Actualizado: 07/12/2022 17:02
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Economía

Disfrutar del desarrollo

Las empresas clave del bienestar económico, el enemigo público número uno del castrismo.

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En la prensa española apareció recientemente un dato revelador: el 99,6% de las 478.000 empresas que desarrollan su actividad en la Comunidad Autónoma de Madrid —región que ha devenido motor de la economía ibérica— son PYMES, o sea, pequeñas y medianas empresas. Por otra parte, trabaja en ellas el 60% de los casi tres millones de afiliados a la Seguridad Social en la región.

Dichos datos ponen de relieve una vez más la relevancia que tiene la creación, el fomento y la preservación de un tejido empresarial si es que se pretenden alcanzar determinadas cotas de crecimiento económico, bienestar material, la mejora del nivel de vida de la población y una más equilibrada distribución del ingreso. Las empresas que operan a pequeña escala contribuyen al aumento del empleo, la expansión de las exportaciones, el estímulo del ahorro y la inversión familiar.

Evaldo A. Cabarrouy, en su estudio La importancia de la pequeña empresa no estatal en el mejoramiento de la capacidad productiva de la economía cubana, demuestra que el factor empresarial es precisamente uno de los recursos productivos más escasos en los países en desarrollo. Por tal razón, la incorporación de nuevos empresarios al proceso productivo es una de las principales funciones de la pequeña empresa. Se considera además que la producción a pequeña escala es altamente intensiva en mano de obra y, por consiguiente, se le considera eficaz para enfrentar el desempleo y la escasez de capital.

La expansión de las empresas de menor tamaño puede jugar un papel positivo en la generación de empleo, la mejor distribución del ingreso y la desconcentración geográfica de la actividad económica. La pequeña empresa fomenta el espíritu empresarial, reduce la brecha existente entre los pequeños talleres artesanales de la economía informal y las grandes empresas, y constituye un mecanismo eficiente para la creación y el fortalecimiento de la clase media.

Historia de un éxito

Al igual que en otros países de América Latina, antes de 1959, la presencia en Cuba de establecimientos de dimensión reducida en la rama de la manufactura, el comercio y los servicios era muy frecuente y generalizada. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), al finalizar los años cincuenta, el 80% de los establecimientos de la industria no azucarera empleaba a menos de 25 personas.

En términos generales, puede decirse que al finalizar los años cincuenta predominaba en la Isla la producción al nivel de pequeña empresa de carácter familiar o casi artesanal.

La fabricación del tabaco ofertaba empleos a 200.000 personas y, a pesar de la inversión extranjera registrada en los primeros años del siglo XX, predominaba en ella el capital cubano. En 1958, Cuba produjo más de 600.000 toneladas de tabaco, de las cuales 42.000 se lograron en la zona de Vueltabajo, provincia de Pinar del Río, y en la región de Remedios, entonces provincia de Las Villas. Ese mismo año, Cuba disponía de cerca de mil fábricas de tabaco, de las que 700 empleaban menos de 25 obreros y sólo 25 utilizaban alrededor de 100 torcedores.

Estas fábricas, casi todas pequeñas y medianas, empleaban unos 8.000 torcedores y 525 anilladores, es decir, un promedio de menos de 9 obreros por fábrica. La producción de cigarrillos alcanzó en 1939 la cantidad de 9.300 millones de unidades, fabricadas en 24 industrias, que daban empleo a unos 4.000 cubanos.

Grandes, medianas y pequeñas empresas producían una amplia variedad de productos alimenticios. Unas 350 fábricas de alimentos abastecían el mercado interno de conservas de frutas, mariscos, refrescos, maltas, legumbres, leche fresca, en polvo, condensada y evaporada, confituras, dulces, etcétera.

Más de 50.000 cubanos dependían económicamente de la industria alimenticia. Sólo la industria de conservas del pescado, que inició su comercialización intensiva en 1940, alcanzó 10 plantas procesadoras en 1957. La producción principal era a base de langostas, atún, bonito, sardinas y albacora, todos a precios módicos y de alta calidad.

En la década de los años cincuenta se introdujo una novedosa tecnología para la congelación de colas de langosta y ancas de rana. Entre 1950 y 1954, la producción anual de esos productos alcanzó las 25.000 toneladas, de las cuales el 70% se destinó al mercado interno.


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