Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Doble Moneda, CUC, Economía

Doble moneda: el inicio del fin

La clave radica en que la dualidad no es sólo monetaria. Tiene que ver con el sistema político adoptado y las aspiraciones sociales dentro de este sistema

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La dualidad monetaria en Cuba es un problema que hasta ahora el gobierno de la Isla había admitido, pero subordinado, al menos en teoría, a un aumento de la productividad.

Esta situación ha cambiado. El Consejo de Ministros acordó “poner en vigor el cronograma de ejecución de las medidas que conducirán a la unificación monetaria y cambiaria”, anunció el diario Granma el martes.

La información no precisa una fecha para la puesta en práctica de la medida, que siempre será paulatina, pero especifica que en la primera etapa “los principales cambios se producirán en el sector de las personas jurídicas” o sea las empresas.

De esta forma, estos primeros cambios tendrían un carácter fundamentalmente organizativo. Estarían destinados a poner un poco de orden en el caos económico que afecta al país, no solo a nivel de la calle sino entre las empresas: las distorsiones en costos, contabilidad fiscal y política financiera.

La doble moneda no solo afecta la economía doméstica del cubano, sino también la economía estatal. Como ha señalado el profesor Carmelo Mesa Lago, la dualidad monetaria “impide conocer con certeza la productividad de las empresas, reduce el tamaño del mercado interno y de las cadenas económicas, y esconde subsidios e impuestos incorrectamente asignados”.

Sin embargo, los problemas que representa la doble moneda para los sistemas contables, e incluso para el incremento de la productividad, son solo un aspecto de una cuestión mucho más amplia, donde los aspectos económicos y sociales están estrechamente interrelacionados.

La doble moneda surge en agosto de 1994, en el punto álgido de la crisis asociada al llamado “Período Especial”, y se caracteriza por el hecho de que en la Isla circulan dos monedas el peso “nacional” (CUP) y el peso “convertible”. Cuba es el único país del mundo que imprime dos divisas, y al mismo tiempo ambas carecen de valor fuera del país y no aparecen, por ejemplo, en las cajas de cambio en los diversos aeropuertos del mundo.

Sin embargo, al tratar de justificar la doble moneda, y explicarla de acuerdo a lo ocurrido en Cuba luego del fin de la Unión Soviética y el campo socialista, se enmascara el verdadero problema.

La devaluación real de la moneda cubana, y los métodos empleados para suplir con diversos sistemas de apariencia esta realidad —en un intento de convertir en relativo un problema absoluto—, no se origina en la década de 1990.

Es cierto que hace crisis entonces, y que es en ese momento cuando al gobierno no le queda más remedio que admitir que el dinero, en sus diferentes denominaciones (divisa, peso convertible, peso cubano), empiece a moverse más acorde a las reglas que rigen su valor de cambio, aunque siempre de forma controlada.

Las dificultades de una moneda más o menos ficticia y devaluada al extremo existían desde décadas atrás. Desde el punto de vista simbólico, y al mismo tiempo práctico, ni siquiera se trata de algo exclusivo de Cuba, sino de una situación propia de los llamados países socialistas y en primer lugar de la Unión Soviética.

El concepto de peso convertible no nace en la Isla y mucho menos durante la mencionada crisis. En cualquier hotel moscovita uno encontraba, en 1980 por ejemplo, mercancías valoradas en “rublo dólares”. Es decir, con un valor que no respondía al del dinero que circulaba en las calles de la capital soviética, porque para comprarlas había que tener otros rublos, los adquiridos con dólares norteamericanos.

En la URSS y los países socialistas, esa doble moneda reflejaba el valor reducido de la moneda nacional frente a otras divisas, al tiempo que le permitía al gobierno negociar en un mercado reducido (el turístico) sin recurrir a una devaluación.

Sólo que para los soviéticos y los ciudadanos de Europa del Este, el dinero que recibían por concepto de salario les servía para suplir un buen número de necesidades (aunque de forma limitada), mientras que la divisa era sobre todo un pasaporte a la ilusión: la posibilidad de tener una serie de artículos más o menos comunes en cualquier sociedad occidental, pero para ellos transformados en objetos de ensueño.

De esta forma, la dualidad típica de cualquier país capitalista —entre tener o no tener dinero para comprar desde comida a desodorante— era para los soviéticos la disyuntiva entre la capacidad para adquirir el jabón sin envoltura y otro con perfume y etiqueta.

Por otra parte, las dos caras del problema son conocidas también en los países capitalistas, aunque con una definición más realista y cruda.

En muchas naciones subdesarrolladas y pobres, el valor depreciado de la moneda se asume como miseria, explotación de mano de obra barata y precios bajos. En otras, determinados controles estatales sirven más de pantalla que de control eficiente para mitigar la realidad. Durante décadas, en Latinoamérica se han sucedido gobiernos de estricto control monetario por otros de un liberalismo absoluto, con resultados nefastos en ambos casos.

En el caso de Cuba, a consecuencia de la supervivencia del modelo tras la crisis por la desaparición de la URSS, se ha creado una amalgama que hace que el asunto sea más complejo, aunque no menos crudo: el peso convertible o la divisa no son sólo el pasaporte a la ilusión sino también, y en muchos casos, la única vía para satisfacer las necesidades: la opción entre diversos jabones sustituida por la posibilidad de tener el artículo para bañarse.

No es que el Estado cubano tenga una enorme deficiencia a la hora de producir artículos de mejor calidad y más atractivos: es que resulta incapaz de producir alguno.

La clave radica en que la dualidad no es sólo monetaria. Tiene que ver con el sistema político adoptado y las aspiraciones sociales dentro de este sistema. El problema surge, como ha ocurrido en Cuba, cuando las soluciones políticas sustituyen —o tratan de ocultar— la realidad económica. Las subvenciones del Estado a ciertas mercancías, determinadas industrias y ciertos productos agrícolas —una práctica que también existe en las sociedades capitalistas— funcionan mejor cuando desempeñan el papel exclusivo de mecanismo compensatorio, sin definir el panorama económico.

Cuando esas supuestas soluciones políticas —que en la realidad no resuelven los problemas económicos— se ponen en práctica, por lo general traen como consecuencia el fortalecimiento de los mecanismos propios de la economía informal —y la culminación de estos en actividades ilegales como el mercado negro— que si bien deben su razón de ser al Estado (o a la ineficiencia estatal para aumentar la producción), no revierten ganancia alguna en éste.

Hasta ahora la dualidad monetaria ha reflejado —mientras que paradójicamente y al mismo tiempo también ha tratado de enmascarar— el problema aún mayor de la doble moral de un Estado que promete y no cumple, mientras aspira a que sus ciudadanos se sientan satisfechos no con la ilusión de la propaganda, sino con el conformismo de resolver a diario. El anuncio de su final, aunque paulatino, muestra un acercamiento más objetivo y pragmático a la realidad cubana.

Hay que ver ahora si esa especie de Caja de Pandora, que podría abrirse en los próximos meses, va a culminar con un enfrentamiento real a los problemas económicos —y a la puesta en práctica de las medidas necesarias para resolverlos— o si una vez más estaremos ante a esa especie de “ola marina” —que un día camina para adelante y otro para atrás— que ha resultado en buena medida la “actualización” castrista.


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