalmente el acercamiento. Como cuando a inicios de la segunda década de este siglo Raúl Castro liberó a los presos políticos y dio los primeros pasos hacia una reforma económica, le tocaría ahora al régimen habanero mostrar una voluntad semejante. Mas el régimen, ahora encabezado por burócratas sin historia, y muchísimo menos imaginación, carece de libertad o iniciativa para emprender los pasos liberalizadores en que pudiera justificar los suyos la administración Biden.

Así, al régimen de la indefinida “continuidad” de Miguel Díaz-Canel, con un discurso ideológico demasiado llevado y traído para resultar efectivo, sin verdaderas posibilidades de garantizar un nivel mínimo de prosperidad a la ciudadanía, encabezado por un grupo de burócratas sin la más mínima gota de carisma, con un país que cada vez depende más de las remesas de sus exiliados para pagar sus cuentas más elementales, solo le queda apelar a la represión monda y lironda. En la esperanza de que un nuevo éxodo migratorio le permita bajar un tanto la presión social en la isla.

Puede afirmarse que con Raúl Castro la tradición nacionalista radical, iniciada en 1900, morirá definitivamente. La nación ahora busca encontrarse, entenderse a sí misma en la nueva época histórica.


[i] Chibás, dada su actitud en el Congreso, contraria a la resolución conjunta que este terminó por aprobar para exigir a los Estados Unidos cuentas por la represión a la sublevación puertorriqueña de 1950, demostró su lejanía del ultra radicalismo, y por tanto de Fidel Castro. La clara posición personal de Chibás, según la cual en política exterior Cuba debía no resaltar demasiado para evitar confrontaciones con Washington, demuestra lo disparatado de señalarlo como uno de los predecesores del régimen castrista.

[ii] Ese día Ramón Grau San Martín asumió como Presidente de la República, y se negó a jurar sobre la Constitución de 1901 por contener como anexo a la Enmienda Platt.

[iii] Por solo citar un caso: Emilio Roig de Leuchsenring.

[iv] Fidel en esencia permanecerá en esa época, la de la Descolonización, hasta su muerte. Fue en esencia un hombre de 1960, que intentó mantener a su Isla en ese año por toda la eternidad.

[v] Lo más probable es que este plan de Fidel Castro, dispuesto siempre a armar el caos sin reflexionar a profundidad en las consecuencias, hubiera causado en lo inmediato un violento giro hacia el fascismo de la política de Occidente. La cual a posteriori de la Segunda Guerra Mundial, y hasta 1980, se mantuvo dentro del margen de la socialdemocracia y el liberalismo progresista.

[vi] En febrero de 1965, en Argel, el Che Guevara también emite acusaciones muy parecidas.

[vii] El comunismo republicano cubano produjo algunas de las pocas interpretaciones históricas de nuestro pasado que, desde una metodología marxista, rompieron con la idealista del nacionalismo radical. Por ejemplo, Azúcar y Abolición de Raúl Cepero Bonilla. Por su parte la posición realista del vetero comunismo hacia Estados Unidos queda expresada en una idea de su líder durante casi toda su existencia republicana, Blas Roca, según la cual en Cuba solo tendríamos socialismo cuando en aquel país lo hubiera antes.


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