Actualizado: 13/08/2020 15:24
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Exilio, Terrorismo, Narcotráfico

Efemérides de la Contrarrevolución Cubana

La jueza Nina Gershon rechazó “el raro alegato de que porque un terrorista tenga altas miras deba ser tratado de forma distinta”

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El 13 de febrero de 1985, el Jeral de Miami notició en inglés que 23 cargos relacionados con posesión ilegal de armas habían caído sobre Eduardo Arocena, líder del grupo anticastrista clandestino de verdad Omega 7, luego de dos horas y media de deliberación de un jurado bisexual —seis mujeres y seis hombres— en juicio presidido por el juez William Hoeveler.

Arocena se quejó de que el jurado creyera “en las mentiras de [Néstor] Gómez”. Este militante de Omega 7 había pactado con la fiscalía y declaró que, por orden de Arocena, había disparado con una ametralladora contra la farmacia Hispania Interamericana, la cual enviaba medicinas, ropas y otras cositas aportadas por emigrados en USA a insiliados en Cuba. Esa ametralladora y dos más fueron ocupadas en la guarida de Arocena [3034 SW Calle 7, Pequeña Habana] junto con otras armas, silenciadores y parafernalia bombardera.

Sorpresas te da la vida

Arocena fue al juicio en Miami arrastrando ya una cadena perpetua y otros años adicionales de cárcel —los americanos son así— impuestos en otro juicio, que concluyó el 22 de septiembre de 1984 en Manhattan. Aquí y entonces el fiscal Michael Tabak imputó a Arocena detonar bombas y ordenar el asesinato de Félix García, diplomático de Cuba ante la ONU, quien había sido baleado con pistola ametralladora Mac 10 en Queen, el 11 de septiembre de 1980, al detener su auto frente a un semáforo en rojo.

Tras ser apresado Arocena el 22 de julio de 1983 en La Pequeña Habana y llevado a Manhattan para enjuiciamiento criminal, tres radioemisoras de Miami animaron una colecta con vistas a sufragar la defensa. Se recaudaron más de $20 mil, pero en la audiencia preliminar salió a relucir que, desde septiembre de 1982, Arocena era informante del FBI y había echado pa’lante a combatientes de Omega 7 “para limpiar su organización [de] simpatizantes comunistas”.

Así lo atestiguó el director adjunto interino del FBI, Kenneth Walton, quien luego declararía al Jeral de Miami: “Él mismo destruyó la célula [clandestina]”. Salvador Lew, gerente de WRHC, una de las estaciones de radio promotoras de la colecta, apuntó: “Es realmente sorprendente”.

Parches y granos

El abogado defensor de Arocena, Gerald Walpin, impugnó la fianza de un millón y alegó que su cliente tenía derecho “a que se le trate como héroe (…) de la lucha en defensa de su país”, pero la jueza Nina Gershon rechazó “el raro alegato de que porque un terrorista tenga altas miras deba ser tratado de forma distinta”. Walpin soltó de pasada que Arocena había colaborado con los federicos para fortalecer Omega 7 depurando a ciertos integrantes que eran clandestinos de verdad, pero asociados al narcotráfico.

Por obra y desgracia del “informante confidencial”, como rezaba la acusación, los clandestinos Eduardo Losada, Andrés García, Alberto Pérez y Pedro Remón fueron encausados bajo cargos de transporte interestatal de explosivos.

Arocena reveló cómo se había preparado una bomba C-4 contra Castro en 1979 [1], pero la ocasión “no se presentó” y terminaría siendo colocada con imanes debajo del automóvil del diplomático cubano Raúl Roa Kourí. Al presentarse la ocasión —el 25 de marzo de 1980— tampoco fue detonada, porque andaban cerca varias niñas de una escuela parroquial.

Arocena confesó ser Omar, el presunto jefe fundador de Omega 7, y sopló al FBI que Remón había ultimado a García. Así mismo prometió que entregaría unas 600 libras de explosivos. A tal efecto, el agente del FBI Larry Wack y el detective Robert Brandt, de la policía de Nueva York, viajaron a Miami con Arocena, pero este se escabulló y pasó a la clandestinidad sin salir con careta por televisión. Unos diez meses después, el agente del FBI Kevin Currier detectó al fugitivo en La Pequeña Habana tempranito por la mañana; antes del mediodía, una escopeta se topaba con el rostro de Arocena.

Dimes y diretes

Al ser entrevistado en la prisión de Otisville (NY) para The New York Post, Arocena negó ser Omar y haber dado info al FBI. A través de su hermana Daysi explicó: “Es una estrategia del gobierno de Estados Unidos para destruirme, destruir las organizaciones y terminar con el sentimiento de rebelión contra Castro de los cubanos exiliados”.

Por estar encarcelado, Arocena había dejado de pagar el alquiler de un espacio de almacenaje contratado en Miami con el alias de Alejandro Medina. Tras declarar abandonado el local, el dueño procedió a abrirlo. Además de armas y otras cositas de Omega 7, la policía ocupó una lista de personas que debían dinero al narcotraficante Manuel Fernández. Este confesaría que había pagado $150 mil a Arocena por servirle de cobrador y conseguirle dos ametralladoras con silenciadores. Maximiliano Lora, socio de Fernández, testificó en igual sentido.

El tribunal de apelación recalcaría que la defensa de Arocena consistía tan sólo en su propio testimonio. Además de negar haber alquilado aquel espacio, Arocena alegó que las armas ocupadas en su guarida de La Pequeña Habana habían sido plantadas por el FBI, justificó sus confesiones con que había sido secuestrado y endrogado e impugnó las grabaciones de sus conversaciones por teléfono como prefabricadas. Los jueces de apelación concluyeron que la acusación del fiscal was overwhelming and impressive [2].

Coda

A los 25 años de su arresto, ya con 65 de edad, Eduardo Arocena solicitó perdón presidencial desde la cárcel de Terre Haute (IN), a instancia de su esposa Miriam, quien desde entonces viene pidiendo clemencia para ella y sus hijos por razones humanitarias. Nadie escucha.

Notas

[1] Ese mismo año, Antonio Veciana preparó una bombita con C-4 dentro de una pelota de softbol para que “una dama, que tenía fama de medio loquita”, procediera a arrojarla al paso de Castro por las calles de Nueva York rumbo a la sede de Naciones Unidas, donde tenía que largar discurso ante la Asamblea General. El FBI se enteró y chirrían chirrán.

[2] “Arocena’s interviews with FBI agents and his lengthy taped conversations with Agent Wack, combined with the copious physical evidence against him and the testimony of eighty-five witnesses, piece together the details of a terrorist campaign shocking in its ferocity and persistence”. Cf.: United States of America v. Eduardo Arocena, A/K/A ‘Omar,’ ‘Napoleon,’ ‘Andres,’ ‘Alejandro Medina,’ ‘Victor,’ 778 F.2d 943 (2do Cir. 1985).


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